Libros, Relato

Autoservicio


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Comprar un no-regalo en una tienda de juguetes es posible. Ocurrió ayer en una nave industrial convertida en fría y concurrida juguetería. El avión de Playmobil, “¡el que tiene escaleras!” -insistía mi hermana- estaba allí, junto a los coches de bomberos, las granjas y los barcos de piratas. “No empaquetamos” -sentenció la cajera siguiendo órdenes supremas que perdieron peso al encoger ligeramente sus hombros. Pero la orden fue superior a la duda y el frío iba a más: empezamos a expulsar vapor por la boca como si estuviéramos en la nieve, la verdadera nieve de la Navidad nórdica, lejana. En la juguetería  donde se venden cada minuto diez no-regalos, empaquetar es perder el tiempo y eso, como sabemos, ya no está permitido. Lo cierto es que papel sí había, pero solo a la venta, y de varios colores, amontonados en una esquina. Es el preciado papel el que viste de misterio al objeto, lo disfraza de idea, sueño, espera, ilusión. Es la esencia del regalo. Lo demás es una reiterada mentira consentida que ocurre cada año. Dice Henry James en Diario de un hombre de cincuenta años : “No soy solo yo mismo, sino todas las circunstancias las que parecen repetirse”.

A salir de la juguetería, la Navidad era un verano intempestivo. Pensé en la eficiencia humana y en su inagotable poder deshumanizado. Si quieres que tu avión de Playmobil se convierta en sorpresa ya sabes, prepara un papel a tu estilo y adelante, hazlo tu mismo, sírvete, como en las maravillosas gasolineras autoservicio, con tristes empleados entregándote enormes tickets y preguntando por la tarjeta de puntos.

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Aflicción


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Subir al ático es visitarlo. Como si fuera un lujo que de vez en cuando permite la casa donde crecí. El tiempo pasó, las fotografías colgadas en la tabla que una vez fue un cuadro abstracto hecho de trozos de madera coloridos; el telescopio apuntando a La Luna, los discos y los libros, los apuntes del instituto, la ventanas cerradas y dos sillones que llegaron en los últimos años, cuando ya nadie subía y mi madre, que llegó a tomar el sol desnuda en la terraza, lo convirtió en una habitación imperturbable, solo para visitar, nunca para vivir. En la escalera, dibujos surrealistas a lápiz con figuras esperpénticas, una foto de Chaplin, otro dibujo de la fachada de la casa, tres máscaras de brujos traídas de África, una foto de mi madre con una pamela en tonos púrpura y otra de mi padre con algo más de cuarenta años pensando que era posible ser alcalde. En el ático había olvidado durante el verano pasado `Niveles de vida´, de Julián Barnés (Anagrama). Es un libro maravilloso sobre la pérdida. Dice: “Cada historia de amor es una historia de aflicción. Si no es al principio, más tarde. Si no para uno, para el otro. A veces para ambos. Entonces ¿por qué aspiramos continuamente al amor?. Porque el amor es el pacto de encuentro entre la verdad y la magia. La verdad, como en la fotografía; la magia, como en los globos aerostáticos”.

Mi madre dice que está “enfadada con Dios” porque no le quita su enfermedad. Que lo único que le ha concedido Dios en este año es la llegada de otro nieto o nieta, aún no lo sabemos. Mientras, acaricia casi por primera vez el gatito  que asoma de vez en cuando por la ventana de la cocina para pedir comida. “Su hermano ha desaparecido, yo creo que alguien lo envenenó”, comenta mientras calienta verduras en una olla. “Esto es lo único que sé hacer, mi amor, se me olvidó cocinar”.

