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Dos


Tengo cosas que hacer para no salir un año, me da igual el confinamiento”, escribe un amigo. Otro, a la pregunta de qué hacer: “Leer y escribir”. “Trabajaremos el mes de julio”, asegura la tercera. En una esquina del balcón he puesto una silla de plástico con una toalla doblada que ablanda la espalda. A mi lado, la ropa está tendida, la planta está seca y suena el piano del vecino aporreando la misma canción, como una obsesión.  La silla es de las que dan la impresión de que se pueden romper en cualquier momento. Anoche se escuchaba el mar otra vez, casi lejano. El viento lo ha permitido. Y hoy ha amanecido azul. La nieve cubre todavía algunas montañas. Y la brisa viene fresca, como si el hielo quisiera llegar a todas partes. He cogido De qué hablamos cuando hablamos de amor. En el relato Belvedere, Carver escribe: «teníamos esa extraña sensación de que, ahora que nos dábamos cuenta de que ya había sucedido todo, podía suceder cualquier cosa».

 

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Alarma uno


Ayer dejé una taza aquí, en el balcón, con un puñado de almendras y cáscaras de naranja que todavía huelen sacercas la nariz. Tenía la esperanza de que los pájaros comieran. Era una posibilidad. Hay dos que suelen merodear por el árbol que da sombra al charco. Se parecen a las golondrinas pero no lo son. Vuelan muy rápido y cuando se posan puedo intuir sus ojos muy abiertos y nerviosos. Luego se pierden en el cielo como un misil. Hoy, justo cuando la televisión anunciaba el estado de alarma, he añadido a la taza un trozo de galleta, de esas que son perfectas para embadurnar con mermelada de fresa y mantequilla. Y los pájaros no han regresado.

Los de abajo ponen la lavadora cada noche. En alguna parte de su nuevo hogar, se escucha el tambor dando vueltas a la ropaNo he visto sus caras. Sí su espalda, la de él, anotando algo en un papel, en la terraza, por la mañana, después de extender la toalla sobre la hamaca. Su cuerpo, el de ella, boca arriba, leyendo una revista y con un vaso de algo entre sus nalgas. Con un toque preciso, cierratodas las ventanas cuando se van a dormir. A veces tosen.

Pienso en que esta noche podía venir la lluvia. Solo esta noche. Una lluvia ligera.Venir, limpiar el aire, derrotar al mundo invisible.Y que mañana el sol caliente todas las cosas. En Lamento lo ocurrido (Anagrama) escribe Richard Ford: “La lluvia siempre señalaba un cambio de estación”.

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Eratóstenes


Sin quitarse el pijama, Eratóstenes custodia su biblioteca. Las sumas de ángulos rectos forman las estanterías de libros que rodeael salón, donde está la escultura de Paco Palomino, el ajedrez de mármol colas sillas de mimbre; dos finos cuerpos de hierro de aquel artista alemán que vino a parar a Tenerifelcaja de madera con el Origen de la vida de Oparin y una edición de Por qué no soy cristiano, de Russellla vitrina con las lanzas guanches, un gánigo reconstruido, la piedra de moler sobre la chimenea inútil; más vivos que muertos en los portarretratosSí, la biblioteca rodea todas estas cosas que mi madre limpia cada mañana con su paño efectivo. Ha vuelto a fumar y el humo es una nube que llega hasta el techo, donde se pierden sus pensamientos. Eratóstenes se levanta y extrae de una repisa la enciclopedia canina, que conoce bien y siempre le gusta revisar. Observa el equilibrado pastor alemán, el caprichoso pequinés, la bondad implícita del bóxer. Eratóstenes saca la versión en ruso de Cien Años de soledad que no puede leer porque no sabe rusoExtrae El Desierto de los Tártaros y casi recita: «Nombrado oficial, Giovanni Drogo partió una mañana de septiembre de la ciudad para dirigirse a la fortaleza Bastiani, su primer destino…». Extiende sus brazos flacos y junto a una foto de Stalin, que todavía defiende, coge ediario donde escribíamos y dibujábamos cómo estaba creciendo la casa y nosotros: los nombres de los gatos, el trillo en el muro del empedrado, las pencas, los negritos que bailaban alrededor del fuego en algún lugar de África; una niña con coletas, la prolongación a rotulador de un tajinaste; un relato, una jaula de pájaros, un poema inconfesable, un certificado de vacunación. Y como si ya no hubiera nada que contar, todos dejamos de escribir en ese diario, aunque en realidad, era un álbum de fotos. La casa ya estaba hecha y nosotros habíamos crecido, o eso creíamos. Lo olvidamos en la biblioteca, que afortunadamente custodia Eratóstenes y donde el mundo se mide en pijama.

