Música, Recuerdos

The man who sold the world


la foto (8)

La vida puede cambiar en un instante, pero eso no lo sabíamos. The man who sold the world sonaba en aquel coche sin freno, lleno de energía adolescente, entre la oscuridad y las estrellas imposibles como una broma infinita. La guitarra de Kobain fue un mantra poderoso que nos llevó al abismo. Y vivimos para no contarlo, casi sin sangrar, sin gritar, en medio del frío, del volcán y  de la noche inmensa, generosa. En aquellos segundos hubo miedo. Las manos para cubrir la cabeza y el cuerpo encorvado. El instinto de escapar. Así nos protegimos. Nadie supo lo que nos había pasado. Cuanto menos habláramos, mejor.

Hace algunos días he vuelto a escuchar aquella canción. Los recuerdos conectados con la música, los himnos que pillaron a la generación de los noventa. En el viaje de EGB, imberbe y extremadamente delgado, con ganas de regresar a mi nido, compré un disco de Tracy Chapman junto a aquel Nevermind que cambió mi mirada. Por suerte, en casa había un reproductor de vinilos. Y todo me parecía demasiado interesante. Estaba en el ático, donde descubrimos que pasar el tiempo no significaba perderlo. Todos lo hicimos nuestro pero nadie se quedó allí, entre sus cortinas de colores. Ahora hay fotografías, libros, cuadros, pequeñas cajas de cartón con recortes, entradas de conciertos, cartas de lo que se suponía que era el amor, apuntes universitarios, papeles varios, cintas de cassette, una lámpara de pie que ilumina una bola blanca, un cocodrilo disecado con la boca abierta y boliches azules como ojos, una colección de historias de terror, un escritorio estrecho pintado de rojo, un telescopio por el que no se ha visto La Luna.

 

Estándar
Música, Uncategorized

Ideas


La noche fría y clara ya muestra los signos del otoño. Las estrellas aparecen generosas e imposibles. Hace un instante escuché a un perro que ladraba como si tratase de escapar de su dueño. Los gatos han desaparecido. El vecino camina descalzo sobre tu cabeza. Notas como el orden de los objetos que habitan la casa se distorsiona. Generan un murmullo casi imperceptible que no conviene mantener por mucho tiempo. Decides salir al balcón y dejar que entre el aire y salgan algunas ideas inútiles. Todo lo que pasa fuera no depende de ti. A estas horas los coches dejan de andar por las calles. Solo fugaces y lejanas conversaciones mitigan el silencio de esta esquina. Piensas que el mundo está lleno de belleza y contradicción. De enormidad y pequeñez. Buscas alguna razón para seguir con la ilusión de libertad.

Estándar