Relato

Refugio


Retrocedo. Me refugio en el dormitorio. Tengo miedo de que una sola ola poderosa llegue hasta aquí. Cierro todas las ventanas pero queda la amenaza: el dulce murmullo marino. Pero si lo pienso, el mar está relativamente tranquilo. Solo suenan los callaos en la orilla como si fueran chácaras y algunas voces jóvenes en la farola de abajo, donde se va a fumar. M cuenta que de pequeña también se agobiaba cuando hacían acampadas justo en la orilla. El hecho improbable de quedar sepultados y arrastrados hacia no se sabe dónde. Y también cuenta que tiene la misma cosa en el pecho al hacer ejercicio. Yo solo acampaba en la huerta de casa de mis padres, para tenerlos cerca. Era así de rudículo, ahora que lo pienso, pero antes no lo pensaba. Me daba miedo alejarme. Sufría cuando mi madre no llegaba de hacer la compra y andaba preguntando: «¿has visto a mi madre, has visto a mi madre?». La semana pasada, en una misa para un muerto en un pueblo donde también late el mar, volví a retroceder. La plaza era enorme, casi más grande que el pueblo. Mis primos insistían en que solo nos vemos en los duelos y que deberíamos fijar «ya, el día y la hora» para comer y beber en familia, a la orilla del mar. Ese día me refugié en el coche.

Estándar
Relato

La Playa


Con el agua por encima de las rodillas, un bache inesperado, incluso profundo, te hunde para invitarte a flotar. A que nades y  persigas sumergido esos peces atrevidos de plata. Siempre hay un murmullo marino, una corriente caprichosa, circular, una pequeña batalla con las formas de la roca, hasta en los días de quietud. Nunca hay calma total. La entrada de La Cueva de la vaca plantea  el misterio de enormes mantas raya, de pasadizos secretos que quizá comuniquen con el Charco del diablo, cristalino, enigmático, al que se llega caminando. La Crucita es la referencia, la roca lisa del volcán, el punto de encuentro para arreglar cosas mientras ves más cerca el Sol perderse a un lado de La Gomera; la altura perfecta para lanzarte de cabeza; las escaleras las hizo el mar. Las enseña o las esconde cuando le place. La Crucita es el asiento del pescador que siempre espera un milagro.

Ayer he vuelto a pisar «La Playa con mayúsculas», escribía en un mensaje pretencioso. Inamovible, universal, la que contiene todo lo verdadero del resto de las playas. La Playa platónica. El tiempo parece un invento que ocurre fuera. ¡Eso es imposible!, porque la noche, el día, la tarde, los meses o la historia, también suceden aquí, aunque de otra manera. Escribe Joseph Roth en la marcha Radetzky, :«Pasaron los años, unos tras otros, como simétricas ruedas de paz».

Estándar
Relato

Intemperie


La corriente cierra la puerta y tira la llave. No, no ha entrado ningún pájaro en la habitación. “Eso es lo que tú te crees, que no avanzas. No ha pasado un minuto de tu vida en que no avances”, dice M. Conozco más cosas de los vecinos, nada importante, pero cosas. Antes, cuando los balcones no existían, solo eran sombras lejanas. Los niños han salido a la calle con sus juguetes. El dueño del restaurante, el sonriente siciliano, me reconoce detrás de la mascarilla, saluda y dice algo que no entiendo. Con la cara enrojecida, pasa la pelota a sus sobrinos, que inventan la vida en la plaza.Quiero ser ellos.En su ensayo La melancolía, Joke J. Hermsen escribe: «los niños se sirven de la imaginación para tender puentes del mundo que los rodea, del que de repente han quedado aislados». Cuando toman conciencia del yo, cuando empiezan a hablar, están a la intemperie, un vacío que les separa del mundo anterior que tenían con sus padres, en una unión directa con las cosas que les rodeaban. Es un vacío, melancólico, que lo llenan con la fantasía. Así, «nuestra primera experiencia consciente es curiosamente una pérdida», explica Lou Salomé en Mirada retrospectiva.Una pérdida del yo interior prelingüístico que ha quedado en el subconsciente. Los juegos y la imaginación ayudan al niño al «sentirse de nuevo en casa», a no estar perdido. En el caso de los adultos, sabedores de nuestra irremediable finitud, el amor y el arte, compensan, al menos ayudan, a esa conexión con nuestro yo interior y con el mundo. Es el «olvido de uno mismo» de que habla Salomé. De niño, jugaba  a menudo entre los charcos del verano y construía campamentos de indios antiguos todo el año. Y no quería que eso acabara porque no tenía claro que fuera a estar del todo cómodo en ese otro mundo que ya empezaba a descubrir, donde animales, cosas y personas, tarde o temprano, dejarían de existir.

