Arepas


Hay una fotografía casi primitiva de músicos que formaban la primera orquesta del pueblo, cuando la salsa no existía o aún no había llegado hasta aquí. La orquesta  tocaba un poco de todo; hacían lo que podían en aquellos bailes cuya esencia no ha cambiado demasiado. Uno de los saxofones abrió una arepera en la entrada que se mantuvo algunos años hasta que las hamburguesas y los perritos calientes dieron paso a otra forma de comida, igual de rápida, pero que solo estaba en la televisión. La arepa es una magia de harina, de posibilidades como lo es la música jazz. Las dos cosas provienen de la necesidad.

En esa foto es probable que pocos queden con vida. Y uno se fija en sus miradas, en su gesto serio y elegante. El batería sostiene dos maracas para decir que somos como el propio repertorio de aquella época y como el interior de una arepa, donde cabe un poco de todo.

Relámpago


Maquetación 1

 

No quiero pensar que todo pasa por algo y cargar de verdad a ese misticismo tan socorrido y resolutivo cuando no hallamos respuesta a la necesidad de controlar lo que nos rodea. Si te empeñas puedes enlazar nombres, números, fechas, direcciones, miradas y encuentros para sentir que la vida tiene un sentido. Si insistes, puedes conectar hechos aparentemente inconexos e hilvanar una historia sorprendente. Solo vemos lo que queremos ver.

En una tienda de discos que ya no existe compré Beyond The Missouri Sky. El encargado sabía de lo que hablaba. Era muy delgado, alto, con acento italiano. Escuché decir que las paredes de su casa estaban llenas de música. Pero nunca llegamos a entablar una amistad. Solo saludos cómplices y educados en mis visitas a la tienda. Lo vi años más tarde trabajando en un supermercado. No me reconoció. Andaba comprobando la lista de pedidos: galletas, embutidos, leches, bebidas, todo menos música. Yo solía comprar el bocata de la tarde. Hacía exactamente lo mismo todas las tardes. Dependiendo del turno, me atendía una cajera morena, bajita y con un pañuelo en la garganta, temerosa de las ligeras corrientes que de vez en cuando entraban sin avisar y arrastraban el frío de las neveras, donde descansaban verduras, croquetas, pinzas de cangrejos y bolas de carne. La otra cajera era una señora con las manos enormes. Por alguna razón, nunca volví a ver al antiguo empleado de la tienda de discos, que supuse, se había convertido en antiguo empleado del supermercado.

Beyond  The Missouri Sky estuvo años en el coche y en el aparato del salón. Cuando llegaba de trabajar y la noche ya había vencido a la prisa del día, Pat Metheny y Charlie Haden, guitarra y contrabajo, sonaban en la sala, muy cercanos, sedantes, entre el silencio de los viernes. Luego se perdían a través del balcón, entre los ladridos intermitentes de perros solitarios y las campanas del reloj de la torre. Con el tiempo dejé que esa música reposara en la estantería, donde lo hacen otros discos que ya apenas escucho pero que pueden salvarme cualquier tarde. En 2013 volvieron sus canciones a través de una película, ‘Vivir es fácil con los ojos cerrados’. El director es David Trueba y cuenta el viaje en la España del 66 de un profesor de inglés y dos adolescentes hacia Lennon y Los Beatles. Almería y Missouri, dos desiertos, dos paisajes lejanos y cercanos. El mundo se parece más de lo que creemos.

Los libros tienen banda sonora, como los paisajes y los momentos más felices y desdichados. Como los días luminosos y grises, como el color de los árboles. Hace días puse música al último libro de Trueba: Blitz. De nuevo Metheny y un Haden, que todo lo sabía de su instrumento, que salieron de aquella imposible para alegrarme la vida desde el primer momento. He leído Blitz de un tirón en los sitios de una casa sin horarios y en la playa de un otoño irreconocible. La marea dejaba al descubierto una orilla transitable hasta el final, donde las rocas eran doradas,  como de otro planeta, moldeadas por el agua que no cesa.

Blitz es una historia de crisis y de pérdida, de búsqueda de identidad, del amor mientras la vida continúa. Vuelve el espejo con un rostro que conozco. Tengo la sensación de que me he perdido muchos detalles entre una historia breve y que te atrapa. Releo entre líneas, no paro de buscarlos. Me gustaría tenerlos grabados en mi cabeza como un recetario de lógica mundana.

Ahora tengo el libro justo al lado del ordenador, 16,95 euros en papel. Lo edita Anagrama. “La mejor novela de David. Te deja al final la sensación de haberte enseñado algo bueno, algo que merece la pena, algo que hace recordar lo mejor del ser humano”, dice una crítica que envuelve la portada. El azar abre la pagina 44: “Me gustaría que los lugares nos hicieran descubrir el mundo oculto a nuestros ojos. Porque necesitamos volver a mirar el mundo real, no vagar por la ficción, ni levantar una fantasía, ni permanecer evadidos. Necesitamos un espejo pero curativo, volvernos enamorar de nosotros mismos, de nuestro hecho concreto y humano, por defectuoso que sea”.

El libro, la música, la película, los sueños. Si queremos podemos conectarlo todo. Hagámoslo si es lo que consigue dar un sentido a las cosas que nos pasan. La canción se acaba: “El trauma del abandono siempre te lleva a idealizar al otro, a convertirlo a conciencia en más perfecto, más humano, más deseable, más irremplazable. Lo hacemos, me dijo, para causarnos más daño. Ese ideal nos abruma, es un insulto a nosotros mismos, que durante meses o años nos imposibilita querer a nadie más y nos hace mirar a los hombres y a las mujeres como pastiches lamentables del ser insustituible que acabamos de perder. Un día encontramos que nuestro recuerdo se hace más preciso y más justo y en ese momento podemos llegar a pensar en ser menos infelices”.

