Recuerdos

Lo único importante


No es extraño pensar que nuestros recuerdos sean creaciones, construcciones subjetivas de hechos, aunque tengamos la voluntad de serles fiel al relatarlos. La memoria retiene solo una parte de lo que ocurrió y el resto lo rellenamos con enlaces de cosecha propia. Además, puede que estos recuerdos vayan cambiando con el tiempo y, de esta manera, formamos un relato. Un hecho no se puede negar, pero sí interpretar, simular o insinuar que ha podido haber pasado de otra manera. Dos personas en la misma situación cuentan su experiencia de forma diferente, aunque estén en el mismo sitio. También, aun sin la voluntad de fidelidad a los hechos, la propia condición de recordar es casi un ejercicio literario, creativo. Y en este caso, creamos desde la interpretación del recuerdo. Nunca somos instante.

La llegada del verano estaba relacionada en la infancia con la recogida de ciruelas y con amores más o menos indefinidos. El recuerdo de la ciruela es la imagen de mi tía subida a los árboles de La Cancela, llena de hierbas y frutales. El recuerdo del amor es una joven que venía de lejos y andaba en el pueblo, también con sus tíos. Pasados los años nos volvimos a encontrar y todo fue diferente. No hay mucho más en la memoria.

El pasado mes, en un curso, nos animaron a que pensáramos en una fruta y un recuerdo. Escribí:

La primera vez que vi a la que ahora es mi mujer, yo recogía ciruelas rojas en la huerta familiar. Justo al lado, encaramada a uno de esos árboles, una joven también ponía en un cesto las suyas y de vez en cuando se llevaba una a la boca. Era el comienzo del verano. Las ciruelas refrescaban las tardes calurosas y esos encuentros, una vez al año, se convertían en lo único importante.

Ahora, cuando cada mañana extiendo la mermelada de ciruela en el pan todavía caliente y veo como sonríe mi mujer, pienso que quizá ella esté recordando una de esas tardes y lo que esta fruta hizo por los dos. De eso hace mucho tiempo.

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Recuerdos, Relato

Una casa vacía


la foto (13)

El silencio de la biblioteca ayuda a olvidar la apisonadora que asfalta mi calle estos días. La paredes de la casa hoy temblaron y pensé por un instante que todo el edificio podría venirse abajo. Fue un hogar construido por mi abuelo y donde ahora duermen personas que nada tienen que ver con esta familia salvo el que escribe. Poco queda del olor a leche en polvo las mañanas frías en la cocina de azulejos a cuadros de colores rojos y negros, del dormitorio con un espejo tramposo que deformaba nuestros rostros mientras dábamos saltos sobre la cama. El caimán disecado que sacaba algún tío loco para hacerlo correr por los amplios pasillos está en el ático de casa de mis padres, como la mesa del comedor, alguna copa de cristal y poco más.

Con el nuevo asfalto la calle está como nueva y luce más amplia. Todavía se pegan los pies por algunos tramos. Pero las casas son las mismas. La que está enfrente es una joya de los setenta abandonada. De vez en cuando, el dueño viene con un puñado de llaves  a abrir puertas y ventanas para que entre el aire. También vienen su mujer y su hija. Parecen seguirlo hacia el interior de alguna habitación. Y luego se van en un todoterreno en silencio. Y dejan la casa apagada de luces y de vida. Y la dejan sola, como si se despidieran con un “cuídate”.

No hay nada peor que decirle a alguien “cuídate”. Es como un adiós sano, gentil, un dejar que se vaya de la manera más blanda y estúpida. Lo menos que quiero es verte sufrir, así que “cuídate”, no te hagas más daño por donde vayas a pasar. Siempre uno de los dos intenta salir indemne del naufragio. A toda costa.