Estándar
Relato

La fuga


Las casas contienen un sistema de circulación tan invisible como el cuerpo. Entre paredes hay tuberías que transportan el agua o la basura diaria que generas y van a parar Dios sabe dónde. “Todo puede fallar”, dice el constructor y dueño del piso mientras busca desesperadamente “el punto de conexión”. El hombre fue capaz de reducir tanto el espacio que sacó ocho apartamentos con vistas al mar de los cuatro iniciales, concentrados en una calle privilegiada y silenciosa, donde los alemanes leen y beben vino blanco convencidos de que están en el paraíso y los de aquí sacan a sus perros, también reducidos a la mínima expresión. “A veces estas cosas pasan”, insiste el hombre desmemoriado mientras sugiere que el misterio puede resolverse buscando detrás de la nevera, o del lavabo, o de la las gavetas que guardan los platos y los vasos de color azul pálido. “Si localizamos la fuga se acaba el problema”, sentencia con mirada de cirujano. “¡Puedo oírlo, es por aquí, es por aquí!”, exclama con la oreja pegada a la pared como si hubiera encontrado la respuesta a todas sus preguntas. De pronto se detiene: “¿Sabes?-dice- me encanta mirar cómo cae el agua en el charco cuando sube la marea, forma como unas cataratas”. Y saca su teléfono y captura una foto mientras sonríe.

Estándar
Relato

Microbios


 

Uno.- Durante este tiempo, mi vecina ha golpeado algún tipo de instrumento al dormir que resonaba en la pared, como una guitarra con pocas cuerdas. Eran golpes breves y aleatorios, imagino que involuntarios, acompasados a veces por la respiración. La abrazo al despedirme y compruebo que es un saco de huesos. Me regala una teja en miniatura pintada con el paisaje de Lanzarote y asegura: «yo sé toda la verdad». Su perra, también minúscula, me dedica unos últimos ladridos. Dentro de la casa he dejado un nota de simple agradecimiento. Todas las cajas están en el coche. En el bar, antes de embarcar, una gota de aceite cae en el pantalón. Sigo comiendo y la gota se queda allí seca. En el barco, los mareados se agarran la frente como si fuera el último instante de sus vidas.

Dos.- A veces puedo sentir la acumulación de microbios y bacterias. Eso hace que contenga la respiración y así evito que entren por la garganta o la nariz sin permiso. Pienso en las enfermedades a menudo, en todo tipo de enfermedades que se van rotando a lo largo del año. Pienso en sus consecuencias. Esa extraña capacidad por captar la vida microscópica hace que permanezca en un estado de alerta constante. También siento curiosidad por los prospectos de los medicamentos, por sus principios activos. Incluso leo los excipientes por si soy alérgico a alguno. Sospecho del aspartamo. Tomo pastillas todas las noches. El asma apareció hace quince años con un silbido en el pulmón. Después, todo ha sido miedo a que vuelva. Las pruebas poco han aclarado. Solo hay evidencias en los ácaros. Tengo una relación ambigua con los moluscos. Siento terror cuando oigo hablar del shock anafiláctico. Confío en los mejillones en escabeche y en los berberechos con un chorrito de limón pero rechazo probar las ostras y la langosta. La alergia es psicológica. Esta mañana, en un centro de salud, no he podido contener la respiración lo suficiente y he notado como cientos de microbios entraban en mi cuerpo. Ellos sabrán lo que hacen.

