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Tártaros


Hay una clase de somnolencia, una resignación no exenta de disfrute en las gentes que habitan los territorios donde el mar construye playas. Hay algo circular que envuelve a uno como el viento y lo encierra en un médano. El mar es una meta y se visita con toalla y  bañador. Nunca se llega más allá. Se cruza la línea solo un poco para poder retroceder y volver a cruzar. La meta se acaricia pero no se deja atrás.

Con la ilusión y el recuerdo de un niño, uno lleva algunos días queriendo ver el fondo del mar. Pero cada vez que llega el momento se inclina por los baños rápidos, que no enfrían el cuerpo, solo lo refrescan y despejan la cabeza, por unos minutos, hasta que el sol vuelve a calentarlo todo y el mediodía obliga a marcharte de allí. Esta mañana decidí bucear, por fin, y cumplir las ganas de encontrar un espacio donde flotar y mirar a los peces intocables que te miran, también, extrañados, temerosos. Pero el fondo estaba turbio. Apenas unos peces se perdían entre la arena. Las rocas eran manchas difuminadas, oscuras, ajenas a todo matiz. La marea golpeaba el viejo muro de piedra que amenaza a un restaurante con la espuma de las olas más fuertes.No era el momento. Se fue el fondo y sus circunstancias, ver la vida debajo del agua. Era preferible pensar, desde la superficie, que la mayoría de los días, allí abajo existe un mundo cristalino y pacífico y que que esa imagen, sola en el pensamiento, es suficiente.

Acabo de terminar, de nuevo (quedaron muchas cosas por recordar y comprender) El desierto de los Tártaros. El libro describe una vida postergada, alentada por amenazas inexistentes, por expectativas e ideas que solo están en la imaginación. Es la historia de Giovanni Drogo, de la espera de un militar destinado a la fortaleza Bastiani, situada frente a un desierto donde vendrán los tártaros. Es la historia de un misterio sin concretar pero siempre presente, un olvido ciego del tiempo presente a costa de mantener la seguridad de una existencia, una vida, siempre impredecible, por mucho que nos empeñemos en controlarla. El libro desvela la frustración ante el estrechamiento de las posibilidades de realización en aras a un ideal, una enfermiza búsqueda por dar sentido a la vida, un sentido de éxito casi obligado, por derecho, donde los sueños no sean sueños, sino realidades posibles. Dino Buzzati escribió El desierto de los tártaros pasados los treinta años y fue su consagración como escritor. Uno relee el libro y se siente quizá, por momentos, una víctima más, como Giovanni Drogo, que sonríe, consciente de la pesada broma que sus ilusiones le han jugado, de la mueca que el destino imprime al margen de la voluntad humana. Agotado y solo, desfallece en una cabaña, lejos ya de la Fortaleza y de la invisible amenaza tártara, preguntándose si tendrá tiempo, por última vez, de ver la luna entre una porción de estrellas una noche de primavera.

 

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¿qué queremos?


La realidad imaginada ha permitido que muchísimos extraños puedan cooperar con éxito. Las religiones, las corporaciones, el mercado, los derechos humanos, el dinero, la justicia social, la libertad, el Estado, las marcas de coches o de hamburguesas solo existen  en la imaginación. Son ficciones y no realidades objetivas como lo es un  árbol, un río o un par de monedas. Esa capacidad  unitaria, de “confianza” que ha tenido la ficción para ir más allá de los árboles o los ríos, de las cosas que realmente existen, hizo que el hombre y sus sociedades se extendiesen por el planeta y dominarlo. La llamada “revolución cognitiva” fue el principio de esa dominación y exponente de la agricultura,  la revolución industrial y la tecnológica. Todas apoyadas en la idea del progreso, de la confianza en el crecimiento  y en definitiva,  en que las cosas pueden siempre mejorar, aunque haya que dejar mucho por el camino (animales, plantas, niños, guerras, ciudades, países, bosques y océanos).

