Resistir


El viento ha regresado. Se cuela por la playa, los cafés, los pasillos de los edificios. Empuja las velas de las tablas de todos los colores que resurgen al fondo del paisaje. “Aquí sin viento nada tiene sentido”, dice un hombre sentado frente al muelle. Y uno ha ido aceptando su imprevisibilidad, como hace con los días buenos y malos.

Terminada ‘La resistencia íntima’ (Acantilado, 2016) de Josep Maria Esquirol, surge la figura del que resiste. Pregunta: ¿estamos haciendo la vida que queremos o nos dejamos arrastrar por las circunstancias?; ¿cuáles son las fuerzas que empujan a deseos, expectativas, rechazos, predilecciones?; ¿es esa vida hacia un éxito desdibujado , cambiante, relativo, inatrapable, incluso ajeno a nuestras voluntades iniciales, la que debemos esperar?; ¿hemos olvidado el cuidado de uno mismo?. El resistente, que define el profesor de Filosofía de la Universidad de Barcelona, mira a la proximidad, ha visto la nada y lo asume, “salva” la “cotidianidad del descrédito”. La cotidianidad es la comida, el trabajo, la casa, los amigos, los días normales como posibilidad. El resistente afronta lo finito, reflexiona, intenta comprender el mundo despegado del “mundo hecho información”. Porque la información es un problema cuando ya no es el medio para comprender al mundo, sino cuando es “configuración” de éste. Según Esquirol “hay vida más allá de la actualidad”, o mejor dicho “solo hay vida más allá de la actualidad”. Un ensayo que nos pone los pies en el suelo “hasta la raíz”, como diría Natalia Laforcade.

 

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Lo nuestro


 

Los  nacionalismos no dejan de ser un instrumento de dominio  a favor de una “identidad”  que integra costumbres, una manera de ser, una historia, un paisaje y símbolos  convenientemente conectados: deporte, gastronomía, folclore, religión. El miedo a la intemperie  acecha,  pues  ¿qué haría un hombre, un pueblo, sin identidad?.  Uno entiende que  ese “sentimiento”  compartido en la Red, en actos institucionales, en las noticias, intenta transmitir que no participar, o al menos, dudar de la credibilidad de “lo nuestro” supone plegarse, ceder, dejarse dominar, seducir, por otras fuerzas, políticas, ideologías o colectivos, igual de dominantes.  Resultaría terrible entonces “ser conquistado” y la falta de esa identidad  sería fatal.

Los nacionalismos llevan a la confrontación,  a cerrar en vez de abrir,  a la diferencia como fin, a un ensimismado resentimiento, al populismo.  Existe una potente metafísica de la bandera disfrazada de “lo nuestro”, de los que lucharon por “lo nuestro”, una nostalgia revisionista de lo que fueron otras circunstancias que lejos está de querer la cultura  entendida precisamente como el conjunto de esos símbolos, costumbres, respetables la mayoría, pero no inamovibles. Una cultura que siga su curso con otra mirada, que haga a los individuos más libres, poseedores de autonomía  y razón suficiente para saber que lo nuestro es de todos, no de unos sobre otros.  Dicen que el nacionalismo se quita viajando. No creo. Más bien se ha de quitar  pensando.

El hombre imparable


Había apuntado en la libreta: “el hombre no podía moverse y ahora no puede dejar de moverse”. Pasa los días con una bicicleta, una cinta de correr, unas gafas de nadar. Atrapado tiempos y objetivos. Y los domingos, cuando se queda quieto, enmudece en una apatía inexplicable. “Toda la desdicha de los hombres se debe a una sola cosa, la de no permanecer en reposo en una habitación”, cita Pascal en sus Pensamientos. Y es que a la mayoría de la gente le cuesta muchísimo estarse quieta. Tardará en irse fiebre del running, de la fluorescencia y de hacerlo todo visible. Mi padre habla de “rostros tristes” entre los que caminan pero no pasean. Y lo dice convencido, porque él es un hombre de dualismos: izquierda -derecha, costa- monte, ateo- religioso. Tiene una entretenida tendencia a categorizar con un alto porcentaje de acierto. O será que uno ve con la óptica de esa condición.

