Novedad


Uno

Callejeo como si fuera un extranjero que pisa por primera vez este sitio. En los lugares de siempre, uno busca cualquier novedad que cambie la mirada. Entrar en ese juego es la mejor manera de combatir los días iguales y sus circunstancias. El callejón de la tienda de ropas y los restaurantes, el banco frente al mar, la playa, la frutería, los pasillos del supermercado, la montaña que es el horizonte y un cuadro de día y de noche, un laberinto de caminos iluminado por la luna. Todo este paisaje es material permeable de vida.

A veces, la salida del extranjero se torna en huida anticipada hacia la casa, el refugio, el resguardo donde todo es reconocible, cercano, íntimo. Y el perro siempre da la bienvenida con esa generosidad intacta te hayas ido hace unos minutos o  una semana. La pregunta es qué pensará en el sillón, somnoliento y no dudo que algo triste. Los ruidos de la mañana entran por el balcón: las hojas de las palmeras del jardín se sacuden con el viento, los ladridos esporádicos de un perrito vecino, hay pájaros que vienen y van, los gritos de un niño impertinente. Por la noche, si dejas la ventaba abierta, solo se oye la música del océano, siempre de fondo. El perro elige el suelo para refrescarse del este calor que ha llegado para quedarse. Huele a verano, aparecen las primeras moscas, las sábanas se quedan solas. Con el hocico entre las patas, mira hacia el frente como el que trama algo extraordinario. Quién sabe si piensa dejar de obedecer, aunque sea por unos días, como el que no escucha. Comportarse con total libertad. Hacer absolutamente lo que le dé la gana. A eso, supongo, aspiramos la mayoría.

Dos

Acabado Cuaderno Amarillo de Salvador Paniker (Penguin Random House), hay una mención al mito de don Juan que comparto. Es narcisismo, sí, pero “llevado hasta su límite”, y “en el límite los opuestos se confunden”, escribe Paniker que describe a don Juan como el que  “quiere vivir de primera mano y hacer las cosas por primera vez. Es alguien que piensa que el amor no puede repetirse, o sea, institucionalizarse. Por la misma razón es un viajero, llega y se va. Exige la perpetua novedad” y esa es “la gracia y la desgracia de las cosas intensas: que se acaban. Y el presente es a la vez eterno y efímero…el eternamente renacido… no cabe hablar de mujeres engañadas, pues las amó en el preciso instante que la amó”. Don Juan “no engaña a nadie”, pues “se enamora en el momento que la ama” y “luego la olvida”. El libro es un dietario, uno más, del filósofo, del hombre fuerte y frágil al mismo tiempo, del místico y del científico, del defensor de la eutanasia, del que quiso a muchas mujeres. Así finaliza: “Hoy tengo ocupado, y muy bien ocupado, el espacio de mi madurez. Pese a todo, ¿qué?”.

A.C.


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Recibo un mensaje: “el viento se ha ido”. El viento hace todo más fugaz, inestable, nos hace creer que disipa el calor y le creemos y nos hace pensar que todo lo que vuela no regresa. Antes de las diez, el banco de piedra todavía conserva su sombra. Poco a poco se llena de señoras envueltas en toallas de cintura para abajo. Vienen de hacer ejercicio en la playa, tienen buen humor y pelan melocotones como si pelaran una manzana. Allí estoy, en medio de sus conversaciones, escuchando  los fragmentos de su optimismo, algunas con una voz aguda y otras apacible. Hay una señora que me mira y sonríe, como si me conociera.

He releído El Extranjero casi de un tirón: dos mañanas con este sol que se esconde entre la calima y dos noches con la gente asomada a los balcones, buscando un hilo de frescor, una tregua momentánea. Pensé que podría ser una novela de verano. No sé qué requisitos deben cumplir las novelas de verano pero en cualquier caso lo pensé. Por alguna razón, hay libros que no puedes leer en invierno y los dejas aparcados hasta que resurgen, como amores inesperados, como las ganas de hacer algo de verdad. En cualquier caso, ahora estoy más convencido que la mejor autoayuda está en los clásicos.

