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Goteborg


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En esta isla se puede ver la nieve en el Teide desde el agua marina de diciembre. Hace ya un mes que la primavera dejó un verano anticipado, ese que hace a los árboles y otras plantas más resistentes, a los lagartos más dueños de las piedras. Las personas que antes se quejaban del frío ahora lo hacen del calor. Salvo las excepciones de un almanaque contradictorio, el sol se mantendrá hasta octubre, cuando las nubes de agua comiencen a invadir las medianías y las primeras gotas lleguen a una tierra sedienta. El clima lo inventaron los turistas. Hace que comamos, vistamos, durmamos y pensemos diferente. Los nórdicos, convencidos de las propiedades del salitre, vuelven en verano al puerto de Goteborg, donde el sol flota en las noches frescas, mientras aquí huele a la pólvora de los fuegos artificiales en las fiestas de la costa y a la crema hidratante de las pieles vencidas por el calor. En invierno, los nórdicos regresan a aliviar los dolores de sus huesos en la orilla de un mar que para nosotros ya es imposible.

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Sueño


 

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El parpadeo del televisor te ha despertado. El mapa de Australia está lleno de nubes y soles. Indica 28 de máxima en Darwin mientras la mínima deja frío en Melbourne. Estás recostada en el sofá, aturdida por un sueño que no recuerdas. Prefieres quedarte quieta y pareces disfrutar viendo qué tiempo hace al otro lado del mundo. Es probable que allí la mayoría de la gente esté almorzando mientras la noche no ha dejado de caer hasta lo más oscuro en este lado del planeta, donde mañana anuncian más calor. Te resulta difícil comprender como la tierra y el resto del universo se mueven de esta manera sin cometer un error que pare por un instante el invento. Cómo toda esa naturaleza sigue su curso al margen de cualquiera de nosotros.
Te levantas y abres la ventana. Escuchas un ladrido lejano que se repite hasta perderse. Ni rastro de gente ni de luces. Todos los vecinos duermen en sus camas y los coches se enfrían en los garajes. Apagas la tele, te lavas los dientes y la cara. Miras al espejo y fuerzas una sonrisa. Ya en la cama, boca arriba, con un pie fuera de las sábanas, mirando a la lámpara del techo, consigues recordar algo de lo que has soñado mientras caías vencida en sofá. «No es nada importante», «no es nada importante», » no es nada importante», dices una y otra vez mientras cierras definitivamente los ojos.

 

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Postal


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“Tierra desacostumbrada” es el primer relato del libro que lleva su nombre. Su autora es Jhumpa Lahiri, escritora londinense hija de padres bengalíes que creció en Estados Unidos. El New York Times lo nombró  Mejor Libro del Año en 2008. Aparentemente, cuenta la relación entre un padre que vuelve a recuperar la ilusión tras la jubilación y su hija. Aunque habla de más cosas: del paso del tiempo, de la culpa, de que no podemos controlar los sentimientos de otros porque hay ciertas cosas ajenas a nuestra voluntad, del peso de la familia, de la importancia de sentirse querido, de que pensábamos que nuestra felicidad llegaría al tener un hijo y un marido, del amor después del amor, de la gratitud.

El padre ha quedado viudo y viaja por Europa para seguir conociendo el mundo que imaginó. Llega a Seattle para ver a su hija, quizá con la intención de quedarse. Pasa unos días agradables en la compañía de su nieto y de esa joven con un marido sumergido en el trabajo. Pero el padre necesita vivir de otra manera.  “No quería ser parte de otra familia(…) de una casa enorme que no hará más que llenarse de cosas conforme el paso de los años, conforme crecían los niños”. No quería vivir “en los márgenes de la vida de su hija y a la sombra de un matrimonio”.

En uno de sus  viajes, el padre conoce una mujer con la que entabla una relación especial y a la que escribe, como un adolescente, una postal desde Seattle. Pero la postal se pierde y su hija la descubre cuando ya el padre está en el aeropuerto. La  joven, consciente de que tiene que aceptar las cosas tal y como se desarrollan,  saca del cajón la tira de sellos y pega uno en la carta dirigida a esa mujer que no conoce, con la que su padre dormirá en algún hotel de Europa. Y este relato se desarrolla así, cubierto de una belleza cotidiana que te atrapa como la curiosidad de lo desconocido. Que se incrusta en el alma como una tuerca en el asfalto.

