Relato

La Playa


Con el agua por encima de las rodillas, un bache inesperado, incluso profundo, te hunde para invitarte a flotar. A que nades y  persigas sumergido esos peces atrevidos de plata. Siempre hay un murmullo marino, una corriente caprichosa, circular, una pequeña batalla con las formas de la roca, hasta en los días de quietud. Nunca hay calma total. La entrada de La Cueva de la vaca plantea  el misterio de enormes mantas raya, de pasadizos secretos que quizá comuniquen con el Charco del diablo, cristalino, enigmático, al que se llega caminando. La Crucita es la referencia, la roca lisa del volcán, el punto de encuentro para arreglar cosas mientras ves más cerca el Sol perderse a un lado de La Gomera; la altura perfecta para lanzarte de cabeza; las escaleras las hizo el mar. Las enseña o las esconde cuando le place. La Crucita es el asiento del pescador que siempre espera un milagro.

Ayer he vuelto a pisar «La Playa con mayúsculas», escribía en un mensaje pretencioso. Inamovible, universal, la que contiene todo lo verdadero del resto de las playas. La Playa platónica. El tiempo parece un invento que ocurre fuera. ¡Eso es imposible!, porque la noche, el día, la tarde, los meses o la historia, también suceden aquí, aunque de otra manera. Escribe Joseph Roth en la marcha Radetzky, :«Pasaron los años, unos tras otros, como simétricas ruedas de paz».

Estándar
Uncategorized

Disparos


Todas la mañanas comienza la sinfonía de ruido. Es el nuevo edificio. Suena el hierro y la piedra cortada. Machacan algo demasiado sólido entre breves intervalos de silencio. Mientras, la calle, ventosa y tranquila, esconde una tensión interna de apartamento. «Eres una desconsiderada vecina, y mala, otra vez con tu perrito, pero no te preocupes que yo sé como solucionarlo», grita un hombre que a veces asoma el cráneo. Hoy el aplauso empieza a ser un recuerdo. Bocinegro es como un faro, un punto de referencia. La montaña chica con la ilusión de islas al frente, donde llegamos demasiados, ajenos, distantes, libres, con el viento en la cara. Al regresar, encuentro los jardines con en olor  refrescante de la poda. ¿Quién tuvo la idea colocar césped? Esta hierba inagotable sigue escondida en las entrañas de la casa de mis padres pese al empeño reiterado de exterminarla. El césped fue una moda de clase media, un simulacro de bienestar que ahora decora las zonas comunes.

Todo es distracción. Merodeo, me encierro dentro del encierro, pero cuesta profundizar. Son las seis de la tarde y suenan disparos secos. Una niña explota los globos que cuelgan en la ventana el día de su cumpleaños. Alguien le dice que vaya a comer la tarta. Ella me mira y sonríe. Le quedan dos globos, el naranja y el amarillo. Sus dedos sostienen una aguja invisible que es como un revolver todavía cargado.

Estándar
Relato

Intemperie


La corriente cierra la puerta y tira la llave. No, no ha entrado ningún pájaro en la habitación. “Eso es lo que tú te crees, que no avanzas. No ha pasado un minuto de tu vida en que no avances”, dice M. Conozco más cosas de los vecinos, nada importante, pero cosas. Antes, cuando los balcones no existían, solo eran sombras lejanas. Los niños han salido a la calle con sus juguetes. El dueño del restaurante, el sonriente siciliano, me reconoce detrás de la mascarilla, saluda y dice algo que no entiendo. Con la cara enrojecida, pasa la pelota a sus sobrinos, que inventan la vida en la plaza.Quiero ser ellos.En su ensayo La melancolía, Joke J. Hermsen escribe: «los niños se sirven de la imaginación para tender puentes del mundo que los rodea, del que de repente han quedado aislados». Cuando toman conciencia del yo, cuando empiezan a hablar, están a la intemperie, un vacío que les separa del mundo anterior que tenían con sus padres, en una unión directa con las cosas que les rodeaban. Es un vacío, melancólico, que lo llenan con la fantasía. Así, «nuestra primera experiencia consciente es curiosamente una pérdida», explica Lou Salomé en Mirada retrospectiva.Una pérdida del yo interior prelingüístico que ha quedado en el subconsciente. Los juegos y la imaginación ayudan al niño al «sentirse de nuevo en casa», a no estar perdido. En el caso de los adultos, sabedores de nuestra irremediable finitud, el amor y el arte, compensan, al menos ayudan, a esa conexión con nuestro yo interior y con el mundo. Es el «olvido de uno mismo» de que habla Salomé. De niño, jugaba  a menudo entre los charcos del verano y construía campamentos de indios antiguos todo el año. Y no quería que eso acabara porque no tenía claro que fuera a estar del todo cómodo en ese otro mundo que ya empezaba a descubrir, donde animales, cosas y personas, tarde o temprano, dejarían de existir.

