Libros

Otoño


la foto (14)

Recojo de la papelera la idea que había anotado. Está en un papel arrugado pero vivo, donde también figuran pequeños rostros dibujados que arrastro de la infancia, números imprecisos y otros garabatos del inconsciente. Creía que aquella idea se había perdido, como otras muchas cosas disueltas, irrecuperables a lo largo del día. Pero me equivoqué. Algunas palabras sobreviven encabezadas por “otoño”. También esta “tren”, donde intentaba imaginar la metáfora de que siempre parte uno pero llega otro, como el ciclo de la vida y de la muerte, las oportunidades, como los principios que para otros son finales. Después de todo, el tren que llega es el mismo que se marcha. Así es nuestra extraña existencia. Qué cosa rige el destino: nuestras decisiones, dicen algunos.

El “hiperviaje” del periodista Martín Caparros en Una Luna (Anagrama), tiene mucho de trenes y de encuentros, historias de carne y hueso, entre la crónica y el reportaje, entre reflexiones personales que llegan a ser comunes. Monrovia, Johannesburgo, Madrid, Barcelona, Amsterdam, destinos y hogares de inmigrantes, refugiados, mujeres víctimas de la explotación sexual, supervivientes contra todo pronóstico que arrastran pesadas mochilas de culpa, de culturas sinsentido, religión, familia. Historias como la de Natalia, una moldava con ojo de vidrio. Su marido la entregó embarazada de él a un traficante. Testimonios que permiten “dejar de pensar en mí por un buen rato”, relata Caparrós.

El otoño comienza a aparecer y la memoria guarda sensaciones del pasado. Me gustan sus grises y amarillos, las finas gotas que empapan la calle, la niebla muda. Los campos tienen sed, suenan las campanas, cantan los pájaros, olvidamos el verano que, como el tren, siempre vuelve.

 

Estándar
Libros

¿por qué viaja usted?


 

1438871390_289798_1438871860_noticia_grande

 

Volverse lo bastante sencillo para superar la vanidad, la paciencia y nuestras angustias. Desenredar la madeja de los apegos y contradicciones, no es fácil. De eso y otras cosas habla el Camino Cruel, un libro en busca de “los que aún saben vivir en paz”, escribió la ginebrina Ella Maillart, que junto a Annemarie Schwarzenbach (Cristina en el libro) parten desde Europa con destino a Kabul en un Ford Roaster. Recorren los Balcanes, Turquía, Armenia, Irán, Azerbaiyán hasta llegar a Afganistán. La aventura sincopada de estas dos mujeres comenzó el 6 de junio del 39, meses antes de la Segunda Guerra Mundial. Cristina escapa de su adicción a la morfina y Maillart lo cuenta entre la belleza de los paisajes de la antigua Persia, sus dioses y sus gentes, valles y atardeceres. Es un libro de viajes, más bien un viaje vital, de valentía, sin duda. Un camino hecho por mujeres con profesiones al límite (una es periodista y la otra escritora) “buscando siempre en la lejanía el secreto de una vida armoniosa”, dice su autora. Hay una doble lucha, la placer oscuro que causa la droga y la de escapar de uno mismo. “Me obsesionan los escasos instantes de olvido que esto me proporciona, aunque luego haya que pagarlos con horas de presión”, cuenta el relato. A la pregunta de por qué viaja usted, dice Malliart: “primero se hacen las cosas y luego se buscan explicaciones”.

 

Estándar