 

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El monstruo de los abrazos


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Es un caminar lento, una voz profunda, grave y bonachona la que sale del monstruo de los abrazos. Me convierto en él cuando quiero perseguir a mis sobrinos. Nos vemos poco. Normalmente en casa de mis padres o en casa de una de mis hermanas. Y casi siempre sale el  monstruo. Ellos se esconden, entre los sillones, en los cuartos, debajo de las camas, en la huerta donde ahora habitan dos gatos mansos solo con mi padre y ariscos con el resto de la humanidad. El escondite es el juego más sencillo y divertido del mundo. El monstruo busca a los escondidos. Quiere abrazarles y quererles. Un abrazo inofensivo que pocas veces llega, porque el monstruo es torpe en sus movimientos. Es corpulento, algo encorvado, como si fuera un personaje de la Historia Interminable, un árbol que habla, un perro que vuela. Lo emocionante es cuando los niños oyen sus pasos y hacen un sutil gesto para dar pistas de su escondrijo. Alguno no puede resistir su anonimato y se descubre corriendo en cualquier dirección. En ese momento el monstruo abre sus brazos e intenta seguirlo en vano. Y el abrazo casi nunca ocurre. Se escapa ante caras veloces de los niños, con ese terror feliz de la inocencia.

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Elijo libros cortos. Primero: vuelvo a estar interesado sobre los libros que hablan de cómo escribir. El verano pasa y  había prometido sentarme, pero apenas avanzo. Arreglar una casa es un suplicio. Aún no ha llegado la cocina. (solo tengo nevera, una mesa con una tabla y un cuchillo, un hervidor de agua, unos plátanos, unos yogures). Tristeza y desorientación al recoger mis cosas. Hay una sensación de perder el centro.

Hace unas semanas. Entro a una librería apunto de cerrar y compro El Arte de la ficción, de James Salter. Recomiendo con cierta exitación Ordesa y regalo Entre Ellos, el libro que habla del padre y la madre (una vez más) de Richard Ford escrito por Ford. Todo surge es ese momento y no hay tiempo para curiosear las estanterías. Yu está leyendo una pequeña novela de Stefan Zweig que no recuerdo el título. “Lo leeré cuando acabe éste,  dice con una mano en sus maltrechas cervicales”. El calor en Madrid es seco pero soportable. Empuja a la gente a la calle. Algunas terrazas expulsan vapor de agua. Se bebe vino blanco y cerveza y unos hacen gestos como si esperaran lo peor por llegar. Dice Salter, “Las ganas de saber son el motor de la literatura”, citando Las mil y una Noches y la infinita capacidad inventiva de Sherezade. También Salter habla del estilo, de lo importante que es tener uno propio, cuentes lo que cuentes. Incluso es más importante que la historia. Al principio todos copiamos pero no podemos pasar la vida haciéndolo.

Segundo: Es difícil escapar de la simultaneidad. Junto a Salter, Nietzsche y la Música, de Blas Matamoro. Dice : “la música produce un género muy peculiar de felicidad, que consiste en desarrollar nuestra capacidad de olvidar, de vivir en el umbral de instante, sentir durante un tiempo de modo ahistórico, como un recién nacido”. Es así, la música como experiencia que te pone «en el umbral del instante». Entiendo que muchos no quieran hacer otra cosa.

Tercero: como me gustó Diatario Voluble de Villa Matas, elijo un escueto libro rojo suyo que se titula Perder Teorías. El autor es invitado a la presentación de su libro y nunca lo recogen en el hotel. Mientras espera en su habitación escribe. “El esperar es una afirmación de la vida y del presente”. Esto pasa otro día, con más calma, en la librería.

El último libro es La sociedad el cansancio, del filósofo surcoreano Byung -Chul. Un ensayo breve y profundo. Anoto dos frases: 1) “El lamento ‘nada es posible’ solamente puede manifestarse dentro de una sociedad que cree que nada es imposible”. 2) “Es una ilusión pensar que cuanto más activo uno se vuelva más libre es”.

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Cuido a Ofelia, la perra de mi hermana, un entrañable demonio en miniatura, un chiuahua  fusionado que define, en un primer momento, su carácter esquivo,  su incapacidad para entender que hay un extraño encargado de darle de comer y que solo quiere acariciarla. Ofelia tiene miedo y muestra sus dientes. Encoge el rabo, te mira como si la fueras a matar. Pero después de una dos días aquí nos llevamos mejor. Ya corre a por una pelota de tenis y come de la mano. Ahora duerme (o hace que duerme) en la cesta de la cocina. En cuanto oye que me levanto se despierta y si intento cogerla vuelve a enseñar su boca mínima y tensa, o sale corriendo hacia el patio donde un muro gris separa la casa de la calle.

