Instante


Escapar del tiempo es tan difícil como hacerlo del “libremercado” (si se quiere decir así) que todo lo abarca: el Estado, las sociedades, los individuos y sus deseos. Incluso los contrarios se muestran como productos necesarios para que la rueda siga. De esta forma, lo lento (corrientes aderezadas con pequeñas migajas de filosofías orientales) se vuelve una mercancía más, tan exportable como el incesante canal de información diaria en el que se ha convertido el mundo. El sistema es muy listo, se adapta a cualquier disidencia y la hace suya. Luego la llama desarrollo sostenible, economía verde con opciones a ser “nichos” de mercado.
De estas y otras cosas habla Contra el tiempo. Filosofía práctica del instante’(Anagrama), del joven mexicano Luciano Concheiro y que fue finalista en 2016 del 44º Premio Anagrama de ensayo. Concheiro propone el instante como el punto de partida para otra concepción de la realidad. En el instante los minutos “dejan de trascurrir” pero no se trata exclusivamente de ir más lento, sino de utilizar ese momento para dar pié a otro tipo de temporalidad. Una visión inclinada hacia la desaceleración, contra la lógica del “imperativo social de lo nuevo” y a favor de la autoconsciencia del tiempo como algo que “no es purarmente sucesión”. El instante alejado del Carpe Diem derrochador de instintos y amigo del consumo imparable, y cercano a “los gestos más simples, no en lo extraordinario, ni en lo excepcional, sino en la más sencilla cotidianeidad”.
Escribe el autor: “la velocidad ha destruido la posibilidad de darle un sentido coherente y unitarios a nuestras vidas”, y deja espacio para sobreponerse a la desesperanza. El instante “al menos sirve para reafirmar que incluso en el país de la desigualdad y desposesión, de los desaparecidos y feminicidios, de la corrupción y la injusticia, hay espacio para la resistencia, para la construcción de una vida radicalmente distinta”. Concheiro celebra así el instante no tanto por lo que supone sino por “aquello en lo que puede convertirse”, por “su potencialidad”. No existen manuales para la compleja resistencia de la filosofía del instante, explica. Cada uno debe buscar el suyo.

 

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Novedad


Uno

Callejeo como si fuera un extranjero que pisa por primera vez este sitio. En los lugares de siempre, uno busca cualquier novedad que cambie la mirada. Entrar en ese juego es la mejor manera de combatir los días iguales y sus circunstancias. El callejón de la tienda de ropas y los restaurantes, el banco frente al mar, la playa, la frutería, los pasillos del supermercado, la montaña que es el horizonte y un cuadro de día y de noche, un laberinto de caminos iluminado por la luna. Todo este paisaje es material permeable de vida.

A veces, la salida del extranjero se torna en huida anticipada hacia la casa, el refugio, el resguardo donde todo es reconocible, cercano, íntimo. Y el perro siempre da la bienvenida con esa generosidad intacta te hayas ido hace unos minutos o  una semana. La pregunta es qué pensará en el sillón, somnoliento y no dudo que algo triste. Los ruidos de la mañana entran por el balcón: las hojas de las palmeras del jardín se sacuden con el viento, los ladridos esporádicos de un perrito vecino, hay pájaros que vienen y van, los gritos de un niño impertinente. Por la noche, si dejas la ventaba abierta, solo se oye la música del océano, siempre de fondo. El perro elige el suelo para refrescarse del este calor que ha llegado para quedarse. Huele a verano, aparecen las primeras moscas, las sábanas se quedan solas. Con el hocico entre las patas, mira hacia el frente como el que trama algo extraordinario. Quién sabe si piensa dejar de obedecer, aunque sea por unos días, como el que no escucha. Comportarse con total libertad. Hacer absolutamente lo que le dé la gana. A eso, supongo, aspiramos la mayoría.

Dos

Acabado Cuaderno Amarillo de Salvador Paniker (Penguin Random House), hay una mención al mito de don Juan que comparto. Es narcisismo, sí, pero “llevado hasta su límite”, y “en el límite los opuestos se confunden”, escribe Paniker que describe a don Juan como el que  “quiere vivir de primera mano y hacer las cosas por primera vez. Es alguien que piensa que el amor no puede repetirse, o sea, institucionalizarse. Por la misma razón es un viajero, llega y se va. Exige la perpetua novedad” y esa es “la gracia y la desgracia de las cosas intensas: que se acaban. Y el presente es a la vez eterno y efímero…el eternamente renacido… no cabe hablar de mujeres engañadas, pues las amó en el preciso instante que la amó”. Don Juan “no engaña a nadie”, pues “se enamora en el momento que la ama” y “luego la olvida”. El libro es un dietario, uno más, del filósofo, del hombre fuerte y frágil al mismo tiempo, del místico y del científico, del defensor de la eutanasia, del que quiso a muchas mujeres. Así finaliza: “Hoy tengo ocupado, y muy bien ocupado, el espacio de mi madurez. Pese a todo, ¿qué?”.

