Uncategorized

Escuchar a Gelber


Portada del ultimo libro de Leila Guerriero. Opus Gelber.

Portada de Opus Gelber. El último libro de Leila Guerriero que publica Anagrama.

Uno

Debajo de su nombre, Lelia Guerriero (Junín, provincia de Buenos Aires, 1967) escribe «con cariño» y devuelve amablemente el libro ‘Opus Gelber’, Retrato de un pianista (Anagrama). La noche es fresca, la gente comienza a abandonar la Fundación César Manrique, en Lanzarote, donde la periodista ha sido invitada para hablar del presente y el futuro del oficio. «Esta casa, que linda, me sorprende, tanta gente aquí que viene a escuchar», dice. «Ahora me llevan al hotel y salgo mañana a la una para Madrid. Qué pena no poder ver más”. Ver y escuchar, tomar notas y escribir historias. Eso es lo que hace Guerriero. Aunque habla con aparente calma, parece estar siempre alerta. Es delgadísima, el pelo con volumen, como en la foto,  negro y rizado. Le hablo del interior de la isla, de la luz de los volcanes cuando baja el sol y casi la obligo a que regrese. Todo muy rápido y algo pretencioso. En el coche lo pienso : «pretencioso» . Un lápiz marca el libro por la página 101 donde subrayo: «el tecnicismo ha robado mucho» (…) «Es muy difícil ser joven hoy en día y tener una vocación . Tienen muchas distracciones…». Lo dice Bruno Gelber, cercano y lejano a la vez, sin género, entregado a su instrumento desde pequeño pese a que la polio no se lo puso fácil. « No tengo fuerza muscular. Los músculos están vivos, no activos. Pero yo vivía en una especie de mundo de música y era muy feliz en ese mundo», habla el artista.

Durante casi un año, Leila Guerriero asistía a su casa. «El irrealismo mágico de Bruno Gelber», escribe. Lo ha tocado todo: Beethoven, Schuman, Chaikovski, Rachmáninov… y lo ha visitado todo, escenarios grandes y pequeños, palacios, hoteles de lujo, apartamentos en París.  En su casa de Argentina, entre tardes de tés y postres, ella tomaba notas y él hablaba. Aprender a escuchar. Noches de cenas con amigos, invitados, gente que acompaña a Gelber en las giras, gente que le ayuda  a mantener su comodidad dentro y fuera del hogar; alumnos. Y ella siempre dejando hablar, esperando una aleatoria llamada telefónica. «¡Maravilla!».

Dos

Hay un exceso de playa, de calentarse en el calor. Todavía se escuchan los gritos de los niños, tan agudos como en agosto, pero septiembre se va y la gente se retira poco a poco de la orilla. Todos saben que el viento y el frío llegarán también hasta aquí. El mar se pondrá gris, agitado, y no habrá manera de ver la claridad del fondo. Acabo el libro. El vecino madruga, pasea a su perro, vapea y no trabaja. Sabe que a Juan no hay que preguntarle nada hasta las cinco de la tarde. «Está durmiendo» , dictamina. Juan es la referencia. Tiene las llaves que abren la caja del punto de conexión a Internet, el “contacto” con la compañía. Pero nadie viene y pasan las semanas y el gran charco es un medicamento de amplio espectro. «Este es el mejor momento del día», dice un hombre de barriga blanca con el agua hasta el cuello. Son las ocho de la mañana en Punta Mujeres.

Estándar
Uncategorized

Todo puede pasar


Uno.- En el avión, hago preguntas que ya tienen respuesta. Me aferro al fino hilo de aire frío que sale desde el asiento. Pienso en palabras bonitas o que suenen bien: frágil, veloz, bálsamo, varada, sanador, púrpura, inercia, silencio. También en palabras feas: chocar, desastre, antifúngico, catástrofe, prurito, herpe, tensión. En ese juego, no sé por qué, ganan las feas. Pienso en el misterio que hace volar el aparato como si fuera un pájaro pero con miles de kilos en su interior.

Dos.- Mi padre busca entre la estantería de la sala El obsceno pájaro de la noche. Como una revelación, asegura que está en mi cuarto, donde todo, salvo los libros, ha quedado ordenado según el orden materno: una mezcla de amor y capricho.  Todavía sin ponerse el pijama, saca un tomo de la enciclopedia de los perros y muestra las fotografías de algunas razas que se corresponden con antiguos nombres, algunos de ellos, enterrados en la huerta: este es como Palmira, este es como Whisky, este es como Tristán. Miramos al comedor para sugerir que allí iría bien otra estantería, pero mi madre reacciona: “lo que faltaba ahora, el comedor se deja donde está”. Luego se hunde en el sofá.