¿Hay algo de huida en no parar?. En ‘La resistencia íntima’ (Acantilado), el filósofo Josép María Esquirol dice que la huida y sobre todo la huida permanente no puede acabar bien. La resistencia es la casa, la soledad, la proximidad bien entendida. “Enfrentarnos a nuestro propio vacío, con nuestra miseria y no eludir esta experiencia es la mejor manera de mantener este sí mismo y evitar que se pierda”. Por un lado el encuentro con uno mismo “nos pone ante la propia nada” pero por otro “es el mejor camino hacia la paz”, sostiene. El resistente es el que vive aceptando una parte del nihilismo, pero solo una parte. Comprende la imperfección, la finitud, y que a veces “poco es mucho”. Hay casi una vuelta a lo básico.

El hombre imparable no dice su nombre. Hemos coincidido por la mañana en la playa, en esos minutos donde la piel se va secando y queda la sal invisible. Sale del agua con sus gafas de buceo. Buscaba a la vieja tortuga que merodea más allá de los barcos. Cuenta que vino desde Segovia a trabajar en “la Telefónica” cuando había operadoras que gestionaban las conferencias entre una maraña de cables. Y empezó instalando torres por donde pasaban esos cables. Una temporada en cada zona, durmiendo en pensiones. Así conoció la isla, se enamoró y se casó. Tuvo dos hijos que ahora hacen sus vidas. Su historia salta al Aaiún español, donde era un soldado que montaba los vagones de unas galerías. Alguien le ofreció venir hasta aquí porque la empresa ofrecía “unos cursos” y eso hizo. Antes de jubilarse, el hombre revisaba las cabinas que tantas monedas resistieron hasta que los móviles y la movilidad lo coparon todo. En esa época acudió a una piscina y se fue sintiendo mejor, luego al mar… también aprendió a montar en bicicleta y se compró unas zapatillas deportivas. Y así se convirtió en el hombre imparable.”Mañana es domingo, toca descansar”, se lamenta.

 

 

 

Tártaros


Hay una clase de somnolencia, una resignación no exenta de disfrute en las gentes que habitan los territorios donde el mar construye playas. Hay algo circular que envuelve a uno como el viento y lo encierra en un médano. El mar es una meta y se visita con toalla y  bañador. Nunca se llega más allá. Se cruza la línea solo un poco para poder retroceder y volver a cruzar. La meta se acaricia pero no se deja atrás.

Con la ilusión y el recuerdo de un niño, uno lleva algunos días queriendo ver el fondo del mar. Pero cada vez que llega el momento se inclina por los baños rápidos, que no enfrían el cuerpo, solo lo refrescan y despejan la cabeza, por unos minutos, hasta que el sol vuelve a calentarlo todo y el mediodía obliga a marcharte de allí. Esta mañana decidí bucear, por fin, y cumplir las ganas de encontrar un espacio donde flotar y mirar a los peces intocables que te miran, también, extrañados, temerosos. Pero el fondo estaba turbio. Apenas unos peces se perdían entre la arena. Las rocas eran manchas difuminadas, oscuras, ajenas a todo matiz. La marea golpeaba el viejo muro de piedra que amenaza a un restaurante con la espuma de las olas más fuertes.No era el momento. Se fue el fondo y sus circunstancias, ver la vida debajo del agua. Era preferible pensar, desde la superficie, que la mayoría de los días, allí abajo existe un mundo cristalino y pacífico y que que esa imagen, sola en el pensamiento, es suficiente.

Acabo de terminar, de nuevo (quedaron muchas cosas por recordar y comprender) El desierto de los Tártaros. El libro describe una vida postergada, alentada por amenazas inexistentes, por expectativas e ideas que solo están en la imaginación. Es la historia de Giovanni Drogo, de la espera de un militar destinado a la fortaleza Bastiani, situada frente a un desierto donde vendrán los tártaros. Es la historia de un misterio sin concretar pero siempre presente, un olvido ciego del tiempo presente a costa de mantener la seguridad de una existencia, una vida, siempre impredecible, por mucho que nos empeñemos en controlarla. El libro desvela la frustración ante el estrechamiento de las posibilidades de realización en aras a un ideal, una enfermiza búsqueda por dar sentido a la vida, un sentido de éxito casi obligado, por derecho, donde los sueños no sean sueños, sino realidades posibles. Dino Buzzati escribió El desierto de los tártaros pasados los treinta años y fue su consagración como escritor. Uno relee el libro y se siente quizá, por momentos, una víctima más, como Giovanni Drogo, que sonríe, consciente de la pesada broma que sus ilusiones le han jugado, de la mueca que el destino imprime al margen de la voluntad humana. Agotado y solo, desfallece en una cabaña, lejos ya de la Fortaleza y de la invisible amenaza tártara, preguntándose si tendrá tiempo, por última vez, de ver la luna entre una porción de estrellas una noche de primavera.