Estándar
Libros, Relato

Autoservicio


img-0824

Comprar un no-regalo en una tienda de juguetes es posible. Ocurrió ayer en una nave industrial convertida en fría y concurrida juguetería. El avión de Playmobil, “¡el que tiene escaleras!” -insistía mi hermana- estaba allí, junto a los coches de bomberos, las granjas y los barcos de piratas. “No empaquetamos” -sentenció la cajera siguiendo órdenes supremas que perdieron peso al encoger ligeramente sus hombros. Pero la orden fue superior a la duda y el frío iba a más: empezamos a expulsar vapor por la boca como si estuviéramos en la nieve, la verdadera nieve de la Navidad nórdica, lejana. En la juguetería  donde se venden cada minuto diez no-regalos, empaquetar es perder el tiempo y eso, como sabemos, ya no está permitido. Lo cierto es que papel sí había, pero solo a la venta, y de varios colores, amontonados en una esquina. Es el preciado papel el que viste de misterio al objeto, lo disfraza de idea, sueño, espera, ilusión. Es la esencia del regalo. Lo demás es una reiterada mentira consentida que ocurre cada año. Dice Henry James en Diario de un hombre de cincuenta años : “No soy solo yo mismo, sino todas las circunstancias las que parecen repetirse”.

A salir de la juguetería, la Navidad era un verano intempestivo. Pensé en la eficiencia humana y en su inagotable poder deshumanizado. Si quieres que tu avión de Playmobil se convierta en sorpresa ya sabes, prepara un papel a tu estilo y adelante, hazlo tu mismo, sírvete, como en las maravillosas gasolineras autoservicio, con tristes empleados entregándote enormes tickets y preguntando por la tarjeta de puntos.

Estándar
Relato

Patio


IMG_4579

El pájaro está enterrado en la maceta del patio. Lo tuve algunos minutos en mi mano y luego en un pañuelo, con las alas recogidas y la boca abierta, esperando una señal de vida. Pero no se movía. Hice el hueco y lo enterré. Luego vino la noche. Todo es culpa mía. Cuando cayó del nido, aún no podía volar y solo daba torpes vueltas por el suelo. Comía lo que traía su madre, que venía desde arriba a toda velocidad. Su padre esperaba posado en la antena. Noté que a veces me miraba enfadado, como diciendo “échanos una mano, anda”. Pero el nido estaba a suficiente altura para no poder devolverlo. Era un peligro, un riesgo, uno más de los que imagino. Los días están llenos de peligros y de riesgos. La primavera, el verano y el invierno, cada estación tiene los suyos, además de su advertencia, olor, sensación, contradicción, expectativa, repetición. 

Ahora han pasado unos minutos de las doce de la noche y miro la maceta a través de la ventana. A veces la visito y hago que rezo. No sé, le pido perdón. A él y a su familia, que por cierto, hace días que ha desaparecido. Abrí la puerta para tender la ropa y lo aplasté. Eso fue así. No lo hice a propósito pero fue así y contra este hecho no se puede hacer nada.

El viento golpea la puerta de la entrada. El mar se escucha de lejos. Llegan días soleados. En la casa de enfrente pude oír esta tarde los mismos cantos de vida que habitaban este patio y donde ahora solo cuelgan trapos. Otros nidos han surgido.

Estándar
Relato

Regreso


IMG_4214

Hay una sensación de que el frío no volverá a ser el mismo. Se aleja. Es una sospecha, tal vez, porque la luna anoche estaba amarilla como el sol y hoy las nubes no tienen forma, son una malla blanca que cubre el cielo. La tierra está verde y en algunos rincones hay campos de margaritas que marchitarán pronto, apenas en un mes. También esto es una sospecha. En el avión, una niña que juega a la consola me ha dicho que prefiere los videojuegos a los libros. “Estoy jugando a cumplir una misión”, aclaraba decidida. En la cafetería, una amiga de amigos reconoce que prefiere trabajar en urgencias antes que en cualquier planta del hospital. “En la planta le coges cariño a los enfermos y abajo todo es más rápido. El ochenta por ciento de los que llegan son turistas”. En el patio de mi casa hay dos pájaros muertos. Tienen las alas extendidas y el pico abierto. Los he descubierto al regresar, cuando el viento se había marchado y la noche quedaba expuesta a las estrellas. Sus caras reflejan una batalla, por sorpresa, una emboscada. Esta mañana, temprano, un pájaro cantaba y sacudía sus alas en la antena. No estoy seguro si lo he visto antes pero ahí sigue, al sol. ¿Qué habrá pasado?. Hay también una sensación de que la vida intenta volver a empezar.

