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Incendios


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Tess Gallagher, viuda de Raymond Carver, publicó el libro de cuentos ‘Si me necesitas llámame’ varios años después de la muerte del escritor, en 1988. Y estos días encontré un ejemplar mientras curioseaba entre la estantería de una librería. En algunos relatos hay casas incendiadas de familias de clase media que cenan juntos en pueblos perdidos de Norteamérica. Las llamas se producen en medio de conversaciones sobre la pesca del salmón, giros y anécdotas aparentemente insignificantes. Sirven de pretexto para describir vidas sostenidas en una fina capa de seguridad cotidiana, que sus protagonistas han construido como han podido. Alejados de sus anhelos iniciales, despojados de sus metas, desolados por la expectativa. Vidas que pasan según se han presentado las circunstancias.

Richard Ford , en ‘Flores en las grietas’, cuenta su amistad con Carver, cuando ambos habían superado la treintena. Era el año en 1978. Carver había dejado de beber y su Ford, admirador de su obra, tenía la sensación de que el autor trataba de ser un hombre que intentaba ser libre, aún sintiéndolo, de cosas y personas de las que creía absolutamente necesario liberarse, incluso de las personas a las que amaba. Y esa era su batalla.

Uno lo encuentra en muchas de las líneas que comprenden la concisión argumental  de cada cuento, en el ritmo suspendido y en las imágenes que desprende. Congela situaciones como cuadros de Hopper.  Son «rudimentos del realismo», un «relato como intento de consuelo», comenta Richard Ford.

Carver narra incendios y niños quemados y madres que resisten a todo eso, que plantan semillas en el jardín de su casa con la larga carga del olvido, el peso de toda la vida sin ellos. Madres que  aceptan la invitación de los vecinos con los que nunca han hablado y que sacan la vajilla al comedor a las seis de la tarde.

Una noche, mientras cenábamos y todavía estábamos en el colegio, el vecino golpeó el cristal de la ventana y avisó de que el instituto estaba en llamas. Estábamos sentados de cuclillas en la silla de la cocina. Así comíamos yo y mis hermanas.  El fuego arrasó una parte del edificio, incluido el bar donde nos escapábamos cuando podíamos saltar el muro que separaba el colegio del otro mundo. Satisfechos y asustados, teníamos la sensación de haber cruzado hacia la edad adulta.

Esa noche, desde la carretera, mirábamos el agua de las mangueras dirigida hacia una sombra de humo negro, hasta que todo se apagó y cada uno regresó a su casa para dormir con aquella imagen en la cabeza. El fuego, al parecer, lo habían provocado dos chicos del pueblo por motivos aún difusos y sin mayores consecuencias. Dejaron algunas latas de gasolina vacías en los alrededores.

Humberto Eco contó en ‘El nombre de la Rosa’ que una parte de la poética de Aristóteles ardió en la biblioteca de una abadía en el siglo XIV. Las llamas acabaron con muchos de los textos escritos en griego que los monjes traductores intentaban  descifrar. Las hojas de ese libro fueron impregnadas de veneno para que no fuese leído porque hablaba de la risa. Y la risa mata el miedo. Y sin miedo ya no había necesidad de Dios.

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Sueño y realidad


PHOTO CREDIT: Courtesy Alchemy

 

Hace algunos días que el apartamento es un lugar  silencioso, hasta en las horas donde se  supone que la calle no lo es. Esta mañana hacía un día luminoso.  Solo se escuchaban los pájaros  cantando en las casas vecinas  junto a un ligero susurro de coches lejanos  atravesando la ciudad al borde del mar.  Salí al embarcadero porque me gusta ver los barcos flotar. Parejas con poco que decirse paseaban cerca de ese laberinto de mástiles. Tomé un café en un bar donde  suelen llegan los marineros a comer pescado frito, beber cerveza y compartir algún tímido saludo. Tienen  miradas errantes, como sus hogares sostenidos por un ancla y por el sueño infinito en un mundo que saben que acaba. Con cierto alivio entiende uno que el conflicto entre la imaginación y la realidad subyace también en el espíritu del marinero. Detrás de su propia fuerza, en la aventura, también suele haber tristeza, búsqueda, frustración. En este mundo cada uno navega a su manera.

El viernes por la noche cerré la última página de Madame Bobary, que acaba con la palabra “honor”. Minutos después, moría Fidel Castro y  también se cerraba  definitivamente el siglo XX.