Resistir


El viento ha regresado. Se cuela por la playa, los cafés, los pasillos de los edificios. Empuja las velas de las tablas de todos los colores que resurgen al fondo del paisaje. “Aquí sin viento nada tiene sentido”, dice un hombre sentado frente al muelle. Y uno ha ido aceptando su imprevisibilidad, como hace con los días buenos y malos.

Terminada ‘La resistencia íntima’ (Acantilado, 2016) de Josep Maria Esquirol, surge la figura del que resiste. Pregunta: ¿estamos haciendo la vida que queremos o nos dejamos arrastrar por las circunstancias?; ¿cuáles son las fuerzas que empujan a deseos, expectativas, rechazos, predilecciones?; ¿es esa vida hacia un éxito desdibujado , cambiante, relativo, inatrapable, incluso ajeno a nuestras voluntades iniciales, la que debemos esperar?; ¿hemos olvidado el cuidado de uno mismo?. El resistente, que define el profesor de Filosofía de la Universidad de Barcelona, mira a la proximidad, ha visto la nada y lo asume, “salva” la “cotidianidad del descrédito”. La cotidianidad es la comida, el trabajo, la casa, los amigos, los días normales como posibilidad. El resistente afronta lo finito, reflexiona, intenta comprender el mundo despegado del “mundo hecho información”. Porque la información es un problema cuando ya no es el medio para comprender al mundo, sino cuando es “configuración” de éste. Según Esquirol “hay vida más allá de la actualidad”, o mejor dicho “solo hay vida más allá de la actualidad”. Un ensayo que nos pone los pies en el suelo “hasta la raíz”, como diría Natalia Laforcade.

 

Lo nuestro


 

Los  nacionalismos no dejan de ser un instrumento de dominio  a favor de una “identidad”  que integra costumbres, una manera de ser, una historia, un paisaje y símbolos  convenientemente conectados: deporte, gastronomía, folclore, religión. El miedo a la intemperie  acecha,  pues  ¿qué haría un hombre, un pueblo, sin identidad?.  Uno entiende que  ese “sentimiento”  compartido en la Red, en actos institucionales, en las noticias, intenta transmitir que no participar, o al menos, dudar de la credibilidad de “lo nuestro” supone plegarse, ceder, dejarse dominar, seducir, por otras fuerzas, políticas, ideologías o colectivos, igual de dominantes.  Resultaría terrible entonces “ser conquistado” y la falta de esa identidad  sería fatal.

Los nacionalismos llevan a la confrontación,  a cerrar en vez de abrir,  a la diferencia como fin, a un ensimismado resentimiento, al populismo.  Existe una potente metafísica de la bandera disfrazada de “lo nuestro”, de los que lucharon por “lo nuestro”, una nostalgia revisionista de lo que fueron otras circunstancias que lejos está de querer la cultura  entendida precisamente como el conjunto de esos símbolos, costumbres, respetables la mayoría, pero no inamovibles. Una cultura que siga su curso con otra mirada, que haga a los individuos más libres, poseedores de autonomía  y razón suficiente para saber que lo nuestro es de todos, no de unos sobre otros.  Dicen que el nacionalismo se quita viajando. No creo. Más bien se ha de quitar  pensando.

El hombre imparable


Había apuntado en la libreta: “el hombre no podía moverse y ahora no puede dejar de moverse”. Pasa los días con una bicicleta, una cinta de correr, unas gafas de nadar. Atrapado tiempos y objetivos. Y los domingos, cuando se queda quieto, enmudece en una apatía inexplicable. “Toda la desdicha de los hombres se debe a una sola cosa, la de no permanecer en reposo en una habitación”, cita Pascal en sus Pensamientos. Y es que a la mayoría de la gente le cuesta muchísimo estarse quieta. Tardará en irse fiebre del running, de la fluorescencia y de hacerlo todo visible. Mi padre habla de “rostros tristes” entre los que caminan pero no pasean. Y lo dice convencido, porque él es un hombre de dualismos: izquierda -derecha, costa- monte, ateo- religioso. Tiene una entretenida tendencia a categorizar con un alto porcentaje de acierto. O será que uno ve con la óptica de esa condición.