Estándar
Relato

Desde el balcón


Todos vals se parecen pero ninguno es igual. Es como si cada uno hablara del otro y se reafirmara en su cadencia ligera, reconciliadora, refrescante, con melodías de necesaria repetición. En el Danubio Azul están concentrados todos los valses de los Strauss y  la felicidad de un sueño que flota en el aire. Gran parte de lo placentero ya ha sucedido y solo nos queda repetirlo mientras que a la vez cada instante  se muestra diferente. El primer día de 2018 el mundo vuelve a necesitar de la música para seguir. Y el Concierto de Año Nuevo suena en la sala dorada de la infalible Austria. Los  aplausos a Muti, que repite por quinta ocasión en la batuta, se escuchan desde el balcón, donde uno ha guardado el periódico de ayer. La marcha Radetzky, casi un souvenir, permite al público participar de la ordenada alegría que establece el protocolo.

Al balcón llegan dos palomas que se parecen pero no son iguales. Picotean desconfiadas los restos de la cena antes de retomar el vuelo hacia otro balcón. Hace viento y el día está azul.  En la mesa ha quedado una corona roja de brillantinas que también concentra, como el Danubio Azul, sensaciones reconocibles, cuando hace unas horas, la mayoría de nosotros  reproducía similar ritual para prometerse cosas que quizá pueda cumplir.

Estándar
Libros, Relato

Temblor


 

Uno

Es por la mañana. Me quedo leyendo en la cama. La luz entra por la ventana. Se oyen las hojas de las palmeras en el jardín de picón donde van a cagar los perros. Pasa algún coche. Apuro las últimas páginas de La memoria de los Peces (Literatura Random House) de Sergio del Molino (pegaría aquí en último capítulo, íntegro, la página 207 y 208, pero ya cortamos y pegamos, por comodidad, por frivolidad, demasiadas cosas). Y vuelvo a dormir con el libro en el pecho o en la cara, como siempre me pasa. Al despertar, pienso que conviene ordenar la casa. Recojo la loza, la ropa tirada, pongo una lavadora, quito el polvo del escritorio y del televisor, barro y paso la fregona con olor a pino (nunca he olido un pino). Meto las botellas de plástico en el contenedor amarillo. Las de cristal en el verde. El resto de basura, en los contenedores grises, donde se reúnen miles de gatos, preciosos, mansos y ariscos, que se alimentan de las colas de espinas que los turistas dejan bajo las mesas de los restaurantes.

Y de pronto el mar, como un “reseteo” de todo, un reinicio espontáneo. Las rodillas duelen al entrar. Todavía queda algo de resfriado. Los niños siempre encuentran aventuras nuevas entre los charcos. El volcán entra en el océano y se vuelve paisaje cristalino, azul, hasta desaparecer para entrar en otra isla. Un hombre vaticina: “es probable, a estas alturas, que aquí no llegue el invierno”.

Dos

Me asusta la muerte repentina. No poder despedirme. Y hay una idea que regresa: la de ya estar muerto y ser consciente de que estás en un sueño. Me atormenta pensar que los otros han sufrido, o que andarán preguntándose dónde ando. El sueño tiene copias exactas de los días y las personas, como si no hubiera pasado nada. “En la metafísica, la muerte puede ser también un límite del conocimiento. El simple hecho de estar vivos nos incapacita para comprenderla.”, dice del Molino en el libro.

Tres

Mi coche tiembla. Lo hace al llegar a los stops, cuando piso el freno. Tiembla solo un poquito. Y le digo “tranquilo” y me lleva a donde acordamos. Con los años ha desarrollado un familiar ruido en el motor. Al no tener garaje, la carrocería casi ha perdido el verde. El cristal de la derecha todavía no baja. Tiene un ligero roce en la parte trasera, al lado del intermitente izquierdo. Y ahora tiembla un poco. M me dice que lo deje temblar, qué más da, pues de resto, todo lo demás va bien. A M le tiemblan las manos casi cada día. Creo que es una mezcla de su fragilidad e inteligencia.  El mecánico guarda silencio cuando se lo comento. Y me mira y se parece a su hija a la que doy clase. Cree saber la causa de lo que le pasa al Renault. “Tráelo mañana”, sentencia, y se vuelve a meter cuesta abajo en su taller, una cueva oscura donde asoma un coche, quizá también temblando, al que supongo, pondrá remedio.

 

 

 

 

Estándar