Resistir


El viento ha regresado. Se cuela por la playa, los cafés, los pasillos de los edificios. Empuja las velas de las tablas de todos los colores que resurgen al fondo del paisaje. “Aquí sin viento nada tiene sentido”, dice un hombre sentado frente al muelle. Y uno ha ido aceptando su imprevisibilidad, como hace con los días buenos y malos.

Terminada ‘La resistencia íntima’ (Acantilado, 2016) de Josep Maria Esquirol, surge la figura del que resiste. Pregunta: ¿estamos haciendo la vida que queremos o nos dejamos arrastrar por las circunstancias?; ¿cuáles son las fuerzas que empujan a deseos, expectativas, rechazos, predilecciones?; ¿es esa vida hacia un éxito desdibujado , cambiante, relativo, inatrapable, incluso ajeno a nuestras voluntades iniciales, la que debemos esperar?; ¿hemos olvidado el cuidado de uno mismo?. El resistente, que define el profesor de Filosofía de la Universidad de Barcelona, mira a la proximidad, ha visto la nada y lo asume, “salva” la “cotidianidad del descrédito”. La cotidianidad es la comida, el trabajo, la casa, los amigos, los días normales como posibilidad. El resistente afronta lo finito, reflexiona, intenta comprender el mundo despegado del “mundo hecho información”. Porque la información es un problema cuando ya no es el medio para comprender al mundo, sino cuando es “configuración” de éste. Según Esquirol “hay vida más allá de la actualidad”, o mejor dicho “solo hay vida más allá de la actualidad”. Un ensayo que nos pone los pies en el suelo “hasta la raíz”, como diría Natalia Laforcade.

 

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Apuntes


la foto (12)

Cuando estaba en la Universidad sólo pensaba en divertirme. Las mujeres movían el motor de aquellos años irrepetibles. Sonreír en silencio era la manera más consensuada y pacífica de buscar la empatía. Y en la biblioteca coqueteaba con las que transitaban entre los libros o permanecían en las mesas de madera impecables que daban a los grandes ventanales. La cuarta planta, en los días claros, mostraba una ciudad viva y siempre dispuesta a ofrecer cosas nuevas. Ahora uno piensa en que todo aquello estuvo bien, pero que quizá hice demasiado deporte, vida social, y en cambio anduve con ligereza sobre el propósito de un imberbe hipocondríaco y curioso: estudiar. La suerte, si existe, estaba allí. A lo largo de cuatro años me presentaron Aristóteles, Marcuse, Adorno, Nietzsche, Kant, Walter Benjamin, Marx, Horkheimer, Sartre. Les dí la mano y supe dónde andaban, pero solo fueron conocidos, nunca quise salir a tomar una copa con ellos, intimar para saber por qué habían escrito todas esas cosas que en un primer momento parecían tan interesantes, a la vez tediosas; tan abstractas o concretas; que no podías alcanzar con la vista o que pasaban a diario frente a tus ojos. Ahora reviso varios apuntes y agradezco que la vida te devuelva lo que movió a un adolescente a rellenar un formulario para acercarse, aunque sea de lejos, a la Filosofía. La mirada cambia con los años y se hace más aguda, consciente. Estos días deparo en aquel conocimiento que antes se quedaba, en su mayor parte, en la biblioteca, como las chicas olvidadas entre los sueños de un seductor. Ese saber quizás ha servido para capear algún temporal en el camino, para poner en perspectiva lo que aparentemente no tenía forma. Sócrates, que no dejó nada escrito, reaparece para quedarse, espero, el tiempo suficiente.