Recuerdos

Hacia afuera


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Escuchar al otro. Aquellas vidas agudas con pocas preguntas. Saber que eso nos pasó a todos. Uno trata de pasar los días buscando respuestas entre páginas, la música y todos esos estímulos en dirección interior. A veces también es conveniente mirar hacia fuera, darse un baño de normalidad, saber que un simple día entre amigos es la mejor manera de olvidarte de ti mismo. Comer, beber, sumergirse en el azul, volver a comer y a beber, dejarse acariciar por el calor inofensivo de la tarde. Al lado están las voces presentes, olores comunes, el humor reconocible.

Suena el teléfono y digo que aquí las tardes caen lentamente sobre el mar. Las islas, inamovibles, son testigo de todo esto que pasa . El sol crea siempre una puesta a su antojo, irrepetible, sin que nadie le diga lo que tiene que hacer. Hablamos un rato. Nos reímos y guardamos silencio por las mismas cosas. Se encienden las luces. La noche define otro mundo nuevo.

 

 

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Felicidad


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Nadie recuerda su bautizo (esas fiestas generalmente de bebés aún hinchados vestidos de blanco que acaban siendo los anfitriones inconscientes de banquetes familiares donde se estrenan las camisas y otros coloridos abalorios) pero todo el mundo tiene alguna imagen de la Primera Comunión. En mi caso, llevaba un pantalón azul marino y una rebeca rosada. A la derecha colgaba un crucifijo dorado. Mis pies bailaban sobre unos mocasines de cuero negro. Era pequeño, con el pelo negro azabache, hiperdelgado y cabezón. Canté en la iglesia acompañado de una guitarrista de iglesia a la que conozco bien y ahora saludo de manera fugaz. “Hoy te quiero cantar madre mía del cielo, en mi lucha y dolor yo te doy mi consuelo”, así empezaba. A la salida repartíamos unas tarjetas con nuestra fotografía angelical, abrazando un libro blanco, un rosario, arrodillado sobre una falsa balaustrada con jardines imaginarios. Y el mismo mensaje grabado en relieve: “Recuerdo de mi Primera Comunión”. Todos estábamos así, tiesos, callados e imberbes. Mis amigos y también las chicas. Nadie era un desconocido.

Una semana antes confesé al cura, por obligación, que a veces insultaba a mis hermanas y que había dicho algunas mentiras a mis padres. Era la primera vez que confesaba algo a alguien. No eran pecados graves, ni siquiera pecados, pero algo tenía que decir y eso dije. De resto, en esos meses poco más recuerdo. Solo la plaza, pedir sediento un vaso de agua del grifo en el Bar Central. Tenía una barra inalcanzable. Altísima. También recuerdo sentirme frustrado porque era muy malo al fútbol, en cualquier posición y contexto. Muy malo en cualquier deporte de equipo. La mayoría de los días llegaba sucio a mi casa.
Ahora entiendo por qué mi padre no quería que hiciera la Primera Comunión, pero en ese entonces ni yo ni nadie de mi familia pensaba en cuestiones de fe y de espíritu. Como es lógico, no pudo hacer nada ante mi férrea oposición y la de mi madre. Lo cierto es que la fiesta acabó en la casa, con todo tipo de comida y bebida y música. Las canciones sonaron hasta el atardecer. Yo como siempre me caí y rompí el pantalón. También golpeé a mi primo jugando al boxeo. Solo había dos guantes y cuatro manos, así que nos repartíamos el asunto. Lo golpeé en la cara, un directo que le desató una terrible ira. Lo tuvieron que agarrar porque entre lágrimas me iba a matar.
En el fondo, lo de menos era desfilar con cara de inocente ante el Santísimo. La Primera Comunión suponía una experiencia más de la pre adolescencia que uno asumía de manera natural, sin plantearse qué clases de dioses y de santos existían, si había otro lugar fuera de este mundo llamado cielo, si un cura podría absolvernos de lo que se decía pecado. Lo importante era estar ese día “bien vestido” y ver la sonrisa de aquella chicha, tu pareja de comunión, en la fila antes de entrar a la iglesia. Pero lo más importante eran los regalos y el dinero. Así estaban hechas nuestras mentes.
¿Acaso el que se metía a monaguillo no figuraba por la misma causa?. Y es que en un bautizo, podrían caer unas cuantas moneditas de algún generoso filántropo. Alcanzar quinientas pesetas en el reparto era un milagro. Con eso te daba para toda la fiesta si no te lo gastabas en placeres efímeros: recámaras, pistolas de agua, polos, perritos calientes y nubes de azúcar. En esos tiempos no conocíamos ni la espera ni la mesura. Tampoco era necesario. Y lo verdaderamente placentero era tener entre tus manos un puñado de fichas de los cochitos locos. Así llamamos por aquí a los coches de choque. Eso era la felicidad.