Me gusta ver a mi padre pasar páginas y detenerse en detalles. Tiene las manos finas, los dedos todavía jóvenes. “Es importante poner la fecha, este es del 71”, dice mientras ojea el tomo de Sociología. Luego se empeña en buscar el álbum de fotos de la boda. Mi madre se levanta hacia la cocina como si no quisiera recordar la mujer que fue.

Tres.- Conversaciones con Arthur Schopenhauer, de Luis Fernando Moreno Claros (Acantilado) describe una serie de encuentros con el filósofo pesimista  de personas que lo conocieron. Fue un sabio asceta, solitario, con cierto desprecio al mundo que le rodeaba. Quien más felicidad busque más desgraciado será, porque los deseos son infinitos, guiados por una voluntad destructiva si no se atempera. La voluntad es deseo enorme, impulso de vida, inconsciente, irracional. Por ahí va su tesis. “Vida es igual a sufrimiento”, escribe en El Mundo como voluntad y representación. Aceptar la vida en esos términos es dejar de desear tanto. “Nada hay que nos haga completamente felices”, argumenta.

Cuatro.- Habrá que meter las cosas en las cajas de cartón. Uno comprueba que arrastra muchas cosas en las mudanzas. A veces, en la vida.  Funcionas a base de acumular, de rodearte de objetos que dan forma a tu espacio. Luego empiezas a tirar cuando ya no cabe nada. Volver a irse otra vez da pereza. “¡Todo puede pasar!”, me dicen desde el sindicato con una seguridad casi amenazante. Con esa frase camino hacia el agua. El mar, al atardecer, está quieto y azul. El verano ha estallado sin pausa.

Estándar
Uncategorized

Idea


Retomo esto. El freno a cualquier intento de escritura es pensar demasiado. Es probable que la primera idea sea siempre la mejor, como una verdad del inconsciente. Luego hay que pulirla. Eso dice mi padre, lleno de ideas postergadas. Acaba mayo y los vecinos se han ido para siempre, sin avisar. Han dejado una toalla en la azotea, donde se acostaban como lagartos, al sol, inmóviles, hasta que sus pieles pálidas enrojecían. Por las tardes, él rellenaba crucigramas en la terraza de la entrada aprovechando los últimos rayos de luz. A ella se le intuía dentro. Su casa es ahora un refugio de parejas jóvenes que vienen y van. Mi casa es muy grande para mí. Los duplex adosados son la negación de la arquitectura. La escaleras, casi verticales en dos escalones, ocupan la mitad del espacio. El salón es oscuro y debajo de la escalera hay un lavabo minúsculo. Hay una intención de juntarlo todo en estas paredes para reivindicar a la clase media. Lo mejor es la terraza trasera, donde se ve el mar claro y azul en los días luminosos. Es una terraza en “segunda línea” por detrás de una azotea donde asoma la característica chimenea arabesca. Aquí parece llegar todo el frío, el viento y el plástico invisible del norte. Hay una especie de corriente continua en el aire y en el agua imposible de parar. El invierno ha sido difícil. En el árbol que da sombra a los coches aparcados han nacido más pájaros que cantan. Esta mañana, por alguna razón, están callados. Cerca, los sonidos de la carretera y los primeros caminantes. “La primera idea es la mejor”, vuelvo a recordar. Pues eso.

