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Sueño


 

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El parpadeo del televisor te ha despertado. El mapa de Australia está lleno de nubes y soles. Indica 28 de máxima en Darwin mientras la mínima deja frío en Melbourne. Estás recostada en el sofá, aturdida por un sueño que no recuerdas. Prefieres quedarte quieta y pareces disfrutar viendo qué tiempo hace al otro lado del mundo. Es probable que allí la mayoría de la gente esté almorzando mientras la noche no ha dejado de caer hasta lo más oscuro en este lado del planeta, donde mañana anuncian más calor. Te resulta difícil comprender como la tierra y el resto del universo se mueven de esta manera sin cometer un error que pare por un instante el invento. Cómo toda esa naturaleza sigue su curso al margen de cualquiera de nosotros.
Te levantas y abres la ventana. Escuchas un ladrido lejano que se repite hasta perderse. Ni rastro de gente ni de luces. Todos los vecinos duermen en sus camas y los coches se enfrían en los garajes. Apagas la tele, te lavas los dientes y la cara. Miras al espejo y fuerzas una sonrisa. Ya en la cama, boca arriba, con un pie fuera de las sábanas, mirando a la lámpara del techo, consigues recordar algo de lo que has soñado mientras caías vencida en sofá. “No es nada importante”, “no es nada importante”, ” no es nada importante”, dices una y otra vez mientras cierras definitivamente los ojos.

 

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Música

Postal


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“Tierra desacostumbrada” es el primer relato del libro que lleva su nombre. Su autora es Jhumpa Lahiri, escritora londinense hija de padres bengalíes que creció en Estados Unidos. El New York Times lo nombró  Mejor Libro del Año en 2008. Aparentemente, cuenta la relación entre un padre que vuelve a recuperar la ilusión tras la jubilación y su hija. Aunque habla de más cosas: del paso del tiempo, de la culpa, de que no podemos controlar los sentimientos de otros porque hay ciertas cosas ajenas a nuestra voluntad, del peso de la familia, de la importancia de sentirse querido, de que pensábamos que nuestra felicidad llegaría al tener un hijo y un marido, del amor después del amor, de la gratitud.

El padre ha quedado viudo y viaja por Europa para seguir conociendo el mundo que imaginó. Llega a Seattle para ver a su hija, quizá con la intención de quedarse. Pasa unos días agradables en la compañía de su nieto y de esa joven con un marido sumergido en el trabajo. Pero el padre necesita vivir de otra manera.  “No quería ser parte de otra familia(…) de una casa enorme que no hará más que llenarse de cosas conforme el paso de los años, conforme crecían los niños”. No quería vivir “en los márgenes de la vida de su hija y a la sombra de un matrimonio”.

En uno de sus  viajes, el padre conoce una mujer con la que entabla una relación especial y a la que escribe, como un adolescente, una postal desde Seattle. Pero la postal se pierde y su hija la descubre cuando ya el padre está en el aeropuerto. La  joven, consciente de que tiene que aceptar las cosas tal y como se desarrollan,  saca del cajón la tira de sellos y pega uno en la carta dirigida a esa mujer que no conoce, con la que su padre dormirá en algún hotel de Europa. Y este relato se desarrolla así, cubierto de una belleza cotidiana que te atrapa como la curiosidad de lo desconocido. Que se incrusta en el alma como una tuerca en el asfalto.

 

 

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