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Obstinación


Surgen arañas nuevas. Más pequeñas y blancas. Tejen una tela casi invisible en el balcón, en el manillar de la bicicleta, en las patas de la mesa. Saben que poco después una mano destruirá su trampa. Yo creo que lo saben. Pero una y otra vez, desde algún lugar oculto, aparecen con esa obstinación infinita. Y cuando dejo de molestarlas, una tarde, un fin de semana, sus telarañas se multiplican. Pero eso dura poco. Y repito, creo que ellas lo saben, pero siguen insistiendo con la esperanza de que un día me rinda. Ese día, el balcón, la bicicleta, la mesa y la casa, serán suyas.

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Libros

La gripe eterna


 

Los saludos del nuevo año están llenos de virus. Los besos en la mejilla, los guantes y los pañuelos, el aire que entra por los pasillos del instituto, el asiento del barco y sus enormes climatizadores. Los papeles de regalo arrugados en la basura, los restos de pizza en las cajas de cartón, las botellas de vidrio, los aerosoles y las pastillas. El cielo sin la lluvia y el polvo en suspensión que viene del desierto está lleno de virus. Las mañanas frías, las tardes lentas, oscuras. Los correos electrónicos, creer que sé escribir. Las toallas de las peluquerías, el que corta el jamón y la que pesa la fruta en el supermercado están llenos de virus. Los gritos de los bebés cuando intentan decir algo, la ropa de kárate, los jabones de los baños y las servilletas de los bares. Las palabras sobrantes, el deseo de mantener el equilibrio. En este momento, sólo se salva El Infinito en un junco, de Irene Vallejo (Siruela) que leo en el balcón. Aquí de vez en cuando pasa alguien perdido que busca casa o se aventura hacia las rocas y tabaibas. También se salva el mar, frío y ajeno a la vida invisible que respiramos, donde habita la gripe eterna.

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Así lo recuerdo


La realidad se compone de fragmentos que nuestra imaginación conecta. Así construimos lo que ocurre en función de nuestra lógica, y lo que ocurre no necesariamente debe ser cierto. Fabulamos para sobrevivir, para comprendernos. De algo de esto habla Ignacio Abad (León , 1980) en “En Düsseldorf no hay ni puede haber leones”(Mr Griffin,2019). Hace recordar Abad a Siri Hustvedt cuando se refiere a la memoria. No podemos recordarlo todo y nuestra cabeza une las escenas, imágenes o referencias con elementos de ficción. Los recuerdos son así consecuencia de nuestra creatividad. Abad aplica la memoria al oficio del periodismo. Su libro esta lleno de periodismo y de cosas «que luchan por ser ciertas». En Düsseldorf hay un periodista que habla con un imaginario Kapucisnsci, un joven que se encuentra de nuevo con la noticia en la lejanía de Tokio, donde ha llegado por amor, tras conocer en Madrid a la que le pareció la chica más guapa del mundo. Antes, vivió días de despidos progresivos en el medio donde trabajaba que me han recordado a los años del periódico en los que primero, vendieron la rotativa, y la falta de ingresos de publicidad en el papel desmanteló una redacción que se enfrentaba a un mundo nuevo. Aquellos periodistas también contamos esos bonitos años con un relato diseñado a nuestra manera. Y de una cosa creo estar seguro: también escribimos sobre muchas cosas horribles que efectivamente pasaron. Fue verdad que un desequilibrado le cortó la cabeza a una turista británica en un concurrido bazar chino. Está escrito. Todos los medios coincidimos en una versión parecida. Una semana después del suceso, una noche helada, en Bristol, le dije a la casera que yo había estado allí. Y de pronto le conté detalles nuevos, haciendo una versión todavía más escabrosa, con el miedo a que su hijo, que miraba hierático la televisión desde el sofá, hiciera lo mismo conmigo. Dormí con la maletas detrás de la puerta. El ruido de la lluvia golpeaba el tejado del desván donde habían puesto dos camas pequeñas y un escritorio. A la mañana siguiente, la casera me dejó en la puerta de la academia. «Mi hijo es un buen chico, solo ha tenido problemas en el trabajo», dijo. De esto último no estoy totalmente seguro. También fuimos en guagua a Londres y vimos el cambio de la guardia real. Nos empapamos debajo del paraguas. Ella se reía mucho. Preparó unos sandwiches de jamón con pepinillo y mostaza. Él no salía de su casa. Así fue, así lo recuerdo.

