Relato

Viajes


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Todos los años mi padre tiene ganas de que agosto pase cuanto antes. Hoy lo ha vuelto a recordar por teléfono. “Todo se para”, dice. Se refiere a la pausa  de “obligado cumplimiento” que deja la norma invisible de la vacación universal, que atiborra las playas, las fiestas de los pueblos, los parajes naturales, los restaurantes, los aparcamientos,  los paseos y los aeropuertos.  “Vivimos en el mundo de las normas invisibles”, cuenta Enrique Vila-Matas en Dietario voluble (Anagrama 2008), un regalo que  leo con muchas ganas y que está dedicado: “Disfruta de la volubilidad  de la vida. Y también de la tuya”. Todavía somos niños a la espera de un regalo, conservamos esa ilusión de lo inesperado. Decir “no hace falta que me regales” es una manera sutil de dejar abierta la posibilidad.

Mi padre es un viajero inmóvil que puede describir el lago Titisee sin salir de su habitación. Y crees que estuvo allí, incluso más de una vez. Cuenta Vila-Matas que Louis de Rougemont publicó impresionantes viajes intercontinentales en la World Magacine sin haber salido de  la biblioteca del Museo Británico, donde parecía haber encontrado todas las aventuras que luego el mundo creyó ciertas. Mi padre dice que no viaja para evitar decepcionarse.

A los 38 años, cumplidos hace tres días, mientras escribo estas líneas en el cuarto de invitados, puedo escuchar el ruido del último avión atravesando la isla en la noche del agosto que empieza. La calle está viva  y en el balcón contiguo, un grito celebra alguna victoria patria de los Juegos Olímpicos. El viento se  ha ido en el peor momento. El mar sigue quieto. Pienso en que quizá esta noche emprenda uno de esos viajes inmóviles, sin salir de la habitación o, con suerte, del apartamento.

 

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Libros, Música

El tono


miles

 

Sara Mesa, autora de Cicatriz (Anagrama), decía hace unos días en una entrevista que escribir es “conseguir el tono”, que sobra el ornamento en literatura si no existe esa conexión entre las palabras y la historia. Lo otro es redactar. Conseguir el tono es un trabajo de limpieza en el lenguaje, de aspirar a la sencillez en el punto de partida y llegada, como el solista que suprime las notas innecesarias y logra mantenerse digno. El swing o está o la música pierde lo que la hace música. Y el tono es algo así.

Cuando uno tiene la posibilidad de acercarse a la vida de Shostakóvich  (me encantan las biografías)  las expectativas son enormes. Y cuando hay mucha expectativa se produce, como norma general, la decepción indeseable, porque siempre lo que pensamos es mayor o menor, más fuerte o más débil, de lo que vemos.  En ‘El ruido del tiempo’ (Anagrama), una  biografía sobre Dmitri Shostakóvich, Julián Barnés  intenta meterse en la piel de un músico atormentado por el peso de El Poder: primero Stalin y luego sus sucesores siguieron la pista de un hombre aferrado a su obra como “la música de nuestro ser”, frente al “ruido del tiempo”. Una obra sentenciada en sus inicios por un polémico artículo en el Pravda, supuestamente escrito por Stalin, admirador de Beethoven, y luego admirador de todo lo que elevase a Rusia y a sus ideas a costa de lo que fuere. El yugo comunista a cambio de una afiliación política susurraba en la nuca del compositor, que siempre tuvo miedo y al que siempre se le mostró apoyo “incondicional” por parte del Estado. Barnés cuenta esto y otras cosas en un libro al que uno no acaba de atrapar, o de comprender, de no entender al personaje y sus circunstancias a la postre tan desafortunadas, de no quedar conectado por un autor al que has descubierto en cuentos magistrales, en días donde era eso lo que buscabas en medio de las estanterías con títulos y elecciones posibles. Así llegan ciertos escritores. Por azar.