Estándar
Uncategorized

La pregunta


Mis vecinos guardan una silenciosa estancia semestral. Todo lo que hacen contiene un amable tono aséptico. Saludan, sonríen, ven la tele, cocinan, duermen la siesta, los viernes salen a cenar temprano, aprovechan las mañanas de sol para leer el periódico en la terraza frontal, donde hay una mesa blanca de plástico con dos diminutas macetas. Nada raro. Él cuenta que pasó su vida en el mar, llevando de un lado para otro mercancías en enormes barcos. Aprendió español en Panamá, mientras trabajaba en el estrecho. Lo habla lento y efectivo, con acento alemán. “Tengo vómitos, quizá haya sido un virus”, fue lo último que dijo. No lo he vuelto a ver pero sé que está mejor, porque ella, todavía sin voz reconocible, hizo un gesto de aprobación esa mañana, satisfecha, y entendí que todo estaba bien. En realidad es una locura afirmar que todo está bien pero lo decimos para no entrar en detalles, preferimos ser categóricos: o todo bien o es horrible. “Mientras estemos vivos está todo bien, lo que hace falta es darse cuenta”, afirmaba el otro día un desconocido amigo de un amigo. Lo cierto es que a la señora vecina y probablemente alemana, la encontré en su azotea tomando el sol boca bajo, rodeada de ropa y antenas parabólicas. Inmóvil, petrificada en su tumbona. Él no estaba, habría bajado. Aun no sé sus nombres. En el horizonte surgía la calima y las islas se volvían de nuevo invisibles. La carretera se iba llenando de coches y motos y los restaurantes de pescado de gente hambrienta.  Noto que mis vecinos quieren decirme algo. Vienen del frio. Creo que están esperando el momento oportuno. Hay una sensación de espera, una discreción intensa, una pregunta en el aire. Lo veo en sus gestos matutinos, en su calculada vida de apacible vacación. Y ella será la primera en hablar, aunque no tenga ni idea de español.

Estándar
Uncategorized

Aflicción


CD5DC1CD-DB98-4E4D-B9D8-D605E1C24DAC

Subir al ático es visitarlo. Como si fuera un lujo que de vez en cuando permite la casa donde crecí. El tiempo pasó, las fotografías colgadas en la tabla que una vez fue un cuadro abstracto hecho de trozos de madera coloridos; el telescopio apuntando a La Luna, los discos y los libros, los apuntes del instituto, la ventanas cerradas y dos sillones que llegaron en los últimos años, cuando ya nadie subía y mi madre, que llegó a tomar el sol desnuda en la terraza, lo convirtió en una habitación imperturbable, solo para visitar, nunca para vivir. En la escalera, dibujos surrealistas a lápiz con figuras esperpénticas, una foto de Chaplin, otro dibujo de la fachada de la casa, tres máscaras de brujos traídas de África, una foto de mi madre con una pamela en tonos púrpura y otra de mi padre con algo más de cuarenta años pensando que era posible ser alcalde. En el ático había olvidado durante el verano pasado `Niveles de vida´, de Julián Barnés (Anagrama). Es un libro maravilloso sobre la pérdida. Dice: “Cada historia de amor es una historia de aflicción. Si no es al principio, más tarde. Si no para uno, para el otro. A veces para ambos. Entonces ¿por qué aspiramos continuamente al amor?. Porque el amor es el pacto de encuentro entre la verdad y la magia. La verdad, como en la fotografía; la magia, como en los globos aerostáticos”.

Mi madre dice que está “enfadada con Dios” porque no le quita su enfermedad. Que lo único que le ha concedido Dios en este año es la llegada de otro nieto o nieta, aún no lo sabemos. Mientras, acaricia casi por primera vez el gatito  que asoma de vez en cuando por la ventana de la cocina para pedir comida. “Su hermano ha desaparecido, yo creo que alguien lo envenenó”, comenta mientras calienta verduras en una olla. “Esto es lo único que sé hacer, mi amor, se me olvidó cocinar”.

 

Estándar
Uncategorized

El monstruo de los abrazos


IMG_5029

Es un caminar lento, una voz profunda, grave y bonachona la que sale del monstruo de los abrazos. Me convierto en él cuando quiero perseguir a mis sobrinos. Nos vemos poco. Normalmente en casa de mis padres o en casa de una de mis hermanas. Y casi siempre sale el  monstruo. Ellos se esconden, entre los sillones, en los cuartos, debajo de las camas, en la huerta donde ahora habitan dos gatos mansos solo con mi padre y ariscos con el resto de la humanidad. El escondite es el juego más sencillo y divertido del mundo. El monstruo busca a los escondidos. Quiere abrazarles y quererles. Un abrazo inofensivo que pocas veces llega, porque el monstruo es torpe en sus movimientos. Es corpulento, algo encorvado, como si fuera un personaje de la Historia Interminable, un árbol que habla, un perro que vuela. Lo emocionante es cuando los niños oyen sus pasos y hacen un sutil gesto para dar pistas de su escondrijo. Alguno no puede resistir su anonimato y se descubre corriendo en cualquier dirección. En ese momento el monstruo abre sus brazos e intenta seguirlo en vano. Y el abrazo casi nunca ocurre. Se escapa ante caras veloces de los niños, con ese terror feliz de la inocencia.

