Relato

Manta pequeña


la foto (9)

Los niños se lanzan al agua sin nuestra prudencia. Suben y bajan las escaleras de piedra  que acceden al muelle y  estiran sus cuerpos en el aire para caer verticales al mar.  El sol machaca las pieles de las mujeres en bikini que miran a la vida boca arriba, cubriendo sus rostros, desconocidos y habituales, con enormes sombreros o finas hojas de revista de domingo. La brisa alivia la sensación térmica  del mediodía, luminoso y pesado, hasta la tarde, donde todo comienza a descender: la marea, los toldos de las tiendas,  el viento furioso de la mañana,  la música en la plaza, los gritos de los niños y de sus madres, el ritmo de los corredores. En el paseo deambulan parejas silenciosas, perros que salen de sus casas cuando sus dueños lo deciden. Hay bicicletas aparcadas en la acera y gente a la que le gusta despedirse del sol cada día.  La playa queda sola y abandonada. Poco a poco, el agua cubrirá  ese mundo transitable de arena que ha dejado huellas inútiles, rastros fugaces de nuestros pies hacia ninguna parte.

Hoy acabé el relato Último verano en Seatle, de Daniel Monedero, que dice :”Vivir es como dormir en una manta demasiado pequeña, si tiras de un lado, te dejas al descubierto las piernas, si tiras del otro, los brazos y la cabeza. La vida es como una manta pequeña y uno siempre se deja alguna parte del cuerpo a la intemperie”.

Está en Manual de jardinería (para gente sin jardín). Relee. Red Libre Ediciones 2016.

 

 

 

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Relato

Optimismo


 

la foto

 

La banda de música llegó a tocar en hoteles. Eran generalmente domingos soleados, en el jardín, justo al lado de la piscina. Tocábamos algo de Los Beatles, pasodobles y  fragmentos de bandas sonoras de películas. Nos atendían bien, nos daban de comer después del concierto, los refrescos sabían diferente, los sándwiches tenían una ligera capa de mayonesa, había croquetas de atún. Íbamos en manga corta, camisa blanca con galones y pantalón azul marino con una fina raya dorada. Siempre con corbata.

Nos conocimos en la sala del billar, tratando de combinar las bolas de aquel juego tan técnico para unos adolescentes tan imprecisos. Hubo un papel con una dirección y un número. No había teléfonos móviles. En ese entonces debías enfrentarte a cualquiera que cogiera el aparato en una casa ajena. Eso o el papel, lo más inmediato, socorrido, ante la vergüenza de querer descubrir al otro. Solo recuerdo una forma borrosa, una piel blanca, un cuerpo menudo y delgado, un pelo rojizo y rizado por debajo de los hombros. Apenas un rostro, ni una voz reconocible. Su nombre ha desaparecido en la memoria de los nombres que ya no importan y cuando empecé a olvidar aquel encuentro llegó una postal llena de optimismo que ahora descubro entre pequeños papeles. Un puerto con los barcos de madera, las casas de colores con los tejados perfectos, un grupo de jóvenes en bicicleta, una imagen en movimiento, como de otro planeta. En el cielo, a punto de llover. Y nunca respondí y la banda volvió al hotel en un domingo idéntico para repetir aquel repertorio universal.

 

 

 

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Recuerdos, Relato

Una casa vacía


la foto (13)

El silencio de la biblioteca ayuda a olvidar la apisonadora que asfalta mi calle estos días. La paredes de la casa hoy temblaron y pensé por un instante que todo el edificio podría venirse abajo. Fue un hogar construido por mi abuelo y donde ahora duermen personas que nada tienen que ver con esta familia salvo el que escribe. Poco queda del olor a leche en polvo las mañanas frías en la cocina de azulejos a cuadros de colores rojos y negros, del dormitorio con un espejo tramposo que deformaba nuestros rostros mientras dábamos saltos sobre la cama. El caimán disecado que sacaba algún tío loco para hacerlo correr por los amplios pasillos está en el ático de casa de mis padres, como la mesa del comedor, alguna copa de cristal y poco más.

Con el nuevo asfalto la calle está como nueva y luce más amplia. Todavía se pegan los pies por algunos tramos. Pero las casas son las mismas. La que está enfrente es una joya de los setenta abandonada. De vez en cuando, el dueño viene con un puñado de llaves  a abrir puertas y ventanas para que entre el aire. También vienen su mujer y su hija. Parecen seguirlo hacia el interior de alguna habitación. Y luego se van en un todoterreno en silencio. Y dejan la casa apagada de luces y de vida. Y la dejan sola, como si se despidieran con un “cuídate”.

