Azar


Hay muchas razones para estar contrariado, enfadado, asqueado, con el gobierno de este país. La corrupción continuada, la precariedad laboral, la falsa idea de progreso, el paulatino deterioro de la sanidad y la educación pública. Todos son motivos suficientes para no haber votado a los que nos gobiernan. Pero conviene apuntar que el sentimiento generalizado de un futuro incierto provocado por esta democracia desdibujada, por una manera irresponsable de hacer las cosas,  no es razón para despertar consignas y acciones separatistas, soberanistas, que, por otra parte, generan respuestas judiciales y, como consecuencia, policiales (como mínimo sorprendentes), para dividir todavía más a las personas. El derecho a decidir, aparentemente axiomático, no lo es tanto cuando un parlamento se salta las reglas de juego, cuando en las palabras del presidente de la Generalitat se escuchan cosas como que el Gobierno es el “guardián de la tumba” de Franco o en la calle se llama renegado a Juan Marsé. Esa calle, joven y furiosa, descontenta y desorientada, que toma la universidad y se cree capaz de cambiar el mundo, tacha a este nefasto Gobierno que nos dirige, de dictador, de quitar ese preciado derecho que tanto ha costado. España, afortunadamente está lejos de las dictaduras más crueles, e intenta, con sus defectos de fondo y de forma, estar a la altura de una sociedad europea con más luces que sombras. Así, un referéndum parecería solo posible entre una sociedad menos crispada, sin caer en la precipitación de la pancarta y del escrache y con políticos capaces de llegar a consensos, pero también con ciudadanos responsables y consecuentes. Con todo, la situación está tomando una deriva alarmante y en este caso, uno solo opina que la solución pasa por tomar cuantos cafés sean necesarios, repito: cuantos cafés sean necesarios, entre los que han provocado este triste episodio del final del verano y llegada del otoño. Que las hojas de los árboles se caigan es irremediable. Lo demás, de consecuencias desconocidas, puede evitarse. Como dice Emilio Lledó, nacer en un país o en otro “no es más que una cuestión de azar”.

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Isla


Decía ayer Rosa Montero que la mayoría de las cosas que imaginas no van a ningún lado. Lo que piensas mientras conduces, mientras estás debajo de la ducha o mientras miras al mar, se pierde en alguna parte. La escritora habló en la Fundación César Manrique, en Lanzarote, de la necesidad de la escritura para las personas imaginativas, que precisan convertir los pensamientos en lenguaje. Los pensamientos que conmueven y ya no pueden quedarse en el aire, necesitan algún valor, ser compartidos. La sensación de que “la vida no basta” como decía Pessoa y recalcaba Montero entre los cuadros de Manrique, entre el volcán de esta isla dura y bella, supone un patrón común para el escritor, pero también para el lector. Porque lectores y escritores  buscan el relato, real o ficticio, porque al final todos somos narración e  intentamos comprender la fisura que nos separa del entorno. Compartimos las mismas preguntas y transitamos los mismos caminos, tarde o temprano.

En estos días en los que uno intenta hacer suyo un nuevo espacio, decido que no quiero un reloj en la cocina y anoto en el cuaderno: “quedarme sin tiempo”. El reloj marca las 05:12 de la tarde cuando deja de funcionar. Lo meto sin pila en una de las gavetas. Y el cuaderno se acaba. Solo queda una hoja en blanco cuadriculada. Es negro, de tapa dura, tiene un elástico para asegurar el cierre. Tiene un escudo en relieve de un ayuntamiento que nos hacía regalos por “cubrir la realidad informativa”. La primera página está fechada el 12 de marzo de este año. La primera frase está escrita con la hora anotada, las 16.30. Es de ‘Años Felices’ el segundo tomo de los Diarios de Emilio Renzi, de  Ricardo Piglia y dice: “escribir con la sinceridad de un sujeto al que no conozco y que solo aparece o se asoma cuando escribo”.

