Libros, Música

Enanos de jardín


1.-

En las primeras casas, antes de llegar, hay un pretendido sentido de la opulencia: enanos de jardín, fuentes que sacan agua de la nada, balaustradas imposibles, aluminios en puertas y ventanas, tejados sin tejas y azoteas enormes que miran hacia el cielo en esta parte de la isla donde por la noche cada estrella parece más cerca. Una casa es una casa y un palacio es un palacio. Constructores sin medida, privilegiados del espacio, desaprovecharon la oportunidad para poder aspirar a la sencillez. Lo más difícil: la tierra, la montaña y los pinos, ya está hecho.  Suele haber cierto reflejo entre nuestras preferencias y nuestra mirada. La forma en la que uno habita o construye su casa, su espacio, es proporcional a la manera en que diseña una vida o camina en ella.

2.-

En el estreno de El Rapto del Serallo, el emperador José II le dijo a Mozart que su ópera tenía   “demasiadas notas”. Así lo cuenta Norbert Elías en ‘Mozart, sociología de un genio’ (Ediciones Península de Bolsillo) como un ejemplo más del conflicto entre el arte libre y el canon más conveniente. La fuga de Salzburgo a Viena, donde Mozart “podía respirar libremente, aún cuando le constara considerables esfuerzos ganarse pan” desembocó en una cadena de deudas y decepciones que se sumaron posteriormente a la enfermedad y la muerte mientras, acabada la flauta Mágica, componía el Requiem agonizando. Mozart estuvo más de la mitad de su vida excesivamente protegido por su padre, que lo exhibió como niño prodigio e intentó “colocarlo” en un trabajo estable, al servicio de la corte, de los que dictaban el destino de los músicos y de la música. Mozart fue de los primeros artistas independientes que pudo vivir de lo que componía pero a cambio de la ruina y la soledad. Su extraordinario don para la música no entendía de negocios. Dejaba el servicio de la corte sin haber conseguido otro. No soportaba vivir como pájaro con las cortadas.

 

 

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Libros, Música

El tono


miles

 

Sara Mesa, autora de Cicatriz (Anagrama), decía hace unos días en una entrevista que escribir es “conseguir el tono”, que sobra el ornamento en literatura si no existe esa conexión entre las palabras y la historia. Lo otro es redactar. Conseguir el tono es un trabajo de limpieza en el lenguaje, de aspirar a la sencillez en el punto de partida y llegada, como el solista que suprime las notas innecesarias y logra mantenerse digno. El swing o está o la música pierde lo que la hace música. Y el tono es algo así.

Cuando uno tiene la posibilidad de acercarse a la vida de Shostakóvich  (me encantan las biografías)  las expectativas son enormes. Y cuando hay mucha expectativa se produce, como norma general, la decepción indeseable, porque siempre lo que pensamos es mayor o menor, más fuerte o más débil, de lo que vemos.  En ‘El ruido del tiempo’ (Anagrama), una  biografía sobre Dmitri Shostakóvich, Julián Barnés  intenta meterse en la piel de un músico atormentado por el peso de El Poder: primero Stalin y luego sus sucesores siguieron la pista de un hombre aferrado a su obra como “la música de nuestro ser”, frente al “ruido del tiempo”. Una obra sentenciada en sus inicios por un polémico artículo en el Pravda, supuestamente escrito por Stalin, admirador de Beethoven, y luego admirador de todo lo que elevase a Rusia y a sus ideas a costa de lo que fuere. El yugo comunista a cambio de una afiliación política susurraba en la nuca del compositor, que siempre tuvo miedo y al que siempre se le mostró apoyo “incondicional” por parte del Estado. Barnés cuenta esto y otras cosas en un libro al que uno no acaba de atrapar, o de comprender, de no entender al personaje y sus circunstancias a la postre tan desafortunadas, de no quedar conectado por un autor al que has descubierto en cuentos magistrales, en días donde era eso lo que buscabas en medio de las estanterías con títulos y elecciones posibles. Así llegan ciertos escritores. Por azar.

