Libros, Relato

Temblor


 

Uno

Es por la mañana. Me quedo leyendo en la cama. La luz entra por la ventana. Se oyen las hojas de las palmeras en el jardín de picón donde van a cagar los perros. Pasa algún coche. Apuro las últimas páginas de La memoria de los Peces (Literatura Random House) de Sergio del Molino (pegaría aquí en último capítulo, íntegro, la página 207 y 208, pero ya cortamos y pegamos, por comodidad, por frivolidad, demasiadas cosas). Y vuelvo a dormir con el libro en el pecho o en la cara, como siempre me pasa. Al despertar, pienso que conviene ordenar la casa. Recojo la loza, la ropa tirada, pongo una lavadora, quito el polvo del escritorio y del televisor, barro y paso la fregona con olor a pino (nunca he olido un pino). Meto las botellas de plástico en el contenedor amarillo. Las de cristal en el verde. El resto de basura, en los contenedores grises, donde se reúnen miles de gatos, preciosos, mansos y ariscos, que se alimentan de las colas de espinas que los turistas dejan bajo las mesas de los restaurantes.

Y de pronto el mar, como un “reseteo” de todo, un reinicio espontáneo. Las rodillas duelen al entrar. Todavía queda algo de resfriado. Los niños siempre encuentran aventuras nuevas entre los charcos. El volcán entra en el océano y se vuelve paisaje cristalino, azul, hasta desaparecer para entrar en otra isla. Un hombre vaticina: “es probable, a estas alturas, que aquí no llegue el invierno”.

Dos

Me asusta la muerte repentina. No poder despedirme. Y hay una idea que regresa: la de ya estar muerto y ser consciente de que estás en un sueño. Me atormenta pensar que los otros han sufrido, o que andarán preguntándose dónde ando. El sueño tiene copias exactas de los días y las personas, como si no hubiera pasado nada. “En la metafísica, la muerte puede ser también un límite del conocimiento. El simple hecho de estar vivos nos incapacita para comprenderla.”, dice del Molino en el libro.

Tres

Mi coche tiembla. Lo hace al llegar a los stops, cuando piso el freno. Tiembla solo un poquito. Y le digo “tranquilo” y me lleva a donde acordamos. Con los años ha desarrollado un familiar ruido en el motor. Al no tener garaje, la carrocería casi ha perdido el verde. El cristal de la derecha todavía no baja. Tiene un ligero roce en la parte trasera, al lado del intermitente izquierdo. Y ahora tiembla un poco. M me dice que lo deje temblar, qué más da, pues de resto, todo lo demás va bien. A M le tiemblan las manos casi cada día. Creo que es una mezcla de su fragilidad e inteligencia.  El mecánico guarda silencio cuando se lo comento. Y me mira y se parece a su hija a la que doy clase. Cree saber la causa de lo que le pasa al Renault. “Tráelo mañana”, sentencia, y se vuelve a meter cuesta abajo en su taller, una cueva oscura donde asoma un coche, quizá también temblando, al que supongo, pondrá remedio.

 

 

 

 

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la foto (4)

Cambiar las ruedas del coche es otra oportunidad para seguir adelante. Encuentro cierto placer en observar el trabajo de los talleres  de mecánica rápida. Ver  el coche elevado sobre la máquina que alinea direcciones; el ajuste de la circunferencia perfecta de la rueda en el contrapesado; cómo cae el aceite al enorme embudo se asemeja a una ballena que pierde su sangre después de una larga batalla. El mecánico domina en silencio las certezas de las leyes físicas y vive con la convicción de que hay pocas verdades más claras que el mecanismo de un motor.

El otro día, mientras acababa La noche más larga en la Isla Esmeralda, del amigo José Luis Cámara, mi coche colgaba sobre uno de esos elevadores mágicos, sin protestar, diría que agradecido de que por fin haya decidido cuidarlo un poco, no dejar que el tiempo le afecte más de lo necesario. Confieso que a menudo le pido perdón, porque siempre necesita más agua, por hacerle llegar demasiado cansado a las gasolineras, por dejar las alfombrillas delanteras y traseras como están, por permitir que una fauna no tan microscópica habite los miles de huecos entre los sillones. También hay lápices, cigarrillos, servilletas sin usar, discos compactos, recibos del banco. Mi coche no acaba de curarse de un fallo congénito en el mecanismo de la elevaluna, pero nadie es perfecto. Se mantiene vivo y joven, en pie, y llega a los lugares que quiero que llegue y me da la música que le pido. Además es francés, con lo que se le supone un estilo. Dice Ricardo Piglia en Los diarios de Emilio Renzi :“el estilo no es otra cosa que la convicción absoluta de tener estilo”.

Envidio a las personas que tienen un método para acabar las cosas que empezaron a fraguarse  en la cabeza. Somos lo que hacemos, no lo que pensamos. En un año por Nueva Zelanda, Australia y Camboya, durante una huida necesaria, cuando la dinámica del periódico te devora, Cámara se sacó de la manga el cuaderno de viajes Rumbo a un Sueño. Ahora, de vuelta al oficio,  publica La noche más larga en la Isla Esmeralda, donde habla acertadamente sobre Irlanda, sus paisajes,  los fantasmas del IRA, los amores soñados y vividos. Me pidió opinión sobre el libro y le hablé del reto personal que supone “enfrentarse a la literatura”. Todo lo que nos atrae, que no conocemos, lo que nos gusta y no sabemos para qué sirve está en ella y no en ninguna otra parte.

 

 

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