Música

Espacios


 

ALEMANIA

Volvía a los discos y a los libros  porque creía que allí estaban las claves para interpretar el mundo. Se preguntaba si esto acaso era un vínculo ficticio y material, una relación de costumbre que se había convertido en su única esperanza. Buscaba ese vínculo con lo que a simple vista no se ve y regresaba a un espacio donde otras fuerzas lo empujaban hacia algún lugar, con la única certeza de lo que importaba por encima de todo era vivir, tras haber sentido que entre las notas y las letras, en espacios inacabables, estaba casi todo.

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Bebo


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Durante más de treinta años Bebo Valdés vivió en Estocolmo como un cubano en el anonimato, tocando en los bares de los hoteles la música que aprendió durante toda su vida. Eso fue después de exiliarse de su país sobre 1960, después de triunfar como arreglista y compositor, pianista, en el famoso ballet Tropicana, grabar junto a Nat King Cole, tocar con Israel López, ‘Cachao’ e inventar la batanga.
Tuve la suerte de conocer a Bebo Valdés en una de las primeras entrevistas que hacía un chico en prácticas, hace diez años, sin ser consciente de que estaba ante un hombre grande en todos los sentidos. Me enviaron  a preguntarle al pianista cómo se sentía al encontrarse con su hijo Chucho Valdés en Tenerife. Recuerdo que llegó de frente, él estaba ensayando con el piano en un cuarto y salió. Me pareció un hombre muy alto y sobre todo muy alegre (eso se tiene o no  se tiene, no hay que darle demasiadas vueltas). Solo fueron unos minutos, y me dio la mano, y me dio las gracias, y me dijo adiós con una sonrisa irrepetible. Bebo fue de esas personas que trasmiten bondad y sencillez cuando respiran, una vitalidad llena de paciencia, fuera de lo común. Porque es difícil vivir con paciencia  y yo creo que eso fue una de las cosas que supo dominar, como todos esos ritmos que nacieron en África, que se mezclaron en Cuba y que Bebo absorbió, respiró, al hacerse músico. Murió esta semana a los 94 años. Antes grabó con su hijo Chucho Juntos para siempre. Bebo fue feliz con el piano, el instrumento que todos deberíamos saber tocar.

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Autoficción


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Hay libros con los que te enfrentas, como un ejercicio voluntario de comprensión, y otros que sencillamente recorres de arriba abajo con placer en unos días. Lugares que no quiero compartir con Nadie (Seix Barral) es uno de ellos, donde Elvira Lindo cuenta su experiencia como ciudadana, escritora, mujer, en la ciudad de Nueva York.  Nunca he estado allí pero es  de esos sitios que mucha gente querría visitar antes de abandonar este mundo. Supongo que para más de uno su paisaje urbano universal, forma parte de ficciones y sueños: pasear un día soleado junto al Hudson,  recorrer en bici Central Park, ir a un club de jazz, caminar por la Quinta Avenida, tomar algo en Brooklyn.

Elvira Lindo describe con inteligencia cotidiana  los rincones de esta ciudad, sobre todo restaurantes, bares y tiendas variopintas, mientras intenta poner orden a sus fragilidades. «No se puede vivir del aire, ni entregarse a una espiritualidad que no permita el retorno a los placeres prosaicos, ni estar en paz contigo mismo que no te permitas tentaciones y deseos», dice.  Vuelvo a coger ahora este libro no sé por qué motivo, pero me apetecía regresar a esa ciudad, entender que la literatura puede estar en cualquier parte.

Sobre Nueva York también escribe, el joven escritor Teju Cole, en Ciudad Abierta (Acantilado). Este libro, premio Pen Hemingway 2012 , cuenta la historia de un joven psiquiatra nigeriano que trabaja en un hospital neoyorkino. Sus paseos solitarios por la ciudad, las descripciones envolventes hacen que el relato vaya más allá de un recorrido por espacios físicos, y cuente un viaje a rincones emocionales y emocionantes.

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Tengo en el coche a Neil Halstead. Su último disco se llama Palindrome Hunches

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Hazlo


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En estos momentos no sabes si ir rápido o despacio. Qué importa eso cuando ya todo ha acabado, y solo quedas tú, en  la mitad de las noches y los días, en medio de toda esa gente que camina por las calles, que atraviesa cielos y autopistas, montañas, mares y bosques, que no para de moverse en busca de un sentido.

Hazlo, aunque te duela el pecho como si un enorme pájaro de hierro se posase sobre tus hombros. El mundo todavía existe. Nadie sabe dónde iremos ahora; las profecías son un invento de los hombres,  como los calendarios y los dioses. Quizás el arte nos lleve a alguna parte cercana a la honestidad.

We Are We Now? es lo último de David Bowie.

