Arepas


Hay una fotografía casi primitiva de músicos que formaban la primera orquesta del pueblo, cuando la salsa no existía o aún no había llegado hasta aquí. La orquesta  tocaba un poco de todo; hacían lo que podían en aquellos bailes cuya esencia no ha cambiado demasiado. Uno de los saxofones abrió una arepera en la entrada que se mantuvo algunos años hasta que las hamburguesas y los perritos calientes dieron paso a otra forma de comida, igual de rápida, pero que solo estaba en la televisión. La arepa es una magia de harina, de posibilidades como lo es la música jazz. Las dos cosas provienen de la necesidad.

En esa foto es probable que pocos queden con vida. Y uno se fija en sus miradas, en su gesto serio y elegante. El batería sostiene dos maracas para decir que somos como el propio repertorio de aquella época y como el interior de una arepa, donde cabe un poco de todo.

Resistir


El viento ha regresado. Se cuela por la playa, los cafés, los pasillos de los edificios. Empuja las velas de las tablas de todos los colores que resurgen al fondo del paisaje. “Aquí sin viento nada tiene sentido”, dice un hombre sentado frente al muelle. Y uno ha ido aceptando su imprevisibilidad, como hace con los días buenos y malos.

Terminada ‘La resistencia íntima’ (Acantilado, 2016) de Josep Maria Esquirol, surge la figura del que resiste. Pregunta: ¿estamos haciendo la vida que queremos o nos dejamos arrastrar por las circunstancias?; ¿cuáles son las fuerzas que empujan a deseos, expectativas, rechazos, predilecciones?; ¿es esa vida hacia un éxito desdibujado , cambiante, relativo, inatrapable, incluso ajeno a nuestras voluntades iniciales, la que debemos esperar?; ¿hemos olvidado el cuidado de uno mismo?. El resistente, que define el profesor de Filosofía de la Universidad de Barcelona, mira a la proximidad, ha visto la nada y lo asume, “salva” la “cotidianidad del descrédito”. La cotidianidad es la comida, el trabajo, la casa, los amigos, los días normales como posibilidad. El resistente afronta lo finito, reflexiona, intenta comprender el mundo despegado del “mundo hecho información”. Porque la información es un problema cuando ya no es el medio para comprender al mundo, sino cuando es “configuración” de éste. Según Esquirol “hay vida más allá de la actualidad”, o mejor dicho “solo hay vida más allá de la actualidad”. Un ensayo que nos pone los pies en el suelo “hasta la raíz”, como diría Natalia Laforcade.

 

Lo nuestro


 

Los  nacionalismos no dejan de ser un instrumento de dominio  a favor de una “identidad”  que integra costumbres, una manera de ser, una historia, un paisaje y símbolos  convenientemente conectados: deporte, gastronomía, folclore, religión. El miedo a la intemperie  acecha,  pues  ¿qué haría un hombre, un pueblo, sin identidad?.  Uno entiende que  ese “sentimiento”  compartido en la Red, en actos institucionales, en las noticias, intenta transmitir que no participar, o al menos, dudar de la credibilidad de “lo nuestro” supone plegarse, ceder, dejarse dominar, seducir, por otras fuerzas, políticas, ideologías o colectivos, igual de dominantes.  Resultaría terrible entonces “ser conquistado” y la falta de esa identidad  sería fatal.

Los nacionalismos llevan a la confrontación,  a cerrar en vez de abrir,  a la diferencia como fin, a un ensimismado resentimiento, al populismo.  Existe una potente metafísica de la bandera disfrazada de “lo nuestro”, de los que lucharon por “lo nuestro”, una nostalgia revisionista de lo que fueron otras circunstancias que lejos está de querer la cultura  entendida precisamente como el conjunto de esos símbolos, costumbres, respetables la mayoría, pero no inamovibles. Una cultura que siga su curso con otra mirada, que haga a los individuos más libres, poseedores de autonomía  y razón suficiente para saber que lo nuestro es de todos, no de unos sobre otros.  Dicen que el nacionalismo se quita viajando. No creo. Más bien se ha de quitar  pensando.

