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Hueco


El pájaro está enterrado en la maceta del patio. Antes de que la puerta lo aplastara estuvo algunos minutos en mi mano, con las alas recogidas y la boca abierta, como si quisiera hablar. Hice un hueco en la maceta. Un hueco pequeño y suficiente. Y luego vino la noche. Y por la noche entra la culpa.

Cuando cayó del nido, daba vueltas por el suelo. Aún no podía volar. Comía lo que traía su madre, que aterrizaba desde arriba a toda velocidad. Su padre esperaba posado en la antena. Noté que a veces me miraba enfadado, como diciendo: “échanos una mano, anda”. Pero el nido estaba a una altura imposible. Era un peligro. Uno más de los que imagino. 

Ahora miro la maceta a través de la ventana. A veces la visito y hago que rezo. No sé, le pido perdón. A él y a su familia, que por cierto, ha desaparecido. Abrí la puerta. Lo aplasté. Y contra este hecho no se puede hacer nada. 

El viento golpea la puerta de la entrada. Llegarán días soleados. En la casa de enfrente puedo oír los mismos cantos de vida que habitaban este patio. Otros nidos habrán surgido. Quizá vuelvan a caer más pájaros. 

El brazo sigue recogido en el cabestrillo. Una pieza de neopreno con el único objetivo de sujetar brazos y muñecas inútiles. El cuerpo es una construcción en cadena. Compensar una carencia a veces requiere del dolor en otra parte. Y el cuerpo siempre compensa. Algo se mantiene a costa de otra cosa. Y uno puede pasar así la vida.

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asunto zanjado


Una libreta roja

la misma para todos 

nos pasearon por las nuevas instalaciones 

nos dieron una habitación 

la cama enorme y blanda 

la lucha poderosa 

el olor de lo nuevo 

Antes de la cena escribí la crónica 

utilicé palabras como paraíso, renovación hotelera, 

los que nos visitan 

brindamos torpemente frente a la piscina con la boca todavía llena 

en una esquina saltaron los fuegos 

artificiales 

Se escuchaba esa música que mata lentamente a los músicos 

Alguien de la compañía pronunció unas palabras optimistas 

y después la Luna, las copas 

la vida 

el baile que lo ablanda todo

nunca más hablamos bajito

Dejé la libreta en la mesa de noche

y antes de apagar 

la luz 

escribí: 

asunto zanjado

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Combate


Hay algo que te hace apretar los dientes, como si agarrases la cuerda invisible de la que pende la vida. Como un perro que se niega a soltar su juguete. El combate llega de noche, con la aparente tregua de los sueños. Y la mandíbula amanece golpeada. Te quitas el bucal, lo lavas, y lo vuelves a guardar otra vez en el forro verde que te dio el experto pulidor de dentaduras. El hombre que acaricia millones de premolares e incisivos, metió un papelito en la boca y dijo: «ahora muerde otra vez». 

Sí, hay algo que no deja reposar tus cachetes en la almohada. Es más duro que el hueso pero más blando que el acero. Todavía no has conseguido molerlo lo suficiente, tragarlo, expulsarlo por donde sea para que no vuelva nunca más.

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Disparos


Todas la mañanas comienza la sinfonía de ruido. Es el nuevo edificio. Suena el hierro y la piedra cortada. Machacan algo demasiado sólido entre breves intervalos de silencio. Mientras, la calle, ventosa y tranquila, esconde una tensión interna de apartamento. «Eres una desconsiderada vecina, y mala, otra vez con tu perrito, pero no te preocupes que yo sé como solucionarlo», grita un hombre que a veces asoma el cráneo. Hoy el aplauso empieza a ser un recuerdo. Bocinegro es como un faro, un punto de referencia. La montaña chica con la ilusión de islas al frente, donde llegamos demasiados, ajenos, distantes, libres, con el viento en la cara. Al regresar, encuentro los jardines con en olor  refrescante de la poda. ¿Quién tuvo la idea colocar césped? Esta hierba inagotable sigue escondida en las entrañas de la casa de mis padres pese al empeño reiterado de exterminarla. El césped fue una moda de clase media, un simulacro de bienestar que ahora decora las zonas comunes.

