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Mujeres de la limpieza


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La mayoría de las neveras, con el paso del tiempo, conservan el mismo sonido: un ronroneo similar al de un gato cuando deja que lo acaricies. Ese gato al que poco le importa tu vida mientras pases la mano por su retorcido lomo; esas neveras a las que también les da igual estar llenas o vacías mientras sigan enchufadas a la luz.

Por el contenido de una nevera se puede comprobar si una persona es práctica, meticulosamente ordenada o un desastre; qué cosas le interesan; si tiene en cuenta lo que come o prefiere los pequeños envases de plástico chino amontonados  al fondo, al lado de los medios tomates, los medios pepinos, los trozos de hojas de lechuga  y el bote de Heinz. Por la nevera sabe uno si en la casa hay compañía o soledad.  “La soledad es un concepto anglosajón. En ciudad de México, si eres un pasajero de un autobús y alguien sube, no solo se sentará a tu lado sino que se recostará en tí”. Este es un fragmento de Triste idiota, uno de los relatos que componen Manual para mujeres de la limpieza, (Alfaguara) de Lucia Berlin (1936-224), que me apropio con entusiasmo e impotencia,  porque tengo otras cosas que hacer y no pueden esperar demasiado. A veces la literatura tampoco puede esperar, se adueña de ti, como una pasión irrenunciable  e irrepetible que temes no volver a sentir.

Leo varias veces Mi jockey, un brevísimo relato que ganó el Jack London Short Price de 1985, y descubro a una escritora fascinante, recuerda a  Amy Hempel, con esos pasajes de realismo enérgico. “Las monjas pusieron mucho empeño en enseñarme a ser buena”, dice en Buenos y malos. Berlin tuvo una vida intensa. Fue enfermera, telefonista, limpiadora, dio clases de escritura en varias universidades, se casó tres veces, tuvo cuatro hijos,  fue alcohólica. Nació en Alaska y vivió en México, Chile, California , Nueva York.  Veo en su fotografía  un rostro elegante, el pelo corto, la sonrisa precisa mientras sostiene un cigarrillo. Mi jockey cuenta la historia de una enfermera (probablemente Berlin) que atiende a un jinete  en Urgencias. “Dios, me paso el día desvistiendo a la gente y no es para tanto, apenas tardo unos segundos”, escribe.

En el sillón, con la  televisión apagada como si fuera un jarrón sin flores, inanimado, preparo un té. Y  quiero que nunca se acabe. Cuando está todo en estas circunstancias y parece que ya no hay nada más que hacer, sientes por primera vez en el día el ronroneo de la nevera, íntimo e inacabable.  Fuera, el viento ha empezado otra vez a acariciar las ventanas.

 

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Intimidad


 

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“Temo sentirme demasiado cómodo en mi propia casa, como si creyera que si me siento, perderé todo deseo de cambio”. Hanif Kureishi.    Intimidad.  Anagrama, Colección Compactos.  

 

Como la mayoría de los días, despierto boca arriba. Mantengo los ojos abiertos mientras pienso qué debo hacer hoy, si me espera algún placer, si comienzo a pintar la habitación o a recoger la casa; si debo salir a moverme o llamar en vez de esperar a que llamen. Hace rato que han comenzado a cantar los pájaros en alguna parte del vecindario. Eso parece ser lo único que despierta a la calle de su propio tedio. Ellos cantan como si dijesen: “tranquilos, estamos aquí, somos parte de la naturaleza pase lo que pase”.

Cuando me lavo la cara lo más urgente parece lejano y opto por lo que tengo a mano. Últimamente caliento agua y le añado un poco de té. Por alguna razón, he suprimido la leche, con lo que me gusta. A alguien se le ha ocurrido que la leche es mala y de pronto eso se convierte en una verdad universal. Es la moda de cargarse los alimentos o desestructurarlos: quitarle la lactosa, fabricar bebidas de soja o de almendras que pretenden ser leche pero mucho más caras. Los supermercados están llenos de palillos chinos, salsas agridulces y salmones troceados. Así el mundo parece más cercano y global. Y uno se traga todo eso.

Reviso el correo en el ordenador. El ochenta por ciento es basura y el diez restante es “información”. Al rato hago unas llamadas para preparar el trabajo. Trato de no complicarme la vida, hacer las cosas fáciles, pero me acuerdo de lo que escribiste anoche: “las complicaciones son la sal de la vida Nico”. Acabaste con una risa que podría imaginar amplia. Y puede que tengas razón.

Acabo de terminar “Intimidad”, del escritor y guionista Hanif Kureishi. Es una reflexión sobre la dificultad de tomar decisiones importantes en la vida, como la de abandonar a tu pareja. En este caso, un hombre, escritor y guionista de unos cuarenta años, se debate entre la infelicidad cotidiana de un hogar aparentemente normal y la búsqueda del amor que se ve reflejada, como una ilusión enérgica e incierta, en una amante inolvidable.

En “Intimidad” hay mucha declaración de intenciones e inteligentes reflexiones sobre los desencantos de la edad madura. ”Uno comete errores, se equivoca de rumbo, divaga. Si uno pudiera ver su tortuosa evolución como una especie de experimento, sin ansiar una imposible seguridad – no sucede nada interesante sin asumir riesgos-, se podría conseguir cierto sosiego. Por supuesto que puedes experimentar con tu propia vida. Pero tal vez no deberías hacerlo con la de otras personas”, dice el autor.  

