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La casa


 

Recogimos los nísperos que abarrotaban la entrada y llenamos dos garrafas del agua en la  cocina. Abrimos las puertas y algunas ventanas para que entrase la luz. Imaginamos el salón de aquellos almuerzos interminables de pescado salado, cuando el vino mantenía todo con vida. Vimos los dormitorios con los cabeceros intactos, pintados de negro. Entramos en el cuarto donde estaba el teléfono. En el porche, nos sentamos en el banco de madera y contemplamos los helechos regados por los que todavía creen que la casa puede salvarse. Miramos a la calle desde la azotea. Nuestros pasos curiosos entre la madera, ahí arriba, parecían frágiles. Por un momento, pensé que había llegado la hora de que las paredes reaccionasen y cedieran ante nuestra larga indiferencia.

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Charcos


 

Hace tiempo que no llueve con sentido común. Parece que el verano le debe algo al invierno o viceversa. Una mañana de marzo puede oler  a julio y una tarde de abril a diciembre. Los anticiclones llegan y se van, las borrascas entran y forman espirales y dejan el agua en la tierra. Pero no podemos cambiarlas, sino anunciarlas, horas, días antes, y decir: «se prevén lluvias fuertes»  y poco más después de dar un aviso de color amarillo, naranja o rojo. El rojo es la catástrofe total. El amarillo es una advertencia bienintencionada.

Esta mañana cayó un aguacero tropical, algunos segundos de lluvia intensa que embarraron las aceras y sorprendieron al mar. Ayer llegaba el agua caliente a la orilla; síntomas extraños, las gaviotas volaban bajo, los pájaros andaban escondidos, un frío cálido y un cielo gris. Esta tarde rayos y truenos en la misma batalla, no muy lejos de aquí. Ahora llueve casi sin querer,  formando pequeños charcos donde se escuchan las gotas caer. Y uno agradece este regalo inesperado que te mete en casa.

En el edificio de enfrente hay tres balcones que hacen esquina. El primero y el segundo tienen las luces encendidas y la puerta abierta. En ambos se puede ver el salón y la entrada. Las cortinas son del mismo color y la ropa tendida está puesta de la misma manera. El de arriba, en cambio, está cerrado y oscuro. El balcón vacío. No debe vivir nadie desde hace mucho tiempo.

Para mañana anuncian que esto continúa hasta que decida marcharse.

 

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Elegir


 

1
«Elegir lo imaginario como razón de la vida misma», dice Ricardo Piglia en el segundo volumen de los ‘Los diarios de Emilo Renzi, Los años felices’. Doy vueltas a ese asunto que atempera algunas frustraciones en medio de este calor. No se ve el horizonte. Estamos todos encerrados en una bruma de tierra. Meterse en el mar y dejar que el agua salada cambie la sensación del cuerpo parece una solución. En el banco de piedra, en el lado de la sombra, hay un hombre que vaticina lo peor. Habla como su estuviera subido en un pedestal: «Llegará un momento en que ni cabremos en La Tierra. Tendrá que venir alguna guerra… hoy es química todo… la tercera guerra mundial está a punto de llegar. ¿por qué creéis que la gente se gasta su dinero en los bares?. Porque se las ve venir … el que no quiera entenderlo que no lo haga.. no hay otra cosa.. estamos aquí cuatro días contados». El hombre  se dirige a los que todos los días ven a la gente pasar. Apenas acepta respuestas. Se amarra a su axioma irrefutable.
2
Pienso en llevar un vida portátil. Solo es una idea. Huir de la repetición.También en  saber limpiar todo lo que cree uno que no está bien escrito. Hace falta mucha corrección, eliminar lo que sobra. Estar satisfecho y convencido con el texto puede llegar a ser interminable.
3
Una señora belga está quieta, sentada , mirando al frente como cae el agua de las duchas donde todos se quitan la arena. Está completamente morena. Le digo que los belgas inventaron las papas fritas y sonríe. Me dice que aquí las hacen muy malas. Es mediodía y los más fuertes resisten al sol que todo lo abarca, incluso la sombra del banco ya no es un lugar fresco.
4
Recomendaciones: Anoche una película: La Gran Belleza, de Paolo Sorrentino. Un homenaje a Roma, que fue la ciudad más importante del universo. El protagonista, Jep Gambardella. Tenerlo todo y no tener nada. Preciosa la pieza de Vladimir Martynov ‘The Beatitudes’ y divertida la versión de ‘Far L’Amore comincia tu’, de Raphaella Carrá.