Estándar
Uncategorized

Alarma cuatro


Cuando aplaudes, vuelves a pensar en que todo esto es real y que el tiempo se va escribiendo desde el presente más absoluto, con una inseguridad inédita sobre mañana. Eso es lo que más miedo genera. También uno aplaude y se vuelve a meter en casa, como huyendo de los sonidos excesivos de los altavoces que se alzan desde algunas ventanas. Cada tarde, los de enfrente eligen peores canciones, no sé, desproporcionadas. Siri Hustvedt se preguntaba hoy en El País cómo será el mundo luego, si «una restauración de lo que hubo» o «una realidad completamente distinta». Nadie lo sabe, como nadie sabe cuándo será luego, o cómo la vida volverá a manifestarse, organizarse. Habla la escritora de cómo el mundo ha podido llegar a esta «hipnosis masiva», de aceptar (y elegir) a políticos que hacen reiteradas bufonadas, como la inmunidad atlética de Bolsonaro, que ha llamado al virus “gripiña”, las mentiras narcisistas de Trump o las recomendaciones iniciales de Boris Johnson, cuando hablaba de la “inmunidad colectiva”. Estos gobiernan una parte importante del mundo e influyen más de la cuenta en el resto del planeta. Son elegidos por millones de personas y probablemente los volverán a elegir, a justificar, aplaudir, aunque nadie, como al COVID, lo hubiera esperado. Lo inesperado ya no pertenece al azar, sino a lo posible.

He pensado que a lo mejor hay más peces y más pájaros. La naturaleza respira. La ausencia de ruido humano es un alivio para el mar, el cielo y los árboles. Esta tarde la marea ha dejado ver la alfombra de roca y de musgo que dibuja la bahía circular. Quizás llegue un día en que el camino hacia Montaña Roja desaparezca con el viento. Desde aquí todavía se ve claro y marcado. Nuestras huellas no se irán así como así.

Estándar
Uncategorized

Tres


En la maceta del balcón hay una planta y un molinillo. Sus aspas de papel giran todo el tiempo, incluso con la brisa más débil. Por la noche se escucha nervioso, como si se fuera a romper. Y por la mañana sigue ahí, junto a la planta. Y yo no sé cuanta cantidad de agua lleva la planta. A veces pienso que me paso. La ahogo en su propia vida. Entonces la dejo días al sol hasta que vuelvo a inundar la maceta. Abajo hay dos perros grandes que olfatean el césped del jardín. También hay dos dueños: «El virus es producto del capitalismo», sentencia un joven, y la chica, de espaldas, asiente y se recoge el pelo. “Cuando esto acabe, las peluquerías no van a poder con tanta gente”. En el relato La Calma, R. Carver escribe: «Hoy he estado pensando en la calma que siento cuando cerré los ojos y dejé que los dedos del barbero se deslizaran por mi pelo, en la dulzura de aquellos dedos en mi pelo que empezaba ya a crecer de nuevo”. Un hombre que sale de las sombras de su cama, desde la ventana de enfrente, comienza a aplaudir.

 

Estándar
Uncategorized

Dos


Tengo cosas que hacer para no salir un año, me da igual el confinamiento”, escribe un amigo. Otro, a la pregunta de qué hacer: “Leer y escribir”. “Trabajaremos el mes de julio”, asegura la tercera. En una esquina del balcón he puesto una silla de plástico con una toalla doblada que ablanda la espalda. A mi lado, la ropa está tendida, la planta está seca y suena el piano del vecino aporreando la misma canción, como una obsesión.  La silla es de las que dan la impresión de que se pueden romper en cualquier momento. Anoche se escuchaba el mar otra vez, casi lejano. El viento lo ha permitido. Y hoy ha amanecido azul. La nieve cubre todavía algunas montañas. Y la brisa viene fresca, como si el hielo quisiera llegar a todas partes. He cogido De qué hablamos cuando hablamos de amor. En el relato Belvedere, Carver escribe: «teníamos esa extraña sensación de que, ahora que nos dábamos cuenta de que ya había sucedido todo, podía suceder cualquier cosa».

 

Estándar
Uncategorized

Alarma uno


Ayer dejé una taza aquí, en el balcón, con un puñado de almendras y cáscaras de naranja que todavía huelen sacercas la nariz. Tenía la esperanza de que los pájaros comieran. Era una posibilidad. Hay dos que suelen merodear por el árbol que da sombra al charco. Se parecen a las golondrinas pero no lo son. Vuelan muy rápido y cuando se posan puedo intuir sus ojos muy abiertos y nerviosos. Luego se pierden en el cielo como un misil. Hoy, justo cuando la televisión anunciaba el estado de alarma, he añadido a la taza un trozo de galleta, de esas que son perfectas para embadurnar con mermelada de fresa y mantequilla. Y los pájaros no han regresado.