El cubano fue muchas cosas, también un hombre de honor, que  como Emma Bobary, se vio superado por sus propios sueños, aspiraciones, por el conflicto entre la imaginación y la realidad. Castro llevó la revolución  hasta cotas universales, románticas, seductoras, todas bajo un dominio excelente del lenguaje y de los tiempos. Pero el mito comunista chocó contra el rodillo del logos capitalista, que se erige como el defensor de la libertad, a todos los niveles, y de un mundo dominado por  otro sueño: el americano.  Da igual de pavor y tristeza saber que desde hace muchos años el régimen cubano no tiene sentido, no se sostiene, como ver a los cubanos en Miami, la mayoría  votantes de Trump,  salir con sus coches a celebrar la muerte de un hombre tan  fundamental sin el que Estados Unidos no sería lo que es y viceversa.  ¿Acaso el sueño americano  no es también un fracaso?. En ese sueño, donde tus deseos se pueden hacer realidad, a costa de casi todo, conviene revisar algunos conceptos, empezando por esa libertad. Uno se pregunta dónde está el punto medio cuando Europa también comienza a dar signos de fisuras preocupantes.

Daba la impresión de que lo  que movía a Castro a seguir adelante, a no torcer el rumbo de su proyecto, era pensar en que la felicidad futura era posible, de que llegaría la justicia social, su justicia, la victoria de los sueños frente  al presente inevitable. Pero sabía,  junto a una obtusa falta de aceptación, que   todo estaba cambiando ante sus ojos.  También la desdichada Emma Bobary, ante  el amor superlativo,  nunca llegó a aceptar que el presente era otra cosa diferente al imaginario de la pasión que todo parece trastocarlo.  Desbordada por  “un deseo de intimidad casi imposible”, prefirió una muerte programada.  En algún momento de nuestra vida  todos hemos sido Madame Bobary y, salvando las distancias,  a muchos  también les hubiese gustado tener el valor de Castro.  En cualquier caso, el comandante ya no existe. Se convertirá, como Emma Bobary, en literatura eterna, atemporal, en historia infinita.

 

 “Las felicidades futuras, como los ríos de los trópicos, proyectan sobre la inmensidad que las precede sus suavidades natales, una brisa perfumada, y los que las perciben se adormecen en ese arrobamiento sin cuidarse si quiera del horizonte  que no se  vislumbra”. Madame Bobary,  Gustav Flauvert.  

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Susurro


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Cuando Leonard Cohen recogió el premio Príncipe de Asturias de Las Letras 2011 dijo: “si supiera de dónde vienen las buenas canciones iría allí mismo a menudo” y alabó a García Lorca como si fuera su propia voz. Un guitarrista vagabundo le enseñó en Montreal los primeros  acordes que darían sentido a sus canciones. Luego se quitó la vida y Cohen nunca supo más de aquel maestro hispano cuyo rastro es un misterio. En estos últimos años el poeta había vuelto a fumar, y decía que estaba preparado para irse, pero no creo que uno esté listo para desaparecer  y no tener la oportunidad de seguir.  Conocí tarde sus melodías en voz baja y preferí aquellas canciones que estaban acompañadas por unos coros insuperables y perfectos, que aderezan ceremonias de elegancia, honestidad y que nos hacen ser un poco más incrédulos y  aceptar las contradicciones del amor.

Ahora estoy en una habitación en uno de los pueblos más bonitos de España. Lo anuncia un cartel antes de  bajar hacia el precioso abismo que dibuja  el escaparate de macizos y roques sagrados de cielo azul.  Y mientras escribo escuchamos Halelluya  como un bálsamo de esta noche fría y callada. Por la ventana  observo como en la  puerta del hotel una pareja de recién casados se hace fotos. Deben tener algo más de cincuenta años y parecen empezar de nuevo. Pasean hacia uno de los restaurantes de la mano, seguros de encontrar la manera de dejar el pasado, mientras el sol se esconde detrás de Bentayga, enorme e inmóvil. Y acaba la canción que viene de donde vienen las buenas canciones,  y todo este entorno intimida, porque  ya es de noche y el vértigo continúa;  solo se escuchan las teclas  del ordenador y, por momentos,  las campanas de la iglesia. Antes y después solo hay silencio.