Así, la realidad imaginada mantiene  vivo el mito de que la “prosperidad” del capitalismo consiga minimizar las cotas de desigualdad e injusticia mundial que ella misma ha creado, pues salvo algunos intentos fallidos de cambiar las cosas, no ha existido en el mundo moderno otra manera de concebir la vida, las relaciones comerciales o la organización social. El futuro nadie lo sabe. Parece que las máquinas y la información que ellas tienen de nosotros  acabarán incluso manipulando  nuestros deseos. Las bicicletas de montaña, zapatillas de deporte, los billetes de avión o las  habitaciones de hotel que invaden sin permiso nuestra pantalla del ordenador no son una casualidad.

De esto y otras cosas habla Yuval Noah Harari en su libro Sapiens, de animales a dioses, una breve historia de la humanidad (Debate). Un trabajo riguroso, sin redundancias, con un lenguaje claro y muy instructivo. Es el joven Harari, nacido en el 79,  profesor de historia en la universidad Hebrea de Jerusalén, una fuente de reflexión e inspiración. Un libro necesario que despierta el interés  para seguir preguntándonos hacia dónde vamos, cuál es  nuestro fin, qué queremos realmente. Según Harari nos hemos convertido en dioses  sin tener que “dar explicaciones a nadie”  y  “con solo las leyes de la física para acompañarnos”. Esto ha tenido sus consecuencias: un cierto desasosiego, el sentirse extraño, el deseo infinito. Y el profesor pregunta:  “¿Hay algo más peligroso que unos dioses insatisfechos e irresponsables que no saben lo que quieren?”.

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Enanos de jardín


1.-

En las primeras casas, antes de llegar, hay un pretendido sentido de la opulencia: enanos de jardín, fuentes que sacan agua de la nada, balaustradas imposibles, aluminios en puertas y ventanas, tejados sin tejas y azoteas enormes que miran hacia el cielo en esta parte de la isla donde por la noche cada estrella parece más cerca. Una casa es una casa y un palacio es un palacio. Constructores sin medida, privilegiados del espacio, desaprovecharon la oportunidad para poder aspirar a la sencillez. Lo más difícil: la tierra, la montaña y los pinos, ya está hecho.  Suele haber cierto reflejo entre nuestras preferencias y nuestra mirada. La forma en la que uno habita o construye su casa, su espacio, es proporcional a la manera en que diseña una vida o camina en ella.

2.-

En el estreno de El Rapto del Serallo, el emperador José II le dijo a Mozart que su ópera tenía   “demasiadas notas”. Así lo cuenta Norbert Elías en ‘Mozart, sociología de un genio’ (Ediciones Península de Bolsillo) como un ejemplo más del conflicto entre el arte libre y el canon más conveniente. La fuga de Salzburgo a Viena, donde Mozart “podía respirar libremente, aún cuando le constara considerables esfuerzos ganarse pan” desembocó en una cadena de deudas y decepciones que se sumaron posteriormente a la enfermedad y la muerte mientras, acabada la flauta Mágica, componía el Requiem agonizando. Mozart estuvo más de la mitad de su vida excesivamente protegido por su padre, que lo exhibió como niño prodigio e intentó “colocarlo” en un trabajo estable, al servicio de la corte, de los que dictaban el destino de los músicos y de la música. Mozart fue de los primeros artistas independientes que pudo vivir de lo que componía pero a cambio de la ruina y la soledad. Su extraordinario don para la música no entendía de negocios. Dejaba el servicio de la corte sin haber conseguido otro. No soportaba vivir como pájaro con las cortadas.

