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Estar mejor


Es domingo y el sol está todavía en ese punto invisible que ilumina las cosas pero no las calienta. La calle parece fría, como las palmeras, el cielo, la ropa tendida en el patio y el mar. Decía (más bien lo había imaginado) que cuando estuviese en un lugar apartado podría escribir más. Pensaba que esta casa, alejada del tráfico y de los ruidos (un “regalo” de las circunstancias), facilitaría la tarea de continuar y acabar algunos relatos, la mayoría con principios todavía en el aire o finales de dudosa redondez. Y hace un mes que no me siento delante del teclado, por pereza, por postergar lo “inútil”, o porque en realidad había pensado que no tengo nada que decir que pueda interesar. Y ahora creo que es preferible sentarse y ver qué pasa; escribir para uno mismo como acto de hacerlo para los demás. Hay frenos que tienen que ver con el miedo y con cierta frustración en no saber qué cosa es uno definitivamente o qué es lo mejor que sabe hacer. “Deja de intentar definirte, no insistas en eso”, dice M mientras lee en la cama, como una muñeca frágil, junto al perro, buscando entre los diarios de Piglia si este mundo tiene algún secreto, o corroborando que no hay método, manual, ni lugar al que ir para escribir un libro, pintar un cuadro, componer una canción. M parece experta en aforismos sin quererlo. Y uno los apunta en el cuaderno como el periodista que ha encontrado el titular para la entrevista. A partir de una frase puede empezar una historia. Y M también quiere saberlo todo, leerlo todo, tocarlo todo. Pero no se obsesiona como uno, que se obsesiona con el mundo y su acontecer, con el paso del tiempo, su geometría, con la música, las vidas de los otros, la técnica para tocar la batería, los dolores desconocidos, las mujeres, la casa donde vivirá, el pasado, la familia, los libros, el trabajo. Se obsesiona si está en “lo correcto o no”, la búsqueda infructuosa de definirse. Por eso, en el hecho de escribir, existe una intención de orden, de aceptación, de convertir la mirada y la imaginación en párrafos, de síntesis. De estar mejor.

 

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Todo lo que nos gusta


la foto (4)

Cambiar las ruedas del coche es otra oportunidad para seguir adelante. Encuentro cierto placer en observar el trabajo de los talleres  de mecánica rápida. Ver  el coche elevado sobre la máquina que alinea direcciones; el ajuste de la circunferencia perfecta de la rueda en el contrapesado; cómo cae el aceite al enorme embudo se asemeja a una ballena que pierde su sangre después de una larga batalla. El mecánico domina en silencio las certezas de las leyes físicas y vive con la convicción de que hay pocas verdades más claras que el mecanismo de un motor.

El otro día, mientras acababa La noche más larga en la Isla Esmeralda, del amigo José Luis Cámara, mi coche colgaba sobre uno de esos elevadores mágicos, sin protestar, diría que agradecido de que por fin haya decidido cuidarlo un poco, no dejar que el tiempo le afecte más de lo necesario. Confieso que a menudo le pido perdón, porque siempre necesita más agua, por hacerle llegar demasiado cansado a las gasolineras, por dejar las alfombrillas delanteras y traseras como están, por permitir que una fauna no tan microscópica habite los miles de huecos entre los sillones. También hay lápices, cigarrillos, servilletas sin usar, discos compactos, recibos del banco. Mi coche no acaba de curarse de un fallo congénito en el mecanismo de la elevaluna, pero nadie es perfecto. Se mantiene vivo y joven, en pie, y llega a los lugares que quiero que llegue y me da la música que le pido. Además es francés, con lo que se le supone un estilo. Dice Ricardo Piglia en Los diarios de Emilio Renzi :“el estilo no es otra cosa que la convicción absoluta de tener estilo”.

Envidio a las personas que tienen un método para acabar las cosas que empezaron a fraguarse  en la cabeza. Somos lo que hacemos, no lo que pensamos. En un año por Nueva Zelanda, Australia y Camboya, durante una huida necesaria, cuando la dinámica del periódico te devora, Cámara se sacó de la manga el cuaderno de viajes Rumbo a un Sueño. Ahora, de vuelta al oficio,  publica La noche más larga en la Isla Esmeralda, donde habla acertadamente sobre Irlanda, sus paisajes,  los fantasmas del IRA, los amores soñados y vividos. Me pidió opinión sobre el libro y le hablé del reto personal que supone “enfrentarse a la literatura”. Todo lo que nos atrae, que no conocemos, lo que nos gusta y no sabemos para qué sirve está en ella y no en ninguna otra parte.

 

 

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