La Gran Belleza empieza con una cita de Celine en ‘Viaje el fin de la vida’: «Viajar es útil, ejercita la imaginación. Todo lo demás es desilusión y fatiga. Nuestro viaje es enteramente imaginario. Ahí reside su fuerza.Va de la vida y la muerte. Personas, animales, ciudades y cosas es todo inventado. Es una novela, nada más que una historia ficticia. Lo dice Littre, él no se equivoca nunca.Y además, cualquiera puede hacer otro tanto.Basta cerrar los ojos. Está en la otra parte de la vida».

Otra cosa. Interesante la serie ‘En Terapia’. El psicoanálisis y Argentina parecen haber nacido juntos. No hay nada nuevo, solo buenos diálogos y largas escuchas. Actores que se parecen a sus personajes.
5
En una ventana, al ir a comprar algo de comer, se asoma un perro. Ladra cuando te acercas como queriendo decir: «no des un paso más, te lo advierto». Tras la ventana se intuye el salón con su televisor. Un salón que debe parecerse a la mayoría de los salones. Sigue siendo un misterio.

 

 

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Futuro


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1.-  Hay un café donde sirven pequeñas tartas de chocolate al lado del bar de la esquina. Sentado, con la correa del perro enrollada en la silla, anoto lo que escucho. Recopilo, nunca se sabe. «Pesé más de cuatro kilos al nacer y mira cómo me he quedado», dice una joven. Está de espaldas, irreconocible. «Fui siempre pachorrona pero tú no eres así, la sangre espesa contigo no va», añade. Las voces se pierden con otras conversaciones y hay un momento de confusión. Al rato, el chico dice: «yo nunca estaba en mi casa. Desde los nueve o diez años siempre andaba fuera». El perro mira a una familia extranjera. Los padres beben cerveza y los niños zumo de naranja. El viento se ha ido y la playa ha quedado sola. Ahora es una enorme llanura de arena que espera de nuevo a que el agua la cubra. Se hace de noche y todo el movimiento, en las personas y en las cosas, va bajando de intensidad.

2.- Ha llegado una pareja por dos noches. Ella es de Madrid y él de Lisboa. Son amables. Cogen las llaves y dan las gracias por todo. Preguntan si el perro se va o se queda con ellos. Preguntan dónde encontrar una playa sin viento y entienden que si no se quieren mover tendrán arriesgarse.

3.- Esta mañana, paseo por la arena hasta donde comienza la montaña. Pensamientos sobre el futuro, dónde estaré, que pasará, qué haré. Optimismo y desánimo se alternan. Búsqueda de salidas. Las cometas arrastran a los kitesurfistas contras las olas y hacia el océano. Las velas de los windsurfistas completan el paisaje. Sin viento, nada de esto tendría sentido.

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Asustarse


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1

Estoy en una biblioteca con una escalera que sube hasta un piso abovedado con cristaleras donde entra la luz de la mañana. Allí estudian algunos jóvenes: subrayan sus papeles con distintos lápices de colores, miran hacia el techo, memorizan en voz baja, consultan su ordenador. Nadie se mueve. Abajo hay una repisa con los periódicos del día. Leo un reportaje del mismo vecino y el mismo empresario que hablan en nombre de todos los vecinos y todos los empresarios. Cierro el periódico.