¿Hay algo de huida en no parar?. En ‘La resistencia íntima’ (Acantilado), el filósofo Josép María Esquirol dice que la huida y sobre todo la huida permanente no puede acabar bien. La resistencia es la casa, la soledad, la proximidad bien entendida. “Enfrentarnos a nuestro propio vacío, con nuestra miseria y no eludir esta experiencia es la mejor manera de mantener este sí mismo y evitar que se pierda”. Por un lado el encuentro con uno mismo “nos pone ante la propia nada” pero por otro “es el mejor camino hacia la paz”, sostiene. El resistente es el que vive aceptando una parte del nihilismo, pero solo una parte. Comprende la imperfección, la finitud, y que a veces “poco es mucho”. Hay casi una vuelta a lo básico.

El hombre imparable no dice su nombre. Hemos coincidido por la mañana en la playa, en esos minutos donde la piel se va secando y queda la sal invisible. Sale del agua con sus gafas de buceo. Buscaba a la vieja tortuga que merodea más allá de los barcos. Cuenta que vino desde Segovia a trabajar en “la Telefónica” cuando había operadoras que gestionaban las conferencias entre una maraña de cables. Y empezó instalando torres por donde pasaban esos cables. Una temporada en cada zona, durmiendo en pensiones. Así conoció la isla, se enamoró y se casó. Tuvo dos hijos que ahora hacen sus vidas. Su historia salta al Aaiún español, donde era un soldado que montaba los vagones de unas galerías. Alguien le ofreció venir hasta aquí porque la empresa ofrecía “unos cursos” y eso hizo. Antes de jubilarse, el hombre revisaba las cabinas que tantas monedas resistieron hasta que los móviles y la movilidad lo coparon todo. En esa época acudió a una piscina y se fue sintiendo mejor, luego al mar… también aprendió a montar en bicicleta y se compró unas zapatillas deportivas. Y así se convirtió en el hombre imparable.”Mañana es domingo, toca descansar”, se lamenta.

 

 

 

Tártaros


Hay una clase de somnolencia, una resignación no exenta de disfrute en las gentes que habitan los territorios donde el mar construye playas. Hay algo circular que envuelve a uno como el viento y lo encierra en un médano. El mar es una meta y se visita con toalla y  bañador. Nunca se llega más allá. Se cruza la línea solo un poco para poder retroceder y volver a cruzar. La meta se acaricia pero no se deja atrás.

Con la ilusión y el recuerdo de un niño, uno lleva algunos días queriendo ver el fondo del mar. Pero cada vez que llega el momento se inclina por los baños rápidos, que no enfrían el cuerpo, solo lo refrescan y despejan la cabeza, por unos minutos, hasta que el sol vuelve a calentarlo todo y el mediodía obliga a marcharte de allí. Esta mañana decidí bucear, por fin, y cumplir las ganas de encontrar un espacio donde flotar y mirar a los peces intocables que te miran, también, extrañados, temerosos. Pero el fondo estaba turbio. Apenas unos peces se perdían entre la arena. Las rocas eran manchas difuminadas, oscuras, ajenas a todo matiz. La marea golpeaba el viejo muro de piedra que amenaza a un restaurante con la espuma de las olas más fuertes.No era el momento. Se fue el fondo y sus circunstancias, ver la vida debajo del agua. Era preferible pensar, desde la superficie, que la mayoría de los días, allí abajo existe un mundo cristalino y pacífico y que que esa imagen, sola en el pensamiento, es suficiente.

Acabo de terminar, de nuevo (quedaron muchas cosas por recordar y comprender) El desierto de los Tártaros. El libro describe una vida postergada, alentada por amenazas inexistentes, por expectativas e ideas que solo están en la imaginación. Es la historia de Giovanni Drogo, de la espera de un militar destinado a la fortaleza Bastiani, situada frente a un desierto donde vendrán los tártaros. Es la historia de un misterio sin concretar pero siempre presente, un olvido ciego del tiempo presente a costa de mantener la seguridad de una existencia, una vida, siempre impredecible, por mucho que nos empeñemos en controlarla. El libro desvela la frustración ante el estrechamiento de las posibilidades de realización en aras a un ideal, una enfermiza búsqueda por dar sentido a la vida, un sentido de éxito casi obligado, por derecho, donde los sueños no sean sueños, sino realidades posibles. Dino Buzzati escribió El desierto de los tártaros pasados los treinta años y fue su consagración como escritor. Uno relee el libro y se siente quizá, por momentos, una víctima más, como Giovanni Drogo, que sonríe, consciente de la pesada broma que sus ilusiones le han jugado, de la mueca que el destino imprime al margen de la voluntad humana. Agotado y solo, desfallece en una cabaña, lejos ya de la Fortaleza y de la invisible amenaza tártara, preguntándose si tendrá tiempo, por última vez, de ver la luna entre una porción de estrellas una noche de primavera.