Me gusta saber cómo ha sido la vida de ciertos escritores. Trato de recopilar la información que esté disponible para entender sus circunstancias y comprender cómo han llegado a escribir estas cosas. ¿Acaso no vale la pena?.

 

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Recuerdos

Hacia afuera


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Escuchar al otro. Aquellas vidas agudas con pocas preguntas. Saber que eso nos pasó a todos. Uno trata de pasar los días buscando respuestas entre páginas, la música y todos esos estímulos en dirección interior. A veces también es conveniente mirar hacia fuera, darse un baño de normalidad, saber que un simple día entre amigos es la mejor manera de olvidarte de ti mismo. Comer, beber, sumergirse en el azul, volver a comer y a beber, dejarse acariciar por el calor inofensivo de la tarde. Al lado están las voces presentes, olores comunes, el humor reconocible.

Suena el teléfono y digo que aquí las tardes caen lentamente sobre el mar. Las islas, inamovibles, son testigo de todo esto que pasa . El sol crea siempre una puesta a su antojo, irrepetible, sin que nadie le diga lo que tiene que hacer. Hablamos un rato. Nos reímos y guardamos silencio por las mismas cosas. Se encienden las luces. La noche define otro mundo nuevo.

 

 

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Libros

Salter


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“Lia era del norte. Su padre había nacido en Génova, con su escarpada necrópolis; su madre, más románticamente en Niza. Ella le contó todo eso. Él adoraba los pormenores de su vida, lo electrizaban. Había entrado en un periodo en que todo lo suyo parecía ser una repetición que acontecía por segunda o tercera vez, un espectáculo del que conocía todas sus posibilidades. Ella se lo hizo olvidar”.

Así empieza uno de los capítulos de la última parte de Años Luz (1975), una de las novelas de James Salter (Nueva York 1925-2015) que he vuelto a recuperar tras enterarme de su muerte esta semana, como si no hubiera valorado lo suficiente cada página, con una sensación de que ya no volverá a escribir más párrafos luminosos, como en cada una de sus obras, porque ha dejado de existir. La muerte sorprendió a Salter a los 90 años, cuando se recuperaba de una intervención quirúrgica, un baipás aparentemente inofensivo. Tengo que decir que es difícil escribir tan bien y que pocos como Salter acarician la gran literatura, inalcanzable para el resto. Lejos de alardear de su lectura, considero importante, si me permiten, acercarse a la figura de este escritor y su obra. En cada página hay una respuesta que da origen a otra pregunta; una precisión exquisita para describir ambientes, personajes, pensamientos, satisfacciones, deseos, esperanzas, lo que siempre quisimos ser y no fuimos, amores, rupturas, paisajes, gentes, ciudades. Todos esos estados de ánimo que te atrapan desde el minuto uno y que me interesan, además, bastante. Pero es verdad que uno no siempre tiene la oportunidad de dedicar lo necesario para comprender lo que requiere una lectura detenida, a la que se llega por mero placer, como saborear un plato en unas amplias vacaciones. Confieso que no recordaba la trama de Años Luz, ni siquiera algunas frases que ahora veo subrayadas. La novela pasó por mi cama en diciembre como un somnífero. La citaba Richard Ford, otro grande, en su autobiografía: Flores en Las Grietas, así que no dudé en ir a por ella. Ahora su efecto es estimulante, revelador porque, de alguna manera, va sonando lo que andaba escondido de Salter en algún rincón de mi cabeza.
No publicó demasiado y explica, en alguna entrevista, que le hubiera gustado tener una obra más extensa. Pero creo que su objetivo era buscar la belleza, de lo bueno y de lo malo, sobre el acontecer de la existencia. Y eso no se consigue tan fácil. Si no estoy mal informado, su primera novela fue Juego y Distracción (1967). Después de Años Luz (1975) salió el libro de relatos La Última Noche (2005), aparte de otros cuentos. Tardó treinta años en terminar Todo lo que hay (2013) su última novela. “Cuando pasa el tiempo y todo parece ser un sueño, lo único que tiene la posibilidad de ser real es lo que está escrito. Es lo que yo creo”, decía en una entrevista al cumplir 88 años el que fuera piloto de avión de las Fuerzas Armadas Norteamericanas en Corea. Y es que quizás ver el mundo desde arriba, tan pequeño y enorme a la vez, quieto y en constante movimiento, ha hecho de sus obras, si me permiten la relación, literatura de altos vuelos, que bebe de Colette o Hemingway… también de Scott Fitzgerald. En Fuego y Distracción (1967) sintió que “sabía como escribir”. Y probablemente cómo vivir. “En realidad hay dos vidas, la que aparentamos vivir y la que realmente vivimos”, decía. Hoy he llamado para pedir “Quemar los días” (1997), los apuntes autobiográficos de Salter. Me han dicho que tardará “como una semana o entre quince y veinte días, si hay que pedirlo a la Península”, dijo la dependienta. “Vale, ok”, respondí y colgué.

Por la ventana entra un ligero olor a madera quemada, a la que uno se costumbra con el paso de las horas. Desde esta tarde los fuegos de las hogueras están por todas partes. Tarareo “Noche de San Juan bendito, alumbrada por hogueras. Ecos de las caracolas rodando por las laderas…”. Desde el balcón aún quedan puntos colorados en la costa. El perro no ha dejado de ladrar con desgana. Se supone que es una noche especial. Pero en realidad, cualquiera puede serla.

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