Música

Turistas


la foto (10)

Hacía algún tiempo que llegaban a la bahía enormes barcos repletos de turistas. Trazando una línea imaginaria desde algún punto del océano, pasaban días flotando a poca distancia de la playa, como rocas inertes, hasta que una mañana cualquiera se alejaban para dejar paso a otros como un ciclo constante. Los turistas bajaban a la costa a comer en los restaurantes que ofrecían todo el pescado del mundo, eternas sobremesas, risas en voz baja y largos silencios. Aparentaban una extraña discreción en el apetito, en la ligereza de partir un pedazo de pan, en cómo se levantaban para ir al lavabo. Por la tarde regresaban al barco con un buen puñado de cosas: licores de cualquier fruta, figuras idénticas que poblaban los mostradores de las tiendas, alguna camisa barata, tazas de cerámica con la foto de rincones desconocidos, una cuchara de madera y otros recuerdos desechables. En las noches más claras y apetecibles nadie se movía a bordo. Las luces intermitentes recorrían las cubiertas y los camarotes. En ocasiones, fuegos artificiales llenaban el cielo de púrpuras y amarillos hasta que se difuminaban en la oscuridad tras el estallido seco. Era una fiesta continua pero contenida, ajena a lo que sucedía fuera. Era una clase de felicidad.

Una mañana, al borde del acantilado, el hombre bajó del coche y levantó la mano con entusiasmo para dar la bienvenida a los recién llegados, como si éstos, que eran puntos diminutos a bordo de la mole blanca, estuviesen pendientes de lo que ocurría en tierra firme, donde las olas golpeaban las casas que crecían al ritmo de los niños que las habitaban. Esperando alguna señal, el hombre saludó de nuevo y, sin ser consciente del gesto inútil, volvió al coche con la esperanza de que algún turista hubiese recibido con entusiasmo su gesto universal. Y cada año repetía el saludo, convencido de la amabilidad de los visitantes y de lo importante que era para el pueblo la presencia extranjera.

El hombre acariciaba el sueño de conocer la vida de un turista, cómo era su hogar, a qué se dedicaba, cuáles eran sus inquietudes y miedos. Pero aquello solo era un sueño y nunca se atrevió a tocar a alguno y realizar una sola pregunta. Se consolaba con sentir que lo habían visto desde el barco.

 

 

 

 

 

Estándar
Recuerdos, Uncategorized

Felicidad


la foto (2)

Nadie recuerda su bautizo (esas fiestas generalmente de bebés aún hinchados vestidos de blanco que acaban siendo los anfitriones inconscientes de banquetes familiares donde se estrenan las camisas y otros coloridos abalorios) pero todo el mundo tiene alguna imagen de la Primera Comunión. En mi caso, llevaba un pantalón azul marino y una rebeca rosada. A la derecha colgaba un crucifijo dorado. Mis pies bailaban sobre unos mocasines de cuero negro. Era pequeño, con el pelo negro azabache, hiperdelgado y cabezón. Canté en la iglesia acompañado de una guitarrista de iglesia a la que conozco bien y ahora saludo de manera fugaz. “Hoy te quiero cantar madre mía del cielo, en mi lucha y dolor yo te doy mi consuelo”, así empezaba. A la salida repartíamos unas tarjetas con nuestra fotografía angelical, abrazando un libro blanco, un rosario, arrodillado sobre una falsa balaustrada con jardines imaginarios. Y el mismo mensaje grabado en relieve: “Recuerdo de mi Primera Comunión”. Todos estábamos así, tiesos, callados e imberbes. Mis amigos y también las chicas. Nadie era un desconocido.

Una semana antes confesé al cura, por obligación, que a veces insultaba a mis hermanas y que había dicho algunas mentiras a mis padres. Era la primera vez que confesaba algo a alguien. No eran pecados graves, ni siquiera pecados, pero algo tenía que decir y eso dije. De resto, en esos meses poco más recuerdo. Solo la plaza, pedir sediento un vaso de agua del grifo en el Bar Central. Tenía una barra inalcanzable. Altísima. También recuerdo sentirme frustrado porque era muy malo al fútbol, en cualquier posición y contexto. Muy malo en cualquier deporte de equipo. La mayoría de los días llegaba sucio a mi casa.
Ahora entiendo por qué mi padre no quería que hiciera la Primera Comunión, pero en ese entonces ni yo ni nadie de mi familia pensaba en cuestiones de fe y de espíritu. Como es lógico, no pudo hacer nada ante mi férrea oposición y la de mi madre. Lo cierto es que la fiesta acabó en la casa, con todo tipo de comida y bebida y música. Las canciones sonaron hasta el atardecer. Yo como siempre me caí y rompí el pantalón. También golpeé a mi primo jugando al boxeo. Solo había dos guantes y cuatro manos, así que nos repartíamos el asunto. Lo golpeé en la cara, un directo que le desató una terrible ira. Lo tuvieron que agarrar porque entre lágrimas me iba a matar.
En el fondo, lo de menos era desfilar con cara de inocente ante el Santísimo. La Primera Comunión suponía una experiencia más de la pre adolescencia que uno asumía de manera natural, sin plantearse qué clases de dioses y de santos existían, si había otro lugar fuera de este mundo llamado cielo, si un cura podría absolvernos de lo que se decía pecado. Lo importante era estar ese día “bien vestido” y ver la sonrisa de aquella chicha, tu pareja de comunión, en la fila antes de entrar a la iglesia. Pero lo más importante eran los regalos y el dinero. Así estaban hechas nuestras mentes.
¿Acaso el que se metía a monaguillo no figuraba por la misma causa?. Y es que en un bautizo, podrían caer unas cuantas moneditas de algún generoso filántropo. Alcanzar quinientas pesetas en el reparto era un milagro. Con eso te daba para toda la fiesta si no te lo gastabas en placeres efímeros: recámaras, pistolas de agua, polos, perritos calientes y nubes de azúcar. En esos tiempos no conocíamos ni la espera ni la mesura. Tampoco era necesario. Y lo verdaderamente placentero era tener entre tus manos un puñado de fichas de los cochitos locos. Así llamamos por aquí a los coches de choque. Eso era la felicidad.

Estándar