El pasado sábado, precisamente, Babelia le dedicaba una página a Ricardo Piglia y al último tomo de sus Diarios, una edición póstuma que se publicará de 13 de septiembre, el miércoles.  Aquí, el periódico llega pasadas las diez de la mañana en una furgoneta blanca. El repartidor tiene todos los síntomas de la minuciosidad. Cuenta los periódicos y los separa. Los reparte en los dos supermercados y en la gasolinera. Las gasolineras cada vez venden más cosas que no tienen nada que ver con la gasolina. “I can,t breakfast without the newspaper”, le digo a un extranjero risueño que espera su turno en la caja mientras pienso: “creo que se dice así”.

En el cuaderno acabado también hay fragmentos poco legibles de una entrevista en Tenerife. Puedo leer: “están llegando turistas que no son nuestros turistas. El turista es aquel que vive y deja la riqueza en la isla”.

 

 

 

 

 

 

Trastero


En el último día de agosto, estoy sentado en la mesa donde probablemente almuerce la mayoría de los días de este año. Tiene un mantel azul, porque aquí todo es o azul y blanco o verde y blanco. No hubiera sido tan difícil haber respetado estos colores, esta manera de vestir las casas, en el resto de las islas. En la mesa ya hay un frutero con fruta, pero también pan y chupetes (cortesía de la casera) y cápsulas de Omega 3. Frente, la cocina con todo lo necesario y un reloj de cerámica en la pared  con girasoles pintados que suena exactamente igual todo el tiempo que le presto atención. También hay un sofá bajo una ventana de madera que se abre por partes con bisagras resistentes. Fuera suena el viento y lejos se escucha el mar.

He cogido una casa de veraneo para pasar el invierno. Cuando este pueblo se vacía, uno llega y se queda. Si miro a la derecha veo el pasillo y al fondo el otro cuarto con otra cama donde pondré el escritorio. El patio interior no es tan interior, porque se ve el cielo, solo el cielo, hoy blanco, más bien gris, y otras veces azul. Allí hay  tres enormes macetas de plantas que viven sin agua y cuerdas para tender la ropa. Al trastero no puedo entrar. La casera se ha llevado la llave pero dice que no vale la pena. “Está lleno de trastos”, escribe.

Los libros de agosto han sido ‘La sonrisa de Mandela’, de John Carlin; ‘Clavícula’, de Marta Sanz; ‘La uruguaya’, de Pedro Mairal. He dejado a la mitad la biografía de Herman Melville, por Adrew Delbanco y prólogo de Muñoz Molina. Acabo en breve Dar Razón, que recoge entrevistas a Emilio Lledó y volveré a leer. He tomado apuntes, varios. Habla el filósofo de “enseñar a mirar: la gramática de la sensibilidad” o “provocar la necesidad de diálogo” en la educación, este nuevo terreno donde uno aterriza con curiosidad y sin saber demasiado.
Los charcos naturales forman este pueblo marinero de Lanzarote. En un banco de cemento pintado de blanco, frente a uno de los charcos se puede leer: “prefiero un no antes que una respuesta de mierda”.

 

Oporto


 

Uno

Las andorinhas sobrevuelan todo el tiempo el Duero, donde la ciudad nace y se extiende hacia arriba. Calles empedradas, fachadas con azulejos, balcones estrechos de estilo modernista. Lo viejo y lo nuevo conviven. La noche es clara y perfecta. Empandillas de carne y croquetas de bacalao en el último bar abierto. Los barcos descansan de los turistas frente al puente por el que pasan coches y personas. El apartamento es parte de una casa reformada del siglo XIX. La puerta suena al entrar como si fuera una película de miedo. Lo pisos de madera, las paredes de piedra. Tres enormes ventanales que dan a la calle, en el centro. Por la mañana suenan ambulancias, motores de algo en marcha. La vida se activa y los pájaros regresan entre los tejados y el rio que acaba por aquí.

En el café Majestic todo lo dulce está bueno. Sillones de piel y camareros vestidos con pajarita. Deseas algo imposible: que haya poca gente y poder leer el periódico. Lámparas doradas y espejos en las paredes. Rotunda eficacia.

