Relato

Octubre


la foto (1)

En los primeros días de octubre el viento había desaparecido. Los molinos eran esculturas lejanas, en reposo, como el mar azul e inofensivo, todavía tibio por el calor del verano. Te dije que todo simplemente sucedía sin un motivo oculto ni un consuelo del destino. Sin que nadie pudiera evitarlo. Desayunamos cosas dulces y saladas. Fruta, el milagro del postre italiano. Almorzamos casi pegados a la orilla, arroz con verduras. La pausa somnolienta del café. Luego andamos, largas horas por la bahía, sin cansarnos de nosotros mismos. Y llegó la noche y las terrazas reflejaban la luz sostenida por la vida ociosa.  Al fondo, la música disolvía toda complicación. Y regresamos y dormimos hasta casi perder la memoria. Por la mañana el barco esperaba. Parecía tan bueno despedirnos como habernos conocido.

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Desaparecidos


la foto

Sus caras están en las paredes de los aeropuertos, en las estaciones de guaguas, en los muros de cualquier ciudad, en la esquina menos pensada. Su foto está sobre un papel que describe la estatura, lo que llevaba puesto ese día, si padece alguna enfermedad. No hay ni rastro de ellos y sin embargo, en ocasiones, algún rostro es conocido, familiar, por su pelo, la manera de mirar, esa expresión inacabada que dejan algunas fotografías. Quizás era aquel hombre que durante un tiempo compraba el pan por las mañanas; el joven que se mojaba la cara en el baño aquella noche; la chica que te pidió fuego y desapareció entre la gente. De pronto, la Tierra se los ha tragado. Dejaron todo como está, como si no necesitaran de su pasado.
Dijiste que había mucha gente de la que no se sabía nada y aventuraste la posibilidad de que algunos quisieran desaparecer, iniciar otra vida en un lugar donde nadie pudiese encontrarles. Hacía mucho calor. En el paseo llegaba el olor de los restaurantes de pescado. El mar a estas horas casi cubría la franja de callaos en la playa. Los jóvenes se bañaban una y otra vez en aquel océano inmóvil hasta quedar vencidos mientras el sol se iba despidiendo. El barco volvía a marcharse despacio, como siempre lo hacía. Algunos decían adiós levantando la mano, pero la gran mayoría entraban para sentarse y esperar, dormir, ojear una revista, tomar una copa en medio del balanceo inminente.
Nos sentamos y pedimos algo de comer. Por un momento, miré el rostro estático de aquel hombre. Abría el pescado con una sosegada precisión mientras tomaba breves sorbos de vino blanco. Luego anotó algo en una libreta pequeña y untó mantequilla en un trozo de pan. En sus ojos, marrones y alicaídos, podía verse aquel placer silencioso de haber conseguido escapar.

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