Quería añadir otra expectativa frustrada de esta semana, pues si uno ve a Miles Davis en el cine no puedes negarte a entrar. Pero si quieres saber de la vida del trompetista, ‘Miles Ahead’ no es la  película, solo un homenaje personal. Don Cheadle, el protagonista y director, ofrece una trama más bien descafeinada de  un artista-pistolero-drogadicto y desesperado por no perder de vista una grabación que guarda como un tesoro, que pierde y recupera entre persecuciones. Fueron cinco años del músico recluido en su casa, con sus propios fantasmas, sin tocar una nota, para luego regresar con el funk de ‘The Man with de Horn’.  Miles detestaba el pasado, el suyo y el de la música que ya se había tocado. Detestaba la palabra jazz.  Estaba obsesionado con lo nuevo, con tener “algo que decir”, con no perder el tono de una vida incontrolable.

El final de ‘Miles Ahead’ son fuegos artificiales y admiración al artista: Esperanza Spalding, Herbie Hancock, Robert Glasper, Antonio Sánchez y Wayne Shorter (que es ya metafísica al saxo). ¿Cómo no le va a gustar a uno eso?. Son lo mejor de algo que podía haber sido muchísimo mejor.

 

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Todo lo que nos gusta


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Cambiar las ruedas del coche es otra oportunidad para seguir adelante. Encuentro cierto placer en observar el trabajo de los talleres  de mecánica rápida. Ver  el coche elevado sobre la máquina que alinea direcciones; el ajuste de la circunferencia perfecta de la rueda en el contrapesado; cómo cae el aceite al enorme embudo se asemeja a una ballena que pierde su sangre después de una larga batalla. El mecánico domina en silencio las certezas de las leyes físicas y vive con la convicción de que hay pocas verdades más claras que el mecanismo de un motor.

El otro día, mientras acababa La noche más larga en la Isla Esmeralda, del amigo José Luis Cámara, mi coche colgaba sobre uno de esos elevadores mágicos, sin protestar, diría que agradecido de que por fin haya decidido cuidarlo un poco, no dejar que el tiempo le afecte más de lo necesario. Confieso que a menudo le pido perdón, porque siempre necesita más agua, por hacerle llegar demasiado cansado a las gasolineras, por dejar las alfombrillas delanteras y traseras como están, por permitir que una fauna no tan microscópica habite los miles de huecos entre los sillones. También hay lápices, cigarrillos, servilletas sin usar, discos compactos, recibos del banco. Mi coche no acaba de curarse de un fallo congénito en el mecanismo de la elevaluna, pero nadie es perfecto. Se mantiene vivo y joven, en pie, y llega a los lugares que quiero que llegue y me da la música que le pido. Además es francés, con lo que se le supone un estilo. Dice Ricardo Piglia en Los diarios de Emilio Renzi :“el estilo no es otra cosa que la convicción absoluta de tener estilo”.

Envidio a las personas que tienen un método para acabar las cosas que empezaron a fraguarse  en la cabeza. Somos lo que hacemos, no lo que pensamos. En un año por Nueva Zelanda, Australia y Camboya, durante una huida necesaria, cuando la dinámica del periódico te devora, Cámara se sacó de la manga el cuaderno de viajes Rumbo a un Sueño. Ahora, de vuelta al oficio,  publica La noche más larga en la Isla Esmeralda, donde habla acertadamente sobre Irlanda, sus paisajes,  los fantasmas del IRA, los amores soñados y vividos. Me pidió opinión sobre el libro y le hablé del reto personal que supone “enfrentarse a la literatura”. Todo lo que nos atrae, que no conocemos, lo que nos gusta y no sabemos para qué sirve está en ella y no en ninguna otra parte.

 

 

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Nada abierto


 