 

 

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El verano sin hombres


la foto (17)

Ahora, en estas calles nuevas, todas las mañanas y todos los regresos, paso por delante de la tienda de cajas fuertes, grises y profundas, invulnerables cuadrados metálicos a la espera de que alguien quiera guardar lo que nunca compartiría. Hay cosas que es conveniente no mostrar, dejarlas en esas cajas bien tapadas, con un número secreto indescifrable. Pienso en  aquella caja pequeña que estaba en el armario del hotel que fui pagando una noche tras otra. El joven recepcionista me contaba aquellos sitios donde había comido bien más de una vez mientras volvía a explicar los horarios del desayuno con gestos limpios y neutros. Era el desayuno excesivo de la última planta, con el puerto y la luz de la mañana gris. Como un mantra sin comprobar, un camarero enorme preguntaba el número de habitación, con  aquel caminar mecánico entre las bandejas de dulces y de fruta, de paquetes de mantequilla y mermelada expuestos entre los pequeños hornos de panes giratorios y los platos con jamón  de York.

Ha nacido un niño y yo soy la consecuencia laboral de ese milagro que multiplica la vida. La casa es tranquila, de momento. El vecino se esconde tras un póster de Bruce Lee y los de arriba tienen inoportuna buena música.  La madera hace que cualquier gesto de llaves se escuche. También pagué para que un hombre me ayudara en nada mientras me enseñaba la vivienda.  Sudaba y decía mucho “gestión” y “para lo que quieras”.

Ahora, cuando llego a este espacio donde poco a poco me voy acomodando a lo que parecía molesto, tengo la costumbre de sentarme en el sofá para descansar de la mañana. Insisto en no escuchar ruidos, pero a lo que uno se resiste tiende a persistir. Y he conseguido acabar El Verano sin hombres, de Siri Hustvedt. No la conocía, solo me interesó por ser la mujer de Paul Auster. Creo que por momentos escribe mejor que él. Tiene una  mandíbula marcada, una cara interesante.  Apunto en el cuaderno rojo: “hay tragedias y comedias, ¿no es así?, a menudo se parecen más entre sí de lo que difieren, como las mujeres y los hombres, si queréis saber mi opinión. El éxito de una comedia radica en terminarla justo en el momento adecuado”. Es la página 217.

Luego salgo a la calle y camino. Y siento por primera vez que agosto ha quedado atrás. Y pienso que todo está mejor imaginado.

 

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El tono


miles

 

Sara Mesa, autora de Cicatriz (Anagrama), decía hace unos días en una entrevista que escribir es “conseguir el tono”, que sobra el ornamento en literatura si no existe esa conexión entre las palabras y la historia. Lo otro es redactar. Conseguir el tono es un trabajo de limpieza en el lenguaje, de aspirar a la sencillez en el punto de partida y llegada, como el solista que suprime las notas innecesarias y logra mantenerse digno. El swing o está o la música pierde lo que la hace música. Y el tono es algo así.

Cuando uno tiene la posibilidad de acercarse a la vida de Shostakóvich  (me encantan las biografías)  las expectativas son enormes. Y cuando hay mucha expectativa se produce, como norma general, la decepción indeseable, porque siempre lo que pensamos es mayor o menor, más fuerte o más débil, de lo que vemos.  En ‘El ruido del tiempo’ (Anagrama), una  biografía sobre Dmitri Shostakóvich, Julián Barnés  intenta meterse en la piel de un músico atormentado por el peso de El Poder: primero Stalin y luego sus sucesores siguieron la pista de un hombre aferrado a su obra como “la música de nuestro ser”, frente al “ruido del tiempo”. Una obra sentenciada en sus inicios por un polémico artículo en el Pravda, supuestamente escrito por Stalin, admirador de Beethoven, y luego admirador de todo lo que elevase a Rusia y a sus ideas a costa de lo que fuere. El yugo comunista a cambio de una afiliación política susurraba en la nuca del compositor, que siempre tuvo miedo y al que siempre se le mostró apoyo “incondicional” por parte del Estado. Barnés cuenta esto y otras cosas en un libro al que uno no acaba de atrapar, o de comprender, de no entender al personaje y sus circunstancias a la postre tan desafortunadas, de no quedar conectado por un autor al que has descubierto en cuentos magistrales, en días donde era eso lo que buscabas en medio de las estanterías con títulos y elecciones posibles. Así llegan ciertos escritores. Por azar.