De El Extranjero solo recordaba el comienzo: la muerte de la madre del protagonista. Olvidaba aquellos baños en la playa donde Meursault halla consuelo en la sonrisa de María. Olvidaba también el juicio por asesinato y la condena a muerte del protagonista; las similitudes con El Proceso, Nietzsche, Schopenhauer, Sartre. Albert Camus  lo escribió en 1941. Fue su primera novela. Murió en un accidente de tráfico en 1960. En el coche se encontró un manuscrito de El primer hombre, una obra autobiográfica de la que solo había escrito 144 páginas.

El Extranjero sugiere que no esperar demasiado de la vida podría parecer una resignación triste, pero no lo es. Precisamente quitarnos de encima lo que esperamos de nosotros y lo que los otros esperan de uno, es verse reflejado en Mersault, que dice: “Quizás no estaba seguro de lo que me interesaba realmente, pero, en todo caso, estaba completamente seguro de lo que no me interesaba”. Había anotado otra frase en el cuaderno rojo, justo después de varias direcciones de apartamentos para alquilar, en la zona centro, que pasen la prueba de mis manías. “Nos hacemos siempre una idea exagerada de lo que no conocemos”, dice Camus.

Renunciar a entendernos de forma entera, de perder el miedo a no encontrar respuestas para todo y aceptar que la vida será en su mayoría como quiera ser, nos aleja de ser un extranjero, indiferente y carente de pasión, obstruido por fuerzas que impiden  reconocernos.

Recibo otro mensaje: una cara sonriente y palmas sucesivas que, entiendo, pretenden enfatizar una buena noticia. Las señoras abandonan el banco donde ahora la sombra es solo un espejismo.

 

Nada abierto


 

portada_tambien esto pasara

 

“Yo estoy empezando a respirar mejor y casi no tengo pesadillas, y algunos días siento revolotear el polvo de hadas por encima de mi cabeza, no mucho y no muy a menudo pero es un principio”. Son casi las últimas líneas de Esto también pasará, de Milena Busquets (Anagrama 2014). Siento que me he perdido cosas, entre líneas, y no sé si releerlo para comprobar que es verdad. Tiendo a la comprobación, a repetir. A veces encuentro lo que buscaba, otras hago tonterías,  como cuando estoy más inquieto y reviso las luces, la cocinilla o la puerta del coche. De momento dejo el libro en el sillón y atiendo una llamada, apunto algunas ideas. Vuelvo a pensar en el futuro y en que mañana no habrá “nada abierto”. Los pájaros siguen ahí fuera, no se callan nunca, solo en la oscuridad, como los perros y como nosotros. Abro la pagina 157: “no hay conversación más patética en el mundo y más destinada al fracaso que dos individuos intentando calibrar su amor”. Lo narra la protagonista cuya madre acaba de morir. Lo cuenta una mujer de cuarenta años con una capacidad de andar por el mundo como se ha presentado. Su vida cobra fuerza a través del sexo, de la amistad, de sus ex y de esa madre que le dejó lo mejor: “el amor al arte, los libros, la generosidad absoluta con el dinero, los grandes gestos en los momentos adecuados, el rigor en los actos y en las palabras. La falta total del sentido de culpa, y la libertad, y la responsabilidad que conlleva (…)”. Blanca intenta vivir con “la conciencia fulgurante de la felicidad en esos instantes en los que uno la tiene en la mano y antes de que eche a volar de nuevo”. El mar, el verano, la juventud irrecuperable, los amores y la dificultad para que permanezcan están en este libro, como en la calle.

 

-Bueno. Pues seamos amantes al menos.
-No. Yo lo quiero todo o nada.
-Hablémoslo.
-Lo hemos hablado mil veces. Blanquita.

También esto pasará. Milena Busquets

Flexible


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Llevo algunos días evitándome. En la televisión han añadido más canales y allí hundo la cabeza. También me siento a tocar; leo; salgo a moverme; ideo alguna receta de cocina; hago llamadas obvias; escucho un disco; escribo. Todo menos pararme a pensar en cosas que debo solucionar. Es una postura que he ido adquiriendo no sin esfuerzo, como si estuviera desorganizándome. A ver si dejo de controlarme. A ver qué pasa.

