Relato

La Playa


Con el agua por encima de las rodillas, un bache inesperado, incluso profundo, te hunde para invitarte a flotar. A que nades y  persigas sumergido esos peces atrevidos de plata. Siempre hay un murmullo marino, una corriente caprichosa, circular, una pequeña batalla con las formas de la roca, hasta en los días de quietud. Nunca hay calma total. La entrada de La Cueva de la vaca plantea  el misterio de enormes mantas raya, de pasadizos secretos que quizá comuniquen con el Charco del diablo, cristalino, enigmático, al que se llega caminando. La Crucita es la referencia, la roca lisa del volcán, el punto de encuentro para arreglar cosas mientras ves más cerca el Sol perderse a un lado de La Gomera; la altura perfecta para lanzarte de cabeza; las escaleras las hizo el mar. Las enseña o las esconde cuando le place. La Crucita es el asiento del pescador que siempre espera un milagro.

Ayer he vuelto a pisar «La Playa con mayúsculas», escribía en un mensaje pretencioso. Inamovible, universal, la que contiene todo lo verdadero del resto de las playas. La Playa platónica. El tiempo parece un invento que ocurre fuera. ¡Eso es imposible!, porque la noche, el día, la tarde, los meses o la historia, también suceden aquí, aunque de otra manera. Escribe Joseph Roth en la marcha Radetzky, :«Pasaron los años, unos tras otros, como simétricas ruedas de paz».

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