Recuerdos

21 cambios


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Un mundo con demasiadas opciones se presentó cuando comenzaron a llegar las bicicletas de 18 y 21 cambios. Ahora me pregunto para qué querías cambiar 21 veces en las calles de toda la vida. Pero lo cierto es que a nosotros, imberbes semisalvajes, toda aquella tecnología sobre ruedas nos parecía un milagro. Y de la moda del monopatín, un juego más sucio e indiscutiblemente americano, nos pasamos al entusiasmo de dar pedales.
Mi primera bicicleta era una Torrot de cross que alguien se llevó un día sin pedir permiso. Supuse que la habrían pintado de negro, como hacían los ladrones de bicicletas para esconder el delito y, aunque podría ser reconocible, puse poco interés en buscarla. En ese entonces, algunos afortunados tenían las Chooper, de tres marchas, irrompibles, poderosas, que caminaban a otro ritmo. Al cabo de los años llegó el milagro y me regalaron la pesada Orbea, que mantuve un tiempo hasta verla  morir deshuesada en el garaje de mi tía. Perico Delgado era un valiente escalador e Indurain ya estaba convertido en superhéroe. Comenzaban a verse unos pocos locos desafiando el tráfico con una bici de carreras. Un amigo, que venía los veranos de Barcelona, empotró su cabeza entre los barrotes de la casa de su abuela porque los frenos sujetos a aquellos manillares circulares fallaron. No todo el mundo podía conducir una bicicleta de anémica estructura, que te ataba los pies de una extraña manera y agachaba tu cuerpo hasta que parecieras un galgo.

Encuentro en el mecanismo de la bicicleta una forma placentera de andar por el mundo. Puedes disfrutar de una tarde fresca mientras ruedas en silencio por algún paseo marítimo. Puedes atravesar la ciudad iluminada en las noches de verano. Puedes alcanzar las cimas más altas entre el dolor y el placer. Puedes, simplemente, dejarte llevar mientras la brisa inofensiva golpea tu rostro. En la mayoría de los casos no necesitas 21 cambios. La mayor parte de las cosas por las que te preocupas nunca pasan.

 

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Contador


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Los héroes del ciclismo se parecen a los personajes míticos que los griegos inmortalizaron. Ulises escapó al canto seductor de las sirenas fuertemente atado al mástil de su barco. Aconsejó a los marineros, con los oídos taponados, que bajo ninguna circunstancia lo soltasen para evitar así sucumbir a la melodía engañosa de aquellos seres que sumergían a los humanos en las profundidades para siempre. El ciclista flota sobre dos ruedas ajeno a un mundo exterior que le ofrece soluciones para mitigar el sufrimiento: bájate de la bicicleta, descansa  a la sombra de este árbol, súbete al coche y deja que la brisa de la montaña acaricie tu cara. Pero estos héroes, como un artista, se resisten a los mensajes del sentido común. Cuando un ciclista llega a la cima en solitario parece estar cerca de los dioses, porque atrapa su naturaleza. El método para acercarse a ellos es no dejar de pedalear. Hacerlo como si detrás de una voluntad absoluta de superación no hubiese motivo alguno.

Ayer, por primera vez, ví a pocos metros a Alberto Contador. Pedaleaba por Tejina con esa estética de los elegidos, sin darle demasiada importancia pero constante. Aplicado este esfuerzo a la vida parece una buena manera de actuar. Aunque detrás de su justa figura, de esa aparente comodidad, el campeón escondía bajo el sol de la primavera una lucha donde las sirenas y otros seres retan a los mortales en su existencia.

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