Libros, Música

El tono


miles

 

Sara Mesa, autora de Cicatriz (Anagrama), decía hace unos días en una entrevista que escribir es “conseguir el tono”, que sobra el ornamento en literatura si no existe esa conexión entre las palabras y la historia. Lo otro es redactar. Conseguir el tono es un trabajo de limpieza en el lenguaje, de aspirar a la sencillez en el punto de partida y llegada, como el solista que suprime las notas innecesarias y logra mantenerse digno. El swing o está o la música pierde lo que la hace música. Y el tono es algo así.

Cuando uno tiene la posibilidad de acercarse a la vida de Shostakóvich  (me encantan las biografías)  las expectativas son enormes. Y cuando hay mucha expectativa se produce, como norma general, la decepción indeseable, porque siempre lo que pensamos es mayor o menor, más fuerte o más débil, de lo que vemos.  En ‘El ruido del tiempo’ (Anagrama), una  biografía sobre Dmitri Shostakóvich, Julián Barnés  intenta meterse en la piel de un músico atormentado por el peso de El Poder: primero Stalin y luego sus sucesores siguieron la pista de un hombre aferrado a su obra como “la música de nuestro ser”, frente al “ruido del tiempo”. Una obra sentenciada en sus inicios por un polémico artículo en el Pravda, supuestamente escrito por Stalin, admirador de Beethoven, y luego admirador de todo lo que elevase a Rusia y a sus ideas a costa de lo que fuere. El yugo comunista a cambio de una afiliación política susurraba en la nuca del compositor, que siempre tuvo miedo y al que siempre se le mostró apoyo “incondicional” por parte del Estado. Barnés cuenta esto y otras cosas en un libro al que uno no acaba de atrapar, o de comprender, de no entender al personaje y sus circunstancias a la postre tan desafortunadas, de no quedar conectado por un autor al que has descubierto en cuentos magistrales, en días donde era eso lo que buscabas en medio de las estanterías con títulos y elecciones posibles. Así llegan ciertos escritores. Por azar.

Quería añadir otra expectativa frustrada de esta semana, pues si uno ve a Miles Davis en el cine no puedes negarte a entrar. Pero si quieres saber de la vida del trompetista, ‘Miles Ahead’ no es la  película, solo un homenaje personal. Don Cheadle, el protagonista y director, ofrece una trama más bien descafeinada de  un artista-pistolero-drogadicto y desesperado por no perder de vista una grabación que guarda como un tesoro, que pierde y recupera entre persecuciones. Fueron cinco años del músico recluido en su casa, con sus propios fantasmas, sin tocar una nota, para luego regresar con el funk de ‘The Man with de Horn’.  Miles detestaba el pasado, el suyo y el de la música que ya se había tocado. Detestaba la palabra jazz.  Estaba obsesionado con lo nuevo, con tener “algo que decir”, con no perder el tono de una vida incontrolable.

El final de ‘Miles Ahead’ son fuegos artificiales y admiración al artista: Esperanza Spalding, Herbie Hancock, Robert Glasper, Antonio Sánchez y Wayne Shorter (que es ya metafísica al saxo). ¿Cómo no le va a gustar a uno eso?. Son lo mejor de algo que podía haber sido muchísimo mejor.

 

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Música

Semana Santa


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A veces he pensado en escribir sobre cosas más concretas que interesen a la gente. Leo blogs especializados en comida, libros, música, viajes, política, moda, deporte, que aconsejan, descubren, opinan, sugieren, facilitan, informan. Pero uno es incapaz de centrase en algo porque a la vez es un poco de todo eso. Así que de  “música en el coche,”, de momento, solo salen las cosas de una manera: historias de mentira y ficciones reales que tienen la modesta intención de entretener y que tratan de buscar la belleza, aunque sea sintiéndola pasar como la brisa nocturna de un puerto pesquero. Si en medio de una canción una frase lo dice todo, la secuestro y la meto en casa a ver qué pasa. Por lo demás, en este cuaderno solo hay una manera especial de mirar una playa, una noche de estrellas, el saludo de un turista, de escuchar el camión de la basura, los ladridos de los perros cuando ya nadie pasa por la calle, de sentir y de agarrar el volante del coche, de caminar entre la gente. También hay soledad. De la buena y de la mala. Porque escribir es un antídoto cuando se siente uno perdido. Siempre lo digo, escribir es muy difícil y yo le tengo mucho respeto a la literatura. Algunos párrafos (eso que en un gesto de consuelo llamo futuro libro) sobreviven en el ordenador y no paro de corregirlos. Ya son micro relatos y a este paso puede que la mayoría sigan minimizándose hasta quedar reducidos a la nada. En definitiva eso seremos todos cuando ya no escuchemos, miremos o sintamos.
Afuera hay tres chicos que gritan. Juegan con un viejo balón de fútbol mientras bajan la calle. Uno está especialmente alterado. “Vamos Omar, hijo de puta”, entiendo. Luego se alejan y pasa un coche muy despacio. A estas horas solo quedan los pájaros que cantan en los árboles y en alguna jaula anónima. También alguien conversa en voz baja. La tarde está fresca. La noche vendrá en pocos minutos. Es de lo único que estoy seguro. De la Semana Santa, ni rastro.

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