Relato

Olores


 

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Por alguna razón, cada vez que abandono una habitación donde probablemente no regresaré, me tumbo en la cama vestido, con los zapatos puestos y miro hacia el techo. Allí es posible que haya una lámpara quieta a media altura y poco más. Por un momento, cierras los ojos y una siesta mínima e involuntaria te salva la vida. Al salir, todo parece nuevo, en movimiento, un volver a empezar que solo se reconoce en el viaje. Dentro queda todavía tu olor siempre inalcanzable. Pero los olores que no encuentran a su dueño duran poco. Se pierden por alguna ventana, por el plato de ducha, entre las toallas abandonadas en el lavabo, hasta que otra persona seque su cara en nuevos trapos o intente descansar en esas sábanas y almohadas universales.

 

 

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Pescador


la foto (5)

Tras una larga ducha, dejando que el agua caliente adormeciera la espalda, preparé una copa y salí al balcón. La tarde se terminaba y daba paso a una noche fresca y clara. En el paseo dos niños sostenían nubes rosadas de azúcar y las parejas caminaban dejándose llevar por la dirección que marcaban las farolas, con la sensación de no tener nada que lograr. Cerca de la playa alguien había instalado una montaña rusa. Se escuchaban los gritos enloquecidos de la gente montada en aquel amasijo de hierros que temblaba entre las estrellas.
El hotel era confortable, el personal amable, cambio de toallas y pequeños jabones cada mañana, variedad de frutas y mermeladas en el desayuno, silencio en los pasillos, silencio en general, el periódico gratuito. Lo mejor: las vistas hacia el océano.
Por primera vez en todos estos días tenía hambre, ganas de comer un buen bistec con ensalada y algún postre de chocolate y luego dar un paseo hasta el muelle para ver qué habían cogido los pescadores. No era un plan maravilloso pero tampoco estaba mal. Me gusta ir a los muelles por la noche, cuando sólo se oye el ruido de los cabos que sostienen los barcos atracados. Siempre miro en el cubo de algún pescador y pregunto cómo va todo. La respuesta suele ser breve y sin demasiado entusiasmo. Pero eso no quiere decir nada. Es así. El verdadero pescador no pretende llenar su despensa, simplemente disfruta con que su caña vibre de vez en cuando. Allí reside toda la espera. Segundos decisivos y emocionantes. Algo ruge bajo el agua. Es la lucha del animal por salir vivo. El resto es secundario.

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Vacaciones


la foto

El hotel estaba en medio del bosque, cerca de un balneario al que acudían personas llenas de dolores, dispuestas a dejarse ablandar el cuerpo por aguas milenarias que alguien había catalogado de medicinales. Alrededor del hotel había un jardín con los árboles más altos del mundo y otras especies difíciles de encontrar en un jardín cualquiera. Todas las tardes bajaban a escuchar los pájaros y a ver comer a los patos que flotaban en una fuente, convertida con el paso de los años en una suerte de pequeño lago donde caían las hojas todavía brillantes. En ocasiones se escuchaban las ranas. El bosque era inmenso. Desde la ventana del hotel los pinos dibujaban una alfombra verde quieta y viva. Seguía oliendo a primavera en los primeros días del verano. Los pájaros se perdían en ese paisaje infinito. Unos caían en vertical desde las alturas y otros llevaban un vuelo estable, casi sin esfuerzo, hasta desaparecer.

Había llegado al hotel empujada por la idea de tomar una decisión. Llevaba años así, intentando sobrellevar esa fuerza contradictoria y adictiva que con la misma intensidad que la unía la separaba de él. Nadie sabía de dónde venía. Atenuaba las ganas de acabar con todo dando largos paseos, sin avisar, como si buscase alguna respuesta diferente entre aquella naturaleza. Cuando regresaba, convencida de que hoy era el día, parecía que ya era tarde. Y tras una larga ducha, cenaban juntos en el comedor que olía a flores, a vino y a perfumes frescos de pieles anónimas y perfectas. Y se tocaban las manos mientras se decían pequeños secretos sin importancia. Y toda esa decisión se iba desvaneciendo, como si ella misma hubiera justificado que ya no valía la pena hablar. Y el sueño llegaba como un consuelo profundo y confuso. Y por las mañanas regresaban los mismos pensamientos, siempre inútiles, estériles.
De alguna manera, en medio de aquella nube de días soñados, encontró un punto intermedio donde soportarlo de manera sutil, más convencida de que el futuro se presentaría tal y como transcurrían sus vidas, sin demasiados sobresaltos, en unas tranquilas vacaciones.

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