Hace una fría mañana. No parece que estemos en julio. En el árbol seco del vecino se han posado algunos pájaros.

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Julio


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Aprieta uno el botón de la chapa y parpadean (se cree que giran) las luces rojas que pasan por el centro de una cruz y por el cuello de un ciervo negro. En eso consiste el juego, en ver las luces girar o creer que giran. La chapa de Jägermeinster puede ser un llavero o un punto de luz en la oscuridad. Mientras, miras al pasillo vacío, ya sin chaquetas ni gorros en la percha, sin alfombra, con un santo pegado a la puerta de salida. Un santo que no has quitado por si acaso. Tampoco has quitado el diablo de Timanfaya de la nevera, ni el rosario que cuelga de un espejo. No has desmontado las literas del otro cuarto, ni metido en el armario la colcha naranja que cubre la otra cama. En unos días cerrarás definitivamente la puerta y, como has acordado, dejarás las llaves en la mesa de la cocina, junto al frutero sin frutas. Las camisas, las toallas, y el resto de ropa, ocuparán otras gavetas; parece que los libros y los discos pesan más. Ese olor que no hueles se disipará cuando otras personas hagan suyo el dormitorio. Tenemos una asombrosa capacidad de construir una nueva intimidad en cada sitio, en hacer nuestro el espacio ajeno; es una manera de transformar lo desconocido en cercano. Llevarnos bien con las paredes que nos rodean parece importante y cuesta despedirse. Aquí quedarán las cucarachas del verano, invencibles y ocultas, inesperadas siempre. Comerán el veneno que he comprado, el veneno que atrae y mata. Las hormigas no necesitan de este engaño. Basta con barrer su orden, confundir su disciplina, evitar que una miga de pan quede en el suelo para que no vuelvan a aparecer.

El pueblo está quieto. A través de la ventana de la biblioteca se oye un gallo lejano y varios pájaros. Empieza el calor. Las palmeras apenas mueven sus hojas. Han prometido estar así otro mes de julio, darse una tregua, tal vez todo el verano.

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Relato

Patio


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El pájaro está enterrado en la maceta del patio. Lo tuve algunos minutos en mi mano y luego en un pañuelo, con las alas recogidas y la boca abierta, esperando una señal de vida. Pero no se movía. Hice el hueco y lo enterré. Luego vino la noche. Todo es culpa mía. Cuando cayó del nido, aún no podía volar y solo daba torpes vueltas por el suelo. Comía lo que traía su madre, que venía desde arriba a toda velocidad. Su padre esperaba posado en la antena. Noté que a veces me miraba enfadado, como diciendo «échanos una mano, anda». Pero el nido estaba a suficiente altura para no poder devolverlo. Era un peligro, un riesgo, uno más de los que imagino. Los días están llenos de peligros y de riesgos. La primavera, el verano y el invierno, cada estación tiene los suyos, además de su advertencia, olor, sensación, contradicción, expectativa, repetición. 

Ahora han pasado unos minutos de las doce de la noche y miro la maceta a través de la ventana. A veces la visito y hago que rezo. No sé, le pido perdón. A él y a su familia, que por cierto, hace días que ha desaparecido. Abrí la puerta para tender la ropa y lo aplasté. Eso fue así. No lo hice a propósito pero fue así y contra este hecho no se puede hacer nada.

El viento golpea la puerta de la entrada. El mar se escucha de lejos. Llegan días soleados. En la casa de enfrente pude oír esta tarde los mismos cantos de vida que habitaban este patio y donde ahora solo cuelgan trapos. Otros nidos han surgido.

