Libros, Relato

Autoservicio


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Comprar un no-regalo en una tienda de juguetes es posible. Ocurrió ayer en una nave industrial convertida en fría y concurrida juguetería. El avión de Playmobil, “¡el que tiene escaleras!” -insistía mi hermana- estaba allí, junto a los coches de bomberos, las granjas y los barcos de piratas. “No empaquetamos” -sentenció la cajera siguiendo órdenes supremas que perdieron peso al encoger ligeramente sus hombros. Pero la orden fue superior a la duda y el frío iba a más: empezamos a expulsar vapor por la boca como si estuviéramos en la nieve, la verdadera nieve de la Navidad nórdica, lejana. En la juguetería  donde se venden cada minuto diez no-regalos, empaquetar es perder el tiempo y eso, como sabemos, ya no está permitido. Lo cierto es que papel sí había, pero solo a la venta, y de varios colores, amontonados en una esquina. Es el preciado papel el que viste de misterio al objeto, lo disfraza de idea, sueño, espera, ilusión. Es la esencia del regalo. Lo demás es una reiterada mentira consentida que ocurre cada año. Dice Henry James en Diario de un hombre de cincuenta años : “No soy solo yo mismo, sino todas las circunstancias las que parecen repetirse”.

A salir de la juguetería, la Navidad era un verano intempestivo. Pensé en la eficiencia humana y en su inagotable poder deshumanizado. Si quieres que tu avión de Playmobil se convierta en sorpresa ya sabes, prepara un papel a tu estilo y adelante, hazlo tu mismo, sírvete, como en las maravillosas gasolineras autoservicio, con tristes empleados entregándote enormes tickets y preguntando por la tarjeta de puntos.

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Libros

Diciembre


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Poderoso mecanismo tiene diciembre para poner a la mayoría de acuerdo en compartir una cena excesiva, nostalgias edulcoradas y propósitos por lo que vendrá en este calendario inventado. Diría que eso se llama “tradición”, a veces tan casposa como inexplicable. En mi caso, intento evitar que el falso espíritu de confraternidad aparezca más de lo deseado, pero no es fácil escapar de las luces, mensajes y discursos que pervierten y anestesian un mes tan decisivo, donde un país de cabreados e inmóviles elige su destino.

El 22 alguien se hará millonario por la gracia de un Dios ajeno a los asuntos mundanos. La suerte es como una matemática improbable desapegada de lo justo y lo injusto. Hay quien sabe llevar con cierta inteligencia la mochila del ser rico al instante, e intenta vivir sin perder el norte más de lo que el dinero te lo puede hacer perder. Uno aspira a que le sigan importando las cosas que están al lado, cada día y lo alimentan por dentro. Pero puestos a soñar, tendría casas en diferentes ciudades para poder salir en bicicleta y comprobar que la gente es muy parecida en todas partes.

No son pocos que con la confusa libertad de la fortuna inesperada lo pierden todo, llevados por una ansiedad inevitable, como el niño que no sabe por qué juguete empezar cuando abre los regalos aquella mañana del seis que para cada uno de nosotros fue mágica alguna vez.  Por suerte,  ese niño, antes de que alguien le cuente toda la verdad de este cuento universal, seguirá creyendo en que la hierba se la han comido los camellos. Y mantener esa ilusión que convierte en real lo improbable quizás es lo más importante, pues vivir sin ella es como dejar que la realidad elija por tí.

Uno sabe a veces que la primera idea es la mejor  y se empeña en modificar intuiciones, boicotearla, dejar crecer al enemigo que vive contigo. Pero esa idea siempre vuelve para recordarte que no se puede ir en contra de la naturaleza de la vida. Empiezo El Bar de las Grandes Esperanzas, de J.R. Moheringer y miro al niño de la portada que me mira sin pestañear. Anochece esta tarde de diciembre corta y fría, de manta, te, sofá y galletas. Subrayo tres líneas: “Aunque me temo que nos sentimos atraídos  por aquello que nos abandona, y por lo que parece más probable que vaya a abandonarnos, finalmente creo que nos define lo que nos acoge”.

 

 

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