Quería añadir otra expectativa frustrada de esta semana, pues si uno ve a Miles Davis en el cine no puedes negarte a entrar. Pero si quieres saber de la vida del trompetista, ‘Miles Ahead’ no es la  película, solo un homenaje personal. Don Cheadle, el protagonista y director, ofrece una trama más bien descafeinada de  un artista-pistolero-drogadicto y desesperado por no perder de vista una grabación que guarda como un tesoro, que pierde y recupera entre persecuciones. Fueron cinco años del músico recluido en su casa, con sus propios fantasmas, sin tocar una nota, para luego regresar con el funk de ‘The Man with de Horn’.  Miles detestaba el pasado, el suyo y el de la música que ya se había tocado. Detestaba la palabra jazz.  Estaba obsesionado con lo nuevo, con tener “algo que decir”, con no perder el tono de una vida incontrolable.

El final de ‘Miles Ahead’ son fuegos artificiales y admiración al artista: Esperanza Spalding, Herbie Hancock, Robert Glasper, Antonio Sánchez y Wayne Shorter (que es ya metafísica al saxo). ¿Cómo no le va a gustar a uno eso?. Son lo mejor de algo que podía haber sido muchísimo mejor.

 

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A.C.


imagen

Recibo un mensaje: “el viento se ha ido”. El viento hace todo más fugaz, inestable, nos hace creer que disipa el calor y le creemos y nos hace pensar que todo lo que vuela no regresa. Antes de las diez, el banco de piedra todavía conserva su sombra. Poco a poco se llena de señoras envueltas en toallas de cintura para abajo. Vienen de hacer ejercicio en la playa, tienen buen humor y pelan melocotones como si pelaran una manzana. Allí estoy, en medio de sus conversaciones, escuchando  los fragmentos de su optimismo, algunas con una voz aguda y otras apacible. Hay una señora que me mira y sonríe, como si me conociera.

He releído El Extranjero casi de un tirón: dos mañanas con este sol que se esconde entre la calima y dos noches con la gente asomada a los balcones, buscando un hilo de frescor, una tregua momentánea. Pensé que podría ser una novela de verano. No sé qué requisitos deben cumplir las novelas de verano pero en cualquier caso lo pensé. Por alguna razón, hay libros que no puedes leer en invierno y los dejas aparcados hasta que resurgen, como amores inesperados, como las ganas de hacer algo de verdad. En cualquier caso, ahora estoy más convencido que la mejor autoayuda está en los clásicos.

De El Extranjero solo recordaba el comienzo: la muerte de la madre del protagonista. Olvidaba aquellos baños en la playa donde Meursault halla consuelo en la sonrisa de María. Olvidaba también el juicio por asesinato y la condena a muerte del protagonista; las similitudes con El Proceso, Nietzsche, Schopenhauer, Sartre. Albert Camus  lo escribió en 1941. Fue su primera novela. Murió en un accidente de tráfico en 1960. En el coche se encontró un manuscrito de El primer hombre, una obra autobiográfica de la que solo había escrito 144 páginas.

El Extranjero sugiere que no esperar demasiado de la vida podría parecer una resignación triste, pero no lo es. Precisamente quitarnos de encima lo que esperamos de nosotros y lo que los otros esperan de uno, es verse reflejado en Mersault, que dice: “Quizás no estaba seguro de lo que me interesaba realmente, pero, en todo caso, estaba completamente seguro de lo que no me interesaba”. Había anotado otra frase en el cuaderno rojo, justo después de varias direcciones de apartamentos para alquilar, en la zona centro, que pasen la prueba de mis manías. “Nos hacemos siempre una idea exagerada de lo que no conocemos”, dice Camus.

Renunciar a entendernos de forma entera, de perder el miedo a no encontrar respuestas para todo y aceptar que la vida será en su mayoría como quiera ser, nos aleja de ser un extranjero, indiferente y carente de pasión, obstruido por fuerzas que impiden  reconocernos.