 

 

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Relato

La fuga


Las casas contienen un sistema de circulación tan invisible como el cuerpo. Entre paredes hay tuberías que transportan el agua o la basura diaria que generas y van a parar Dios sabe dónde. “Todo puede fallar”, dice el constructor y dueño del piso mientras busca desesperadamente “el punto de conexión”. El hombre fue capaz de reducir tanto el espacio que sacó ocho apartamentos con vistas al mar de los cuatro iniciales, concentrados en una calle privilegiada y silenciosa, donde los alemanes leen y beben vino blanco convencidos de que están en el paraíso y los de aquí sacan a sus perros, también reducidos a la mínima expresión. “A veces estas cosas pasan”, insiste el hombre desmemoriado mientras sugiere que el misterio puede resolverse buscando detrás de la nevera, o del lavabo, o de la las gavetas que guardan los platos y los vasos de color azul pálido. “Si localizamos la fuga se acaba el problema”, sentencia con mirada de cirujano. “¡Puedo oírlo, es por aquí, es por aquí!”, exclama con la oreja pegada a la pared como si hubiera encontrado la respuesta a todas sus preguntas. De pronto se detiene: “¿Sabes?-dice- me encanta mirar cómo cae el agua en el charco cuando sube la marea, forma como unas cataratas”. Y saca su teléfono y captura una foto mientras sonríe.

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Salir permaneciendo


Uno

Las cosas puede que no respondan a una lógica binaria, lo uno o lo otro, sino a lo que sucede en medio. Por allí está la vida, por donde transitan. Liberarlas del lenguaje del ser, de las prisiones trascendentes que las limitan. La filósofa Maite Larrauri se refiere a este asunto con el concepto de rizoma en El Deseo, según Deleuze, de la colección Filosofía para profanos. “Se puede ser un sedentario, o un amante y amigo fiel y moverse entre las cosas, estar siempre en medio, no dejar de hacer mundo. Y por el contrario, se puede ser un viajero empedernido que cambie de lugares y amores, y sin embargo estar siempre en el mismo sitio”.

El rizoma como propuesta de vida. Su razón no es del ser sino del devenir. “Lo importante es lo que está pasando”. “Salir permaneciendo”, es decir, salir de lo que uno hace mediante lo que uno hace para encontrar ampliaciones posibles del territorio. “Borrar” los contornos fijos, esas “líneas duras del ser”, y permitir “conexiones,” “tránsitos” y “devenires”.  Así, el filósofo encuentra conexiones en la literatura, en la música, en el ciencia, en la política, pero no deja de hacer filosofía. Como un rizoma, que deviene horizontal frente a la “lógica binaria” del árbol, estático y vertical. Crecer así, en esta dirección.

Dos

El mar, la infancia y el despertar de los sentidos, son temas recurrentes en la literatura de Vicent. Leerlo da hambre. “Un imbécil con un teléfono móvil puede extender la imbecilidad por el universo”, comentaba este mes el escritor Manuel Vicent en una visita Lazarote, la “isla extraña”, que pisaba por primera vez. Concentrar el pensamiento y la energía para sobreponerte a una ola concreta puede salvarnos de un temporal, si olvidas por un momento que el mar es un “todo insondable”. Esta lección del maestro, como diría Henry James, reflejada en la columna Las olas, la rescato cada vez que antepongo una idea de algo con hechos que no han sucedido. “La vida hay que tomársela según se presente”, decía en este sentido mi tía María (en realidad era la tía de mi padre) en aquella habitación con una televisión que solo podía escuchar con su único ojo vivo que percibía formas entre confusos destellos de luz. En la nevera de la cocina María guardaba el Seven up helado y gaseoso que daba una fuerza de poción mágica. Qué buena era.

Tres

Casi por primera vez, en este tiempo, las tardes se nublan y el aire comienza a refrescar el balcón. Quedan pocos bañistas y los barcos de pesca flotan inmóviles, amarrados a sus boyas. El horizonte es una línea perfecta que se extiende a ambos lados y acaba donde los ojos pueden llegar.

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Escuchar a Gelber


Portada del ultimo libro de Leila Guerriero. Opus Gelber.

Portada de Opus Gelber. El último libro de Leila Guerriero que publica Anagrama.

