El hombre imparable


Había apuntado en la libreta: “el hombre no podía moverse y ahora no puede dejar de moverse”. Pasa los días con una bicicleta, una cinta de correr, unas gafas de nadar. Atrapado tiempos y objetivos. Y los domingos, cuando se queda quieto, enmudece en una apatía inexplicable. “Toda la desdicha de los hombres se debe a una sola cosa, la de no permanecer en reposo en una habitación”, cita Pascal en sus Pensamientos. Y es que a la mayoría de la gente le cuesta muchísimo estarse quieta. Tardará en irse fiebre del running, de la fluorescencia y de hacerlo todo visible. Mi padre habla de “rostros tristes” entre los que caminan pero no pasean. Y lo dice convencido, porque él es un hombre de dualismos: izquierda -derecha, costa- monte, ateo- religioso. Tiene una entretenida tendencia a categorizar con un alto porcentaje de acierto. O será que uno ve con la óptica de esa condición.

¿Hay algo de huida en no parar?. En ‘La resistencia íntima’ (Acantilado), el filósofo Josép María Esquirol dice que la huida y sobre todo la huida permanente no puede acabar bien. La resistencia es la casa, la soledad, la proximidad bien entendida. “Enfrentarnos a nuestro propio vacío, con nuestra miseria y no eludir esta experiencia es la mejor manera de mantener este sí mismo y evitar que se pierda”. Por un lado el encuentro con uno mismo “nos pone ante la propia nada” pero por otro “es el mejor camino hacia la paz”, sostiene. El resistente es el que vive aceptando una parte del nihilismo, pero solo una parte. Comprende la imperfección, la finitud, y que a veces “poco es mucho”. Hay casi una vuelta a lo básico.

El hombre imparable no dice su nombre. Hemos coincidido por la mañana en la playa, en esos minutos donde la piel se va secando y queda la sal invisible. Sale del agua con sus gafas de buceo. Buscaba a la vieja tortuga que merodea más allá de los barcos. Cuenta que vino desde Segovia a trabajar en “la Telefónica” cuando había operadoras que gestionaban las conferencias entre una maraña de cables. Y empezó instalando torres por donde pasaban esos cables. Una temporada en cada zona, durmiendo en pensiones. Así conoció la isla, se enamoró y se casó. Tuvo dos hijos que ahora hacen sus vidas. Su historia salta al Aaiún español, donde era un soldado que montaba los vagones de unas galerías. Alguien le ofreció venir hasta aquí porque la empresa ofrecía “unos cursos” y eso hizo. Antes de jubilarse, el hombre revisaba las cabinas que tantas monedas resistieron hasta que los móviles y la movilidad lo coparon todo. En esa época acudió a una piscina y se fue sintiendo mejor, luego al mar… también aprendió a montar en bicicleta y se compró unas zapatillas deportivas. Y así se convirtió en el hombre imparable.”Mañana es domingo, toca descansar”, se lamenta.