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Los coches están en el jardín ahora. Fríos, esperando a que mañana alguien accione el motor de contacto. La casa es de los dos,  el niño es de los dos, pero los coches son de cada uno.

Todo tu enorme y confortable hogar duerme en la madrugada de un día más. Pero  ahora sales de la cama, mientras tu pareja hace un gesto desesperado, como si notara que algo muy cercano se aleja de repente. Levanta el brazo y abre ligeramente un ojo. Dice cosas incomprensibles y vuelve al sueño.

Vas a la nevera a por agua y te sientas en la mesa de la cocina a comer una pera. Notas que una gota cae del fregadero cada cierto tiempo. Aprietas la llave. Decides acabar con todo pequeño ruido nocturno.

Llevas el agua al salón y enciendes el televisor. Tu hijo ha dejado puesto el dichoso canal de dibujos animados con voces que detestas. De resto, hay noticias y películas empezadas. Apagas el aparato y sales fuera a la terraza.

Te apoyas en la baranda que da al jardín, compruebas que todo está en orden. Los cipreses han quedado perfectamente iluminados con esas luces fáciles de instalar. Quizás compres alguna más para los rosales y los cardones o para iluminar el césped.

Una ligera capa de sereno humedece los coches. De vez en cuando se oye un crujido, fino, como una gota que suena en alguna de las entrañas de cada motor. Esa gota no la puedes controlar.

Entras en casa y te miras en el espejo del baño. «Mañana deberías tener mejor aspecto», piensas. Apagas las luces del pasillo y vuelves a la cama con sigilo.

Le abrazas, fuerte, como si fuera última noche que pasaran juntos. “Gracias”, dices  en voz baja, con los ojos cerrados y la nariz pegada a su nuca.

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Esto es lo que tengo en el coche ahora. Anthony and the Johnsons.

Gracias

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El Libro de Arena no tenía ni principio ni fin. ”No puede ser pero es”, le decía el vendedor de Biblias a un hombre solo tras tocar su puerta en un cuarto piso de la  calle Belgrano. Este cuento me lo recomendó mi padre como algo que debía guardar, valioso, intemporal, como una caja de metáforas de múltiples aplicaciones.  Y no se equivocó. Mi padre tiene muchos defectos pero de él, muy aficionado a las palabras, he aprendido la buena costumbre de leer.

En casa siempre hubo libros,  de todas clases, incluso en el baño alguna revista se colaba sin que mi madre la hubiese colocado en su respectivo lugar. Ayer pensé  que el libro es  un compañero que nunca te pide nada a cambio. Te lleva sin moverte de la cama a tierras inhabitadas, lejanas, de hielo y fuego, océanos, calles y ciudades luminosas, bosques, páramos y colinas, noches eternas.Te conduce por la vida y la muerte, la alegría y la tristeza; la belleza y todos esos universos que forman parte de nosotros mismos. Tras el viaje el libro te devuelve al sueño.

Este país celebra el Día del Libro. No recuerdo quién me mostró las primeras palabras pero me alegro de seguir en esta aventura.

“Pensé en el fuego, pero temí que la combustión de un libro infinito fuera parejamente infinita y sofocara de humo el planeta”.

El Libro de Arena, Jorge Luis Borges, Buenos Aires 1899 -Ginebra 1986.

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