Relato

Habitación


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Hay un silencio neutro en la habitación del hotel. Solo el  mecanismo del aire acondicionado es capaz de hacerle frente. También  a veces se escucha el agua de alguna cañería entre las paredes y voces lejanas. La habitación podría estar en cualquier parte del mundo. La diferencia es que está donde uno ha elegido estar, o donde le llevan las circunstancias. Quién sabe si moverse es lo adecuado o seguimos empecinados en este axioma. No hay ni rastro de la ciudad por fuera. La vida aquí dentro la determina una cama inmensa y soñada, un confort universal, reconocible y temporal. Todo esto no pasaría si a uno no le importara dormir a la intemperie, entre el asiento del coche o en un techo posible.  Pero se empecina en no querer molestar ni molestarse y opta por pagar por un cuadro de flores púrpuras junto a la mesilla de noche, por el exceso de toallas perfectamente dobladas que secan perfectamente, por una ducha eterna y vaporosa. La ropa se estrangula en la maleta y decido colocar algunas camisas en el armario. Debajo hay un pequeña caja fuerte que pone “Estampaciones y Cajas de Seguridad S.L.”. Siempre quise tener una caja así donde guardar un secreto, o algo que  de verdad  valga la pena guardar. El dinero, mejor gastarlo  en esta habitación, llena de opciones, como el desayuno que sirven en la sexta planta, al borde del abismo, y que nunca hubiera preparado.

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Relato

Olores


 

la foto (4)

 

Por alguna razón, cada vez que abandono una habitación donde probablemente no regresaré, me tumbo en la cama vestido, con los zapatos puestos y miro hacia el techo. Allí es posible que haya una lámpara quieta a media altura y poco más. Por un momento, cierras los ojos y una siesta mínima e involuntaria te salva la vida. Al salir, todo parece nuevo, en movimiento, un volver a empezar que solo se reconoce en el viaje. Dentro queda todavía tu olor siempre inalcanzable. Pero los olores que no encuentran a su dueño duran poco. Se pierden por alguna ventana, por el plato de ducha, entre las toallas abandonadas en el lavabo, hasta que otra persona seque su cara en nuevos trapos o intente descansar en esas sábanas y almohadas universales.

 

 

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