Esta tarde, había anotado algo con el frío detrás del cuello, con los senderistas regresando de sus caminos, en la mesa de madera donde bebimos el licor de almendras amargas: “la mente siempre intenta alejarte del bienestar, nunca está a su servicio”. Repito ahora eso y susurro imitando a Cohen.

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Adelante


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Ha dejado de llover. Hace algunas horas el agua caía con fuerza en las calles y la gente sacaba sus paraguas de alguna parte. Los faros de los coches iluminaban  toda esa ilusión. Creía que no pararía pero la tarde ha vuelto a la normalidad, con discretos charcos en el suelo, los paraguas cerrados goteando en las puertas de las tiendas y las casas;  los pájaros  y los perros otra vez en movimiento.  Luego la noche ha envuelto el lunes y su final.

Uno no confía demasiado en su memoria,  cualquier distracción  puede hacer perder una idea para siempre y por eso apunta lo que cree que tiene interés: una lista de la compra, un esbozo de una cara, las frases de los libros que nunca sería capaz de escribir,  las cosas que solo las entiende el que escribe, ocurrencias  cotidianas de las que conviene estar atento.  Y había anotado hace  unos días en el cuaderno : “¿por qué siempre tengo que pensar en que todo ha sido un error o un acierto?”. Actuar en esos términos de eficacia o ineficacia no parece llevar  a ninguna parte.  Elegir, como decía alguien, es desechar,  dejar de lado. Algo comienza y otra cosa se detiene. Elegir es seguir adelante.

El vecino escucha por las tardes una música que  canta con intentos infructuosos de cadencia flamenca.  Son rumbas de lamento. A veces, un hijo lo visita y se queda a dormir en el sofá, boca bajo, frente a una pecera oscura que pude ver el día en que el casero  abrió su puerta y pidió permiso para atravesar un cable de teléfono. Sale todas las mañanas a buscar trabajo y en el portal me mira como si el tiempo se acabara, con los  tatuajes difusos de sus brazos, una bolsa con algunas cosas sin importancia. El otro día había otro joven: “este es el mayor, ya es un hombre”, decía orgulloso. Y no he vuelto a ver más al joven que parecía ajeno un abismo no imposible. Y hoy el vecino ha llegado borracho, dando gritos, como pensando que algo o  muchas cosas habían sido un gran error. Me da pena pedirle por favor que baje la música. No la soporto, de verdad. Pero lo voy a tener que hacer.

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Jengibre


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Ha llovido por primera vez en mucho tiempo. Aquí no tengo ventana, así que escucho la lluvia  caer sobre las planchas de plástico. Ha sido con cierta fuerza, como si el clima pudiera cambiar las cosas,  pero pronto todo ha vuelto a la normalidad. También por  primera  vez  mi madre durmió en la habitación de al lado, toda la noche. Luego desayunamos leche con galletas y un batido de naranja con zanahoria y kiwi. La fruta la mantuvo sana, piezas aleatorias cada ciertas horas, pero la fruta entera, no el batido que ha probado por primera vez. También es la primera vez en mucho tiempo que acaricia a un perro, que siente que quiere a un animal (el último gatito que estuvo en casa desapareció misteriosamente) y lo duerme en sus rodillas como a un niño y sostiene la correa en la calle. Es la primera vez en mucho tiempo que camina por la orilla del mar y que coge unos palillos, que siente el sabor del jengibre.

Es la primera vez que quiere regresar a su casa, poco a poco, reconocer de nuevo su cuarto donde ha sido tan feliz como desdichada. Volver a una nueva vida ya vivida que empieza por primera vez.

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Banderas


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Una caracola permaneció muchos años en el baño de la casa, al lado del  lavabo, donde todas las noches mi padre metía los pies, en un acto casi purificador que le permitía irse a la cama con cierta tranquilidad.  Esa caracola  luego pasó a segundo plano,  a la repisa,  al lado de las cremas, de los cepillos de dientes y los champús que mi madre amontonaba  sin pudor. Siempre me pareció un milagro poder escuchar en aquella caracola lo que muchos afirmaban que era el mar. Su mecanismo, su forma laberíntica, similar a los misterios del oído, permitía también hacerla sonar, con suerte, como una llamada ancestral, un acierto de  trompa que anunciaba la llegada de algo extraordinario.