Todo es distracción. Merodeo, me encierro dentro del encierro, pero cuesta profundizar. Son las seis de la tarde y suenan disparos secos. Una niña explota los globos que cuelgan en la ventana el día de su cumpleaños. Alguien le dice que vaya a comer la tarta. Ella me mira y sonríe. Le quedan dos globos, el naranja y el amarillo. Sus dedos sostienen una aguja invisible que es como un revolver todavía cargado.

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Alarma cuatro


Cuando aplaudes, vuelves a pensar en que todo esto es real y que el tiempo se va escribiendo desde el presente más absoluto, con una inseguridad inédita sobre mañana. Eso es lo que más miedo genera. También uno aplaude y se vuelve a meter en casa, como huyendo de los sonidos excesivos de los altavoces que se alzan desde algunas ventanas. Cada tarde, los de enfrente eligen peores canciones, no sé, desproporcionadas. Siri Hustvedt se preguntaba hoy en El País cómo será el mundo luego, si «una restauración de lo que hubo» o «una realidad completamente distinta». Nadie lo sabe, como nadie sabe cuándo será luego, o cómo la vida volverá a manifestarse, organizarse. Habla la escritora de cómo el mundo ha podido llegar a esta «hipnosis masiva», de aceptar (y elegir) a políticos que hacen reiteradas bufonadas, como la inmunidad atlética de Bolsonaro, que ha llamado al virus “gripiña”, las mentiras narcisistas de Trump o las recomendaciones iniciales de Boris Johnson, cuando hablaba de la “inmunidad colectiva”. Estos gobiernan una parte importante del mundo e influyen más de la cuenta en el resto del planeta. Son elegidos por millones de personas y probablemente los volverán a elegir, a justificar, aplaudir, aunque nadie, como al COVID, lo hubiera esperado. Lo inesperado ya no pertenece al azar, sino a lo posible.

He pensado que a lo mejor hay más peces y más pájaros. La naturaleza respira. La ausencia de ruido humano es un alivio para el mar, el cielo y los árboles. Esta tarde la marea ha dejado ver la alfombra de roca y de musgo que dibuja la bahía circular. Quizás llegue un día en que el camino hacia Montaña Roja desaparezca con el viento. Desde aquí todavía se ve claro y marcado. Nuestras huellas no se irán así como así.

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Tres


En la maceta del balcón hay una planta y un molinillo. Sus aspas de papel giran todo el tiempo, incluso con la brisa más débil. Por la noche se escucha nervioso, como si se fuera a romper. Y por la mañana sigue ahí, junto a la planta. Y yo no sé cuanta cantidad de agua lleva la planta. A veces pienso que me paso. La ahogo en su propia vida. Entonces la dejo días al sol hasta que vuelvo a inundar la maceta. Abajo hay dos perros grandes que olfatean el césped del jardín. También hay dos dueños: «El virus es producto del capitalismo», sentencia un joven, y la chica, de espaldas, asiente y se recoge el pelo. “Cuando esto acabe, las peluquerías no van a poder con tanta gente”. En el relato La Calma, R. Carver escribe: «Hoy he estado pensando en la calma que siento cuando cerré los ojos y dejé que los dedos del barbero se deslizaran por mi pelo, en la dulzura de aquellos dedos en mi pelo que empezaba ya a crecer de nuevo”. Un hombre que sale de las sombras de su cama, desde la ventana de enfrente, comienza a aplaudir.

 

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Dos


Tengo cosas que hacer para no salir un año, me da igual el confinamiento”, escribe un amigo. Otro, a la pregunta de qué hacer: “Leer y escribir”. “Trabajaremos el mes de julio”, asegura la tercera. En una esquina del balcón he puesto una silla de plástico con una toalla doblada que ablanda la espalda. A mi lado, la ropa está tendida, la planta está seca y suena el piano del vecino aporreando la misma canción, como una obsesión.  La silla es de las que dan la impresión de que se pueden romper en cualquier momento. Anoche se escuchaba el mar otra vez, casi lejano. El viento lo ha permitido. Y hoy ha amanecido azul. La nieve cubre todavía algunas montañas. Y la brisa viene fresca, como si el hielo quisiera llegar a todas partes. He cogido De qué hablamos cuando hablamos de amor. En el relato Belvedere, Carver escribe: «teníamos esa extraña sensación de que, ahora que nos dábamos cuenta de que ya había sucedido todo, podía suceder cualquier cosa».