 

 

 

 

 

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Recuerdos

Apuntes


la foto (12)

Cuando estaba en la Universidad sólo pensaba en divertirme. Las mujeres movían el motor de aquellos años irrepetibles. Sonreír en silencio era la manera más consensuada y pacífica de buscar la empatía. Y en la biblioteca coqueteaba con las que transitaban entre los libros o permanecían en las mesas de madera impecables que daban a los grandes ventanales. La cuarta planta, en los días claros, mostraba una ciudad viva y siempre dispuesta a ofrecer cosas nuevas. Ahora uno piensa en que todo aquello estuvo bien, pero que quizá hice demasiado deporte, vida social, y en cambio anduve con ligereza sobre el propósito de un imberbe hipocondríaco y curioso: estudiar. La suerte, si existe, estaba allí. A lo largo de cuatro años me presentaron Aristóteles, Marcuse, Adorno, Nietzsche, Kant, Walter Benjamin, Marx, Horkheimer, Sartre. Les dí la mano y supe dónde andaban, pero solo fueron conocidos, nunca quise salir a tomar una copa con ellos, intimar para saber por qué habían escrito todas esas cosas que en un primer momento parecían tan interesantes, a la vez tediosas; tan abstractas o concretas; que no podías alcanzar con la vista o que pasaban a diario frente a tus ojos. Ahora reviso varios apuntes y agradezco que la vida te devuelva lo que movió a un adolescente a rellenar un formulario para acercarse, aunque sea de lejos, a la Filosofía. La mirada cambia con los años y se hace más aguda, consciente. Estos días deparo en aquel conocimiento que antes se quedaba, en su mayor parte, en la biblioteca, como las chicas olvidadas entre los sueños de un seductor. Ese saber quizás ha servido para capear algún temporal en el camino, para poner en perspectiva lo que aparentemente no tenía forma. Sócrates, que no dejó nada escrito, reaparece para quedarse, espero, el tiempo suficiente.

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La música del gimnasio


la foto

 

Imagino que lo de fuera es el mar. Eso siempre compensa. Pero solo es viento que arrasa la calle, dobla las hojas de las palmeras y seca los rostros de zombies matutinos en este tiempo imprevisible. Dices que la calima tiene que ver con el cambio de patrón de borrascas y anticiclones. Y es cierto, estamos más cerca de África, tan ajeno y  desconocido, que de cualquier capital europea con la que soñamos. La calima ya no es una excepción y tenemos que normalizarla. ¿No es bonito?: Navidad con calima.

Hace unos días que me cuesta escribir.  Es así, a veces uno está más fino, despierto, animado, activo, abierto al mundo. Otras no. Escribo en la biblioteca, en una mesa donde se amontonan los libros que ya nadie lee. Perece que jugar con el móvil se ha convertido en lo más entretenido. Internet, tan amigo y traicionero, atrae aquí a un grupo de imberbes que frotan la pantalla del celular hasta que sus dedos no pueden más. He oído que participan en un juego de estrategia. Me pregunto cuál, si debe ser mejor que la mía, si ya conocen algún plan para eliminar al enemigo. Cada uno busca su refugio. El silencio, en mi caso, ayuda a ordenar ideas.

La primera vez que pisé una biblioteca buscaba información sobre los animales de la sabana. El trabajo era averiguar la vida del león y el elefante. Vidas tan cercanas y diferentes. La señora Marisol nos ayudaba a encontrarlos entre aquella pesada enciclopedia de hojas amarillas que también escondía toda la verdad de países y cosas. Manejaba a la perfección el orden alfabético de las palabras.  Nunca la vi sonreír en aquellas tardes. Pensé que su voz era así, baja, precisa y cauta. Anotaba los préstamos en una cartulina que metía en una caja de madera. Tenía una letra apaisada y perfecta. Decía cuanto tiempo debías tener el libro en casa, dependiendo de un punto verde o rojo en el borde. Llegó Astérix, Tintín, Emilio Salgari, Julio Verne y luego  la colección del Barco de Vapor, El Misterio del Cuarto Amarillo, Elige tu propia aventura. En la biblioteca no había pantallas, todo estaba fijado por la precisión de la pequeña cartulina. Hace poco me crucé con la señora Marisol y descubrí una sonrisa, una ligereza despreocupada, como si supiera algún tipo de verdad sobre la libertad que había permanecido oculta aquellos años.