No hay nada peor que decirle a alguien “cuídate”. Es como un adiós sano, gentil, un dejar que se vaya de la manera más blanda y estúpida. Lo menos que quiero es verte sufrir, así que “cuídate”, no te hagas más daño por donde vayas a pasar. Siempre uno de los dos intenta salir indemne del naufragio. A toda costa.

 

 

 

 

 

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Relato

Sitio libre


la foto (9)

 

Enero deja en la isla días de verano. Espero en uno de esos sitios de comida sana, recomendables cuando no tienes ni demasiada hambre ni demasiada prisa. Puedes elegir una sopa de verduras o una especie de gazpacho de remolacha con rojo intenso, casi púrpura que visto desde arriba parece un cuadro.También hay “hamburguesas” vegetales, ensalada de pasta , berenjenas revueltas con espinacas, tortilla española, cuscús, algo parecido al arroz amarillo y unos chocolates estupendos al final del mostrador junto a perfectas porciones de tarta de queso. Pagas después de recoger los cubiertos, justo al lado de la caja registradora donde una chica cobra y sonríe. Luego puedes sentarte a comer. Hay pocas mesas y una zona para tomar espumoso café, leer o conectarse gratis a Internet. Fuera, los operarios del ayuntamiento recogen los restos de la Cabalgata: un escenario de madera decorado con enormes paquetes de regalos que solo son cajas de cartón vacías. El suelo está lleno de confeti y caramelos de colores, algunos pisoteados y otros a salvo de la furia infantil.
Mientras espero, reviso algunas fotos del teléfono que me aterra borrar. Pienso en cosas que tomaron otro rumbo, quién sabe si por propia voluntad o por algo que se escapa a nuestras decisiones conscientes. Escribo en la libreta roja, un regalo de un hotel por hablar bien de ellos:

“Es como buscar aparcamiento, siempre piensas que vas a encontrar uno más cerca y pasas de largo ante los primeros sitios libres, los únicos que en ese momento pueden hacer que bajes del coche y llegues hasta donde quieras”.

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Relato

Atrás 2015


la foto (8)

Al amanecer, desde la última planta del Victorian House, se escucha el murmullo universal de la calle, con esa imparable capacidad que tiene de la vida para avanzar siempre, pase lo que pase. Despierto en una habitación casi perfecta: el piso de madera, el baño está limpio y la ducha es caliente. El techo cae a dos aguas y hay ventanas hacia el cielo. La cama te abraza en sábanas blancas de algodón. La realidad siempre es diferente a como la habías imaginado. Reconozco que la tormenta que azotó York había desatado cierto miedo, razonable por otra parte, sobre lo que uno se iba a encontrar en Escocia. Pues un frío soportable bajo apenas unas gotas de reconfortante lluvia. Diría que es un tiempo aristotélico, que sabe guardar ese punto medio. No diluvia ni es precisamente un ejemplo de cielo azul.
Anoche despedí el año exento de uvas y del ridículo material festivo. El mayor deseo fue sentir que estoy vivo. En la George Square, en Glasgow, solo esperaban bajo el reloj de la torre cuatro españoles y un grupo de jóvenes asiáticos siempre esperando una foto. Cada vez nos parecemos más a ellos. Los compatriotas, de Zaragoza y residentes en Alemania, venían de un periplo de fútbol, hoteles de literas compartidas y cerveza por UK. Fuimos a tomar una pinta en uno de los pubs  cercanos a la West Nile Street, donde dos horas antes comíamos en un mejicano estupendo, abarrotado pero poco ruidoso. Una mesa al pie de la ventana. Una camarero que estuvo en Valencia. Sonaba salsa y rock fronterizo. En esta ciudad no escuché, ni en las tiendas, ni en los supermercados o restaurantes, una mala canción. El frío, la bruma, la poca luz, la historia que rodea una Glasgow reconvertida en el gusto por la arquitectura como arte, hace de sus gentes un ejemplo de buena educación.

Al regresar, deshago la maleta, meto toda la ropa en la cesta, coloco el paquete de té verde del Starbucks en la caja de las infusiones, rezo porque el cd de Coleman Hawkings se escuche bien, me meto en la ducha mientras pienso en qué comer. Todavía los aguacates están duros como piedras a pesar de que llevan días expuestos a la claridad, envueltos en papel, intentando madurar a través de la ventana. El día menos pensado comenzarán a tomar un aspecto blando y oscuro por fuera. Ese será el momento de hacer algo algo con ellos. Ahora no. Hay leche en la nevera, chocolate y galletas. Eso parece suficiente. Suena I,ll Never Be The Same en esta noche que parece más fría y larga que la de ayer. Pese a los miles de kilómetros, es la misma noche, con sus estrellas inalcanzables y su ciclo infinito.