Quería añadir otra expectativa frustrada de esta semana, pues si uno ve a Miles Davis en el cine no puedes negarte a entrar. Pero si quieres saber de la vida del trompetista, ‘Miles Ahead’ no es la  película, solo un homenaje personal. Don Cheadle, el protagonista y director, ofrece una trama más bien descafeinada de  un artista-pistolero-drogadicto y desesperado por no perder de vista una grabación que guarda como un tesoro, que pierde y recupera entre persecuciones. Fueron cinco años del músico recluido en su casa, con sus propios fantasmas, sin tocar una nota, para luego regresar con el funk de ‘The Man with de Horn’.  Miles detestaba el pasado, el suyo y el de la música que ya se había tocado. Detestaba la palabra jazz.  Estaba obsesionado con lo nuevo, con tener “algo que decir”, con no perder el tono de una vida incontrolable.

El final de ‘Miles Ahead’ son fuegos artificiales y admiración al artista: Esperanza Spalding, Herbie Hancock, Robert Glasper, Antonio Sánchez y Wayne Shorter (que es ya metafísica al saxo). ¿Cómo no le va a gustar a uno eso?. Son lo mejor de algo que podía haber sido muchísimo mejor.

 

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Música, Recuerdos

The man who sold the world


la foto (8)

La vida puede cambiar en un instante, pero eso no lo sabíamos. The man who sold the world sonaba en aquel coche sin freno, lleno de energía adolescente, entre la oscuridad y las estrellas imposibles como una broma infinita. La guitarra de Kobain fue un mantra poderoso que nos llevó al abismo. Y vivimos para no contarlo, casi sin sangrar, sin gritar, en medio del frío, del volcán y  de la noche inmensa, generosa. En aquellos segundos hubo miedo. Las manos para cubrir la cabeza y el cuerpo encorvado. El instinto de escapar. Así nos protegimos. Nadie supo lo que nos había pasado. Cuanto menos habláramos, mejor.

Hace algunos días he vuelto a escuchar aquella canción. Los recuerdos conectados con la música, los himnos que pillaron a la generación de los noventa. En el viaje de EGB, imberbe y extremadamente delgado, con ganas de regresar a mi nido, compré un disco de Tracy Chapman junto a aquel Nevermind que cambió mi mirada. Por suerte, en casa había un reproductor de vinilos. Y todo me parecía demasiado interesante. Estaba en el ático, donde descubrimos que pasar el tiempo no significaba perderlo. Todos lo hicimos nuestro pero nadie se quedó allí, entre sus cortinas de colores. Ahora hay fotografías, libros, cuadros, pequeñas cajas de cartón con recortes, entradas de conciertos, cartas de lo que se suponía que era el amor, apuntes universitarios, papeles varios, cintas de cassette, una lámpara de pie que ilumina una bola blanca, un cocodrilo disecado con la boca abierta y boliches azules como ojos, una colección de historias de terror, un escritorio estrecho pintado de rojo, un telescopio por el que no se ha visto La Luna.

 

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Música, Relato

Amor y rechazo


la foto (17)

Llega un momento en que quieres y rechazas las mismas cosas: el lugar donde vives, los días de playa, el proceso involuntario de enamorarse, las reuniones familiares, el sofá de tu casa, la vida ordenada, las fiestas entre amigos, la música que escuchas, los libros acumulados, el agua caliente de la ducha, la comida en el restaurante, los domingos calmados, la persona con la que duermes, el trabajo, el viaje en el coche, las noches sin gente, los sueños pendientes, la gente que te entiende, la suerte que tienes. Como una película donde nunca pasa nada, como si desistieras de buscar más. Quieres y rechazas.

Por aquí el sol está a punto de despedirse. No queda isla en el horizonte. Los pájaros siguen cantando, inagotables, por todos los lados, sin ser vistos. Dos perros pequeños juegan en la calle. Exhiben quizás por primera vez la valentía que les hace gruñir.