 

 

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Hombres sin mujeres


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Demasiada información, estímulos, pensamientos, distracciones, pasado, futuro, presente. No estoy concentrado para escribir pero me pongo al teclado a ver si surge alguna idea provechosa. Algo parecido hacen algunos, historias que brotan de la nada y, de alguna manera, van tomando forma hasta desembocar en un final inesperado. Haruki Murakami es un especialista es eso. Un corredor de fondo con la paciencia suficiente para esperar el golpe definitivo cuando encuentra el momento. Un tipo metódico que en un partido de béisbol se dio cuenta de que quería ser escritor. Luego dejó el local de jazz que regentaba y se puso a ello. Parece un personaje sacado de sus propias historias. Hubo una época, cuando me atraían los retratos solitarios y e hipersensibles, que devoraba todo lo de este hombre. ‘Sauce ciego mujer dormida’, ‘Sputnik mi amor’, ‘Tokio blues’, ‘Kafka en la Orilla’, ‘Al sur de la frontera al Oeste del Sol’, ‘Underground’, ‘Crónica de un Pájaro’… ‘De qué hablo cuando hablo de correr’, etcétera. El último libro de Murakami, ‘Hombres sin mujeres’, es un compendio de cuentos y personajes con un denominador común. En el primero un hombre contrata a una chica para que conduzca su coche. En los trayectos este actor cuenta como su mujer, que ha fallecido, le engañaba con un amigo suyo, con el que bebe whisky algunas noches sin reproches. En otro una joven se cuela en casas vacías y descansa en la cama del chico hasta que va perdiendo paulatinamente esa extraña atracción de habitar lo ajeno. En ocasiones Murakami camina de un lado para otro como si no supiera dónde quiere llegar, qué rumbo coger. Quizás allí esté su atractivo, el de dejarse llevar sin brújula por los propios acontecimientos de la trama, caminando entre lo real y lo fantástico, entre lo onírico y lo absurdo. Pero todo esto puede resultar engañoso, pues no olvidemos que Murakami es un corredor de fondo que establece una meta desde la salida. Nadie sabe lo que piensa mientras corre. Puede que gran parte de sus ficciones ocurran entre el asfalto.

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Semana Santa


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A veces he pensado en escribir sobre cosas más concretas que interesen a la gente. Leo blogs especializados en comida, libros, música, viajes, política, moda, deporte, que aconsejan, descubren, opinan, sugieren, facilitan, informan. Pero uno es incapaz de centrase en algo porque a la vez es un poco de todo eso. Así que de  «música en el coche,», de momento, solo salen las cosas de una manera: historias de mentira y ficciones reales que tienen la modesta intención de entretener y que tratan de buscar la belleza, aunque sea sintiéndola pasar como la brisa nocturna de un puerto pesquero. Si en medio de una canción una frase lo dice todo, la secuestro y la meto en casa a ver qué pasa. Por lo demás, en este cuaderno solo hay una manera especial de mirar una playa, una noche de estrellas, el saludo de un turista, de escuchar el camión de la basura, los ladridos de los perros cuando ya nadie pasa por la calle, de sentir y de agarrar el volante del coche, de caminar entre la gente. También hay soledad. De la buena y de la mala. Porque escribir es un antídoto cuando se siente uno perdido. Siempre lo digo, escribir es muy difícil y yo le tengo mucho respeto a la literatura. Algunos párrafos (eso que en un gesto de consuelo llamo futuro libro) sobreviven en el ordenador y no paro de corregirlos. Ya son micro relatos y a este paso puede que la mayoría sigan minimizándose hasta quedar reducidos a la nada. En definitiva eso seremos todos cuando ya no escuchemos, miremos o sintamos.
Afuera hay tres chicos que gritan. Juegan con un viejo balón de fútbol mientras bajan la calle. Uno está especialmente alterado. «Vamos Omar, hijo de puta», entiendo. Luego se alejan y pasa un coche muy despacio. A estas horas solo quedan los pájaros que cantan en los árboles y en alguna jaula anónima. También alguien conversa en voz baja. La tarde está fresca. La noche vendrá en pocos minutos. Es de lo único que estoy seguro. De la Semana Santa, ni rastro.

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Almendros


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Caminos que te llevan a lugares donde no hay cables. Nadie habla tu idioma. Sólo hay plantas y animales ocultos. Algún pájaro te ha visto. Dejas el coche en lo alto de la ciudad, en esa montaña donde se ven las cosas de otra manera. Bajas por el camino que te llama. Sólo hay viento, tierra seca y roja. Corres y sudas. No sientes frío, sino ganas de llegar a algún lugar donde pueda ser suficiente. Miras atrás, piensas en volver. Te has alejado demasiado pero continúas corriendo. Ves el río y te acercas. Hay peces en el agua helada. Cruzas por las piedras al otro lado y vuelves a subir hacia la montaña. Ves el valle por primera vez cubierto de almendros. Las flores pronto caerán cuando el tiempo quiera. El pájaro se ha ido. El sol calienta tu cara fría. Sientes que has llegado, por fin, a cualquier parte.

