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Esfera


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Botar una simple pelota continúa siendo un universo. Supera a todas las videoconsolas y entretenimientos electrónicos que ahora los niños dominan de nacimiento y abandonan tan rápido como cuando cambian de canal. El juego en la calle, correr para que no te cojan, ensuciarte las rodillas, inventar un partido de baloncesto con una de tenis, el acto salvaje del salto donde caiga, el trompo, el mercado del boliche, las pipas y la baraja.  Antes jugábamos a esas cosas en la mitad de un recreo fugaz  o en los veranos cuando la plaza era otra cosa, cuando no había otra opción. Precisamente, la abundancia de barcos piratas, todos tipo de monstruos, canales soporíferos de dibujos inanimados,  consolas  portátiles, tableros que se abren y se cierran con la misma rapidez, disfraces, puzzles sin concluir en la misma habitación, en definitiva tenerlo todo, hace que esa simple esfera, que rueda una mañana fría de febrero sobre un patio repleto de niños carentes de miedo, sea suficiente para hacer feliz a cualquiera.

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