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Lazos


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Hace un rato ha caído un ligero sereno, suficiente para dar paso al frío y acabar con este tiempo ambiguo que se resistía a tocar las puertas del invierno. Aunque nunca se sabe cómo puede acabar el día. De momento está nublado, algunos pájaros han comenzado a cantar y un perro encerrado ladra sin demasiado interés.

Ahora escucho Sugaring Season, el último de Beth Orton mientras intento poner orden a la casa: limpiar el polvo, ordenar la ropa, abrir las ventanas, fregar el piso y en general,  esas cosas que puestas en su sitio te hacen sentir mejor. Something More Beautiful  parece una buena canción, pero de alguna manera te das cuenta que tarde o temprano te cansarás de ella y del disco. Hay cosas que se presentan ante ti y sabes que no durarán mucho. Sin aplicar una lógica determinada, un día ya no quieres saber de ellas, las apartas, las arrinconas en cualquier lugar visible donde no moleste. Sí, por el hecho de tenerlas controladas. Con los discos de Beth Orton me pasa esto. Ahí están, pero no significan demasiado. Y es que uno siempre vuelve a Mozart, como el que necesita el mar o perderse en la montaña. Los conciertos para piano, las sonatas, los conciertos para clarinete, la arias de ópera, la música de cámara, toda su obra es una constate que viene y va, pero nunca pierde importancia, simplemente siempre está ahí como un regalo agradecido, con la bondad de esa mascota, un perro, un gato, que nunca te pide nada a cambio: siempre está contento cuando te ve.

Hablar de la Navidad resulta un poco cansino cuando todo el mundo habla de ella. Solo decir que el calendario es un invento humano, y que los inventos son buenos si funcionan, para bien o para mal. Este estado global de cohesión sentimental y connotación religiosa ha perdurado mucho durante nuestros días ficticios, y todo indica que lo seguirá haciendo mientras el banquete nos empuje a celebrar los lazos contradictorios de la familia.

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Arcoíris


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De regreso a casa he vuelto a encontrar el arcoíris. Es la segunda vez que me ocurre en menos de dos días. Esto no quiere decir nada, excepto que la naturaleza siempre te puede sorprender incluso a las puertas de tu casa. La lluvia y el sol hacen que se formen los colores de la vida, que están aquí y allá,  en cualquier lugar donde nadie ha logrado llegar.

Parece que hay algo mágico en cada montaña que contemplo mientras vengo y voy al trabajo.  Pienso que antes no existía esta carretera, ni los edificios, ni los pueblos, solo esas montañas inmutables y protagonistas del paisaje.

Llevo algunos días buscando la canción perfecta y aunque sé que no existe, en esa lucha estoy. Tampoco existe la mujer perfecta,  ni la historia perfecta, pero eso es algo que se aprende con el tiempo y hay que tener paciencia. Desde el momento que lo aceptes creo que te sentirás mejor, pues seguramente todo se diluya en la nada, y por lo tanto,  lo más recomendable es disfrutar de los días y las horas sin demasiadas pretensiones.

Hoy por aquí ha salido el sol para quedarse un rato. Escucho el canto de los  pájaros que viven encerrados en sus jaulas. También escucho otros pájaros que se acercan  desde el cielo libre a las jaulas de los que viven encerrados e igualmente cantan.

El sol se irá pronto para dejar paso a las nubes hasta que vuelva a bajar la  temperatura por la noche. Así se está comportando el otoño, una lucha entre la luz y la oscuridad que afortunadamente deja el agua como regalo del tiempo.

Esta mañana me he levantado con el pensamiento de no volver al lugar donde estuve. De alguna manera las circunstancias te van llevando que ya no tengas necesidad de ciertas cosas en este momento, y no hay por qué demostrárselo a nadie. La clave es no tener miedo cuando algo cambie de color y mucho menos cuando los colores se muestren un día cualquiera ante ti, sin avisar, de manera natural, como lo hace el arcoíris.

Alguien me ha dicho esta semana que le gusta esta canción.

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Un hombre normal


El hombre apaga las luces y sale de la oficina. Antes conecta la alarma y comprueba que todo está en orden. Así hace todos los días al abandonar su trabajo. También como todos los días ya es de noche y el hombre mira hacia el cielo. Distingue las estrellas que están al alcance de la vista. No hay una sola nube para cubrir nada. Así lleva meses la noche comportándose. Pero el hombre decide no prestar más atención a lo que hay encima de su cabeza, tan lejano y presente a la vez.