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Relato

Regreso


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Hay una sensación de que el frío no volverá a ser el mismo. Se aleja. Es una sospecha, tal vez, porque la luna anoche estaba amarilla como el sol y hoy las nubes no tienen forma, son una malla blanca que cubre el cielo. La tierra está verde y en algunos rincones hay campos de margaritas que marchitarán pronto, apenas en un mes. También esto es una sospecha. En el avión, una niña que juega a la consola me ha dicho que prefiere los videojuegos a los libros. “Estoy jugando a cumplir una misión”, aclaraba decidida. En la cafetería, una amiga de amigos reconoce que prefiere trabajar en urgencias antes que en cualquier planta del hospital. “En la planta le coges cariño a los enfermos y abajo todo es más rápido. El ochenta por ciento de los que llegan son turistas”. En el patio de mi casa hay dos pájaros muertos. Tienen las alas extendidas y el pico abierto. Los he descubierto al regresar, cuando el viento se había marchado y la noche quedaba expuesta a las estrellas. Sus caras reflejan una batalla, por sorpresa, una emboscada. Esta mañana, temprano, un pájaro cantaba y sacudía sus alas en la antena. No estoy seguro si lo he visto antes pero ahí sigue, al sol. ¿Qué habrá pasado?. Hay también una sensación de que la vida intenta volver a empezar.

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Libros

Estar mejor


Es domingo y el sol está todavía en ese punto invisible que ilumina las cosas pero no las calienta. La calle parece fría, como las palmeras, el cielo, la ropa tendida en el patio y el mar. Decía (más bien lo había imaginado) que cuando estuviese en un lugar apartado podría escribir más. Pensaba que esta casa, alejada del tráfico y de los ruidos (un «regalo» de las circunstancias), facilitaría la tarea de continuar y acabar algunos relatos, la mayoría con principios todavía en el aire o finales de dudosa redondez. Y hace un mes que no me siento delante del teclado, por pereza, por postergar lo «inútil», o porque en realidad había pensado que no tengo nada que decir que pueda interesar. Y ahora creo que es preferible sentarse y ver qué pasa; escribir para uno mismo como acto de hacerlo para los demás. Hay frenos que tienen que ver con el miedo y con cierta frustración en no saber qué cosa es uno definitivamente o qué es lo mejor que sabe hacer. «Deja de intentar definirte, no insistas en eso», dice M mientras lee en la cama, como una muñeca frágil, junto al perro, buscando entre los diarios de Piglia si este mundo tiene algún secreto, o corroborando que no hay método, manual, ni lugar al que ir para escribir un libro, pintar un cuadro, componer una canción. M parece experta en aforismos sin quererlo. Y uno los apunta en el cuaderno como el periodista que ha encontrado el titular para la entrevista. A partir de una frase puede empezar una historia. Y M también quiere saberlo todo, leerlo todo, tocarlo todo. Pero no se obsesiona como uno, que se obsesiona con el mundo y su acontecer, con el paso del tiempo, su geometría, con la música, las vidas de los otros, la técnica para tocar la batería, los dolores desconocidos, las mujeres, la casa donde vivirá, el pasado, la familia, los libros, el trabajo. Se obsesiona si está en «lo correcto o no», la búsqueda infructuosa de definirse. Por eso, en el hecho de escribir, existe una intención de orden, de aceptación, de convertir la mirada y la imaginación en párrafos, de síntesis. De estar mejor.

 

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Relato

Desde el balcón


Todos vals se parecen pero ninguno es igual. Es como si cada uno hablara del otro y se reafirmara en su cadencia ligera, reconciliadora, refrescante, con melodías de necesaria repetición. En el Danubio Azul están concentrados todos los valses de los Strauss y  la felicidad de un sueño que flota en el aire. Gran parte de lo placentero ya ha sucedido y solo nos queda repetirlo mientras que a la vez cada instante  se muestra diferente. El primer día de 2018 el mundo vuelve a necesitar de la música para seguir. Y el Concierto de Año Nuevo suena en la sala dorada de la infalible Austria. Los  aplausos a Muti, que repite por quinta ocasión en la batuta, se escuchan desde el balcón, donde uno ha guardado el periódico de ayer. La marcha Radetzky, casi un souvenir, permite al público participar de la ordenada alegría que establece el protocolo.

Al balcón llegan dos palomas que se parecen pero no son iguales. Picotean desconfiadas los restos de la cena antes de retomar el vuelo hacia otro balcón. Hace viento y el día está azul.  En la mesa ha quedado una corona roja de brillantinas que también concentra, como el Danubio Azul, sensaciones reconocibles, cuando hace unas horas, la mayoría de nosotros  reproducía similar ritual para prometerse cosas que quizá pueda cumplir.