Al lado hay una mesa con varios libros de Rafael Arozarena y consulto ‘Cómo me hice escritor’. Intento averiguar esa extraña fuerza que empuja a alguien a entregarse a la fábula, a la poesía. «Yo mismo me pregunto por qué escribo y no sé responderme», dice el autor en el que fue su discurso de ingreso en la Academia Canaria de la Lengua. Arozarena recuerda que Alejandro Dumas fue sorprendido en su infancia por un profesor mientras lloraba en el jardín del colegio. «Por qué lloras Dumas? -preguntó el maestro. Y el niño contestó -Dumas llora porque tiene lágrimas».

El cuaderno rojo se agota. Apenas quedan unas páginas. En cualquier caso anoté que Juan José Millás decía en el libro de Juan Cruz ‘Literatura que cuenta’ que escribir sirve para «contar unas cosas aparentando que estás contando otras. Por eso la literatura o es metáfora del mundo o no es nada».

2

Ayer, en otra biblioteca, el poeta y escritor tinerfeño Bruno Mesa presentó su charla ‘Literatura y fotografía, un mismo incendio». Imágenes y textos, lugares y rostros, espacios e identidades  que se relacionan. La identidad como un «pasaporte falsificado de la memoria», contenida en lo que le contamos a los demás, lo que nos contamos a nosotros mismos y la cultura en la que vivimos. La suma de nuestra memoria es nuestra identidad, pero esos elementos de la memoria «están falsificados por uno mismo», son «fábula», citó.

Fue una interesante conversación colectiva. «Escribo por la necesidad de decir muchas cosas» dijo Mesa, para añadir que le interesa contar «lo invisible», lo que le pasa a aquellas personas que están ahí y no vemos. A Mesa le interesa más qué piensa una señora que limpia en una oficina del paro que los propios parados esperando su turno, que en realidad son el fundamento de la oficina.

3

Las ‘Prosas reunidas’ de Wislawa Szymborska, recopila los artículos que aparecieron durante décadas en revistas de literatura y en un periódico de su país. Son comentarios a cosas que normalmente no acapararon la atención y que la poeta polaca recogió. En  ‘La importancia de asustarse’  defiende que a los niños les encanta asustarse con los cuentos, «sienten la necesidad natural de vivir grandes emociones», dice. «Andersen atemorizaba a los niños, pero estoy segura de que ninguno de ellos le guardaba rencor, incluso después de haber dejado de serlo (…). Andersen trataba a los niños con seriedad. No solamente les hablaba de la gozosa aventura que es la vida, sino también de sus infortunios, y sus no siempre merecidas calamidades», escribe. El libro se puede abrir por cualquier página, consultarlo, releerlo, dejarlo en la mesa de noche, en la mesita del salón o en el baño y volverlo a coger cuando apetezca.

 

 

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Sitios


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Solo había un instituto y allí estudiábamos todos los de la zona. Había alumnos de la costa que entendían el inglés y no estaban acostumbrados al frío; llegaban con camisas de manga corta en febrero después de ver el amanecer subidos a la guagua. Se iban a las dos y aquí quedábamos los mismos. Veíamos la NBA de madrugada. «Cerca de las estrellas», lo presentaba Ramón Trecet. Luego el dinero trajo otros institutos .

En la universidad nos empeñamos en olvidar el pueblo. Para llegar a la capital tardábamos dos horas en guagua o dependíamos de algún conocido que nos llevara en coche, hasta que pudimos sacar el carnet, que nos hizo más independientes o eso creímos, e intentamos acercar dos mundos que todavía se empeñan en alejarse: el norte y el sur, cada uno con sus contradicciones. Y la isla era un conjunto de islas donde nosotros subíamos pero la mayoría de los  de arriba no bajaba. Solo lo hacían para atrapar el sol como un turista más. Llegaban hasta donde llegaban los apartamentos, hasta donde terminaba la autopista que ahora parece un milagro del progreso tardío frente a las anónimas carreteras secundarias que se pierden por las medianías.

