Recuerdos

Escondite


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Un simple juego, el escondite, puede provocar la alegría más espontánea. Hoy me convertí en un monstruo enorme y torpe que contaba hasta diez para buscar a Guillén, Marino y Hernán. Los tres corrían a ocultarse hacia alguna parte de la casa: debajo de la cama, tratando desaparecer entre las cortinas azuladas del baño; detrás de la puerta de lo que fue mi dormitorio; detrás del sillón color naranja, en medio de las conversaciones del salón.

La risa silenciosa e incontenible antes de ser descubierto, saber que están a punto de alcanzarte, lograr ser invisible como un gato salvaje que arrasa tu queso olvidado en la mesa de la cocina. Cada uno de ellos tenía esa ilusión inocente que hace olvidar cualquier preocupación adulta, a veces banal, absurda, innecesaria, inoportuna. Hubo un momento en que quise esconderme para que los tres me buscaran.

 

 

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Regreso 2


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Despertó en su cuarto, rodeada de fotografías de la infancia, el viejo armario de leño, las medallas del cross popular, el muñeco azul, la caja de Juegos Reunidos, los libros de Elige tu Propia Aventura, el cajón donde guardaba los patines blancos. Al lado todavía dormía su hijo con una respiración profunda y pesada. Amanecía y ella se quedó en la cama boca arriba, mirando las estrellas y la luna de papel que resistían en el techo después de todos estos años. Fuera se escuchaba algún coche pasar y los pájaros comenzaban a posarse sobre el tejado. El viento del anochecer había remitido y apenas una lluvia débil dejaba la tierra húmeda. La naturaleza, ajena a todo problema humano, seguía su curso por más preguntas que cualquiera tuviese.
Su madre andaba en la cocina con la televisión encendida. Las noticias anunciaban una borrasca que se acercaba por el norte. Nada extraordinario, pero recomendaban precaución a los conductores y que la gente no saliese de sus casas. Era una voz joven, la chica del tiempo, enérgica y resolutiva. En pocos segundos había predicho las lluvias de todo un país, probablemente con escaso margen de error. Eran casi las nueve. Hora de levantarse y desayunar en la casa que había perdido su olor. Ella había dormido rodeada de objetos del pasado que ya poco importaban. «Al mediodía anuncian que el tiempo mejorará, por si querías acompañarme al pueblo, tengo que comprar», comentó su madre. A medida que avanzaba la mañana las predicciones se cumplieron y una parte del cielo, por la zona de las montañas, empezaba a quedarse azul. El sol calentaba las mejillas y las manos de cualquiera. También toda la tierra. Por momentos, pensó que la borrasca era un puro espejismo. Había que aprovechar, salir al mundo cuando ya no llovía.

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La plaza


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Ya no hay niños jugando en las plazas. Ahora lo hacen en los parques que construyen los ayuntamientos. Parques infantiles a los que van los adultos a columpiar a sus hijos que han aprendido  a sonreír ante la cámara del teléfono móvil. En la plaza acabábamos sucios de arrastrarnos por el suelo. Jugábamos a fútbol con una pelota de tenis, jugábamos al baloncesto con una pelota de tenis. Las porterías eran los bancos de la plaza, la puerta de la iglesia; las canastas eran el bordillo de la sacristía. Inventamos algo parecido a la pelota vasca con la misma pelota de tenis. Jugábamos a las cartas, comíamos pipas incansablemente, fumábamos, hablábamos. Todo el pueblo iba a la plaza, no había otro sitio para entretenerse, juntarse para pasar el día, incluso existía la posibilidad de  enamorarse. Ahora la plaza es un páramo. Algunos jóvenes se besan en la parte de atrás por las tardes, ajenos a esos partidos de fútbol. Por las mañanas algún turista fotografía la torre de la iglesia en estos días soleados.

La iglesia sigue viva. Fiel a las misas, comuniones, bautizos y entierros.  La  iglesia es un sitio muy bonito que conserva el olor a incienso.  De niño recuerdo que  me llevaban a ver como metían al cristo en la caja de madera el Viernes Santo, mientras se apagaban las luces. Algunas veces sentía algo parecido al miedo hasta que deje de ir. En la primera comunión canté en la iglesia una canción a la Virgen. Llevaba unos pantalones rosados y una rebeca  azul marino.  Los pantalones los perdí en una caída, en la fiesta de mi casa donde mis amigos se divirtieron  y los amigos de mis padres se divirtieron y también se emborracharon. Porque yo siempre me caía, siempre tropezaba. Me caía en mis cumpleaños, me caía en el colegio, me chocaba contra los otros niños y contra las paredes. Era un chico bastante torpe y a veces sin razón aparente tenía una mirada preocupada. A mi padre nunca le gustó que yo hiciera la primera comunión. En ese momento  no lo entendí. Yo solo quería que me dieran regalos y dinero. Ahora comprendo sus razones, todas sus diferencias con los curas, su escepticismo, esa desconfianza con Dios.