La casa


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Recogimos los nísperos que abarrotaban la entrada y llenamos dos garrafas del agua en la cocina. Abrimos las puertas y algunas ventanas para que entrase la luz. Imaginamos el salón de aquellos almuerzos interminables de pescado salado, cuando el vino mantenía todo con vida. Vimos los dormitorios con los cabeceros intactos, pintados de negro. Entramos en el cuarto donde estaba el teléfono. En el porche, nos sentamos en el banco y contemplamos los helechos regados por los que todavía creen que la casa puede salvarse. Miramos a la calle desde la azotea. Nuestros pasos entre la madera, ahí arriba, parecían frágiles. Por un momento, pensé que había llegado la hora de que las paredes reaccionasen y cedieran ante nuestra larga indiferencia.


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Recogimos los nísperos que abarrotaban la entrada y llenamos dos garrafas del agua en la cocina. Abrimos las puertas y algunas ventanas para que entrase la luz. Imaginamos el salón de aquellos almuerzos interminables de pescado salado, cuando el vino mantenía todo con vida. Vimos los dormitorios con los cabeceros intactos, pintados de negro. Entramos en el cuarto donde estaba el teléfono. En el porche, nos sentamos en el banco de madera y contemplamos los helechos regados por los que todavía creen que la casa puede salvarse. Miramos a la calle desde la azotea. Nuestros pasos entre la madera, ahí arriba, parecían frágiles. Por un momento, pensé que había llegado la hora de que las paredes reaccionasen y cedieran ante nuestra larga indiferencia.

La casa


 

Recogimos los nísperos que abarrotaban la entrada y llenamos dos garrafas del agua en la  cocina. Abrimos las puertas y algunas ventanas para que entrase la luz. Imaginamos el salón de aquellos almuerzos interminables de pescado salado, cuando el vino mantenía todo con vida. Vimos los dormitorios con los cabeceros intactos, pintados de negro. Entramos en el cuarto donde estaba el teléfono. En el porche, nos sentamos en el banco de madera y contemplamos los helechos regados por los que todavía creen que la casa puede salvarse. Miramos a la calle desde la azotea. Nuestros pasos curiosos entre la madera, ahí arriba, parecían frágiles. Por un momento, pensé que había llegado la hora de que las paredes reaccionasen y cedieran ante nuestra larga indiferencia.

Charcos


 

Hace tiempo que no llueve con sentido común. Parece que el verano le debe algo al invierno o viceversa. Una mañana de marzo puede oler  a julio y una tarde de abril a diciembre. Los anticiclones llegan y se van, las borrascas entran y forman espirales y dejan el agua en la tierra. Pero no podemos cambiarlas, sino anunciarlas, horas, días antes, y decir: “se prevén lluvias fuertes”  y poco más después de dar un aviso de color amarillo, naranja o rojo. El rojo es la catástrofe total. El amarillo es una advertencia bienintencionada.

Esta mañana cayó un aguacero tropical, algunos segundos de lluvia intensa que embarraron las aceras y sorprendieron al mar. Ayer llegaba el agua caliente a la orilla; síntomas extraños, las gaviotas volaban bajo, los pájaros andaban escondidos, un frío cálido y un cielo gris. Esta tarde rayos y truenos en la misma batalla, no muy lejos de aquí. Ahora llueve casi sin querer,  formando pequeños charcos donde se escuchan las gotas caer. Y uno agradece este regalo inesperado que te mete en casa.

En el edificio de enfrente hay tres balcones que hacen esquina. El primero y el segundo tienen las luces encendidas y la puerta abierta. En ambos se puede ver el salón y la entrada. Las cortinas son del mismo color y la ropa tendida está puesta de la misma manera. El de arriba, en cambio, está cerrado y oscuro. El balcón vacío. No debe vivir nadie desde hace mucho tiempo.

Para mañana anuncian que esto continúa hasta que decida marcharse.