 

 

 

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Matices


la foto (6)

Has salido temprano a dar un paseo en dirección al sendero más allá del faro que conduce al acantilado. Prefieres ir sola. Te gusta que el viento vaya despertando tu rostro. Estarás allí inspeccionando cualquier roca con forma curiosa, en el límite de todo, donde solo queda el mar hasta la inmensidad. Yo me he quedado de nuevo en la cama. No tengo nada especial que hacer, simple pereza de estar quieto. Cansado de la playa, de los pequeños ruidos que deja la calle y del calor. A veces hasta me molesta la música. Creo que por fin hoy todo esto empezará a remitir. Agosto se va y empieza otro año. Siempre insistes en que debería abrirme más a las cosas, dejarme llevar. De alguna manera tienes facilidad para permitirte la sorpresa y restar importancia a lo que debería ser importante. Eres admirable y fuerte. Yo llevo demasiado tiempo evitando lo imprevisible. Es verdad, es posible que tengas razón, estoy aprendiendo a ver los matices entre los colores y eso me hará estar más conectado con lo que me rodea. No siempre se puede estar cómodo. En estos momentos, pocas cosas harán que el mundo se acabe.

Cuando regresas me miras como si hubieses descubierto algún tipo de verdad. Calientas agua en la cocina. Por alguna razón, en este instante, veo que hemos vivido tratando de ser honestos con lo que nos rodea pero más que nunca me pregunto si he sido honesto conmigo. Y eso me aterra. Participamos de toda esa vida identificable que se supone lo suficientemente completa. Hemos construido un hogar donde vivir. Por las noches, cuando los niños duermen, pienso en lo que somos en medio del silencio compartido. Supongo que no sabemos qué es la felicidad. En realidad nadie lo sabe. Estoy dispuesto a escuchar. Ahora que has llegado, con el agua a punto de ebullición, quizás puedas darme una pista.

 

 

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Turistas


la foto (10)

Hacía algún tiempo que llegaban a la bahía enormes barcos repletos de turistas. Trazando una línea imaginaria desde algún punto del océano, pasaban días flotando a poca distancia de la playa, como rocas inertes, hasta que una mañana cualquiera se alejaban para dejar paso a otros como un ciclo constante. Los turistas bajaban a la costa a comer en los restaurantes que ofrecían todo el pescado del mundo, eternas sobremesas, risas en voz baja y largos silencios. Aparentaban una extraña discreción en el apetito, en la ligereza de partir un pedazo de pan, en cómo se levantaban para ir al lavabo. Por la tarde regresaban al barco con un buen puñado de cosas: licores de cualquier fruta, figuras idénticas que poblaban los mostradores de las tiendas, alguna camisa barata, tazas de cerámica con la foto de rincones desconocidos, una cuchara de madera y otros recuerdos desechables. En las noches más claras y apetecibles nadie se movía a bordo. Las luces intermitentes recorrían las cubiertas y los camarotes. En ocasiones, fuegos artificiales llenaban el cielo de púrpuras y amarillos hasta que se difuminaban en la oscuridad tras el estallido seco. Era una fiesta continua pero contenida, ajena a lo que sucedía fuera. Era una clase de felicidad.

Una mañana, al borde del acantilado, el hombre bajó del coche y levantó la mano con entusiasmo para dar la bienvenida a los recién llegados, como si éstos, que eran puntos diminutos a bordo de la mole blanca, estuviesen pendientes de lo que ocurría en tierra firme, donde las olas golpeaban las casas que crecían al ritmo de los niños que las habitaban. Esperando alguna señal, el hombre saludó de nuevo y, sin ser consciente del gesto inútil, volvió al coche con la esperanza de que algún turista hubiese recibido con entusiasmo su gesto universal. Y cada año repetía el saludo, convencido de la amabilidad de los visitantes y de lo importante que era para el pueblo la presencia extranjera.

El hombre acariciaba el sueño de conocer la vida de un turista, cómo era su hogar, a qué se dedicaba, cuáles eran sus inquietudes y miedos. Pero aquello solo era un sueño y nunca se atrevió a tocar a alguno y realizar una sola pregunta. Se consolaba con sentir que lo habían visto desde el barco.