Lo  que  no queremos ver pasa desapercibido hasta que lo relacionamos con algo que nos afecta.  A partir de este momento lo encontramos por todas partes: mujeres embarazadas, coches,  canciones que recuerdan  a  momentos, nombres y caracolas.  Esta mañana, en otro baño, había una de ellas decorando la cisterna. Supe que venía de una playa de Panamá, y por alguna razón,  aquí  fue a parar, huérfana de toda su naturaleza.   Esta semana, por trabajo,  pude ver como una muchacha sostenía un bucio, la caracola de Canarias, la que soplaban los guanches. Una muchacha que se cubría con la bandera de su tierra, de mi tierra. Intentaba sin éxito sacarle sonido a aquel instrumento de “identidad”. Lo intentaba una y otra vez mientras abrazaba la bandera.

Las banderas han dejado muchísimos problemas en el mundo, las banderas y los símbolos. Todos, mecanismos  de pretendida cohesión social, territorial, vecinal, planetaria, casi siempre de identidad superlativa, de fronteras imaginarias, impuestas o combatidas con violencia a cambio de dinero y de poder y no de dignidad. Banderas que  de vez en cuando desempolvan  batallas innecesarias, erróneas interpretaciones de la historia y que sacan el perfil más bajo de la condición humana, el fanatismo inoportuno, la justificación de una lucha que no tiene sentido, la revisión de un pasado  desde la sordera. Uno se pregunta qué es la identidad  y si no es posible reivindicarla con más cultura, más civismo, y sobre todo, con más educación. Uno  se pregunta si  la identidad no se forja desde todas las partes a donde va, la música que escucha, los libros que lee, los amigos que tiene, las personas de las que aprende. Pero no, la identidad  aguarda en las  sombras que irrumpen y sacuden  conciencias  a cambio de no sé qué lucha: el empeño de unos en reivindicar un país bajo el paraguas de la “legalidad” más reaccionaria,  y otros en convertirse  en  abanderados de  una “identidad” desorientada.  En ese momento, al ver el bucio que la muchacha sostenía entre la multitud, preferí pensar que dentro había un mar, lejano y pacífico, incesante, ajeno a todo el griterío. Un  mar que la muchacha  podía escuchar cuando quisiese, desde cualquier parte del mundo, sin fronteras.

 

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El periódico


 

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Mientras espero que el suelo se seque salgo a la calle y me apoyo a leer el periódico al lado de la enorme puerta de madera. Los pájaros se oyen por todas las partes, como si hubiera una jungla oculta entre las casas, un bosque doméstico no exento de control. Si cierras los ojos puedes imaginarlo, pero tengo el periódico. La edición de los sábados es quizá la mejor de la semana. La pausa del papel no se compara a la noticia que atrapas entre semana como una ráfaga de datos, todavía por madurar, que con los días se hace crónica, reportaje o muere en la sesión de sucesos, se enquista en la de política o pasa desapercibida entre las páginas de cultura.

Lo itinerante y consistente del papel permite a uno tener tiempo para extenderlo en la mesa, entre el desayuno, agotarlo hasta que se enfríe el té. Y luego te lo puedes llevar al baño o al parque, doblado bajo el brazo, sin pantallas, ni reinicios, ni coberturas. como una compañía comparable a los pequeños transistores que mantienen a los mayores informados, entretenidos, independientes. Anotas algunas ideas y te pones en marcha.

La incorregible curiosidad por las cosas que algunos dicen que pasan, desvela una relación contradictoria con el periódico, de dependencia y rechazo. Y es que puede que los periodistas caigamos en el error de utilizar la actualidad para leernos a nosotros mismos, como un instrumento de ombligismo desmesurado al margen del lector, que pareciera leer el periódico en otros códigos. Es fácil perder la perspectiva. Esa circunstancia la compruebas cuando desde la distancia, desde la pausa, te conviertes en ese lector, en uno más.

La primera vez que entré en la redacción, el director me preguntó si leía periódicos. Esa era la premisa suficiente para pertenecer a un grupo de personas que saca adelante, todos los días, pase lo que pase, una narración del acontecer. Y hay pocas cosas tan mágicas. Tan bonitas.