De vez en cuando cruzo en bicicleta la plaza. Saludo a los mayores que se sientan frente al ayuntamiento. En el plaza de atrás casi nunca hay nadie y han plantado unas palmeras. La parte de arriba suele estar vacía. Abajo hay instalado un parque infantil que parece ser definitivo.  Allí los padres vigilan a sus hijos. Han podado algunos árboles, pero afortunadamente  aún  siguen cantando los pájaros. Ahora la plaza es un lugar más limpio. Aquellos tiempos nunca fueron mejores, pero tampoco necesariamente peores.

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Por los aires


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La despertó el sonido de los pocos coches que pasaban a esas horas por la autopista. Para volver a dormir imaginó que los coches eran olas que llegaban hasta una orilla, pero a decir verdad el mar estaba bien lejos y sus pensamientos solo eran un consuelo. Aquella habitación daba a la carretera. Llegó de noche, cansada de estar horas al volante y no era el momento de preferencias. Lo esencial era encontrar una cama cómoda, un baño limpio y poco más. Ya se había acostumbrado a los olores ajenos, a esos que andan por los hoteles: una mezcla de personas y cosas, de algún limpiador multiusos, de hombres y mujeres que han dormido allí,  olores neutros en las almohadas y en las toallas que dejan cerca de la ducha.  Estaría algunas horas y luego seguiría su camino.

Llevaba tres meses fuera de casa. Había ahorrado algún dinero para poder permitirse esta nueva vida que la alejaba de todo lo que había sido en la vida, de la familia, de un trabajo al que amó muchos años pero detestó hasta mandarlo al carajo; de las personas a las que más quería y a las que necesitaba olvidar. Una mochila cargada de piedras la habían tenido mucho tiempo inmóvil, con el aire justo para respirar, una carga que poco a poco iba siendo más pesaba hasta consumirle la energía. De haberse quedado en el mismo sitio hubiese sido imposible quitarse de encima esas piedras que  le producían una inseguridad sutil que amablemente no la dejaba en paz.

En cualquier caso nada extraordinario le había sucedido en estos primeros meses. No había conocido a gente nueva, vagaba de hotel en hotel  donde generalmente desayunaba. Pero ella quería encontrar lugares donde construir otra manera de estar en el mundo. Sabía que había algo para ella en algún rincón pero todavía era pronto para quedarse quieta. Debería tener paciencia y  la carretera, que esa noche la había despertado, indicaría el camino.

Abrió las persianas y salió al balcón, donde encontró un gato. Era una animal grande y de pelo corto. Parecía estar tranquilo, no tener hambre ni frío. Supuso que los dueños del hotel le darían de comer o en caso contrario, supuso que era una animal lo suficientemente independiente para buscarse la vida. Estuvo un tiempo observándolo hasta que desapareció de un salto en dirección a la autopista.  Detrás estaban las montañas y apenas cuatro casas lejanas se mezclaban entre el bosque. Comenzaba amanecer y se veían las cumbres cubiertas de nieve. No llegaba el frío hasta aquí, solo una ligera brisa fresca  y un sereno que se quitaría en cuanto saliese el sol. Hacía días que el cielo estaba despejado y la nieve no tardaría en desaparecer.

Apoyada sobre el balcón con las manos cubriendo sus mejillas, contemplaba  cómo pasaban los coches. Al cerrar los ojos volvió a pensar en las olas y el mar y se quedó unos minutos así, esperando a que llegase la claridad. Pero de repente  oyó  un golpe seco y cercano proveniente de la autopista y vio como algo saltaba por los aires mientras uno de los coches maniobraba para no perder el control. Era un animal que quedó destrozado en medio de la carretera y que el tráfico siguió aplastando hasta convertirlo en una fina lámina de pelos y tripas. Quedó quieta en el balcón y en unos segundos el ritmo de los coches volvía a la normalidad, como si la muerte no importara demasiado en la interminable actividad de una carretera.

Al abandonar el hotel, mientras ponía sus cosas en el coche, vio al gato frotando su espalda en una de las ruedas mientras maullaba y se alegró de que estuviera vivo, que no fuese esa lamina de tripas y pelos. De alguna manera no había sido así. Aunque nunca supo qué era lo que saltó por los aires.

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