En este día atípico, por alguna razón,  pienso en la música del gimnasio. Una canción se ha quedado atascada entre el comienzo de algo. Miro a la ventana y susurro la melodía, ese motivo que repites en la ducha, cuando vas en bicicleta y aquí, entre los libros. Me pregunto por qué la cabeza nos castiga con algo que no queremos recordar. Suele pasar, pero justificarnos solo puede producir más cansancio. Qué mala es la música del gimnasio. Comparable a lo peor. Y lo peor es que no acaba de irse.

El mar sigue rugiendo afuera.

 

 

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Escondite


la foto (1)

 

Un simple juego, el escondite, puede provocar la alegría más espontánea. Hoy me convertí en un monstruo enorme y torpe que contaba hasta diez para buscar a Guillén, Marino y Hernán. Los tres corrían a ocultarse hacia alguna parte de la casa: debajo de la cama, tratando desaparecer entre las cortinas azuladas del baño; detrás de la puerta de lo que fue mi dormitorio; detrás del sillón color naranja, en medio de las conversaciones del salón.

La risa silenciosa e incontenible antes de ser descubierto, saber que están a punto de alcanzarte, lograr ser invisible como un gato salvaje que arrasa tu queso olvidado en la mesa de la cocina. Cada uno de ellos tenía esa ilusión inocente que hace olvidar cualquier preocupación adulta, a veces banal, absurda, innecesaria, inoportuna. Hubo un momento en que quise esconderme para que los tres me buscaran.

 

 

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The man who sold the world


la foto (8)

La vida puede cambiar en un instante, pero eso no lo sabíamos. The man who sold the world sonaba en aquel coche sin freno, lleno de energía adolescente, entre la oscuridad y las estrellas imposibles como una broma infinita. La guitarra de Kobain fue un mantra poderoso que nos llevó al abismo. Y vivimos para no contarlo, casi sin sangrar, sin gritar, en medio del frío, del volcán y  de la noche inmensa, generosa. En aquellos segundos hubo miedo. Las manos para cubrir la cabeza y el cuerpo encorvado. El instinto de escapar. Así nos protegimos. Nadie supo lo que nos había pasado. Cuanto menos habláramos, mejor.

Hace algunos días he vuelto a escuchar aquella canción. Los recuerdos conectados con la música, los himnos que pillaron a la generación de los noventa. En el viaje de EGB, imberbe y extremadamente delgado, con ganas de regresar a mi nido, compré un disco de Tracy Chapman junto a aquel Nevermind que cambió mi mirada. Por suerte, en casa había un reproductor de vinilos. Y todo me parecía demasiado interesante. Estaba en el ático, donde descubrimos que pasar el tiempo no significaba perderlo. Todos lo hicimos nuestro pero nadie se quedó allí, entre sus cortinas de colores. Ahora hay fotografías, libros, cuadros, pequeñas cajas de cartón con recortes, entradas de conciertos, cartas de lo que se suponía que era el amor, apuntes universitarios, papeles varios, cintas de cassette, una lámpara de pie que ilumina una bola blanca, un cocodrilo disecado con la boca abierta y boliches azules como ojos, una colección de historias de terror, un escritorio estrecho pintado de rojo, un telescopio por el que no se ha visto La Luna.

 

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Otra persona


la foto (3)

Un niño, un hombre que pudiera ser tu marido y no más de cinco años te han convertido en otra persona. Buscando que mi madre viera gente diferente, nos sentamos a comer unas croquetas. Allí estabas, tratando de evitar que el pequeño llorase, con otra mirada, sin aquella sonrisa, pero con signos inequívocos de tu identidad en el resto. Tu hombre no era el que hubiera imaginado para ti, pero a veces es difícil también comprender nuestras propias elecciones.