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Ideas


La noche fría y clara ya muestra los signos del otoño. Las estrellas aparecen generosas e imposibles. Hace un instante escuché a un perro que ladraba como si tratase de escapar de su dueño. Los gatos han desaparecido. El vecino camina descalzo sobre tu cabeza. Notas como el orden de los objetos que habitan la casa se distorsiona. Generan un murmullo casi imperceptible que no conviene mantener por mucho tiempo. Decides salir al balcón y dejar que entre el aire y salgan algunas ideas inútiles. Todo lo que pasa fuera no depende de ti. A estas horas los coches dejan de andar por las calles. Solo fugaces y lejanas conversaciones mitigan el silencio de esta esquina. Piensas que el mundo está lleno de belleza y contradicción. De enormidad y pequeñez. Buscas alguna razón para seguir con la ilusión de libertad.

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Cine y gimnasia rítmica


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De pronto llegó la gimnasia rítmica al pueblo y la mayoría de las chicas se sumaron a esa fiebre. No tardaron en ponerse esas mallas y zapatillas mínimas que sólo eran útiles al caminar sobre la punta del pie. La disciplina incluía una tabla inicial de estiramientos y diversas coreografías. Algunas chicas lograron tener especial flexibilidad y se arqueaban como serpientes ante la mirada de las más rígidas, conscientes de que su cuerpo no daba para demasiados malabarismos. Fue una profesora la que introdujo todo. Acostumbrada a tratar con adolescentes, un espejo para ellas; unos calentadores cubrían sus piernas atléticas, completamente maquillada, escondiendo el paso de la vida por su rostro. La gimnasia rítmica se daba en los colegios y en el cine. Allí acudíamos nosotros los chicos, a contemplar como los cuerpos se movían al son de los maestros rusos. En el cine, las mirábamos como gatos a cierta distancia, tarde tras tarde, situados en las butacas que habían dejado al final de la sala. Las primeras chicas que llegaban estiraban la enorme moqueta y lanzaban las masas, pelotas y los aros al aire, algunas con más destreza que otras. El cine ya no era un sitio donde se viesen películas. Poco a poco se fue trasformando en algo diferente que no logró cobrar identidad: lugar con escenario, salón de fiestas, fumadero, hasta que fue derrumbado para hacer un auditorio. En el cine vi por primera vez «E.T.» y «Lo que el viento se llevó», además de innumerables películas del oeste y artes marciales, que para nosotros eran de kárate. Aquellas películas nos emocionaban tanto que aplicábamos las patadas, sin éxito, nada más acabar la sesión. Había un descanso en la mitad e íbamos a la cantina a por millo y pipas. Una moda era tirar pipas al otro y hacerse el loco. Otra era levantar  con el pie por detrás el asiento de la butaca. Los que podían lo hacían, solo para joder al otro. «Tápate la boca», recuerdo esa frase al salir del cine.

Las dos cosas, el cine y la gimnasia rítmica, desaparecieron. Las chicas se hicieron mayores y abandonaron la disciplina sistemática que requiere este arte en movimiento. El cine cerró y nosotros nos olvidamos de todo.

 

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La loca


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La loca decía que cerráramos los ojos mientras nos ponía  a Mozart en aquellas tardes que se hacían eternas, después de comer, cuando muchos chicos se dormían sobre pupitre y otros esperaban a que sonara el timbre para llegar a sus casas a perder el tiempo. La loca nos pedía que  pensáramos por un momento en la música y que nos trasladásemos a un bosque, una playa, un salón de baile, escenarios lejanos, sueños del futuro que solo existían en nuestra mente y en otro mundo. Vino al colegio a sustituir a un profesor y se quedó algo más de un año. Era más bien baja, una piel morena de nacimiento y llevaba siempre un bolso de cuero lleno de papeles. No recuerdo más de ella.