El mapa en el bolsillo te convierte en uno más. Las mismas tiendas que igualan a las ciudades. El gallo en lápices, gomas y llaveros, como la sardina y la andorinha. La postal, la bandera, las camisetas, el músico que deja el sombrero en el suelo, el mendigo, la publicidad en los folletos, el arte sacro de las monumentales iglesias. Hay colas para acceder a la famosa librería. Estatuas y rincones fusilados por las cámaras de los teléfonos móviles. Hay un interés generalizado en ver por ver, sin observar. Cuanto más mejor.

Dos

Claves: el bacalao de mil formas, las francesinhas y las tripas que comían mujeres y niños cuando los navegantes se llevaban la carne del animal. Sigue la ropa tendida, como hace unos años, cuando los amigos vinimos en una primavera fría. Sábanas blancas en los balcones que miran al rio o entre los callejones imposibles.

Oporto iluminado parece un cuento. Las cúpulas de las iglesias y los tejados de los edificios; la universidad, el castillo con la muralla igual a la que pintábamos de niños. Cerca hay un club de jazz. Los músicos tocan con los mismos códigos, vayan donde vayan. El saxo abre un estándar y todos  comprenden lo que hay que hacer. La cerveza es Super Bock.

A medianoche las calles están casi desiertas. Solo quedan algunos bares que han extendido la cena. El esfuerzo de subir por la ciudad es una broma placentera al bajar, a través de las aceras de piedras y de las vías del tranvía. El hombre que pide dinero habla español con fluidez y cuenta una historia de veraneo y barco en Mallorca, “cuando vivíamos más o menos bien”. Luego desaparece.

 

 

 

Arepas


Hay una fotografía casi primitiva de músicos que formaban la primera orquesta del pueblo, cuando la salsa no existía o aún no había llegado hasta aquí. La orquesta  tocaba un poco de todo; hacían lo que podían en aquellos bailes cuya esencia no ha cambiado demasiado. Uno de los saxofones abrió una arepera en la entrada que se mantuvo algunos años hasta que las hamburguesas y los perritos calientes dieron paso a otra forma de comida, igual de rápida, pero que solo estaba en la televisión. La arepa es una magia de harina, de posibilidades como lo es la música jazz. Las dos cosas provienen de la necesidad.

En esa foto es probable que pocos queden con vida. Y uno se fija en sus miradas, en su gesto serio y elegante. El batería sostiene dos maracas para decir que somos como el propio repertorio de aquella época y como el interior de una arepa, donde cabe un poco de todo.

Resistir


El viento ha regresado. Se cuela por la playa, los cafés, los pasillos de los edificios. Empuja las velas de las tablas de todos los colores que resurgen al fondo del paisaje. “Aquí sin viento nada tiene sentido”, dice un hombre sentado frente al muelle. Y uno ha ido aceptando su imprevisibilidad, como hace con los días buenos y malos.

Terminada ‘La resistencia íntima’ (Acantilado, 2016) de Josep Maria Esquirol, surge la figura del que resiste. Pregunta: ¿estamos haciendo la vida que queremos o nos dejamos arrastrar por las circunstancias?; ¿cuáles son las fuerzas que empujan a deseos, expectativas, rechazos, predilecciones?; ¿es esa vida hacia un éxito desdibujado , cambiante, relativo, inatrapable, incluso ajeno a nuestras voluntades iniciales, la que debemos esperar?; ¿hemos olvidado el cuidado de uno mismo?. El resistente, que define el profesor de Filosofía de la Universidad de Barcelona, mira a la proximidad, ha visto la nada y lo asume, “salva” la “cotidianidad del descrédito”. La cotidianidad es la comida, el trabajo, la casa, los amigos, los días normales como posibilidad. El resistente afronta lo finito, reflexiona, intenta comprender el mundo despegado del “mundo hecho información”. Porque la información es un problema cuando ya no es el medio para comprender al mundo, sino cuando es “configuración” de éste. Según Esquirol “hay vida más allá de la actualidad”, o mejor dicho “solo hay vida más allá de la actualidad”. Un ensayo que nos pone los pies en el suelo “hasta la raíz”, como diría Natalia Laforcade.