Aquel verano me mostraste los pasillos de la facultad de tu último año en Praga. Luego regresarías a San Petersburgo. Recorrimos la ciudad, sus murallas, como Kafka era el gran souvenir. Cruzamos enfadados el puente de Carlos en una noche clara. Tu estabas delante, como si tuvieras prisa. La lluvia anterior había dejado algunos charcos inofensivos. Los viejos edificios estaban iluminados como un escaparate universal. Te gustó el jazz en el estrecho U Maleho Glena. Compartimos cerveza con unos hermanos ingleses que vivían en Sudáfrica. Celebraban con su madre la alegría de vivir.

Dormí todas las noches solo en este encuentro surrealista. Cuando llegaba a la habitación sabía que la isla se estaba quemando. Los primeros desayunos fueron casi a la fuerza. La última noche comimos en el café del primer día, sin los nervios iniciales de los encuentros lejanos. Al regresar, me preguntaste por un libro estúpido que ahora no recuerdo.

Ayer te volví a ver. Bebías un San Francisco cuando la tarde ya era fresca. Y mientras nos alejábamos, entre las calles de La Laguna, mi madre supo de esta historia. “Claro que no tenías por qué saludarla”, dijo.

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21 cambios


la foto (11)

Un mundo con demasiadas opciones se presentó cuando comenzaron a llegar las bicicletas de 18 y 21 cambios. Ahora me pregunto para qué querías cambiar 21 veces en las calles de toda la vida. Pero lo cierto es que a nosotros, imberbes semisalvajes, toda aquella tecnología sobre ruedas nos parecía un milagro. Y de la moda del monopatín, un juego más sucio e indiscutiblemente americano, nos pasamos al entusiasmo de dar pedales.
Mi primera bicicleta era una Torrot de cross que alguien se llevó un día sin pedir permiso. Supuse que la habrían pintado de negro, como hacían los ladrones de bicicletas para esconder el delito y, aunque podría ser reconocible, puse poco interés en buscarla. En ese entonces, algunos afortunados tenían las Chooper, de tres marchas, irrompibles, poderosas, que caminaban a otro ritmo. Al cabo de los años llegó el milagro y me regalaron la pesada Orbea, que mantuve un tiempo hasta verla  morir deshuesada en el garaje de mi tía. Perico Delgado era un valiente escalador e Indurain ya estaba convertido en superhéroe. Comenzaban a verse unos pocos locos desafiando el tráfico con una bici de carreras. Un amigo, que venía los veranos de Barcelona, empotró su cabeza entre los barrotes de la casa de su abuela porque los frenos sujetos a aquellos manillares circulares fallaron. No todo el mundo podía conducir una bicicleta de anémica estructura, que te ataba los pies de una extraña manera y agachaba tu cuerpo hasta que parecieras un galgo.

Encuentro en el mecanismo de la bicicleta una forma placentera de andar por el mundo. Puedes disfrutar de una tarde fresca mientras ruedas en silencio por algún paseo marítimo. Puedes atravesar la ciudad iluminada en las noches de verano. Puedes alcanzar las cimas más altas entre el dolor y el placer. Puedes, simplemente, dejarte llevar mientras la brisa inofensiva golpea tu rostro. En la mayoría de los casos no necesitas 21 cambios. La mayor parte de las cosas por las que te preocupas nunca pasan.

