Uncategorized

Desaparecidos


la foto

Sus caras están en las paredes de los aeropuertos, en las estaciones de guaguas, en los muros de cualquier ciudad, en la esquina menos pensada. Su foto está sobre un papel que describe la estatura, lo que llevaba puesto ese día, si padece alguna enfermedad. No hay ni rastro de ellos y sin embargo, en ocasiones, algún rostro es conocido, familiar, por su pelo, la manera de mirar, esa expresión inacabada que dejan algunas fotografías. Quizás era aquel hombre que durante un tiempo compraba el pan por las mañanas; el joven que se mojaba la cara en el baño aquella noche; la chica que te pidió fuego y desapareció entre la gente. De pronto, la Tierra se los ha tragado. Dejaron todo como está, como si no necesitaran de su pasado.
Dijiste que había mucha gente de la que no se sabía nada y aventuraste la posibilidad de que algunos quisieran desaparecer, iniciar otra vida en un lugar donde nadie pudiese encontrarles. Hacía mucho calor. En el paseo llegaba el olor de los restaurantes de pescado. El mar a estas horas casi cubría la franja de callaos en la playa. Los jóvenes se bañaban una y otra vez en aquel océano inmóvil hasta quedar vencidos mientras el sol se iba despidiendo. El barco volvía a marcharse despacio, como siempre lo hacía. Algunos decían adiós levantando la mano, pero la gran mayoría entraban para sentarse y esperar, dormir, ojear una revista, tomar una copa en medio del balanceo inminente.
Nos sentamos y pedimos algo de comer. Por un momento, miré el rostro estático de aquel hombre. Abría el pescado con una sosegada precisión mientras tomaba breves sorbos de vino blanco. Luego anotó algo en una libreta pequeña y untó mantequilla en un trozo de pan. En sus ojos, marrones y alicaídos, podía verse aquel placer silencioso de haber conseguido escapar.

Estándar
Uncategorized

Postre


IMG-20130414-01032

Yo andaba siempre buscando a mi madre. “Has visto a mi madre, has visto a mi madre”, repetía en cada casa, en cada tienda. Sentía angustia cuando no estaba, y cuando se hacía de noche y no llegaba me preguntaba qué le podría estar pasando. Era un niño excesivamente preocupado por mi madre, un niño al que no le gustaba estar demasiado tiempo fuera de casa, dormir en otra cama que no fuese la mía.

Un día encontré una caseta de campaña guardada entre unas rocas donde solía jugar con mi hermana. Pensaba que era un paracaídas, pero quién podría usar un paracaídas para aterrizar en este páramo. Pero yo mantenía la teoría de que alguien podría haber caído desde el cielo. Mi abuelo armó la caseta  mientras no paraba de repetirle a mi madre lo flaco que yo estaba mientras me cogía de la muñeca. La caseta se quedó algún tiempo en el jardín de mi casa, instalada como si fuese un campamento. Y allí intenté dormir como para hacerme la idea de que estaba en otro sitio. Pero en realidad sólo eran cuatro metros los que separaban el jardín del dormitorio de mis padres, donde claro, dormía mi madre.

Una pitillera para guardar los cigarros. Eso le he comprado. He añadido un pañuelo, pero no estoy seguro  de que se lo ponga, porque ella no es muy dada a los complementos. A todos les ha enseñado su pitillera nueva. Ojala fuese tan simple contentarla siempre con estas cosas tan simples.“Un día cualquiera  tu madre se levantó y me dijo que no se sentía bien, y de eso ya hace treinta años”, me dice mi padre la semana pasada.

Comimos en el comedor de la sala, pero ella ha preferido acabar lo suyo media hora antes en la cocina. Luego se ha sumado al postre, una tarta de queso recubierta con mermelada de fresa. Siempre actúa así y no hay quien le convenza para que cambie de costumbre. Así se comporta  hace años, poco después de que le dijera a mi padre que se sentía extraña.

————————-

Ando un  poco disperso con la música en el coche. No acabo de cuajar un disco que se mantenga más de 10 kilómetros.  Hasta siete he tenido por ahí. Ahora solo he dejado Mozart, Mogway y The XX. He sacado la banda sonora de Lost in Traslation,  Antony and the Johnsons,  y un directo de Julieta Venegas que me anima pero también me hecha para detrás.

Ahora escucho algunas baladas de Chet Baket, que murió desdentado y solo, Cayó por la ventana de un hotel en Amsterdam. Por cierto,  quiero ir un día  y pasear en bicicleta por allí.

Estándar