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Inercia


 

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Hay un rincón llamado Irish Corner donde confluye el aire que llega de tres calles con la justa intensidad y que invita a sentarse en las mesas de fuera, normalmente ocupadas por los estudiantes en las mañanas y al atardecer por gente diversa. La esquina forma una pequeña plaza con una sola palmera que se eleva a la altura de las casas de estilo colonial, la mayoría, pintadas en tonos pastel. De vez en cuando sale alguien de aquellas puertas de madera y se pierde en la ciudad. A la derecha hay una relojería con un escaparate mínimo de relojes de muñeca y despertadores. Todas las mañanas, a la misma hora, el dueño  fuma con  solvencia, como si manejara perfectamente el tiempo del mundo. Enfrente, parpadean las luces de la farmacia junto a una tienda que vende bocadillos de una sola loncha de jamón y queso.

Por alguna razón, los rostros habituales solo permanecen en el entorno, donde todos nos reconocemos y a la vez nos olvidamos, al llegar a casa, hasta el día siguiente. En la terraza del Irish Corner anoto algunas frases que salen del bullicio. Parece una práctica de espía, pero uno lo hace para ver si puede sacar alguna historia, como si se tratase de información privilegiada. Escucho: «veo a Rajoy a Sánchez y me parecen iguales»  y «estuvo años sin venir, no era por nada sentimental, no le atraía la casa»… A la izquierda suena «los platos que he comprado sí son para usar y tirar, los cubiertos y las copas no»…

Hay un hombre que mece su silla con cierto riesgo , una mujer que bebe sorbete de limón y un joven que dice:  «una de las mayores fuerzas de la naturaleza es la inercia». Y pienso en todas las cosas que se mueven sin darnos cuenta ni podamos hacer nada al respecto, como las agujas que giran en una relojería que su dueño, ingenuo, cree controlar.

 

 

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Giro


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Cortar las puntas de las habichuelas es el principio. Luego  esperar a que el agua se caliente entre trozos de tomate, ajo, pimiento, vino, laurel y sal para convertirla en salsa. El tiempo que uno tiene para cocinar es el mejor. Y si quieres puede haber música.  Y todo es más o menos así y lo escribo porque  siento que es algo útil que puedo hacer.  En realidad,  no estoy haciendo nada diferente al resto del mundo.  Mi vida no es especial, pero a veces me empeño en esperar demasiado de ella, en creer que está obligada a darme cosas. Eso hace a uno desdichado y con esa exigencia combates. Y de pronto alguien te lo resume, te lo cuenta, te lo aclara, para que te des cuenta y hagas algo, para que aceptes que siempre puede haber  algo más placentero detrás de lo agradable pero no necesariamente tienes que atraparlo. No se trata de advertir constantemente lo misterioso de tu comportamiento que boicotea toda situación, porque no eres más especial que el otro; se trata de reírse de tu personaje. Si, simplemente reírse un poco de toda esa estupidez.

En Flores en las grietas, autobiografía y literatura. (Anagrama), Panorama,  Narrativas, (2012),  Richard Ford  escribe :  (…) el giro cómico no sólo actúa como contrapeso e intensifica la gravedad de una historia  seria sino que también humaniza nuestra intimidad predestinada a lo grave, permitiendo sacar a la luz el contexto más pleno y más real de la vida , aún cuando nos incline hacia un método de aceptación  comprobado: la risa. (La aceptación y  la pertinaz continuación de la vida son preocupaciones permanentes en Chejov).

Con la comida hecha, uno solo puede disfrutarla sin pensar en que podría haber quedado mejor.

 

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Resistencia


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Pienso en una historia de adaptación y resistencia. Hay una ciudad, una madre que se abre a una nueva vida después de la muerte, un padre que se siente solo, un informático amable que explica cómo entrar en un programa de edición; las nubes que nunca acaban de quedarse,  la poca molestia del calor, una habitación donde descansar del ruido. Millones de llaves que cierran  y abren puertas, la complicidad de la radio matutina, la compañía del libro en la mesa de noche,  el tedioso trámite de Internet, el cansancio de la novedad, la dificultad de vivir sin música, la repetición de las personas y situaciones en sitios diferentes, el mito de la soledad, la idea de que todo sea relato, que deje una especie de felicidad, una extraña sensación del bienestar, una conexión con lo que pasa.

Pienso en algunas ideas y algunas comidas y en lo paliativo que es tener por aquí los ‘Diarios de Emilio Renzi’  donde Ricardo Piglia escribe: “hay una cosa que yo no quiero comprender: para hacer lo que quiero hacer es necesario  ser capaz de rechazar y de perder otras cosas”.

 

 

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