Sube a su coche y arranca. Llega a la avenida central donde le esperan una inmensa fila de semáforos que dirigen el ritmo de la ciudad. El rojo manda y detiene el coche. El hombre enciende la radio para escuhar nada interesante, pura mala noticia.  Opta por un disco: Standarts and ballads, de Winton Marsalis. Esa música parece ideal para atravesar la avenida donde cruzan los peatones, ajenos a todo lo que pasa en el interior de su coche. Una mujer es la última en cruzar. Lleva puestos unos vaqueros y una especie de rebeca de lana que le llega por las rodillas. Tiene el pelo recogido con una larga traba de madera y arrastra una maleta. O acaba de llegar o está a punto de abandonar este sitio. El hombre se pregunta quién será y siente que ya no la volverá a verla. Pero qué importa eso ahora en unos segundos donde los coches dejan paso al devenir de las personas.

El coche sigue su curso por el carril de siempre. El hombre abre la ventanilla y la brisa de la ciudad golpea su frente. Poco a poco su cuerpo se va adaptando al aire renovado, y comienza a bostezar, a olvidarse de las tareas pendientes, y a sentir como en esta noche cualquiera quizás ocurra algo extraordinario. El hombre siempre espera una sorpresa.

Al abandonar la ciudad por el puente de hierro puede ver las luces de los barcos atracados en el inmenso muelle. Suena  After you have gone y cierra las ventanas para escucharla mejor. De pronto piensa si este es el trayecto que va a seguir recorriendo el resto de los días, si nada, por pequeño que sea, va cambiar. A través de las rendijas de la calefacción se cuela un fino hilo de miedo que no abandonará al hombre hasta llegar a su casa.

Una amplia sonrisa recibe al hombre. Su mujer pregunta cómo ha ido el día mientras  el hombre deja sus cosas y abre una cerveza bien fría. Durante la cena observan el telediario por la pequeña televisión de la cocina. Nada  interesante, pura mala noticia.  El hombre se come todo lo que está en el plato sin pausa. Luego cae en el sofá donde  tarda en encontrar algo decente que ver. La mejor opción es el boxeo, esos combates de leyenda que repiten de vez en cuando. Su mujer prefiere ir a leer al dormitorio. El hombre permanece en la sala hasta que sus ojos no pueden más. Debe ir a la cama. Es como la orden del semáforo en rojo. Si sigue en el sofá se levantará de madrugada desorientado y luego le costará volver a coger el sueño. Incluso en su casa, es mejor no dejarse llevar demasiado.

Su mujer duerme de costado, profundamente,  como si alguien le hubiese ordenado un reposo absoluto. De pronto el hombre nota como el fino hilo de miedo entra por la rendija de la ventana y baja hasta el piso. El hombre abraza a su mujer y cierra los ojos pagando la cara en su espalda. El hilo de miedo abandona el cuarto por el mismo lugar donde entró.

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He vuelto a retomar a Paul Buchanan

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KURTZ, love gets in the way


A Dani lo conocí cuando trabajaba de camarero en un bar para turistas, de los que sirven sopa de tomate de bote. Allí se enamoró de Flori, una bonita chica rumana, siempre amable y sonriente,  que fue su pareja un par de veces, intermitentes, hasta que lo dejó por otro. Antes de pasar por la oficina  yo solía tomar café en su trabajo. Nos hicimos amigos, digamos que teníamos cosas en común: los discos, salir a tomar una cerveza y esa propensión a la melancolía. Dani adoraba a Bruce Springsteen, de hecho me regaló un cd suyo que lo debo tener por ahí, aunque nunca comprendí tanta admiración. También descubrí a Tom Waits.

Sólo fui una vez a su apartamento  y sonaba John Scofield en That,s  What i say: un  homenaje a  Ray Charles que días después compraría y aún escucho con entusiasmo. Guadaba los discos en cajas de zapatos. Me mostró Britches Brew, de Miles Davis, que yo andaba buscando.

Lo cierto es que Dani y yo fuimos a ver a Dyana Kurtz, la cantante americana que no recuerdo cómo llegó a mis oídos.  Postcards from Down Town es uno de  sus trabajos.

Llegamos  en mi coche a la Orotava. Yo tenía un dolor de cuello tremendo. Recuerdo el  estúpido dolor de ese día. Nos metimos la Casa Lercaro y apareció sobre el escenario una mujer alta, con una guitarra acústica. Repasó su repertorio en medio de dos maniquíes sin tronco, sólo con piernas, algo muy curioso. Acabó el  concierto y no sacamos fotos con Kurtz, muy amable.  Me firmó el que era entonces su último disco, Another Black Feather, que recomiendo, como todos los de esta mujer.

Volvimos al Sur. Dani me dijo que le pasara las fotos del concierto. No recuerdo si lo hice. Algunas mañanas pongo Love Gets in the Way, que muchos corearon el día del concierto para mi sorpresa. Pensaba ingenuo que yo era el único en la isla que había disfrutado de esta maravillosa canción.

Dani se fue de esta tierra harto de no encontrar su espacio. Hablé con él una vez por teléfono. Regresó a  La Coruña y allí supongo que seguirá comprando discos, quizás guardándolos en cajas de zapatos.

http://www.daynakurtz.com

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