 

Lo nuestro


 

Los  nacionalismos no dejan de ser un instrumento de dominio  a favor de una “identidad”  que integra costumbres, una manera de ser, una historia, un paisaje y símbolos  convenientemente conectados: deporte, gastronomía, folclore, religión. El miedo a la intemperie  acecha,  pues  ¿qué haría un hombre, un pueblo, sin identidad?.  Uno entiende que  ese “sentimiento”  compartido en la Red, en actos institucionales, en las noticias, intenta transmitir que no participar, o al menos, dudar de la credibilidad de “lo nuestro” supone plegarse, ceder, dejarse dominar, seducir, por otras fuerzas, políticas, ideologías o colectivos, igual de dominantes.  Resultaría terrible entonces “ser conquistado” y la falta de esa identidad  sería fatal.

Los nacionalismos llevan a la confrontación,  a cerrar en vez de abrir,  a la diferencia como fin, a un ensimismado resentimiento, al populismo.  Existe una potente metafísica de la bandera disfrazada de “lo nuestro”, de los que lucharon por “lo nuestro”, una nostalgia revisionista de lo que fueron otras circunstancias que lejos está de querer la cultura  entendida precisamente como el conjunto de esos símbolos, costumbres, respetables la mayoría, pero no inamovibles. Una cultura que siga su curso con otra mirada, que haga a los individuos más libres, poseedores de autonomía  y razón suficiente para saber que lo nuestro es de todos, no de unos sobre otros.  Dicen que el nacionalismo se quita viajando. No creo. Más bien se ha de quitar  pensando.

La casa


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Recogimos los nísperos que abarrotaban la entrada y llenamos dos garrafas del agua en la cocina. Abrimos las puertas y algunas ventanas para que entrase la luz. Imaginamos el salón de aquellos almuerzos interminables de pescado salado, cuando el vino mantenía todo con vida. Vimos los dormitorios con los cabeceros intactos, pintados de negro. Entramos en el cuarto donde estaba el teléfono. En el porche, nos sentamos en el banco y contemplamos los helechos regados por los que todavía creen que la casa puede salvarse. Miramos a la calle desde la azotea. Nuestros pasos entre la madera, ahí arriba, parecían frágiles. Por un momento, pensé que había llegado la hora de que las paredes reaccionasen y cedieran ante nuestra larga indiferencia.


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Recogimos los nísperos que abarrotaban la entrada y llenamos dos garrafas del agua en la cocina. Abrimos las puertas y algunas ventanas para que entrase la luz. Imaginamos el salón de aquellos almuerzos interminables de pescado salado, cuando el vino mantenía todo con vida. Vimos los dormitorios con los cabeceros intactos, pintados de negro. Entramos en el cuarto donde estaba el teléfono. En el porche, nos sentamos en el banco de madera y contemplamos los helechos regados por los que todavía creen que la casa puede salvarse. Miramos a la calle desde la azotea. Nuestros pasos entre la madera, ahí arriba, parecían frágiles. Por un momento, pensé que había llegado la hora de que las paredes reaccionasen y cedieran ante nuestra larga indiferencia.

La casa


 

Recogimos los nísperos que abarrotaban la entrada y llenamos dos garrafas del agua en la  cocina. Abrimos las puertas y algunas ventanas para que entrase la luz. Imaginamos el salón de aquellos almuerzos interminables de pescado salado, cuando el vino mantenía todo con vida. Vimos los dormitorios con los cabeceros intactos, pintados de negro. Entramos en el cuarto donde estaba el teléfono. En el porche, nos sentamos en el banco de madera y contemplamos los helechos regados por los que todavía creen que la casa puede salvarse. Miramos a la calle desde la azotea. Nuestros pasos curiosos entre la madera, ahí arriba, parecían frágiles. Por un momento, pensé que había llegado la hora de que las paredes reaccionasen y cedieran ante nuestra larga indiferencia.