 

 

 

 

 

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Música

Avec le temps


la foto (1)

Abrir la puerta del balcón para que entre el fresco de la noche es una de las mejores cosas que uno puede hacer en estos días donde el calor saluda para quedarse. A estas horas, el verano todavía permite frotarte los brazos y mirar hacia arriba. Las estrellas son incontables y parecen cercanas. La mayoría parpadea. Muestran lo enorme que es el universo y lo pequeños que somos, metidos en este planeta contradictorio y sorprendente. Hay una canción de Léo Ferré, ‘Avec le temps’ (con el tiempo), que lleva días rondando por aquí. Ferré cantaba con el cuerpo y la inteligencia y por eso llevó la chanson a lo más alto. “Con el tiempo todo se va, olvidamos las pasiones y las voces que nos decían en voz baja no vuelvas tarde a casa, no cojas frío; con el tiempo todo se va y uno se siente canoso como un caballo rendido y congelado en un lecho de azar. Y uno se siente solo, quizás pero tranquilo, timado por los años perdidos… y con el tiempo ya no se vuelve a amar”. Una mujer, la cantante lírica Anne Sofie von Otter y el pianista de jazz Brad Mehldau recogen el testigo de Ferré y también de Jacques Brel, con la ‘chanson des vieux amants’, en un interesante repertorio incluido en el disco ‘Love Songs’. Perfecto para comenzar la aventura del verano.

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Música, Recuerdos

Canteras


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Sería difícil imaginar a esta ciudad sin la playa inmensa que da vida a sus gentes. Donde ahora el agua golpea los muros de un paseo inmenso en movimiento, antes centenares de cuerpos tendidos en la arena ardían al sol. La marea gobierna el curso de lo que ocurre. El paseo deja un mundo abierto: desconocidos que se buscan a sí mismos, camareros automáticos en los bares, terrazas, heladerías. Culturas diversas. La tarde deja otra manera de caminar, en la orilla, con el agua por los tobillos. Sobresalen algunas rocas entre espacios azul turquesa. El mar está quieto. Apenas dos nubes cubren el cielo. Las cafeterías pliegan sus sombrillas. Una pareja, quizás en plena efervescencia amorosa, se abraza en medio de este tiempo incierto. Luego desaparece por alguna de las calles que arrastran día y noche la brisa marina.

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Música

Momento


La huerta ha dado sus primeras lechugas. Las hojas no han parado de crecer hasta adoptar todas el mismo tamaño. Parece una broma mágica de buen gusto. Se nota el sabor de algo cultivado por manos cercanas, la textura, el agua, la manera en que se mezclan con el vinagre en la ensalada. Todavía quedan muchas cosas por salir y por plantar, pero ya se intuyen los frutos de la tomatera, las calabazas o las cebollas. El perejil es un extra al lado del olivo y del milagro de las rosas rojas y amarillas, resistentes a las sucesivas derrotas de esta tierra que vuelve a tener sentido, como los días en los que todo parece perdido y de pronto, por alguna razón, logras entender que cada cosa tiene su momento. Si no que se lo digan a la huerta.

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Emily


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Hago que escribo en una biblioteca. La mayoría observa en silencio sus cosas quietas: prepara un examen, recuerda las palabras de un idioma mirando hacia el techo, subraya lo imprescindible, chatea por el móvil. Pocos consultan las estanterías donde los autores descansan en orden alfabético. De vez en cuando, se aprecia murmullo anónimo, el movimiento de una silla, la puerta que se abre, el mecanismo del aire acondicionado. Afuera la vida parece en orden. El sol no ha parado de mostrarse tal y como es, unos puestos venden artesanía de cerámica, pequeños collares, cremas de aloe vera, plantas del hogar. Las cafeterías sirven amablemente lo de todos los días. Antes de irme, escucho ‘Emily’ por Bill Evans, una balada triste de invierno que concluye con aplausos lejanos, quizás en una ciudad soñada y que ahora logro ver, a través del cristal de esta biblioteca, en medio de una música irrepetible.

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