Era el sur vacío, como La España vacía, viaje por un país que nunca fue,  un ensayo de Sergio del Molino (Turner, 2016), donde refuta con inteligencia el mito de la identidad, rural y urbana, en un recorrido por los rincones más perdidos del país. También cuenta como la periferia de las ciudades fue surgiendo con la llegada de aquellos vecinos de todos los puntos de la España profunda. Con el tiempo, uno  comienza a entender que la ubicación no depende solo del lugar, que la mirada puede ser universal o limitada  desde cualquier sitio, que  hay un  pueblo que habita en nosotros pese a que nos empeñemos en ser «siempre turistas, sin raíces, sin amigos, sin tradiciones» ,  como dice el autor.

He vuelto a escuchar los pájaros invisibles que cantan cada tarde a través de la ventana del salón.  Las cosas ya están colocadas de nuevo en los estantes. La imaginación siempre va por delante de la realidad.La expectativa nunca juega a tu favor. Eso está bien mientras lo sepas.

 

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Acera


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Regreso al lugar donde caí. Una acera común debajo de un puente que conduce al embarcadero. No hay nada que certifique que ocurrió allí, pero allí debió ser.  Por supuesto, ni rastro de la señora que preguntaba si estaba bien, en medio de aquella confusión. Se fue segundos después, a pasos cortos, diciendo algo muy bajo, indescifrable.

También  han desaparecido del teléfono las fotografías del pie. No hay un parte médico, ni figura en la farmacia la compra de analgésicos a mi nombre. Ya no queda hielo en el congelador. Lo que permanece es un ligero dolor en el tobillo que impide caminar con cierta ligereza. Eso es todo lo que tengo, salvo que lo haya inventado. No es la primera vez.

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Me quiere, no me quiere


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Pasé por la plaza, una vez más, en el coche, con la ventanilla abierta, como de visita a lo que ya es conocido pero necesitas seguir viendo. Poca gente, mucho espacio, silencio y limpieza. Parecía que no hubiera deseos, como si todos los objetivos de allí se hubiesen cumplido. Pude oler el frescor de este invierno que no acaba de llegar, ver una postal perfecta de orden y tranquilidad con excepcionales momentos para el ocio, ver un parque donde cualquiera de nosotros hubiésemos soñado jugar. Antes la plaza era el patio del colegio, el campo de fútbol, la mesa de la baraja, la pista de patinaje, la cancha de baloncesto con una pelota de tenis; los bancos irrompibles donde contábamos los secretos, comíamos pipas, explotábamos las recámaras, dábamos los primeros besos; donde nos escondíamos a fumar, en la pared de atrás, por la noche, donde no llegaba la luz o la luz era muy poca.

Todo el pueblo estaba en la plaza porque no había otra cosa, o casi nada, y teníamos que inventar algo. Gritábamos y nos ensuciábamos en el suelo, nos manchábamos con la especie de tinta de las «vagas» que caían de los árboles. Una vez enfermaron los viejos troncos -eso decían- y dejaron la plaza negra, morada o verde oscura, por aquellas semillas infinitas que pisábamos todos, hasta el más listo, y que se quedaban en la suela de los zapatos algunos días. En los jardines había margaritas y otras flores, pero recuerdo especialmente a las margaritas. Su brillo amarillo, sus hojas blancas y tersas que arrancábamos de raíz, porque había un juego decisivo: «Me quiere, no me quiere».

Un laberinto de ramas alrededor de la piedra lisa atravesaba el barranco. Allí íbamos a buscar las pelotas de tenis. Hay quien tenía especial habilidad para bajar al abismo con apenas cuatro movimientos. Localizaba la pelota, como un perro de caza, y mostraba el hallazgo con cierto orgullo y alivio, por saber que el juego continuaba. Pero muchas pelotas desaparecieron entre aquellos huecos donde solo los gatos podían vivir, y el juego acababa y nos íbamos a nuestras casas a comer, sucios y sudando. Comíamos mucho. Casi todos.