Blitz es relámpago en alemán.

 

 

Otra persona


la foto (3)

Un niño, un hombre que pudiera ser tu marido y no más de cinco años te han convertido en otra persona. Buscando que mi madre viera gente diferente, nos sentamos a comer unas croquetas. Allí estabas, tratando de evitar que el pequeño llorase, con otra mirada, sin aquella sonrisa, pero con signos inequívocos de tu identidad en el resto. Tu hombre no era el que hubiera imaginado para ti, pero a veces es difícil también comprender nuestras propias elecciones.

Aquel verano me mostraste los pasillos de la facultad de tu último año en Praga. Luego regresarías a San Petersburgo. Recorrimos la ciudad, sus murallas, como Kafka era el gran souvenir. Cruzamos enfadados el puente de Carlos en una noche clara. Tu estabas delante, como si tuvieras prisa. La lluvia anterior había dejado algunos charcos inofensivos. Los viejos edificios estaban iluminados como un escaparate universal. Te gustó el jazz en el estrecho U Maleho Glena. Compartimos cerveza con unos hermanos ingleses que vivían en Sudáfrica. Celebraban con su madre la alegría de vivir.

Dormí todas las noches solo en este encuentro surrealista. Cuando llegaba a la habitación sabía que la isla se estaba quemando. Los primeros desayunos fueron casi a la fuerza. La última noche comimos en el café del primer día, sin los nervios iniciales de los encuentros lejanos. Al regresar, me preguntaste por un libro estúpido que ahora no recuerdo.

Ayer te volví a ver. Bebías un San Francisco cuando la tarde ya era fresca. Y mientras nos alejábamos, entre las calles de La Laguna, mi madre supo de esta historia. “Claro que no tenías por qué saludarla”, dijo.

Brisa


la foto (8)

Nos pusieron en una mesa redonda para comer. Estaba allí para cubrir una especie de congreso sobre psiquiatría centrado en los familiares de los enfermos. De la comida solo recuerdo la última bola de helado de vainilla derretida en aquella sala gris. Los camareros, jóvenes imberbes y silenciosos, entraban y salían en fila de alguna parte. Entablé conversación con una psiquiatra, tendría alrededor de cincuenta años y aparentaba disfrutar de la vida. Era de Bilbao, especialmente educada. Sin un gesto de más y de amable mirada, se sentaba con la espada recta como si supiese todas las respuestas. Estuvimos hablando de algunos casos, algunos libros, de las paradojas del alma humana. Tenía mucho sentido del humor. Quizás eso le salvaba de sí misma. No quise entrar en detalles sobre mis fantasmas, sencillamente no era el momento. Pero por alguna razón, estaba nervioso. Aquella época, las dudas, las cosas que soñaba hacer y no hacía, la necesidad de encontrar aprobación entre los que me rodeaban, la identidad, mi especial sensibilidad ante lo aparentemente normal, lo que sobraba, lo que no me gustaba. Todo aquello llegaba de pronto, sin avisar, y una manera de calmarme era pensar en el mar y en la música. Y de eso también hablamos. Me dijo que escuchaba a Keith Jarrett, que tenía varios de sus discos. Los ponía mientras preparaba la cena, tal vez en su apartamento. Imaginé que vivía en un edificio alto, en el centro. Tenías que descalzarte al entrar. Podías ver la Ría atravesando la ciudad. Las personas eran pequeños puntos silenciosos. La luz llegaba al salón a través de grandes ventanales. Confesó que no entendía de acordes, de estructuras ni estilos. Tampoco trataba de entenderlo. Solo disfrutaba.

Cuando ya no había más café nos levantamos de la mesa. El congreso seguía su curso. Al día siguiente, el edificio sería un espacio vacío donde otra gente vendría a contar otras cosas. Fuera, el cielo estaba azul y hacía calor. Arranqué el coche y bajé las ventanillas. Empezaba la tarde y el verano se marchaba. Que llegara la brisa era cuestión de minutos.

 

Avec le temps


la foto (1)

Abrir la puerta del balcón para que entre el fresco de la noche es una de las mejores cosas que uno puede hacer en estos días donde el calor saluda para quedarse. A estas horas, el verano todavía permite frotarte los brazos y mirar hacia arriba. Las estrellas son incontables y parecen cercanas. La mayoría parpadea. Muestran lo enorme que es el universo y lo pequeños que somos, metidos en este planeta contradictorio y sorprendente. Hay una canción de Léo Ferré, ‘Avec le temps’ (con el tiempo), que lleva días rondando por aquí. Ferré cantaba con el cuerpo y la inteligencia y por eso llevó la chanson a lo más alto. “Con el tiempo todo se va, olvidamos las pasiones y las voces que nos decían en voz baja no vuelvas tarde a casa, no cojas frío; con el tiempo todo se va y uno se siente canoso como un caballo rendido y congelado en un lecho de azar. Y uno se siente solo, quizás pero tranquilo, timado por los años perdidos… y con el tiempo ya no se vuelve a amar”. Una mujer, la cantante lírica Anne Sofie von Otter y el pianista de jazz Brad Mehldau recogen el testigo de Ferré y también de Jacques Brel, con la ‘chanson des vieux amants’, en un interesante repertorio incluido en el disco ‘Love Songs’. Perfecto para comenzar la aventura del verano.