 

La casa


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Recogimos los nísperos que abarrotaban la entrada y llenamos dos garrafas del agua en la cocina. Abrimos las puertas y algunas ventanas para que entrase la luz. Imaginamos el salón de aquellos almuerzos interminables de pescado salado, cuando el vino mantenía todo con vida. Vimos los dormitorios con los cabeceros intactos, pintados de negro. Entramos en el cuarto donde estaba el teléfono. En el porche, nos sentamos en el banco y contemplamos los helechos regados por los que todavía creen que la casa puede salvarse. Miramos a la calle desde la azotea. Nuestros pasos entre la madera, ahí arriba, parecían frágiles. Por un momento, pensé que había llegado la hora de que las paredes reaccionasen y cedieran ante nuestra larga indiferencia.


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Recogimos los nísperos que abarrotaban la entrada y llenamos dos garrafas del agua en la cocina. Abrimos las puertas y algunas ventanas para que entrase la luz. Imaginamos el salón de aquellos almuerzos interminables de pescado salado, cuando el vino mantenía todo con vida. Vimos los dormitorios con los cabeceros intactos, pintados de negro. Entramos en el cuarto donde estaba el teléfono. En el porche, nos sentamos en el banco de madera y contemplamos los helechos regados por los que todavía creen que la casa puede salvarse. Miramos a la calle desde la azotea. Nuestros pasos entre la madera, ahí arriba, parecían frágiles. Por un momento, pensé que había llegado la hora de que las paredes reaccionasen y cedieran ante nuestra larga indiferencia.

La casa


 

Recogimos los nísperos que abarrotaban la entrada y llenamos dos garrafas del agua en la  cocina. Abrimos las puertas y algunas ventanas para que entrase la luz. Imaginamos el salón de aquellos almuerzos interminables de pescado salado, cuando el vino mantenía todo con vida. Vimos los dormitorios con los cabeceros intactos, pintados de negro. Entramos en el cuarto donde estaba el teléfono. En el porche, nos sentamos en el banco de madera y contemplamos los helechos regados por los que todavía creen que la casa puede salvarse. Miramos a la calle desde la azotea. Nuestros pasos curiosos entre la madera, ahí arriba, parecían frágiles. Por un momento, pensé que había llegado la hora de que las paredes reaccionasen y cedieran ante nuestra larga indiferencia.

¿qué queremos?


La realidad imaginada ha permitido que muchísimos extraños puedan cooperar con éxito. Las religiones, las corporaciones, el mercado, los derechos humanos, el dinero, la justicia social, la libertad, el Estado, las marcas de coches o de hamburguesas solo existen  en la imaginación. Son ficciones y no realidades objetivas como lo es un  árbol, un río o un par de monedas. Esa capacidad  unitaria, de “confianza” que ha tenido la ficción para ir más allá de los árboles o los ríos, de las cosas que realmente existen, hizo que el hombre y sus sociedades se extendiesen por el planeta y dominarlo. La llamada “revolución cognitiva” fue el principio de esa dominación y exponente de la agricultura,  la revolución industrial y la tecnológica. Todas apoyadas en la idea del progreso, de la confianza en el crecimiento  y en definitiva,  en que las cosas pueden siempre mejorar, aunque haya que dejar mucho por el camino (animales, plantas, niños, guerras, ciudades, países, bosques y océanos).

Así, la realidad imaginada mantiene  vivo el mito de que la “prosperidad” del capitalismo consiga minimizar las cotas de desigualdad e injusticia mundial que ella misma ha creado, pues salvo algunos intentos fallidos de cambiar las cosas, no ha existido en el mundo moderno otra manera de concebir la vida, las relaciones comerciales o la organización social. El futuro nadie lo sabe. Parece que las máquinas y la información que ellas tienen de nosotros  acabarán incluso manipulando  nuestros deseos. Las bicicletas de montaña, zapatillas de deporte, los billetes de avión o las  habitaciones de hotel que invaden sin permiso nuestra pantalla del ordenador no son una casualidad.