Ahora el barranco es un aséptico canal donde el agua corre cuando el tiempo se enfada.  Y no sé por qué, uno se acuerda de aquellos años, no de una plaza que parece haber descansado de la locura juvenil, sino de la primera, donde crecimos. Cuando el coche se aleja, con las ventanas abiertas, dejando que entre ese frescor de un invierno que no acaba de llegar, pienso que la plaza es otra. Y sí, nosotros también lo somos.

 

 

 

 

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Cabalgata


 

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Aquella noche estaba convencido de que los Reyes que subían en camellos hacia la casa del vecino eran ellos, los verdaderos, los que de alguna manera eran capaces de transportar millones de juguetes y entregarlos en una noche a todos los  niños del mundo.  Había que creerlo y había que acostarse temprano  y esperar, solo esperar.

Descubierto el misterio, pasé otros años  con la tentación de abrir los paquetes que mis padres habían mal guardado en el armario de la azotea. De vez en cuando me aseguraba de que seguían allí esos deseos hechos realidad,  contendidos en cajas apiladas  que podía palpar, incluso sacudir para  imaginar su contenido hasta que llegara el día. Y la mañana del 6 el salón era un surtido excesivo de juguetes y ropa nueva, demasiada para lo que uno merecía,  o para lo que ahora veo que todo esto merece.

El camarero me ha preguntado hoy unas diez veces que si iba todo bien. Es una pregunta que no espera respuesta. La hace  a todos los clientes mientras se dirige  a otra mesa. Luego te dice “señor”, “gracias señor” “buenos días señor”, “¿estaba bueno señor?”. Y uno siente cierta irritación por ese servilismo mecanizado. Al lado, una mujer hablaba de que su hija: “ya no es inocente con los Reyes”. Lo decía  como un alivio de fantasía, como si la pequeña  hubiese escapado de ese sueño por la ley de la vida, pasando la prueba de que los padres son el invento del mito que provocaba su insomnio, sus preguntas, y los Magos de Oriente ya fueran un capricho infantil, una mezcla de ficción permitida y realidad. “Ahora no cree, no es como antes que se volvía loca”, comentaba. Frente a nosotros, un niño que picoteaba  lo último del plato en ese instante  levantó la cabeza. Luego permaneció quieto,  como si hubiese descubierto la verdad. El camarero pasó a su lado y le preguntó: «¿todo bien?». El niño contestó: “pues no” y se marchó para perderse en la calle.

Había comenzado a llover y las oficinas de los edificios más altos empezaban a cerrar las ventanas. En las aceras, algunas señales advertían de los cortes importantes de tráfico que provocaría la Cabalgata.

 

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Otro día


 

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El lugar recurrente es un faro que asoma a mitad del puerto. Allí están los barcos de recreo, veleros, lanchas que flotan inevitables, somnolientos. Es un faro casi escondido y solo, una señal intermitente, discreta, silenciosa, inagotable, fundamental. El mar huele a madera, a cuerdas gruesas y galosina; a pescados inofensivos que se dejan capturar por hombres pacientes. Y hay bicicletas atadas a las barandillas, frente a los pantalanes desde donde salen extranjeros que van comprar al centro, consultan sus cosas dentro de los camarotes y preparan la comida. Hay dos niños descalzos que caminan por un barco, acostumbrados a los vaivenes de la gravedad aprendida. A los mástiles más altos todavía llegan gaviotas para piciotear sus alas. Luego desaparecen en el cielo ya oscuro y frío. Y uno se pregunta dónde dormirán.
El lugar recurrente es el faro. Es la perspectiva de esta parte, desde donde se aprecia todavía el murmullo urbano, los edificios iluminados, los coches atravesando la autopista, la rutina de los paseantes y los ciclistas, el ciclo de la caída de la tarde, cuando todo ya está hecho y empiezas  a sentir que mañana será otro día.

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