Tártaros


Hay una clase de somnolencia, una resignación no exenta de disfrute en las gentes que habitan los territorios donde el mar construye playas. Hay algo circular que envuelve a uno como el viento y lo encierra en un médano. El mar es una meta y se visita con toalla y  bañador. Nunca se llega más allá. Se cruza la línea solo un poco para poder retroceder y volver a cruzar. La meta se acaricia pero no se deja atrás.

Con la ilusión y el recuerdo de un niño, uno lleva algunos días queriendo ver el fondo del mar. Pero cada vez que llega el momento se inclina por los baños rápidos, que no enfrían el cuerpo, solo lo refrescan y despejan la cabeza, por unos minutos, hasta que el sol vuelve a calentarlo todo y el mediodía obliga a marcharte de allí. Esta mañana decidí bucear, por fin, y cumplir las ganas de encontrar un espacio donde flotar y mirar a los peces intocables que te miran, también, extrañados, temerosos. Pero el fondo estaba turbio. Apenas unos peces se perdían entre la arena. Las rocas eran manchas difuminadas, oscuras, ajenas a todo matiz. La marea golpeaba el viejo muro de piedra que amenaza a un restaurante con la espuma de las olas más fuertes.No era el momento. Se fue el fondo y sus circunstancias, ver la vida debajo del agua. Era preferible pensar, desde la superficie, que la mayoría de los días, allí abajo existe un mundo cristalino y pacífico y que que esa imagen, sola en el pensamiento, es suficiente.

Acabo de terminar, de nuevo (quedaron muchas cosas por recordar y comprender) El desierto de los Tártaros. El libro describe una vida postergada, alentada por amenazas inexistentes, por expectativas e ideas que solo están en la imaginación. Es la historia de Giovanni Drogo, de la espera de un militar destinado a la fortaleza Bastiani, situada frente a un desierto donde vendrán los tártaros. Es la historia de un misterio sin concretar pero siempre presente, un olvido ciego del tiempo presente a costa de mantener la seguridad de una existencia, una vida, siempre impredecible, por mucho que nos empeñemos en controlarla. El libro desvela la frustración ante el estrechamiento de las posibilidades de realización en aras a un ideal, una enfermiza búsqueda por dar sentido a la vida, un sentido de éxito casi obligado, por derecho, donde los sueños no sean sueños, sino realidades posibles. Dino Buzzati escribió El desierto de los tártaros pasados los treinta años y fue su consagración como escritor. Uno relee el libro y se siente quizá, por momentos, una víctima más, como Giovanni Drogo, que sonríe, consciente de la pesada broma que sus ilusiones le han jugado, de la mueca que el destino imprime al margen de la voluntad humana. Agotado y solo, desfallece en una cabaña, lejos ya de la Fortaleza y de la invisible amenaza tártara, preguntándose si tendrá tiempo, por última vez, de ver la luna entre una porción de estrellas una noche de primavera.