 

La casa


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Recogimos los nísperos que abarrotaban la entrada y llenamos dos garrafas del agua en la cocina. Abrimos las puertas y algunas ventanas para que entrase la luz. Imaginamos el salón de aquellos almuerzos interminables de pescado salado, cuando el vino mantenía todo con vida. Vimos los dormitorios con los cabeceros intactos, pintados de negro. Entramos en el cuarto donde estaba el teléfono. En el porche, nos sentamos en el banco y contemplamos los helechos regados por los que todavía creen que la casa puede salvarse. Miramos a la calle desde la azotea. Nuestros pasos entre la madera, ahí arriba, parecían frágiles. Por un momento, pensé que había llegado la hora de que las paredes reaccionasen y cedieran ante nuestra larga indiferencia.


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Recogimos los nísperos que abarrotaban la entrada y llenamos dos garrafas del agua en la cocina. Abrimos las puertas y algunas ventanas para que entrase la luz. Imaginamos el salón de aquellos almuerzos interminables de pescado salado, cuando el vino mantenía todo con vida. Vimos los dormitorios con los cabeceros intactos, pintados de negro. Entramos en el cuarto donde estaba el teléfono. En el porche, nos sentamos en el banco de madera y contemplamos los helechos regados por los que todavía creen que la casa puede salvarse. Miramos a la calle desde la azotea. Nuestros pasos entre la madera, ahí arriba, parecían frágiles. Por un momento, pensé que había llegado la hora de que las paredes reaccionasen y cedieran ante nuestra larga indiferencia.

La casa


 

Recogimos los nísperos que abarrotaban la entrada y llenamos dos garrafas del agua en la  cocina. Abrimos las puertas y algunas ventanas para que entrase la luz. Imaginamos el salón de aquellos almuerzos interminables de pescado salado, cuando el vino mantenía todo con vida. Vimos los dormitorios con los cabeceros intactos, pintados de negro. Entramos en el cuarto donde estaba el teléfono. En el porche, nos sentamos en el banco de madera y contemplamos los helechos regados por los que todavía creen que la casa puede salvarse. Miramos a la calle desde la azotea. Nuestros pasos curiosos entre la madera, ahí arriba, parecían frágiles. Por un momento, pensé que había llegado la hora de que las paredes reaccionasen y cedieran ante nuestra larga indiferencia.

¿qué queremos?


La realidad imaginada ha permitido que muchísimos extraños puedan cooperar con éxito. Las religiones, las corporaciones, el mercado, los derechos humanos, el dinero, la justicia social, la libertad, el Estado, las marcas de coches o de hamburguesas solo existen  en la imaginación. Son ficciones y no realidades objetivas como lo es un  árbol, un río o un par de monedas. Esa capacidad  unitaria, de “confianza” que ha tenido la ficción para ir más allá de los árboles o los ríos, de las cosas que realmente existen, hizo que el hombre y sus sociedades se extendiesen por el planeta y dominarlo. La llamada “revolución cognitiva” fue el principio de esa dominación y exponente de la agricultura,  la revolución industrial y la tecnológica. Todas apoyadas en la idea del progreso, de la confianza en el crecimiento  y en definitiva,  en que las cosas pueden siempre mejorar, aunque haya que dejar mucho por el camino (animales, plantas, niños, guerras, ciudades, países, bosques y océanos).

Así, la realidad imaginada mantiene  vivo el mito de que la “prosperidad” del capitalismo consiga minimizar las cotas de desigualdad e injusticia mundial que ella misma ha creado, pues salvo algunos intentos fallidos de cambiar las cosas, no ha existido en el mundo moderno otra manera de concebir la vida, las relaciones comerciales o la organización social. El futuro nadie lo sabe. Parece que las máquinas y la información que ellas tienen de nosotros  acabarán incluso manipulando  nuestros deseos. Las bicicletas de montaña, zapatillas de deporte, los billetes de avión o las  habitaciones de hotel que invaden sin permiso nuestra pantalla del ordenador no son una casualidad.

De esto y otras cosas habla Yuval Noah Harari en su libro Sapiens, de animales a dioses, una breve historia de la humanidad (Debate). Un trabajo riguroso, sin redundancias, con un lenguaje claro y muy instructivo. Es el joven Harari, nacido en el 79,  profesor de historia en la universidad Hebrea de Jerusalén, una fuente de reflexión e inspiración. Un libro necesario que despierta el interés  para seguir preguntándonos hacia dónde vamos, cuál es  nuestro fin, qué queremos realmente. Según Harari nos hemos convertido en dioses  sin tener que “dar explicaciones a nadie”  y  “con solo las leyes de la física para acompañarnos”. Esto ha tenido sus consecuencias: un cierto desasosiego, el sentirse extraño, el deseo infinito. Y el profesor pregunta:  “¿Hay algo más peligroso que unos dioses insatisfechos e irresponsables que no saben lo que quieren?”.