De esto y otras cosas habla Yuval Noah Harari en su libro Sapiens, de animales a dioses, una breve historia de la humanidad (Debate). Un trabajo riguroso, sin redundancias, con un lenguaje claro y muy instructivo. Es el joven Harari, nacido en el 79,  profesor de historia en la universidad Hebrea de Jerusalén, una fuente de reflexión e inspiración. Un libro necesario que despierta el interés  para seguir preguntándonos hacia dónde vamos, cuál es  nuestro fin, qué queremos realmente. Según Harari nos hemos convertido en dioses  sin tener que “dar explicaciones a nadie”  y  “con solo las leyes de la física para acompañarnos”. Esto ha tenido sus consecuencias: un cierto desasosiego, el sentirse extraño, el deseo infinito. Y el profesor pregunta:  “¿Hay algo más peligroso que unos dioses insatisfechos e irresponsables que no saben lo que quieren?”.

Enanos de jardín


1.-

En las primeras casas, antes de llegar, hay un pretendido sentido de la opulencia: enanos de jardín, fuentes que sacan agua de la nada, balaustradas imposibles, aluminios en puertas y ventanas, tejados sin tejas y azoteas enormes que miran hacia el cielo en esta parte de la isla donde por la noche cada estrella parece más cerca. Una casa es una casa y un palacio es un palacio. Constructores sin medida, privilegiados del espacio, desaprovecharon la oportunidad para poder aspirar a la sencillez. Lo más difícil: la tierra, la montaña y los pinos, ya está hecho.  Suele haber cierto reflejo entre nuestras preferencias y nuestra mirada. La forma en la que uno habita o construye su casa, su espacio, es proporcional a la manera en que diseña una vida o camina en ella.

2.-

En el estreno de El Rapto del Serallo, el emperador José II le dijo a Mozart que su ópera tenía   “demasiadas notas”. Así lo cuenta Norbert Elías en ‘Mozart, sociología de un genio’ (Ediciones Península de Bolsillo) como un ejemplo más del conflicto entre el arte libre y el canon más conveniente. La fuga de Salzburgo a Viena, donde Mozart “podía respirar libremente, aún cuando le constara considerables esfuerzos ganarse pan” desembocó en una cadena de deudas y decepciones que se sumaron posteriormente a la enfermedad y la muerte mientras, acabada la flauta Mágica, componía el Requiem agonizando. Mozart estuvo más de la mitad de su vida excesivamente protegido por su padre, que lo exhibió como niño prodigio e intentó “colocarlo” en un trabajo estable, al servicio de la corte, de los que dictaban el destino de los músicos y de la música. Mozart fue de los primeros artistas independientes que pudo vivir de lo que componía pero a cambio de la ruina y la soledad. Su extraordinario don para la música no entendía de negocios. Dejaba el servicio de la corte sin haber conseguido otro. No soportaba vivir como pájaro con las cortadas.

 

 

Charcos


 

Hace tiempo que no llueve con sentido común. Parece que el verano le debe algo al invierno o viceversa. Una mañana de marzo puede oler  a julio y una tarde de abril a diciembre. Los anticiclones llegan y se van, las borrascas entran y forman espirales y dejan el agua en la tierra. Pero no podemos cambiarlas, sino anunciarlas, horas, días antes, y decir: “se prevén lluvias fuertes”  y poco más después de dar un aviso de color amarillo, naranja o rojo. El rojo es la catástrofe total. El amarillo es una advertencia bienintencionada.

Esta mañana cayó un aguacero tropical, algunos segundos de lluvia intensa que embarraron las aceras y sorprendieron al mar. Ayer llegaba el agua caliente a la orilla; síntomas extraños, las gaviotas volaban bajo, los pájaros andaban escondidos, un frío cálido y un cielo gris. Esta tarde rayos y truenos en la misma batalla, no muy lejos de aquí. Ahora llueve casi sin querer,  formando pequeños charcos donde se escuchan las gotas caer. Y uno agradece este regalo inesperado que te mete en casa.

En el edificio de enfrente hay tres balcones que hacen esquina. El primero y el segundo tienen las luces encendidas y la puerta abierta. En ambos se puede ver el salón y la entrada. Las cortinas son del mismo color y la ropa tendida está puesta de la misma manera. El de arriba, en cambio, está cerrado y oscuro. El balcón vacío. No debe vivir nadie desde hace mucho tiempo.

Para mañana anuncian que esto continúa hasta que decida marcharse.