——-

Elijo libros cortos. Primero: vuelvo a estar interesado sobre los libros que hablan de cómo escribir. El verano pasa y  había prometido sentarme, pero apenas avanzo. Arreglar una casa es un suplicio. Aún no ha llegado la cocina. (solo tengo nevera, una mesa con una tabla y un cuchillo, un hervidor de agua, unos plátanos, unos yogures). Tristeza y desorientación al recoger mis cosas. Hay una sensación de perder el centro.

Hace unas semanas. Entro a una librería apunto de cerrar y compro El Arte de la ficción, de James Salter. Recomiendo con cierta exitación Ordesa y regalo Entre Ellos, el libro que habla del padre y la madre (una vez más) de Richard Ford escrito por Ford. Todo surge es ese momento y no hay tiempo para curiosear las estanterías. Yu está leyendo una pequeña novela de Stefan Zweig que no recuerdo el título. “Lo leeré cuando acabe éste,  dice con una mano en sus maltrechas cervicales”. El calor en Madrid es seco pero soportable. Empuja a la gente a la calle. Algunas terrazas expulsan vapor de agua. Se bebe vino blanco y cerveza y unos hacen gestos como si esperaran lo peor por llegar. Dice Salter, “Las ganas de saber son el motor de la literatura”, citando Las mil y una Noches y la infinita capacidad inventiva de Sherezade. También Salter habla del estilo, de lo importante que es tener uno propio, cuentes lo que cuentes. Incluso es más importante que la historia. Al principio todos copiamos pero no podemos pasar la vida haciéndolo.

Segundo: Es difícil escapar de la simultaneidad. Junto a Salter, Nietzsche y la Música, de Blas Matamoro. Dice : “la música produce un género muy peculiar de felicidad, que consiste en desarrollar nuestra capacidad de olvidar, de vivir en el umbral de instante, sentir durante un tiempo de modo ahistórico, como un recién nacido”. Es así, la música como experiencia que te pone “en el umbral del instante”. Entiendo que muchos no quieran hacer otra cosa.

Tercero: como me gustó Diatario Voluble de Villa Matas, elijo un escueto libro rojo suyo que se titula Perder Teorías. El autor es invitado a la presentación de su libro y nunca lo recogen en el hotel. Mientras espera en su habitación escribe. “El esperar es una afirmación de la vida y del presente”. Esto pasa otro día, con más calma, en la librería.

El último libro es La sociedad el cansancio, del filósofo surcoreano Byung -Chul. Un ensayo breve y profundo. Anoto dos frases: 1) “El lamento ‘nada es posible’ solamente puede manifestarse dentro de una sociedad que cree que nada es imposible”. 2) “Es una ilusión pensar que cuanto más activo uno se vuelva más libre es”.

——————-

Cuido a Ofelia, la perra de mi hermana, un entrañable demonio en miniatura, un chiuahua  fusionado que define, en un primer momento, su carácter esquivo,  su incapacidad para entender que hay un extraño encargado de darle de comer y que solo quiere acariciarla. Ofelia tiene miedo y muestra sus dientes. Encoge el rabo, te mira como si la fueras a matar. Pero después de una dos días aquí nos llevamos mejor. Ya corre a por una pelota de tenis y come de la mano. Ahora duerme (o hace que duerme) en la cesta de la cocina. En cuanto oye que me levanto se despierta y si intento cogerla vuelve a enseñar su boca mínima y tensa, o sale corriendo hacia el patio donde un muro gris separa la casa de la calle.

Hace una fría mañana. No parece que estemos en julio. En el árbol seco del vecino se han posado algunos pájaros.