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Literatura y vida


la foto (1)

 

He puesto la estufa. Soy un exagerado, lo sé. Lo soy para muchas cosas banales y en cambio me sorprende la aparente calma con la que afronto otros asuntos. Exagero los síntomas de los primeros fríos de invierno que me han dejado en casa dos días lo suficientemente molesto para mermar mi actividad cotidiana. Pero ya se sabe que la gripe es esperar a que pase, que pase desde la nariz hasta el pecho o viceversa y luego se pierda en el aire y en las entrañas hasta el próximo otoño. Y con la gripe también se van los pequeños dolores del alma. Y cuando comienzas a sentir que las fuerzas están ahí de nuevo es como si valorases todas esas destrezas invisibles que utilizas diariamente sin darte cuenta. Y una nueva vida te espera. Pero claro, eso también es exagerado.

Por suerte, desde el portátil he podido asistir a la conferencia del escritor Sergio Álvarez “La literatura y la vida” a través de la Facultad de Filología de una universidad de Barcelona . Dice el colombiano que no podemos huir de las palabras, que se puede dejar de leer, pero no de contar historias. Los libros que están en las bibliotecas y en las mesas de noche solo son la punta del iceberg de una literatura que habita en la vida, en todas partes, en las conversaciones, los cuentos heredados de la tradición oral, los chismes que escuchabas de tu hermano antes de acostarse, las confesiones entre dos amigas, los recuerdos de algo que pasó, las verdades duras de un borracho, las frutas y las verduras de un mercado, en la caña de cualquier pescador. “Una pareja empieza a existir hasta que los dos comienzan a contarse cosas”, dice el escritor y autor de La Lectora (RBA, 2001) o 35 Muertos (Alfaguara, 2011).

Es tarde. La estufa ha dejado el salón caliente. En la mesa del sofá hay una copa de agua vacía y una tableta de chocolate con leche. La televisión está apagada. Hoy no revisaré las noticias ni sabré que tiempo hace en Australia. Solo hay una luz encendida en toda la casa; si la apago andaré a oscuras hasta que encuentre otro interruptor o entre en el dormitorio. Allí está la cama fría y blanca. Con dos cojines de corazones azul y rojo. Algunos pantalones doblados en la tabla de planchar. Algunas camisas. La lámpara de la mesilla de noche ha perdido una tuerca y no consigue mantenerse. Pero ya es demasiado tarde para buscar una solución entre el suelo helado de esta noche. No exagero.

 

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Fruta fresca


la foto

 

Queda medio melón en la nevera. El vecino lo saca de la tierra como si fuera un perfecto balón de rugby comestible a cualquier hora. De vez en cuando me trae uno. Indica cómo cortarlo, las partes amarillas que ya están maduras. A veces trae plátanos o papayas. Toca la puerta brevemente y espera. También aparece con dulces, muy dulces y pequeños, exquisitos con un café por la mañana. Los prepara su mujer. Debe cocinar muy bien por los olores que cada día salen a través de las escaleras. Olores a especias y a guisos de oriente. Antes de abrir la puerta ella pregunta quién es y cubre su pelo negro con un pañuelo. Un día el vecino me ofreció un plato de cordero, convencido de que el sacrificio de este animal es una manera de seguir cumpliendo con su vida y con El Corán que reza cada día hasta ocho o seis veces. Comienza temprano, a las seis de la mañana. Con una bata blanca, camina cuesta abajo hacia el salón convertido en mezquita, donde si te acercas, se oye esa música gutural y luego el silencio. Su hija piensa en español y contesta en árabe o viceversa. Marwa es pequeña, delgada y tiene los pelos rizados. Normalmente está sonriendo, con esa fortuna infantil de los niños que todavía no entienden lo que es llorar por las cosas no físicas. Enferma de catarro cuando empieza a llegar el frío que entra en las paredes de las casas y en las sábanas de los dormitorios grandes y pequeños. La primera vez que estuvo en Marruecos casi no comió hasta que el estómago se adaptó a sus raíces. Su padre me pide que escriba un pequeño texto en una cartulina azul con las cosas que hace Marwa. Hay fotos , con su mascota, jugando en el parque, con los compañeros de clase. Su padre a veces me pide que le traduzca alguna circular del colegio; reuniones de padres y madres con palabras técnicas que pueden ser prescindibles; imprimir algún papel de la Declaración de la Renta. Su padre puede arrancar un coche que no arranca, montar un mueble de madera, pintar las paredes sin dejar la casa hecha un asco, arreglar un grifo descontrolado. Su padre me pide pocas cosas. Nada comparado con esa generosidad espontánea de la fruta fresca.

