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Cal


Hace días enterraron a mi tío. Mi padre vio su cara a través del cristal del ataúd. “Está bien”, dijo. Luego lo metieron junto a F y C, añadieron las coronas y taparon la lápida con cal, arena y agua. Después, el silencio. El enigma. Cuando se apaga la luz y queda la oscuridad. Solo la oscuridad.

Hoy he visitado a P. La imagino como un ángel blanco, silencioso, que sonríe y flota. Le he pedido ayuda, que las cosas vayan bien. Las flores, discretas, tapaban su bóveda, como las de abuela R, abuelo P, abuela M y abuelo M. “Qué triste está hoy el cementerio con tan poca gente”, dijo una señora. Cargaba una escalera pesada. El calor ha secado a las plantas de los muertos antes que el aire. 

En Elogio de la fragilidad, Gustavo Martín Garzo escribe: “nos gustan las historias tristes, porque nos permiten conjurar nuestros propios temores y realizar a través de ellas lo que en nuestra propia vida no nos atrevimos a hacer, pero algo muy distinto es querer que nos pasen a nosotros”. 

El perro que A encontró tiene un gesto miedoso. Y no se le quita. Se llama como F. “No se sabe de qué mundo vino”, comenta mi padre. Ni a qué mundo va. Nadie sabe a qué mundo va. 

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