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Hasta última hora


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La falta de acuerdo para configurar un gobierno de este país “en funciones”, la nueva convocatoria de elecciones, hace pensar en políticos de bajo perfil, de narcisismo endémico, en un sistema que empieza a agotarse como el mejor de los menos malos, estancado en protocolos, plazos y encuentros efímeros. Tenemos lo que hemos elegido. Y esto que parece tan obvio, no lo es tanto.

La democracia en nuestro país parece haberse instalado en el terreno de los fines, y no de los medios, para asegurar el poder. Me pregunto si está el “demos” preparado para elegir que es lo justo y lo injusto. En estos momentos solo parece servir como instrumento para el mantenimiento del poder y no como clave de una “polis” que participa en los asuntos públicos. La igualdad en el valor del voto es precisamente la magia de las urnas, pero detrás de esa libertad de elegir, de la multiplicidad de opciones que nos ofrece el mundo contemporáneo, moderno si se quiere, convendría revisar a Platón, salvando también las distancias, cuando dice que el pueblo no está en posesión de elegir al gobierno más justo para todos. Es el rey filósofo, sabio si se quiere, que ha sido educado, el que debe pensar el bien común ante la falta de criterio en la ciudadanía. Sin ánimo de idealizar  a su  República, que justificó una teoría de las ideas forjada hace más de 25 siglos, cabría preguntarse  por la capacidad de elección, de autonomía y  juicio crítico de los votantes actuales, de todos nosotros, pues el futuro de un país, un ayuntamiento, una corporación, una asociación, depende de ese gesto tan maravilloso. ¿Es el votante un ser libre y preparado para saber qué beneficia a la comunidad?.

El voto  del miedo, de la ignorancia o el no voto, hace que se  mantengan en el poder los que benefician a una minoría con el beneplácito de la mayoría; que se soporten los más escandalosos casos de corrupción semana tras semana; que la mediocridad en el discurso y las formas esté a la orden del día; que todo este proceso tedioso, de circo político, de descrédito sistemático e inconsistencia, de anestesia general, de desconfianza entre la propia izquierda e hipocresía entre la derecha, se normalice. ¿Qué nos hace pensar que si ahora no hay acuerdo lo habrá tras unos comicios casi obligatorios?. ¿Cambiarán lo suficiente las cosas?.  Quizás estemos viviendo uno de los momentos políticos más complejos después de la transición.  Aunque uno siempre confía en un acuerdo de última hora,  un milagro tan posible como imaginario. Somos así de soñadores, quizá porque  al fin y al cabo uno siempre sale ileso de los peores sueños.

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Libre


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Esperas en la cola del supermercado. Cada segundo, un centenar de pitidos marcan el precio de la comida. Una voz anónima anuncia la oferta del día: jamón York, alguna fruta exótica, champú familiar. Delante hay tres personas. Una señora llevará pasta, dos tomates y aceitunas rellenas de anchoas; un joven porta carne molida y cuatro yogures; el hombre de tu lado insinúa que su mujer ha olvidado el vino. La otra cola parece avanzar con mayor rapidez, pero una vez que decides cambiarte, comprendes el espejismo. Dudas si seguir allí o abordar el último cajero (el de los diez productos) que en ese momento está vacío. Mientras caminas, descubres como la gente también se amontona. El frío se apodera de los pasillos donde los pescados y las verduras yacen congelados. Por alguna razón, la luz es más intensa a estas horas, cuando todo está punto de cerrar y la mayoría imagina algo que cenar. Los operarios retiran los últimos trozos de muslos de pollo y limpian los mostradores. Miras hacia detrás. La primera opción para salir, ya tan lejana, parecía la mejor. Resignada, vas a por algo de chocolate y de paso asaltas los frutos secos. Coges el pan que siempre olvidas. Con la cesta llena, contemplas de nuevo la interminable fila de cajeros. Los pitidos no cesan, como grillos descontrolados en una noche cálida. Tienes hambre e intentas no pensar más en ello. Agotada, te diriges hacia una nueva cola donde hay nuevas personas. Allí te quedarás, quieta y confundida, a no ser que, con suerte, veas un cajero lejano pero definitivamente libre.

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