Le llamábamos la loca y así se quedó. Vino a sugerirnos que nos parásemos a pensar en aquella música y a invitarnos a pasar un momento quietos, lejos de la cancha de fútbol, del escondite, de los volcanes, de las guerras de verodes, del monopatín, del trompo, del “salto donde caiga”.  Todo eso era de lo que podíamos hablar. Nadie podía hablar de un extenso bosque o un río porque nadie  había estado allí. Sin embargo, aquellas escuchas somnolientas en las tardes de colegio quedaron en algún rincón de mi memoria. No hubiésemos imaginado que para algunos de los imberbes de la clase, Mozart siempre estaría ahí, cuando hiciera falta, como un tónico reconstituyente que pasa por la piel y el aire que respiramos ahora, en estas primeras mañanas y noches frescas.

Como si el tiempo no hubiese pasado por ella, me pereció verla el otro día,  pero supongo que se trataba de otra persona, pues la loca ya andará, con suerte, en la última etapa de su vida. Estuve a punto de llamarla pero nunca supe cual era su nombre. En esa época era lo de menos, pues para todos era la loca.

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Miopía


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La muerte ha estado por aquí solo de paso y con una media sonrisa ha saludado como si ya me conociera. Llevo días pensado en aquella noche donde apareció  por primera vez, a su estilo, de manera siempre inesperada. Fue una noche clara de verano, cuando ver las estrellas era como hacer un viaje lejano al alcance de nuestra mano. Éramos demasiado jóvenes para pensar que la muerte pasaría a saludarnos; demasiado incluso para pensar que algo extraordinario, que no fuera divertirse, podría pasarnos. En el coche sonaba Nirvana. Qué otra cosa podíamos escuchar aquellos chicos que se dejaban llevar por una vida ociosa y soñaban con lo mejor, evitando ser personas desgraciadas, marcadas por algún tipo de destino que nos impidiese caminar. La música del coche era alguna canción de la última etapa antes de que Cobain se diera un tiro. Todavía suena en mi cabeza aquella guitarra triste que hacía que todos nos pusiéramos contentos, moviendo el cuello de arriba abajo, con una afirmación del bienestar libre de preocupaciones.  Ese disco, que se traducía como «desenchufado», no lo he vuelto a poner. Sus canciones quedaron entre el paisaje de Las Cañadas.

Ya el instituto no veía de lejos y comencé a usar gafas. Aquella noche quedaron debajo del coche y los días posteriores Miguel me preguntó por qué no me las ponía. Y se reía de la situación del miope que ocultaba algo y yo me reía con Miguel, porque con pocas personas me he reído tanto en la vida. Los días posteriores fui al lugar donde el coche cayó, un pequeño desnivel con algunas piedras. Sin un solo pino. Caímos a la derecha de la carretera, dando vueltas con un golpe de volante, escapando del otro lado, un abismo donde probablemente habríamos muerto todos, los cinco que hicimos ese viaje al alcance de nuestra mano.

Fueron unos segundos de ruido, entraba tierra por todas partes hasta que el coche se detuvo y quedamos varados en aquel páramo. Era el camino de vuelta y ya hacía el frío que solo existe en el monte. Un frío seco, lejano, silencioso e incluso cruel. Salimos del coche por nuestros propios medios y alguno lloraba de miedo, no de dolor. Alguien nos llevó al pueblo más cercano, donde pudimos lavarnos pequeñas heridas y beber algo de agua. Y nos fuimos a nuestras casas y pasé la noche con los ojos abiertos. En algún momento vomité y en algún momento logré dormir. Nunca dije nada a mis padres.

Al día siguiente tenía que tocar con la banda en una procesión. Y todo ese desfile parecía más lento. Y otra vez nadie hablaba y el calor volvía a golpear nuestras cabezas como aquellos veranos más fuertes. En cientos de procesiones similares había caminado con un tambor  casi más grande que yo para acompañar al cientos de santos. Pero ese día fue quizás diferente. Por la noche había estado en ese mismo pueblo lavándome las heridas, en medio de una fiesta ajena a cualquier accidente en las alturas. Ahora casi todos los jóvenes dormían y apenas unos músicos enamorados del sonido recorrían las calles vacías, en una formación casi perfecta, como un acto de fe hasta meter aquellos santos en la iglesia. Luego sonaría el himno y correríamos a por un refresco gratis.

Después de todo aquello, había pasado  una semana y entre  los restos de cristales que dejó el coche encontré las gafas intactas, colocadas  en un pequeño hueco entre el volcán, como si el azar hubiese hecho que quedaran protegidas de cualquier amenaza. Y volví ver de lejos, a tener una perspectiva más clara  de lo que nos rodea. Y volví a clase y supe que Miguel sabía lo que había pasado. Luego pasa el tiempo y dejas de volver a ver. Y así sucesivamente. Cosas de la miopía: crece y se para cuando le da la gana.

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