Uno

Debajo de su nombre, Lelia Guerriero (Junín, provincia de Buenos Aires, 1967) escribe «con cariño» y devuelve amablemente el libro ‘Opus Gelber’, Retrato de un pianista (Anagrama). La noche es fresca, la gente comienza a abandonar la Fundación César Manrique, en Lanzarote, donde la periodista ha sido invitada para hablar del presente y el futuro del oficio. «Esta casa, que linda, me sorprende, tanta gente aquí que viene a escuchar», dice. «Ahora me llevan al hotel y salgo mañana a la una para Madrid. Qué pena no poder ver más”. Ver y escuchar, tomar notas y escribir historias. Eso es lo que hace Guerriero. Aunque habla con aparente calma, parece estar siempre alerta. Es delgadísima, el pelo con volumen, como en la foto,  negro y rizado. Le hablo del interior de la isla, de la luz de los volcanes cuando baja el sol y casi la obligo a que regrese. Todo muy rápido y algo pretencioso. En el coche lo pienso : «pretencioso» . Un lápiz marca el libro por la página 101 donde subrayo: «el tecnicismo ha robado mucho» (…) «Es muy difícil ser joven hoy en día y tener una vocación . Tienen muchas distracciones…». Lo dice Bruno Gelber, cercano y lejano a la vez, sin género, entregado a su instrumento desde pequeño pese a que la polio no se lo puso fácil. « No tengo fuerza muscular. Los músculos están vivos, no activos. Pero yo vivía en una especie de mundo de música y era muy feliz en ese mundo», habla el artista.

Durante casi un año, Leila Guerriero asistía a su casa. «El irrealismo mágico de Bruno Gelber», escribe. Lo ha tocado todo: Beethoven, Schuman, Chaikovski, Rachmáninov… y lo ha visitado todo, escenarios grandes y pequeños, palacios, hoteles de lujo, apartamentos en París.  En su casa de Argentina, entre tardes de tés y postres, ella tomaba notas y él hablaba. Aprender a escuchar. Noches de cenas con amigos, invitados, gente que acompaña a Gelber en las giras, gente que le ayuda  a mantener su comodidad dentro y fuera del hogar; alumnos. Y ella siempre dejando hablar, esperando una aleatoria llamada telefónica. «¡Maravilla!».

Dos

Hay un exceso de playa, de calentarse en el calor. Todavía se escuchan los gritos de los niños, tan agudos como en agosto, pero septiembre se va y la gente se retira poco a poco de la orilla. Todos saben que el viento y el frío llegarán también hasta aquí. El mar se pondrá gris, agitado, y no habrá manera de ver la claridad del fondo. Acabo el libro. El vecino madruga, pasea a su perro, vapea y no trabaja. Sabe que a Juan no hay que preguntarle nada hasta las cinco de la tarde. «Está durmiendo» , dictamina. Juan es la referencia. Tiene las llaves que abren la caja del punto de conexión a Internet, el “contacto” con la compañía. Pero nadie viene y pasan las semanas y el gran charco es un medicamento de amplio espectro. «Este es el mejor momento del día», dice un hombre de barriga blanca con el agua hasta el cuello. Son las ocho de la mañana en Punta Mujeres.

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Relato

Microbios


 

Uno.- Durante este tiempo, mi vecina ha golpeado algún tipo de instrumento al dormir que resonaba en la pared, como una guitarra con pocas cuerdas. Eran golpes breves y aleatorios, imagino que involuntarios, acompasados a veces por la respiración. La abrazo al despedirme y compruebo que es un saco de huesos. Me regala una teja en miniatura pintada con el paisaje de Lanzarote y asegura: «yo sé toda la verdad». Su perra, también minúscula, me dedica unos últimos ladridos. Dentro de la casa he dejado un nota de simple agradecimiento. Todas las cajas están en el coche. En el bar, antes de embarcar, una gota de aceite cae en el pantalón. Sigo comiendo y la gota se queda allí seca. En el barco, los mareados se agarran la frente como si fuera el último instante de sus vidas.

Dos.- A veces puedo sentir la acumulación de microbios y bacterias. Eso hace que contenga la respiración y así evito que entren por la garganta o la nariz sin permiso. Pienso en las enfermedades a menudo, en todo tipo de enfermedades que se van rotando a lo largo del año. Pienso en sus consecuencias. Esa extraña capacidad por captar la vida microscópica hace que permanezca en un estado de alerta constante. También siento curiosidad por los prospectos de los medicamentos, por sus principios activos. Incluso leo los excipientes por si soy alérgico a alguno. Sospecho del aspartamo. Tomo pastillas todas las noches. El asma apareció hace quince años con un silbido en el pulmón. Después, todo ha sido miedo a que vuelva. Las pruebas poco han aclarado. Solo hay evidencias en los ácaros. Tengo una relación ambigua con los moluscos. Siento terror cuando oigo hablar del shock anafiláctico. Confío en los mejillones en escabeche y en los berberechos con un chorrito de limón pero rechazo probar las ostras y la langosta. La alergia es psicológica. Esta mañana, en un centro de salud, no he podido contener la respiración lo suficiente y he notado como cientos de microbios entraban en mi cuerpo. Ellos sabrán lo que hacen.

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