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París


 

la foto (14)

 

Estoy en la quinta planta de la habitación de un hotel. Este pobre y rico oficio tiene a veces momentos de recompensa. Me invitan una noche a cambio de hacer mi trabajo. Tengo la puerta del balcón cerrada y las cortinas abiertas. Al fondo el océano ya es oscuridad. Abajo comienza a sonar la música, consigo escuchar un piano, algo conocido, parece el inicio de Hill Street Blues, los acordes, la melodía. También se oyen ruidos de cubiertos en las mesas de los restaurantes. Todo lo que hay fuera  se empeña en ser extremadamente ocioso. En la habitación hay solo silencio.  Tengo  la luz de la mesa de noche encendida y la del baño. En el pasillo hay un espejo. Reviso mi ojo izquierdo y aplico más gotas. He quitado el aire. Escribo en una mesa pequeña redonda donde me han dejado fruta y unas porciones de queso. En la nevera hay cerveza sin y con. También  agua, varias botellas apiladas y frías. Nada de whisky. Tengo algunas camisas colgadas, dos pantalones, demasiadas toallas  para demasiadas duchas. Hablamos por teléfono y me cuentas hace fresco, que en la ciudad se pueden hacer muchas cosas, pero que la biblioteca impide perderte en las calles y los museos. Hoy te duele la cabeza y eso hace que eches de menos tu espacio.  Comes en la Universidad por cuatro euros. Más barato que en cualquier otro sitio. Luego tardas media hora en llegar a la casa. A veces en el metro encuentras a músicos que entran y salen. A veces en el tren no cabe más gente.  Te cuento que estoy a punto de acabar  ‘Como la Sombra que se va’, de Muñoz Molina y te envío un fragmento que he marcado y releído varias veces: “La imaginación narrativa no se alimenta de lo inventado sino de lo sucedido. Cada hecho menor o trivial que uno vive o que uno descubre en sus indagaciones puede ser un hallazgo valioso o incluso decisivo  para la novela, ocupar en ella un lugar, mínimo y preciso, como esa piedras desiguales en la aceras de Lisboa”.

Hoy hace tiempo que ha amanecido. No he podido llegar al desayuno y me hundo en las sábanas. Más tarde acabo  las últimas páginas en el bar piscina con un batido de frutas. Lo sirven como si supiese lo que necesitaba. Tengo una resaca importante. El cielo tiene un color pardo. El calor y el viento del desierto no cesan. Un helicóptero sobrevuela a poca altura todo este mundo que parece cada día más ajeno  a mi idea de mundo. Camino torpe mientras cruzo las hamacas donde los turistas se tuestan al sol. Recojo poco a poco mis cosas. Me doy una ducha eterna. Antes de salir de aquí, en el teléfono leo un mensaje: “Nos imaginamos la vida de una manera que no tiene nada que ver con la realidad”.

Entrego las llaves y ya en el coche, de camino a casa, escucho triste, incrédulo impotente, toda la barbarie de París.

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Olores


 

la foto (4)

 

Por alguna razón, cada vez que abandono una habitación donde probablemente no regresaré, me tumbo en la cama vestido, con los zapatos puestos y miro hacia el techo. Allí es posible que haya una lámpara quieta a media altura y poco más. Por un momento, cierras los ojos y una siesta mínima e involuntaria te salva la vida. Al salir, todo parece nuevo, en movimiento, un volver a empezar que solo se reconoce en el viaje. Dentro queda todavía tu olor siempre inalcanzable. Pero los olores que no encuentran a su dueño duran poco. Se pierden por alguna ventana, por el plato de ducha, entre las toallas abandonadas en el lavabo, hasta que otra persona seque su cara en nuevos trapos o intente descansar en esas sábanas y almohadas universales.

 

 

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Ropa


la foto (1)

Estabas conociendo a un chico que todavía tenía parte de la ropa en casa de su mujer. Por la curiosidad de las cosas nuevas y alcanzables, por el vértigo de estar sola, surgió todo lo que surge cuando conoces a alguien. “Hubo algo…, pero ahora no hay nada, porque él no se define”, dijiste mientras comíamos hamburguesas que quieren parecerse a hamburguesas. Comiste rápido y sin agua, sin café. Y nos fuimos. “Espero que este lugar también nos de suerte”. Te dirigías al coche, en medio del calor, en este verano inacabable. Las nubes pronto dejaron la tarde gris y brumosa. La tormenta de ayer seguía disuelta en el mar, entre las islas quietas, acostumbradas a todos nosotros.

 

 

 

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