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Librero


El propietario de la librería fue antes mecánico de coches. Cuando llegó a la isla, antes de casarse, lo había leído casi todo. Hoy lo he conocido, detrás del mostrador, comprobando las últimas novedades. Al fondo, las estanterías interiores en dos pasillos abarrotados de volúmenes ocultos a simple vista. De cara al público, la librería es un espacio justo, cuadrado, sin ornamentos salvo los que permite el color de las solapas. La ansiedad del lector se supone al intuir lo inacabable.

Pregunto por «La utilidad de lo inútil» y el propietario ofrece «Clásicos para la vida», ambos de Nuccio Ordine. Los dos se han agotado. No hay más información, aunque en ese momento entiendo que lo inútil le interesa a un número suficiente de personas.

El orden alfabético facilita la búsqueda en las estanterías principales. Por la UM extraigo el libro y lo abro por la pagina 225: «la biblioteca es un gran laberinto , signo del laberinto que es el mundo. Cuando entras en ella no sabes si saldrás». Al devolver «El Nombre de la Rosa» a su estante, el librero sonríe, como su supiera no solo la página que el azar ha escogido sino la incertidumbre de un hombre perdido.

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Temblor


 

Uno

Es por la mañana. Me quedo leyendo en la cama. La luz entra por la ventana. Se oyen las hojas de las palmeras en el jardín de picón donde van a cagar los perros. Pasa algún coche. Apuro las últimas páginas de La memoria de los Peces (Literatura Random House) de Sergio del Molino (pegaría aquí en último capítulo, íntegro, la página 207 y 208, pero ya cortamos y pegamos, por comodidad, por frivolidad, demasiadas cosas). Y vuelvo a dormir con el libro en el pecho o en la cara, como siempre me pasa. Al despertar, pienso que conviene ordenar la casa. Recojo la loza, la ropa tirada, pongo una lavadora, quito el polvo del escritorio y del televisor, barro y paso la fregona con olor a pino (nunca he olido un pino). Meto las botellas de plástico en el contenedor amarillo. Las de cristal en el verde. El resto de basura, en los contenedores grises, donde se reúnen miles de gatos, preciosos, mansos y ariscos, que se alimentan de las colas de espinas que los turistas dejan bajo las mesas de los restaurantes.

Y de pronto el mar, como un «reseteo» de todo, un reinicio espontáneo. Las rodillas duelen al entrar. Todavía queda algo de resfriado. Los niños siempre encuentran aventuras nuevas entre los charcos. El volcán entra en el océano y se vuelve paisaje cristalino, azul, hasta desaparecer para entrar en otra isla. Un hombre vaticina: “es probable, a estas alturas, que aquí no llegue el invierno”.

Dos

Me asusta la muerte repentina. No poder despedirme. Y hay una idea que regresa: la de ya estar muerto y ser consciente de que estás en un sueño. Me atormenta pensar que los otros han sufrido, o que andarán preguntándose dónde ando. El sueño tiene copias exactas de los días y las personas, como si no hubiera pasado nada. “En la metafísica, la muerte puede ser también un límite del conocimiento. El simple hecho de estar vivos nos incapacita para comprenderla.”, dice del Molino en el libro.

Tres

Mi coche tiembla. Lo hace al llegar a los stops, cuando piso el freno. Tiembla solo un poquito. Y le digo “tranquilo” y me lleva a donde acordamos. Con los años ha desarrollado un familiar ruido en el motor. Al no tener garaje, la carrocería casi ha perdido el verde. El cristal de la derecha todavía no baja. Tiene un ligero roce en la parte trasera, al lado del intermitente izquierdo. Y ahora tiembla un poco. M me dice que lo deje temblar, qué más da, pues de resto, todo lo demás va bien. A M le tiemblan las manos casi cada día. Creo que es una mezcla de su fragilidad e inteligencia.  El mecánico guarda silencio cuando se lo comento. Y me mira y se parece a su hija a la que doy clase. Cree saber la causa de lo que le pasa al Renault. “Tráelo mañana”, sentencia, y se vuelve a meter cuesta abajo en su taller, una cueva oscura donde asoma un coche, quizá también temblando, al que supongo, pondrá remedio.

 

 

 

 

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