Los de abajo ponen la lavadora cada noche. En alguna parte de su nuevo hogar, se escucha el tambor dando vueltas a la ropaNo he visto sus caras. Sí su espalda, la de él, anotando algo en un papel, en la terraza, por la mañana, después de extender la toalla sobre la hamaca. Su cuerpo, el de ella, boca arriba, leyendo una revista y con un vaso de algo entre sus nalgas. Con un toque preciso, cierratodas las ventanas cuando se van a dormir. A veces tosen.

Pienso en que esta noche podía venir la lluvia. Solo esta noche. Una lluvia ligera.Venir, limpiar el aire, derrotar al mundo invisible.Y que mañana el sol caliente todas las cosas. En Lamento lo ocurrido (Anagrama) escribe Richard Ford: “La lluvia siempre señalaba un cambio de estación”.

Estándar
Uncategorized

Eratóstenes


Sin quitarse el pijama, Eratóstenes custodia su biblioteca. Las sumas de ángulos rectos forman las estanterías de libros que rodeael salón, donde está la escultura de Paco Palomino, el ajedrez de mármol colas sillas de mimbre; dos finos cuerpos de hierro de aquel artista alemán que vino a parar a Tenerifelcaja de madera con el Origen de la vida de Oparin y una edición de Por qué no soy cristiano, de Russellla vitrina con las lanzas guanches, un gánigo reconstruido, la piedra de moler sobre la chimenea inútil; más vivos que muertos en los portarretratosSí, la biblioteca rodea todas estas cosas que mi madre limpia cada mañana con su paño efectivo. Ha vuelto a fumar y el humo es una nube que llega hasta el techo, donde se pierden sus pensamientos. Eratóstenes se levanta y extrae de una repisa la enciclopedia canina, que conoce bien y siempre le gusta revisar. Observa el equilibrado pastor alemán, el caprichoso pequinés, la bondad implícita del bóxer. Eratóstenes saca la versión en ruso de Cien Años de soledad que no puede leer porque no sabe rusoExtrae El Desierto de los Tártaros y casi recita: «Nombrado oficial, Giovanni Drogo partió una mañana de septiembre de la ciudad para dirigirse a la fortaleza Bastiani, su primer destino…». Extiende sus brazos flacos y junto a una foto de Stalin, que todavía defiende, coge ediario donde escribíamos y dibujábamos cómo estaba creciendo la casa y nosotros: los nombres de los gatos, el trillo en el muro del empedrado, las pencas, los negritos que bailaban alrededor del fuego en algún lugar de África; una niña con coletas, la prolongación a rotulador de un tajinaste; un relato, una jaula de pájaros, un poema inconfesable, un certificado de vacunación. Y como si ya no hubiera nada que contar, todos dejamos de escribir en ese diario, aunque en realidad, era un álbum de fotos. La casa ya estaba hecha y nosotros habíamos crecido, o eso creíamos. Lo olvidamos en la biblioteca, que afortunadamente custodia Eratóstenes y donde el mundo se mide en pijama.

Estándar
Uncategorized

Obstinación


Surgen arañas nuevas. Más pequeñas y blancas. Tejen una tela casi invisible en el balcón, en el manillar de la bicicleta, en las patas de la mesa. Saben que poco después una mano destruirá su trampa. Yo creo que lo saben. Pero una y otra vez, desde algún lugar oculto, aparecen con esa obstinación infinita. Y cuando dejo de molestarlas, una tarde, un fin de semana, sus telarañas se multiplican. Pero eso dura poco. Y repito, creo que ellas lo saben, pero siguen insistiendo con la esperanza de que un día me rinda. Ese día, el balcón, la bicicleta, la mesa y la casa, serán suyas.

Estándar
Libros

La gripe eterna


 

Los saludos del nuevo año están llenos de virus. Los besos en la mejilla, los guantes y los pañuelos, el aire que entra por los pasillos del instituto, el asiento del barco y sus enormes climatizadores. Los papeles de regalo arrugados en la basura, los restos de pizza en las cajas de cartón, las botellas de vidrio, los aerosoles y las pastillas. El cielo sin la lluvia y el polvo en suspensión que viene del desierto está lleno de virus. Las mañanas frías, las tardes lentas, oscuras. Los correos electrónicos, creer que sé escribir. Las toallas de las peluquerías, el que corta el jamón y la que pesa la fruta en el supermercado están llenos de virus. Los gritos de los bebés cuando intentan decir algo, la ropa de kárate, los jabones de los baños y las servilletas de los bares. Las palabras sobrantes, el deseo de mantener el equilibrio. En este momento, sólo se salva El Infinito en un junco, de Irene Vallejo (Siruela) que leo en el balcón. Aquí de vez en cuando pasa alguien perdido que busca casa o se aventura hacia las rocas y tabaibas. También se salva el mar, frío y ajeno a la vida invisible que respiramos, donde habita la gripe eterna.

Estándar