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“Yo estoy empezando a respirar mejor y casi no tengo pesadillas, y algunos días siento revolotear el polvo de hadas por encima de mi cabeza, no mucho y no muy a menudo pero es un principio”. Son casi las últimas líneas de Esto también pasará, de Milena Busquets (Anagrama 2014). Siento que me he perdido cosas, entre líneas, y no sé si releerlo para comprobar que es verdad. Tiendo a la comprobación, a repetir. A veces encuentro lo que buscaba, otras hago tonterías,  como cuando estoy más inquieto y reviso las luces, la cocinilla o la puerta del coche. De momento dejo el libro en el sillón y atiendo una llamada, apunto algunas ideas. Vuelvo a pensar en el futuro y en que mañana no habrá “nada abierto”. Los pájaros siguen ahí fuera, no se callan nunca, solo en la oscuridad, como los perros y como nosotros. Abro la pagina 157: “no hay conversación más patética en el mundo y más destinada al fracaso que dos individuos intentando calibrar su amor”. Lo narra la protagonista cuya madre acaba de morir. Lo cuenta una mujer de cuarenta años con una capacidad de andar por el mundo como se ha presentado. Su vida cobra fuerza a través del sexo, de la amistad, de sus ex y de esa madre que le dejó lo mejor: “el amor al arte, los libros, la generosidad absoluta con el dinero, los grandes gestos en los momentos adecuados, el rigor en los actos y en las palabras. La falta total del sentido de culpa, y la libertad, y la responsabilidad que conlleva (…)”. Blanca intenta vivir con “la conciencia fulgurante de la felicidad en esos instantes en los que uno la tiene en la mano y antes de que eche a volar de nuevo”. El mar, el verano, la juventud irrecuperable, los amores y la dificultad para que permanezcan están en este libro, como en la calle.

 

-Bueno. Pues seamos amantes al menos.
-No. Yo lo quiero todo o nada.
-Hablémoslo.
-Lo hemos hablado mil veces. Blanquita.

También esto pasará. Milena Busquets

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Intimidad


 

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“Temo sentirme demasiado cómodo en mi propia casa, como si creyera que si me siento, perderé todo deseo de cambio”. Hanif Kureishi.    Intimidad.  Anagrama, Colección Compactos.  

 

Como la mayoría de los días, despierto boca arriba. Mantengo los ojos abiertos mientras pienso qué debo hacer hoy, si me espera algún placer, si comienzo a pintar la habitación o a recoger la casa; si debo salir a moverme o llamar en vez de esperar a que llamen. Hace rato que han comenzado a cantar los pájaros en alguna parte del vecindario. Eso parece ser lo único que despierta a la calle de su propio tedio. Ellos cantan como si dijesen: “tranquilos, estamos aquí, somos parte de la naturaleza pase lo que pase”.

Cuando me lavo la cara lo más urgente parece lejano y opto por lo que tengo a mano. Últimamente caliento agua y le añado un poco de té. Por alguna razón, he suprimido la leche, con lo que me gusta. A alguien se le ha ocurrido que la leche es mala y de pronto eso se convierte en una verdad universal. Es la moda de cargarse los alimentos o desestructurarlos: quitarle la lactosa, fabricar bebidas de soja o de almendras que pretenden ser leche pero mucho más caras. Los supermercados están llenos de palillos chinos, salsas agridulces y salmones troceados. Así el mundo parece más cercano y global. Y uno se traga todo eso.

Reviso el correo en el ordenador. El ochenta por ciento es basura y el diez restante es “información”. Al rato hago unas llamadas para preparar el trabajo. Trato de no complicarme la vida, hacer las cosas fáciles, pero me acuerdo de lo que escribiste anoche: “las complicaciones son la sal de la vida Nico”. Acabaste con una risa que podría imaginar amplia. Y puede que tengas razón.

Acabo de terminar “Intimidad”, del escritor y guionista Hanif Kureishi. Es una reflexión sobre la dificultad de tomar decisiones importantes en la vida, como la de abandonar a tu pareja. En este caso, un hombre, escritor y guionista de unos cuarenta años, se debate entre la infelicidad cotidiana de un hogar aparentemente normal y la búsqueda del amor que se ve reflejada, como una ilusión enérgica e incierta, en una amante inolvidable.

En “Intimidad” hay mucha declaración de intenciones e inteligentes reflexiones sobre los desencantos de la edad madura. ”Uno comete errores, se equivoca de rumbo, divaga. Si uno pudiera ver su tortuosa evolución como una especie de experimento, sin ansiar una imposible seguridad – no sucede nada interesante sin asumir riesgos-, se podría conseguir cierto sosiego. Por supuesto que puedes experimentar con tu propia vida. Pero tal vez no deberías hacerlo con la de otras personas”, dice el autor.  

Me gusta saber cómo ha sido la vida de ciertos escritores. Trato de recopilar la información que esté disponible para entender sus circunstancias y comprender cómo han llegado a escribir estas cosas. ¿Acaso no vale la pena?.

 

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