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Alarma cuatro


Cuando aplaudes, vuelves a pensar en que todo esto es real y que el tiempo se va escribiendo desde el presente más absoluto, con una inseguridad inédita sobre mañana. Eso es lo que más miedo genera. También uno aplaude y se vuelve a meter en casa, como huyendo de los sonidos excesivos de los altavoces que se alzan desde algunas ventanas. Cada tarde, los de enfrente eligen peores canciones, no sé, desproporcionadas. Siri Hustvedt se preguntaba hoy en El País cómo será el mundo luego, si «una restauración de lo que hubo» o «una realidad completamente distinta». Nadie lo sabe, como nadie sabe cuándo será luego, o cómo la vida volverá a manifestarse, organizarse. Habla la escritora de cómo el mundo ha podido llegar a esta «hipnosis masiva», de aceptar (y elegir) a políticos que hacen reiteradas bufonadas, como la inmunidad atlética de Bolsonaro, que ha llamado al virus “gripiña”, las mentiras narcisistas de Trump o las recomendaciones iniciales de Boris Johnson, cuando hablaba de la “inmunidad colectiva”. Estos gobiernan una parte importante del mundo e influyen más de la cuenta en el resto del planeta. Son elegidos por millones de personas y probablemente los volverán a elegir, a justificar, aplaudir, aunque nadie, como al COVID, lo hubiera esperado. Lo inesperado ya no pertenece al azar, sino a lo posible.

He pensado que a lo mejor hay más peces y más pájaros. La naturaleza respira. La ausencia de ruido humano es un alivio para el mar, el cielo y los árboles. Esta tarde la marea ha dejado ver la alfombra de roca y de musgo que dibuja la bahía circular. Quizás llegue un día en que el camino hacia Montaña Roja desaparezca con el viento. Desde aquí todavía se ve claro y marcado. Nuestras huellas no se irán así como así.

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