Estándar
Uncategorized

Julio


IMG_4795

Aprieta uno el botón de la chapa y parpadean (se cree que giran) las luces rojas que pasan por el centro de una cruz y por el cuello de un ciervo negro. En eso consiste el juego, en ver las luces girar o creer que giran. La chapa de Jägermeinster puede ser un llavero o un punto de luz en la oscuridad. Mientras, miras al pasillo vacío, ya sin chaquetas ni gorros en la percha, sin alfombra, con un santo pegado a la puerta de salida. Un santo que no has quitado por si acaso. Tampoco has quitado el diablo de Timanfaya de la nevera, ni el rosario que cuelga de un espejo. No has desmontado las literas del otro cuarto, ni metido en el armario la colcha naranja que cubre la otra cama. En unos días cerrarás definitivamente la puerta y, como has acordado, dejarás las llaves en la mesa de la cocina, junto al frutero sin frutas. Las camisas, las toallas, y el resto de ropa, ocuparán otras gavetas; parece que los libros y los discos pesan más. Ese olor que no hueles se disipará cuando otras personas hagan suyo el dormitorio. Tenemos una asombrosa capacidad de construir una nueva intimidad en cada sitio, en hacer nuestro el espacio ajeno; es una manera de transformar lo desconocido en cercano. Llevarnos bien con las paredes que nos rodean parece importante y cuesta despedirse. Aquí quedarán las cucarachas del verano, invencibles y ocultas, inesperadas siempre. Comerán el veneno que he comprado, el veneno que atrae y mata. Las hormigas no necesitan de este engaño. Basta con barrer su orden, confundir su disciplina, evitar que una miga de pan quede en el suelo para que no vuelvan a aparecer.

El pueblo está quieto. A través de la ventana de la biblioteca se oye un gallo lejano y varios pájaros. Empieza el calor. Las palmeras apenas mueven sus hojas. Han prometido estar así otro mes de julio, darse una tregua, tal vez todo el verano.

Estándar
Uncategorized

Librero


El propietario de la librería fue antes mecánico de coches. Cuando llegó a la isla, antes de casarse, lo había leído casi todo. Hoy lo he conocido, detrás del mostrador, comprobando las últimas novedades. Al fondo, las estanterías interiores en dos pasillos abarrotados de volúmenes ocultos a simple vista. De cara al público, la librería es un espacio justo, cuadrado, sin ornamentos salvo los que permite el color de las solapas. La ansiedad del lector se supone al intuir lo inacabable.

Pregunto por “La utilidad de lo inútil” y el propietario ofrece “Clásicos para la vida”, ambos de Nuccio Ordine. Los dos se han agotado. No hay más información, aunque en ese momento entiendo que lo inútil le interesa a un número suficiente de personas.

El orden alfabético facilita la búsqueda en las estanterías principales. Por la UM extraigo el libro y lo abro por la pagina 225: “la biblioteca es un gran laberinto , signo del laberinto que es el mundo. Cuando entras en ella no sabes si saldrás”. Al devolver “El Nombre de la Rosa” a su estante, el librero sonríe, como su supiera no solo la página que el azar ha escogido sino la incertidumbre de un hombre perdido.

Estándar
Uncategorized

Azar


Hay muchas razones para estar contrariado, enfadado, asqueado, con el gobierno de este país. La corrupción continuada, la precariedad laboral, la falsa idea de progreso, el paulatino deterioro de la sanidad y la educación pública. Todos son motivos suficientes para no haber votado a los que nos gobiernan. Pero conviene apuntar que el sentimiento generalizado de un futuro incierto provocado por esta democracia desdibujada, por una manera irresponsable de hacer las cosas,  no es razón para despertar consignas y acciones separatistas, soberanistas, que, por otra parte, generan respuestas judiciales y, como consecuencia, policiales (como mínimo sorprendentes), para dividir todavía más a las personas. El derecho a decidir, aparentemente axiomático, no lo es tanto cuando un parlamento se salta las reglas de juego, cuando en las palabras del presidente de la Generalitat se escuchan cosas como que el Gobierno es el “guardián de la tumba” de Franco o en la calle se llama renegado a Juan Marsé. Esa calle, joven y furiosa, descontenta y desorientada, que toma la universidad y se cree capaz de cambiar el mundo, tacha a este nefasto Gobierno que nos dirige, de dictador, de quitar ese preciado derecho que tanto ha costado. España, afortunadamente está lejos de las dictaduras más crueles, e intenta, con sus defectos de fondo y de forma, estar a la altura de una sociedad europea con más luces que sombras. Así, un referéndum parecería solo posible entre una sociedad menos crispada, sin caer en la precipitación de la pancarta y del escrache y con políticos capaces de llegar a consensos, pero también con ciudadanos responsables y consecuentes. Con todo, la situación está tomando una deriva alarmante y en este caso, uno solo opina que la solución pasa por tomar cuantos cafés sean necesarios, repito: cuantos cafés sean necesarios, entre los que han provocado este triste episodio del final del verano y llegada del otoño. Que las hojas de los árboles se caigan es irremediable. Lo demás, de consecuencias desconocidas, puede evitarse. Como dice Emilio Lledó, nacer en un país o en otro “no es más que una cuestión de azar”.

Estándar