Relato

Regreso


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Hay una sensación de que el frío no volverá a ser el mismo. Se aleja. Es una sospecha, tal vez, porque la luna anoche estaba amarilla como el sol y hoy las nubes no tienen forma, son una malla blanca que cubre el cielo. La tierra está verde y en algunos rincones hay campos de margaritas que marchitarán pronto, apenas en un mes. También esto es una sospecha. En el avión, una niña que juega a la consola me ha dicho que prefiere los videojuegos a los libros. “Estoy jugando a cumplir una misión”, aclaraba decidida. En la cafetería, una amiga de amigos reconoce que prefiere trabajar en urgencias antes que en cualquier planta del hospital. “En la planta le coges cariño a los enfermos y abajo todo es más rápido. El ochenta por ciento de los que llegan son turistas”. En el patio de mi casa hay dos pájaros muertos. Tienen las alas extendidas y el pico abierto. Los he descubierto al regresar, cuando el viento se había marchado y la noche quedaba expuesta a las estrellas. Sus caras reflejan una batalla, por sorpresa, una emboscada. Esta mañana, temprano, un pájaro cantaba y sacudía sus alas en la antena. No estoy seguro si lo he visto antes pero ahí sigue, al sol. ¿Qué habrá pasado?. Hay también una sensación de que la vida intenta volver a empezar.

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Libros, Relato

Temblor


 

Uno

Es por la mañana. Me quedo leyendo en la cama. La luz entra por la ventana. Se oyen las hojas de las palmeras en el jardín de picón donde van a cagar los perros. Pasa algún coche. Apuro las últimas páginas de La memoria de los Peces (Literatura Random House) de Sergio del Molino (pegaría aquí en último capítulo, íntegro, la página 207 y 208, pero ya cortamos y pegamos, por comodidad, por frivolidad, demasiadas cosas). Y vuelvo a dormir con el libro en el pecho o en la cara, como siempre me pasa. Al despertar, pienso que conviene ordenar la casa. Recojo la loza, la ropa tirada, pongo una lavadora, quito el polvo del escritorio y del televisor, barro y paso la fregona con olor a pino (nunca he olido un pino). Meto las botellas de plástico en el contenedor amarillo. Las de cristal en el verde. El resto de basura, en los contenedores grises, donde se reúnen miles de gatos, preciosos, mansos y ariscos, que se alimentan de las colas de espinas que los turistas dejan bajo las mesas de los restaurantes.

Y de pronto el mar, como un “reseteo” de todo, un reinicio espontáneo. Las rodillas duelen al entrar. Todavía queda algo de resfriado. Los niños siempre encuentran aventuras nuevas entre los charcos. El volcán entra en el océano y se vuelve paisaje cristalino, azul, hasta desaparecer para entrar en otra isla. Un hombre vaticina: “es probable, a estas alturas, que aquí no llegue el invierno”.

Dos

Me asusta la muerte repentina. No poder despedirme. Y hay una idea que regresa: la de ya estar muerto y ser consciente de que estás en un sueño. Me atormenta pensar que los otros han sufrido, o que andarán preguntándose dónde ando. El sueño tiene copias exactas de los días y las personas, como si no hubiera pasado nada. “En la metafísica, la muerte puede ser también un límite del conocimiento. El simple hecho de estar vivos nos incapacita para comprenderla.”, dice del Molino en el libro.

Tres

Mi coche tiembla. Lo hace al llegar a los stops, cuando piso el freno. Tiembla solo un poquito. Y le digo “tranquilo” y me lleva a donde acordamos. Con los años ha desarrollado un familiar ruido en el motor. Al no tener garaje, la carrocería casi ha perdido el verde. El cristal de la derecha todavía no baja. Tiene un ligero roce en la parte trasera, al lado del intermitente izquierdo. Y ahora tiembla un poco. M me dice que lo deje temblar, qué más da, pues de resto, todo lo demás va bien. A M le tiemblan las manos casi cada día. Creo que es una mezcla de su fragilidad e inteligencia.  El mecánico guarda silencio cuando se lo comento. Y me mira y se parece a su hija a la que doy clase. Cree saber la causa de lo que le pasa al Renault. “Tráelo mañana”, sentencia, y se vuelve a meter cuesta abajo en su taller, una cueva oscura donde asoma un coche, quizá también temblando, al que supongo, pondrá remedio.

 

 

 

 

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Trastero


En el último día de agosto, estoy sentado en la mesa donde probablemente almuerce la mayoría de los días de este año. Tiene un mantel azul, porque aquí todo es o azul y blanco o verde y blanco. No hubiera sido tan difícil haber respetado estos colores, esta manera de vestir las casas, en el resto de las islas. En la mesa ya hay un frutero con fruta, pero también pan y chupetes (cortesía de la casera) y cápsulas de Omega 3. Frente, la cocina con todo lo necesario y un reloj de cerámica en la pared  con girasoles pintados que suena exactamente igual todo el tiempo que le presto atención. También hay un sofá bajo una ventana de madera que se abre por partes con bisagras resistentes. Fuera suena el viento y lejos se escucha el mar.

He cogido una casa de veraneo para pasar el invierno. Cuando este pueblo se vacía, uno llega y se queda. Si miro a la derecha veo el pasillo y al fondo el otro cuarto con otra cama donde pondré el escritorio. El patio interior no es tan interior, porque se ve el cielo, solo el cielo, hoy blanco, más bien gris, y otras veces azul. Allí hay  tres enormes macetas de plantas que viven sin agua y cuerdas para tender la ropa. Al trastero no puedo entrar. La casera se ha llevado la llave pero dice que no vale la pena. “Está lleno de trastos”, escribe.

Los libros de agosto han sido ‘La sonrisa de Mandela’, de John Carlin; ‘Clavícula’, de Marta Sanz; ‘La uruguaya’, de Pedro Mairal. He dejado a la mitad la biografía de Herman Melville, por Adrew Delbanco y prólogo de Muñoz Molina. Acabo en breve Dar Razón, que recoge entrevistas a Emilio Lledó y volveré a leer. He tomado apuntes, varios. Habla el filósofo de “enseñar a mirar: la gramática de la sensibilidad” o “provocar la necesidad de diálogo” en la educación, este nuevo terreno donde uno aterriza con curiosidad y sin saber demasiado.
Los charcos naturales forman este pueblo marinero de Lanzarote. En un banco de cemento pintado de blanco, frente a uno de los charcos se puede leer: “prefiero un no antes que una respuesta de mierda”.

 

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