No conocías el mar de esta parte, pero nadaste como una adolescente hacia afuera, donde las normas no existían y pocos podían oírte. El agua estaba en calma, azul, oscura, salvaje. Golpeaba la roca negra que rodeaba la playa. Los niños se lanzaban desde lo alto y subían imparables por la escalera metálica. El musgo era un cuadro de colores exclusivos cubierto de sal.

Eras un punto a lo lejos que regresaba despacio. La arena te quemaba los pies y reías de manera despreocupada. El sol era inevitable, como todo el verano que nos azota. Yo siempre debajo de la sombrilla, huyendo de su castigo y de sus virtudes. Era un ser pequeño y absurdo. Todo lo que había pensado hacer lo deseché en ese momento. Las ideas de futuro, los proyectos, se desvanecían como las olas que mueren en la orilla. “No eres flexible. Te bloqueas cuando algo escapa a tu control”. Eso dijiste y tenías razón.

Al mediodía recogimos. Tenías la piel seca y el pelo mojado cuando dejamos atrás la playa que ya era un horno intransitable.

 

Turistas


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Hacía algún tiempo que llegaban a la bahía enormes barcos repletos de turistas. Trazando una línea imaginaria desde algún punto del océano, pasaban días flotando a poca distancia de la playa, como rocas inertes, hasta que una mañana cualquiera se alejaban para dejar paso a otros como un ciclo constante. Los turistas bajaban a la costa a comer en los restaurantes que ofrecían todo el pescado del mundo, eternas sobremesas, risas en voz baja y largos silencios. Aparentaban una extraña discreción en el apetito, en la ligereza de partir un pedazo de pan, en cómo se levantaban para ir al lavabo. Por la tarde regresaban al barco con un buen puñado de cosas: licores de cualquier fruta, figuras idénticas que poblaban los mostradores de las tiendas, alguna camisa barata, tazas de cerámica con la foto de rincones desconocidos, una cuchara de madera y otros recuerdos desechables. En las noches más claras y apetecibles nadie se movía a bordo. Las luces intermitentes recorrían las cubiertas y los camarotes. En ocasiones, fuegos artificiales llenaban el cielo de púrpuras y amarillos hasta que se difuminaban en la oscuridad tras el estallido seco. Era una fiesta continua pero contenida, ajena a lo que sucedía fuera. Era una clase de felicidad.

Una mañana, al borde del acantilado, el hombre bajó del coche y levantó la mano con entusiasmo para dar la bienvenida a los recién llegados, como si éstos, que eran puntos diminutos a bordo de la mole blanca, estuviesen pendientes de lo que ocurría en tierra firme, donde las olas golpeaban las casas que crecían al ritmo de los niños que las habitaban. Esperando alguna señal, el hombre saludó de nuevo y, sin ser consciente del gesto inútil, volvió al coche con la esperanza de que algún turista hubiese recibido con entusiasmo su gesto universal. Y cada año repetía el saludo, convencido de la amabilidad de los visitantes y de lo importante que era para el pueblo la presencia extranjera.

El hombre acariciaba el sueño de conocer la vida de un turista, cómo era su hogar, a qué se dedicaba, cuáles eran sus inquietudes y miedos. Pero aquello solo era un sueño y nunca se atrevió a tocar a alguno y realizar una sola pregunta. Se consolaba con sentir que lo habían visto desde el barco.

 

 

 

 

 

Hacia afuera


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Escuchar al otro. Aquellas vidas agudas con pocas preguntas. Saber que eso nos pasó a todos. Uno trata de pasar los días buscando respuestas entre páginas, la música y todos esos estímulos en dirección interior. A veces también es conveniente mirar hacia fuera, darse un baño de normalidad, saber que un simple día entre amigos es la mejor manera de olvidarte de ti mismo. Comer, beber, sumergirse en el azul, volver a comer y a beber, dejarse acariciar por el calor inofensivo de la tarde. Al lado están las voces presentes, olores comunes, el humor reconocible.

Suena el teléfono y digo que aquí las tardes caen lentamente sobre el mar. Las islas, inamovibles, son testigo de todo esto que pasa . El sol crea siempre una puesta a su antojo, irrepetible, sin que nadie le diga lo que tiene que hacer. Hablamos un rato. Nos reímos y guardamos silencio por las mismas cosas. Se encienden las luces. La noche define otro mundo nuevo.