 

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Alarma uno


Ayer dejé una taza aquí, en el balcón, con un puñado de almendras y cáscaras de naranja que todavía huelen sacercas la nariz. Tenía la esperanza de que los pájaros comieran. Era una posibilidad. Hay dos que suelen merodear por el árbol que da sombra al charco. Se parecen a las golondrinas pero no lo son. Vuelan muy rápido y cuando se posan puedo intuir sus ojos muy abiertos y nerviosos. Luego se pierden en el cielo como un misil. Hoy, justo cuando la televisión anunciaba el estado de alarma, he añadido a la taza un trozo de galleta, de esas que son perfectas para embadurnar con mermelada de fresa y mantequilla. Y los pájaros no han regresado.

Los de abajo ponen la lavadora cada noche. En alguna parte de su nuevo hogar, se escucha el tambor dando vueltas a la ropaNo he visto sus caras. Sí su espalda, la de él, anotando algo en un papel, en la terraza, por la mañana, después de extender la toalla sobre la hamaca. Su cuerpo, el de ella, boca arriba, leyendo una revista y con un vaso de algo entre sus nalgas. Con un toque preciso, cierratodas las ventanas cuando se van a dormir. A veces tosen.

Pienso en que esta noche podía venir la lluvia. Solo esta noche. Una lluvia ligera.Venir, limpiar el aire, derrotar al mundo invisible.Y que mañana el sol caliente todas las cosas. En Lamento lo ocurrido (Anagrama) escribe Richard Ford: “La lluvia siempre señalaba un cambio de estación”.

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Eratóstenes


Sin quitarse el pijama, Eratóstenes custodia su biblioteca. Las sumas de ángulos rectos forman las estanterías de libros que rodeael salón, donde está la escultura de Paco Palomino, el ajedrez de mármol colas sillas de mimbre; dos finos cuerpos de hierro de aquel artista alemán que vino a parar a Tenerifelcaja de madera con el Origen de la vida de Oparin y una edición de Por qué no soy cristiano, de Russellla vitrina con las lanzas guanches, un gánigo reconstruido, la piedra de moler sobre la chimenea inútil; más vivos que muertos en los portarretratosSí, la biblioteca rodea todas estas cosas que mi madre limpia cada mañana con su paño efectivo. Ha vuelto a fumar y el humo es una nube que llega hasta el techo, donde se pierden sus pensamientos. Eratóstenes se levanta y extrae de una repisa la enciclopedia canina, que conoce bien y siempre le gusta revisar. Observa el equilibrado pastor alemán, el caprichoso pequinés, la bondad implícita del bóxer. Eratóstenes saca la versión en ruso de Cien Años de soledad que no puede leer porque no sabe rusoExtrae El Desierto de los Tártaros y casi recita: «Nombrado oficial, Giovanni Drogo partió una mañana de septiembre de la ciudad para dirigirse a la fortaleza Bastiani, su primer destino…». Extiende sus brazos flacos y junto a una foto de Stalin, que todavía defiende, coge ediario donde escribíamos y dibujábamos cómo estaba creciendo la casa y nosotros: los nombres de los gatos, el trillo en el muro del empedrado, las pencas, los negritos que bailaban alrededor del fuego en algún lugar de África; una niña con coletas, la prolongación a rotulador de un tajinaste; un relato, una jaula de pájaros, un poema inconfesable, un certificado de vacunación. Y como si ya no hubiera nada que contar, todos dejamos de escribir en ese diario, aunque en realidad, era un álbum de fotos. La casa ya estaba hecha y nosotros habíamos crecido, o eso creíamos. Lo olvidamos en la biblioteca, que afortunadamente custodia Eratóstenes y donde el mundo se mide en pijama.

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Obstinación


Surgen arañas nuevas. Más pequeñas y blancas. Tejen una tela casi invisible en el balcón, en el manillar de la bicicleta, en las patas de la mesa. Saben que poco después una mano destruirá su trampa. Yo creo que lo saben. Pero una y otra vez, desde algún lugar oculto, aparecen con esa obstinación infinita. Y cuando dejo de molestarlas, una tarde, un fin de semana, sus telarañas se multiplican. Pero eso dura poco. Y repito, creo que ellas lo saben, pero siguen insistiendo con la esperanza de que un día me rinda. Ese día, el balcón, la bicicleta, la mesa y la casa, serán suyas.

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