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Canteras


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Sería difícil imaginar a esta ciudad sin la playa inmensa que da vida a sus gentes. Donde ahora el agua golpea los muros de un paseo inmenso en movimiento, antes centenares de cuerpos tendidos en la arena ardían al sol. La marea gobierna el curso de lo que ocurre. El paseo deja un mundo abierto: desconocidos que se buscan a sí mismos, camareros automáticos en los bares, terrazas, heladerías. Culturas diversas. La tarde deja otra manera de caminar, en la orilla, con el agua por los tobillos. Sobresalen algunas rocas entre espacios azul turquesa. El mar está quieto. Apenas dos nubes cubren el cielo. Las cafeterías pliegan sus sombrillas. Una pareja, quizás en plena efervescencia amorosa, se abraza en medio de este tiempo incierto. Luego desaparece por alguna de las calles que arrastran día y noche la brisa marina.

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Larai


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Recibo un correo de Larai. Regresa a África, donde ha vivido la mayor parte de los años junto a las demás religiosas. Ruanda y Lubumbashi, en la república democrática de Congo, han sido su casa. En 1975 salió de Tenerife, cuando era una joven con vocación misionera. Ha pasado por guerras y sobrevivido a notables adversidades. Y poco se ha quejado. Ha conseguido medios para hacer escuelas, asistencia sanitaria, transporte, cosas para que la gente que no tiene nada viva mejor. Cuando era pequeño traía collares hechos de pelo de elefante y máscaras que llamábamos brujos. Le pedía que me enseñase a pintar su mundo. Dibujamos aquellos cuerpos negros con tiras de colores y me entusiasmé con eso unos años. Hace poco estuvo aquí y hablamos de algunas cuestiones que siempre me han acompañado. Me dijo que una rosa tiene espinas que cortan pero que siempre seguirá siendo una rosa. Luego bajó las escaleras y se despidió. Es probable que nos volvamos a ver algún día en esta vida. Habla de Dios como si lo viese todas las noches. No da la sensación de que se sienta sola.
Desde ayer ha cambiado el año. El calor se ha instalado en las calles y la gente. Las ventanas de las casas están abiertas en esta noche de luna llena. Hay otro aire, cálido y reconocible. Huele diferente. El viento frío ha desaparecido. Frente a mi balcón la casa de la esquina mantiene una luz encendida en el patio. Hay días que aparece alguien de la familia para supervisar que todo está en orden, pero todos los que vivimos aquí sabemos que está deshabitada. Al lado, a estas horas escucho el sonido lejano de un televisor. De resto solo silencio. Los gatos salvajes no existen. Los perros encerrados en las casas de sus dueños duermen profundamente. El gallo los levantara mañana.

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Reyes


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Era mentira. No me lo podía crecer. Había hecho todo lo posible  para estar convencido de que los tres eran capaces de repartir los juguetes a todos los niños del mundo en una sola noche, de leer millones de cartas y adivinar nuestros deseos. Estaba convencido  de su existencia. A la pregunta razonable de por qué había cabalgatas con reyes distintos en los pueblos y ciudades,  mis padres respondían que los verdaderos reyes eran otros, capaces de mirar por un agujero para saber si nos portábamos mal o bien . Esos reyes vendrían  en la mitad de aquellas horas insomnes sin que nadie los viera.

Pero un año llegó la mentira. Fue colocando el Fort Randall de playmovil. Mi padre lo dejó justo a la entrada del dormitorio. Así, sin más.  No había reyes, ni capas, ni nada. Era mi padre, sin demasiada precaución, dejando los paquetes  como podía.  Al año siguiente corroboré el terrible fraude cuando encontré unos muñecos envueltos en papel de regalo en el armario de la azotea. Pasé dos semanas jugando con ellos  y el día 6  hice todo lo posible para que aquello pareciese una sorpresa. Descubiertos los padres, la ilusión  mágica de aquel cuento universal despareció y los deseos se convirtieron en necesidad, abundancia, desgana, compromiso  y estupidez.

 

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Biblioteca


la foto 1 He hecho todo lo posible por olvidar esa imagen que se resiste a abandonarme cuando los sonidos del día desaparecen y la noche te interroga en la biblioteca. Era ella. Tenía la misma cara, manos y pelo aunque un gesto resultó irreconocible. Nos miramos un instante y luego se perdió entre las estanterías. Sentí un enorme alivio e hice como si no la hubiese visto. La había conocido allí, en la cuarta planta. De eso hace más de diez años. Nos sentábamos a menudo uno frente al otro, extendíamos los apuntes sobre la enorme mesa de madera, cerca de las cristaleras donde se veía toda la ciudad y los aviones despegaban hacia el mundo. A veces nos quedábamos contemplando el cielo hasta que llegaba la tarde y las nubes tapaban todo. Entonces bajábamos la cabeza para empezar a subrayar miles de palabras de las que algunas han quedado en la memoria. Un día no sé qué preguntó y así nos fuimos acercando. Salimos un par de noches. Era divertida y curiosa. Le encantaba preguntar acerca de todo, desde las pequeñas tonterías hasta cosas más serias: el destino, la muerte, los misterios de la condición humana o la infinitud del universo. Solo salimos de noche, sujetos a su extraño horario. La mayoría de las veces nos emborrachábamos y cuando cerraban los bares paseábamos por la ciudad sin un rumbo fijo. Acabábamos casi siempre en su casa. Dormimos desde la primera noche. Eran sueños profundos. Me hacían despertar con un apetito atroz.