 

 

Vaso


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En la playa, pasadas las seis, el mar se mezcla con voces agudas y secas que suenan lejanas. Poco a poco la gente comienza a recoger. Algunas familias se limpian la arena de los pies en la ducha y regresan a sus casas hambrientas. El sol, impecable durante el día, todavía sacude los cuerpos negros y brillantes que chapotean en la orilla. En el límite de la playa flotan los barcos desnudos. El mar, azul y abierto, es otra historia.
Pienso en los amores del verano, que venían y se iban tan fugaces. Era el mundo de la escuela y de aquellos años de sueños e incombustible energía. Recuerdo algunas caras y sonrisas perfectas. Ahora el amor parece más serio y poderoso.

Esta noche escucho por primera vez a los grillos que andarán en la oscuridad de la calle. Un vaso se rompe en el suelo del vecino. “Se me ha caído, a tí también se te caen las cosas”, dice una niña que llora. El calor no cesa y todas las ventanas de la casa están abiertas. Aunque no sé que es peor, si el aire que cubre mis cosas o el que viene de fuera.

Avec le temps


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Abrir la puerta del balcón para que entre el fresco de la noche es una de las mejores cosas que uno puede hacer en estos días donde el calor saluda para quedarse. A estas horas, el verano todavía permite frotarte los brazos y mirar hacia arriba. Las estrellas son incontables y parecen cercanas. La mayoría parpadea. Muestran lo enorme que es el universo y lo pequeños que somos, metidos en este planeta contradictorio y sorprendente. Hay una canción de Léo Ferré, ‘Avec le temps’ (con el tiempo), que lleva días rondando por aquí. Ferré cantaba con el cuerpo y la inteligencia y por eso llevó la chanson a lo más alto. “Con el tiempo todo se va, olvidamos las pasiones y las voces que nos decían en voz baja no vuelvas tarde a casa, no cojas frío; con el tiempo todo se va y uno se siente canoso como un caballo rendido y congelado en un lecho de azar. Y uno se siente solo, quizás pero tranquilo, timado por los años perdidos… y con el tiempo ya no se vuelve a amar”. Una mujer, la cantante lírica Anne Sofie von Otter y el pianista de jazz Brad Mehldau recogen el testigo de Ferré y también de Jacques Brel, con la ‘chanson des vieux amants’, en un interesante repertorio incluido en el disco ‘Love Songs’. Perfecto para comenzar la aventura del verano.

El mar


música en el coche

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Dimos un paseo al borde de los charcos que se abren paso entre la lava de Alcalá. Aunque el día estaba cálido, al principio caminamos debajo de algunas nubes. Nada que ver con la medianía, donde otro paisaje crea otro mundo. “Siempre ha sido así hasta que los turistas inventaron el clima”, dijo el viejo. Luego comimos: dos pedazos de salmón a la plancha y una pasta con gambas;vino blanco y ensalada; panecillos para un poco de mantequilla. El sol calentaba los rostros extranjeros  que habían terminado el café y se dejaban llevar en silencio por esta circunstancia. Estábamos sentados en la antigua fábrica de conservas. Todavía queda el muelle donde llegaban los barcos repletos de atún. Allí un pescador probaba suerte en este azul abierto y libre. La brisa del mediodía, ajena a cualquier voluntad humana, nunca era suficiente. Nuestro propósito era que mi madre no perdiese la sonrisa.

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Bombilla


la foto

Hace días que se ha fundido la pequeña bombilla del baño. Sin embargo, me resisto a cambiarla. Cada mañana sigo apretando el interruptor con la esperanza de que todavía quede luz entre algún filamento de su mecanismo. Apenas un fino cable sostiene su tecnología sobre el techo alto y ahora oscuro. Nada más. Me miro al espejo y veo solo la sombra de un rostro. Las cosas se acaban también en lo que creíamos infalible.

Quedarse en la cama por la mañana. Abrir la ventana. Recuperar el libro que has dejado entre las sábanas. Ahora parece que lo ves todo más claro. Leer sin prisa hasta volver a quedar dormido, solo un instante, antes de abrir la nevera. Fuera cantan los pájaros. El verano parece perfecto, como el sol entre las ramas de los árboles de cualquier bosque.