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Isla


Decía ayer Rosa Montero que la mayoría de las cosas que imaginas no van a ningún lado. Lo que piensas mientras conduces, mientras estás debajo de la ducha o miras al mar, se pierde en alguna parte. La escritora habló en la Fundación César Manrique, en Lanzarote, de la necesidad de la escritura para las personas que precisan convertir los pensamientos en lenguaje. Aquellos pensamientos que conmueven y ya no pueden quedarse en el aire, necesitan algún valor, ser compartidos. La sensación de que “la vida no basta” como decía Pessoa y recalcaba Montero entre los cuadros de Manrique, entre el volcán de esta isla dura y bella, supone un patrón común para el escritor, pero también para el lector. Porque lectores y escritores  buscan el relato, real o ficticio, porque al final todos somos narración e  intentamos comprender la fisura que nos separa del entorno. Compartimos las mismas preguntas y transitamos los mismos caminos, tarde o temprano.

En estos días en los que uno intenta hacer suyo un nuevo espacio, decido que no quiero un reloj en la cocina y anoto en el cuaderno: “quedarme sin tiempo”. El reloj marca las 05:12 de la tarde cuando deja de funcionar. Lo meto sin pila en una de las gavetas. Y el cuaderno se acaba. Solo queda una hoja en blanco cuadriculada. Es negro, de tapa dura, tiene un elástico para asegurar el cierre. Tiene un escudo en relieve de un ayuntamiento que nos hacía regalos por “cubrir la realidad informativa”. La primera página está fechada el 12 de marzo de este año. La primera frase está escrita con la hora anotada, las 16.30. Es de ‘Años Felices’ el segundo tomo de los Diarios de Emilio Renzi, de Ricardo Piglia y dice: “escribir con la sinceridad de un sujeto al que no conozco y que solo aparece o se asoma cuando escribo”.

El pasado sábado, precisamente, Babelia le dedicaba una página a Ricardo Piglia y al último tomo de sus Diarios, una edición póstuma que se publicará de 13 de septiembre, el miércoles.  Aquí, el periódico llega pasadas las diez de la mañana en una furgoneta blanca. El repartidor tiene todos los síntomas de la minuciosidad. Cuenta los periódicos y los separa. Los reparte en los dos supermercados y en la gasolinera. Las gasolineras cada vez venden más cosas que no tienen nada que ver con la gasolina.

En el cuaderno acabado también hay fragmentos poco legibles de una entrevista en Tenerife. Puedo leer: “están llegando turistas que no son nuestros turistas. El turista es aquel que vive y deja la riqueza en la isla”.

 

 

 

 

 

 

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Resistencia


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Pienso en una historia de adaptación y resistencia. Hay una ciudad, una madre que se abre a una nueva vida después de la muerte, un padre que se siente solo, un informático amable que explica cómo entrar en un programa de edición; las nubes que nunca acaban de quedarse,  la poca molestia del calor, una habitación donde descansar del ruido. Millones de llaves que cierran  y abren puertas, la complicidad de la radio matutina, la compañía del libro en la mesa de noche,  el tedioso trámite de Internet, el cansancio de la novedad, la dificultad de vivir sin música, la repetición de las personas y situaciones en sitios diferentes, el mito de la soledad, la idea de que todo sea relato, que deje una especie de felicidad, una extraña sensación del bienestar, una conexión con lo que pasa.

Pienso en algunas ideas y algunas comidas y en lo paliativo que es tener por aquí los ‘Diarios de Emilio Renzi’  donde Ricardo Piglia escribe: “hay una cosa que yo no quiero comprender: para hacer lo que quiero hacer es necesario  ser capaz de rechazar y de perder otras cosas”.

 

 

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