 

Elegir


 

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“Elegir lo imaginario como razón de la vida misma”, dice Ricardo Piglia en el segundo volumen de los ‘Los diarios de Emilo Renzi, Los años felices’. Doy vueltas a ese asunto que atempera algunas frustraciones en medio de este calor. No se ve el horizonte. Estamos todos encerrados en una bruma de tierra. Meterse en el mar y dejar que el agua salada cambie la sensación del cuerpo parece una solución. En el banco de piedra, en el lado de la sombra, hay un hombre que vaticina lo peor. Habla como su estuviera subido en un pedestal: “Llegará un momento en que ni cabremos en La Tierra. Tendrá que venir alguna guerra… hoy es química todo… la tercera guerra mundial está a punto de llegar. ¿por qué creéis que la gente se gasta su dinero en los bares?. Porque se las ve venir … el que no quiera entenderlo que no lo haga.. no hay otra cosa.. estamos aquí cuatro días contados”. El hombre  se dirige a los que todos los días ven a la gente pasar. Apenas acepta respuestas. Se amarra a su axioma irrefutable.
2
Pienso en llevar un vida portátil. Solo es una idea. Huir de la repetición.También en  saber limpiar todo lo que cree uno que no está bien escrito. Hace falta mucha corrección, eliminar lo que sobra. Estar satisfecho y convencido con el texto puede llegar a ser interminable.
3
Una señora belga está quieta, sentada , mirando al frente como cae el agua de las duchas donde todos se quitan la arena. Está completamente morena. Le digo que los belgas inventaron las papas fritas y sonríe. Me dice que aquí las hacen muy malas. Es mediodía y los más fuertes resisten al sol que todo lo abarca, incluso la sombra del banco ya no es un lugar fresco.
4
Recomendaciones: Anoche una película: La Gran Belleza, de Paolo Sorrentino. Un homenaje a Roma, que fue la ciudad más importante del universo. El protagonista, Jep Gambardella. Tenerlo todo y no tener nada. Preciosa la pieza de Vladimir Martynov ‘The Beatitudes’ y divertida la versión de ‘Far L’Amore comincia tu’, de Raphaella Carrá.

La Gran Belleza empieza con una cita de Celine en ‘Viaje el fin de la vida’: “Viajar es útil, ejercita la imaginación. Todo lo demás es desilusión y fatiga. Nuestro viaje es enteramente imaginario. Ahí reside su fuerza.Va de la vida y la muerte. Personas, animales, ciudades y cosas es todo inventado. Es una novela, nada más que una historia ficticia. Lo dice Littre, él no se equivoca nunca.Y además, cualquiera puede hacer otro tanto.Basta cerrar los ojos. Está en la otra parte de la vida”.

Otra cosa. Interesante la serie ‘En Terapia’. El psicoanálisis y Argentina parecen haber nacido juntos. No hay nada nuevo, solo buenos diálogos y largas escuchas. Actores que se parecen a sus personajes.
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En una ventana, al ir a comprar algo de comer, se asoma un perro. Ladra cuando te acercas como queriendo decir: “no des un paso más, te lo advierto”. Tras la ventana se intuye el salón con su televisor. Un salón que debe parecerse a la mayoría de los salones. Sigue siendo un misterio.

 

 

Futuro


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1.-  Hay un café donde sirven pequeñas tartas de chocolate al lado del bar de la esquina. Sentado, con la correa del perro enrollada en la silla, anoto lo que escucho. Recopilo, nunca se sabe. “Pesé más de cuatro kilos al nacer y mira cómo me he quedado”, dice una joven. Está de espaldas, irreconocible. “Fui siempre pachorrona pero tú no eres así, la sangre espesa contigo no va”, añade. Las voces se pierden con otras conversaciones y hay un momento de confusión. Al rato, el chico dice: “yo nunca estaba en mi casa. Desde los nueve o diez años siempre andaba fuera”. El perro mira a una familia extranjera. Los padres beben cerveza y los niños zumo de naranja. El viento se ha ido y la playa ha quedado sola. Ahora es una enorme llanura de arena que espera de nuevo a que el agua la cubra. Se hace de noche y todo el movimiento, en las personas y en las cosas, va bajando de intensidad.