Vivía sola, en una casa con los techos altos y muy fría. Su habitación estaba al final del pasillo estrecho donde colgaban fotografías de países lejanos. No le gustaba hablar de su familia, solo supe del primer apellido extranjero y algo habrá pasado para que ya no recuerde el nombre. Tras unas semanas empecé a sentirme débil, como si me hubiesen clavado una fina aguja que desangraba mi cuerpo por goteo. Así estuve algo más de un mes. Fui perdiendo peso, apetito y hasta las ganas de levantarme de la cama. Ni siquiera escuchaba música. Los análisis decían que me quedaba poco hierro y que algo esta provocando pérdidas importantes. Ella solo sonreía e insistía en que no pasaba nada. Estaba cada vez mejor, sus pómulos enrojecían y transmitía una energía inusual. Venía a mi casa todas las noches hasta que me quedaba dormido. Aquel año no puede presentarme a los exámenes, ni siquiera tenía fuerzas para ir a las clases. Sus visitas eran cada vez más constantes y comencé a tener pesadillas con aquel pájaro enorme y gris con garras de metal. Llegaba de algún sitio lleno de barro, se posaba en la ventana de mi cuarto, extendía sus alas y del pico salía un sonido desgarrador. A veces traía algún animal muerto y lo extendía en mi cama. Yo despertaba de madrugada, aterrado, con tanta debilidad que no era capaz ni de ir a por agua. Mis amigos ya me habían advertido y me aconsejaron que dejase de verla. Y eso hice, le dije que nos tomáramos un tiempo y traté de ir aplazando sus visitas. De pronto me sentí cada vez más fuerte, el pájaro gris con garras de metal dejó de aparecer en mis sueños, que pasaron a ser sueños revueltos , pero no pesadillas. A ella la encontraba más desanimada, como si hubiese perdido la esperanza en algo. Y un día dejo de venir y a me costó aceptar toda esta situación. Cuando tuve fuerzas para salir de mi casa y retomar mi vida normal fui a buscarla pero nadie abrió la puerta de su casa. Volví a la biblioteca, extendí de nuevo los apuntes en la enorme mesa de madera y esperé. Ni rastro de ella. Desde la cuarta planta, la ciudad sigue su curso, día y noche, ajena a las satisfacciones y los problemas de sus habitantes. Los aviones atraviesan la bruma que cubre los edificios y se pierden en el cielo. Hay momentos en que vuelvo a notar su presencia e intento no pensar en ello. A decir verdad, admito que todavía no me atrevo a consultar las estanterías.

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Música, Recuerdos

Cine y gimnasia rítmica


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De pronto llegó la gimnasia rítmica al pueblo y la mayoría de las chicas se sumaron a esa fiebre. No tardaron en ponerse esas mallas y zapatillas mínimas que sólo eran útiles al caminar sobre la punta del pie. La disciplina incluía una tabla inicial de estiramientos y diversas coreografías. Algunas chicas lograron tener especial flexibilidad y se arqueaban como serpientes ante la mirada de las más rígidas, conscientes de que su cuerpo no daba para demasiados malabarismos. Fue una profesora la que introdujo todo. Acostumbrada a tratar con adolescentes, un espejo para ellas; unos calentadores cubrían sus piernas atléticas, completamente maquillada, escondiendo el paso de la vida por su rostro. La gimnasia rítmica se daba en los colegios y en el cine. Allí acudíamos nosotros los chicos, a contemplar como los cuerpos se movían al son de los maestros rusos. En el cine, las mirábamos como gatos a cierta distancia, tarde tras tarde, situados en las butacas que habían dejado al final de la sala. Las primeras chicas que llegaban estiraban la enorme moqueta y lanzaban las masas, pelotas y los aros al aire, algunas con más destreza que otras. El cine ya no era un sitio donde se viesen películas. Poco a poco se fue trasformando en algo diferente que no logró cobrar identidad: lugar con escenario, salón de fiestas, fumadero, hasta que fue derrumbado para hacer un auditorio. En el cine vi por primera vez “E.T.” y “Lo que el viento se llevó”, además de innumerables películas del oeste y artes marciales, que para nosotros eran de kárate. Aquellas películas nos emocionaban tanto que aplicábamos las patadas, sin éxito, nada más acabar la sesión. Había un descanso en la mitad e íbamos a la cantina a por millo y pipas. Una moda era tirar pipas al otro y hacerse el loco. Otra era levantar  con el pie por detrás el asiento de la butaca. Los que podían lo hacían, solo para joder al otro. “Tápate la boca”, recuerdo esa frase al salir del cine.

Las dos cosas, el cine y la gimnasia rítmica, desaparecieron. Las chicas se hicieron mayores y abandonaron la disciplina sistemática que requiere este arte en movimiento. El cine cerró y nosotros nos olvidamos de todo.

 

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