 

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Brisa


la foto (8)

Nos pusieron en una mesa redonda para comer. Estaba allí para cubrir una especie de congreso sobre psiquiatría centrado en los familiares de los enfermos. De la comida solo recuerdo la última bola de helado de vainilla derretida en aquella sala gris. Los camareros, jóvenes imberbes y silenciosos, entraban y salían en fila de alguna parte. Entablé conversación con una psiquiatra, tendría alrededor de cincuenta años y aparentaba disfrutar de la vida. Era de Bilbao, especialmente educada. Sin un gesto de más y de amable mirada, se sentaba con la espada recta como si supiese todas las respuestas. Estuvimos hablando de algunos casos, algunos libros, de las paradojas del alma humana. Tenía mucho sentido del humor. Quizás eso le salvaba de sí misma. No quise entrar en detalles sobre mis fantasmas, sencillamente no era el momento. Pero por alguna razón, estaba nervioso. Aquella época, las dudas, las cosas que soñaba hacer y no hacía, la necesidad de encontrar aprobación entre los que me rodeaban, la identidad, mi especial sensibilidad ante lo aparentemente normal, lo que sobraba, lo que no me gustaba. Todo aquello llegaba de pronto, sin avisar, y una manera de calmarme era pensar en el mar y en la música. Y de eso también hablamos. Me dijo que escuchaba a Keith Jarrett, que tenía varios de sus discos. Los ponía mientras preparaba la cena, tal vez en su apartamento. Imaginé que vivía en un edificio alto, en el centro. Tenías que descalzarte al entrar. Podías ver la Ría atravesando la ciudad. Las personas eran pequeños puntos silenciosos. La luz llegaba al salón a través de grandes ventanales. Confesó que no entendía de acordes, de estructuras ni estilos. Tampoco trataba de entenderlo. Solo disfrutaba.

Cuando ya no había más café nos levantamos de la mesa. El congreso seguía su curso. Al día siguiente, el edificio sería un espacio vacío donde otra gente vendría a contar otras cosas. Fuera, el cielo estaba azul y hacía calor. Arranqué el coche y bajé las ventanillas. Empezaba la tarde y el verano se marchaba. Que llegara la brisa era cuestión de minutos.

 

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Recuerdos

Nadie se entera


 

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En casa llegaron a sonar a la vez más de diez máquinas de escribir. Por alguna razón mi madre se hizo profesora de mecanografía. Sus alumnos copiaban palabras de un libro de tapa dura color naranja. El método obligaba a empezar con las que estaban en la primera línea, por ejemplo: “equipo”, “trepo” o “torero”. Luego pasabas a la segunda fila y así ibas conociendo dónde estaban las teclas. Los más avanzados se atrevían con los dictados, atentos a una voz al otro lado del cassette que decía “el gran mecanógrafo…”. Los rodillos de aquellas Olivetti de hierro no paraban. Cada letra percutía sobre una cinta de tinta negra y roja que impregnaba el papel en una milésima de segundo. Aquellas palabras daban vida a los textos.

Sin unos dedos en forma no podías ser un buen mecanógrafo y, por lo tanto, era conveniente aprender esa habilidad que te colocaba con pie y medio en cualquier oficina de trámite administrativo. Eso nunca estuvo a mi alcance porque de pequeño, una puerta trituró mi dedo índice hasta dejarlo inútil en medio de un chaco de sangre. El médico cosió la herida  y olvidó enderezar el milagroso mecanismo de la falange. El resultado es un dedo con limitaciones que intento disimular no sin esfuerzo. Para enfrentarme al teclado, combino dos dedos de cada mano y entre errores voy avanzando. Si me hubiesen hecho una prueba de disparo cuando el cuartel era obligatorio quizás hubiera salido exento de aquel disparate. El accidente, el dolor, la puerta. Todo eso me lo contaron. Ningún recuerdo.

Lo cierto es que aquellas clases de mecanografía que olían a folio, hierro y a tinta fueron perdiendo fuerza con las primeras máquinas electrónicas y luego los ordenadores. La tecnología dio paso a otra cosa que se llamó “escribir con todos los dedos”. Antes, te podías permitir pocos fallos sobre el papel porque, hicieras lo que hicieras, se notaba.  Ahora, si algo has hecho mal lo borras de un plumazo y nadie se entera.

 

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