2.- Ha llegado una pareja por dos noches. Ella es de Madrid y él de Lisboa. Son amables. Cogen las llaves y dan las gracias por todo. Preguntan si el perro se va o se queda con ellos. Preguntan dónde encontrar una playa sin viento y entienden que si no se quieren mover tendrán arriesgarse.

3.- Esta mañana, paseo por la arena hasta donde comienza la montaña. Pensamientos sobre el futuro, dónde estaré, que pasará, qué haré. Optimismo y desánimo se alternan. Búsqueda de salidas. Las cometas arrastran a los kitesurfistas contras las olas y hacia el océano. Las velas de los windsurfistas completan el paisaje. Sin viento, nada de esto tendría sentido.

Asustarse


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Estoy en una biblioteca con una escalera que sube hasta un piso abovedado con cristaleras donde entra la luz de la mañana. Allí estudian algunos jóvenes: subrayan sus papeles con distintos lápices de colores, miran hacia el techo, memorizan en voz baja, consultan su ordenador. Nadie se mueve. Abajo hay una repisa con los periódicos del día. Leo un reportaje del mismo vecino y el mismo empresario que hablan en nombre de todos los vecinos y todos los empresarios. Cierro el periódico.

Al lado hay una mesa con varios libros de Rafael Arozarena y consulto ‘Cómo me hice escritor’. Intento averiguar esa extraña fuerza que empuja a alguien a entregarse a la fábula, a la poesía. “Yo mismo me pregunto por qué escribo y no sé responderme”, dice el autor en el que fue su discurso de ingreso en la Academia Canaria de la Lengua. Arozarena recuerda que Alejandro Dumas fue sorprendido en su infancia por un profesor mientras lloraba en el jardín del colegio. “Por qué lloras Dumas? -preguntó el maestro. Y el niño contestó -Dumas llora porque tiene lágrimas”.

El cuaderno rojo se agota. Apenas quedan unas páginas. En cualquier caso anoté que Juan José Millás decía en el libro de Juan Cruz ‘Literatura que cuenta’ que escribir sirve para “contar unas cosas aparentando que estás contando otras. Por eso la literatura o es metáfora del mundo o no es nada”.

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Ayer, en otra biblioteca, el poeta y escritor tinerfeño Bruno Mesa presentó su charla ‘Literatura y fotografía, un mismo incendio”. Imágenes y textos, lugares y rostros, espacios e identidades  que se relacionan. La identidad como un “pasaporte falsificado de la memoria”, contenida en lo que le contamos a los demás, lo que nos contamos a nosotros mismos y la cultura en la que vivimos. La suma de nuestra memoria es nuestra identidad, pero esos elementos de la memoria “están falsificados por uno mismo”, son “fábula”, citó.

Fue una interesante conversación colectiva. “Escribo por la necesidad de decir muchas cosas” dijo Mesa, para añadir que le interesa contar “lo invisible”, lo que le pasa a aquellas personas que están ahí y no vemos. A Mesa le interesa más qué piensa una señora que limpia en una oficina del paro que los propios parados esperando su turno, que en realidad son el fundamento de la oficina.

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Las ‘Prosas reunidas’ de Wislawa Szymborska, recopila los artículos que aparecieron durante décadas en revistas de literatura y en un periódico de su país. Son comentarios a cosas que normalmente no acapararon la atención y que la poeta polaca recogió. En  ‘La importancia de asustarse’  defiende que a los niños les encanta asustarse con los cuentos, “sienten la necesidad natural de vivir grandes emociones”, dice. “Andersen atemorizaba a los niños, pero estoy segura de que ninguno de ellos le guardaba rencor, incluso después de haber dejado de serlo (…). Andersen trataba a los niños con seriedad. No solamente les hablaba de la gozosa aventura que es la vida, sino también de sus infortunios, y sus no siempre merecidas calamidades”, escribe. El libro se puede abrir por cualquier página, consultarlo, releerlo, dejarlo en la mesa de noche, en la mesita del salón o en el baño y volverlo a coger cuando apetezca.