Recibo otro mensaje: una cara sonriente y palmas sucesivas que, entiendo, pretenden enfatizar una buena noticia. Las señoras abandonan el banco donde ahora la sombra es solo un espejismo.

 

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La orilla


Monje

A lo largo del año, la sensación de que todo se repite es una constante. Estés donde estés. En verano, dependiendo de cómo abracemos los días, saldremos mejor o peor parados del eterno retorno de lo mismo. Volvemos así a saber de Nietzsche, quien interpretó esa infinita vuelta de las cosas con la mirada espontánea del niño, despojada de toda moral; con un querer creador que acepta sin miedo la riqueza de la vida sin una red que  la sostenga; con una voluntad de hundirse en “lo monstruoso” con el pensamiento como instrumento, en la actitud de comenzar “una y otra vez con nuevos intentos de configuración”.

Acabo de terminar el libro de Rüdiger Safranski sobre el filósofo: Nietzsche, Biografía de su pensamiento (Fábula Tusquets, editores).  El autor, mientras escribía, tenía en frente la pintura de El monje a la orilla del mar, de Caspar David Fiedrich, donde el religioso se asoma solitario al horizonte y permanece allí, inmóvil, sin saber si debe aventurarse al mar inmenso o estar en terreno seguro. Cuenta  Zafranski que Kant hubiera optado por lo segundo, en cambio Nietzsche se hizo al océano con todas las consecuencias.

Muchas veces estamos en esa orilla, contemplando todo lo idéntico que a la vez nos abre la puerta del cambio, de la posibilidad, que nos afirma y nos niega, que asusta y seduce. Y suponemos que esa es la vida, y nos consolamos con que las cosas son lo mejor que podían ser en este momento. Aceptar que has matado a Dios, admitir el vacío, el propósito de la aventura dionisíaca, donde la vida “está enteramente en sí, en el corazón de su inquietud creadora, devoradora”, es empezar a comprender a un hombre que vio en el instinto una manera de estar en el mundo. Pero también es ver tu rostro que intenta con timidez mirar como ese niño.

En 1889, a principios de enero, Nietzsche se abraza al cuello de un caballo para evitar que un cochero lo golpee. Algo empieza a fallar. Había sido en Turín, donde encontró cierta estabilidad emocional y momentos de mejora en su delicada salud, determinada  sobre todo por los continuos dolores de cabeza, quizá heredados de su padre. No hay vuelta atrás y después de ser ingresado en un psiquiátrico de Basilea, muere paralizado en Weimar diez años más tarde. Estaba al cuidado de su hermana. Antes lo había hecho su madre. Tenía el cuerpo encogido y yacía desamparado como un niño. Se había enamorado de Lou Salomé, una joven rusa con la que compartió grandes paseos y una complicidad insuficiente. Ella lo rechazó.

 

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Otro verano


la foto

Por la mañana, quedan algunas porciones de pizza rellenas de “frutos del mar”, tomate y mozzarella. Ahora son acartonados trozos de plástico que todavía conservan cierta dignidad. Las copas han conseguido salvarse. Por alguna razón, la vida de una copa siempre pende de un hilo, como la vida de una pareja cuando alguno de los dos piensa en marcharse. Junto a las copas, está la vajilla mínima que tanto cuesta limpiar al día siguiente. El perro ha dormido toda la noche en el sofá. Ahí sigue, diría que feliz. Mueve la cola y parece decir buenos días con una sonrisa. Cuando oye que abres la nevera se levanta y te mira con esa cara para que le des un trozo de jamón. Siempre consigue alguno, y luego bebe agua, casi en suaves sorbos, en la taza blanca de cerámica que está junto a su comida, redonda y marrón, con el mismo olor a carne concentrada que debe atraer su interés. No le queda más remedio. Los perros prefieren nuestra comida. La mayoría daría lo que fuera por un plato de pasta, un pollo asado o un arroz con marisco.
Alguien en las noticias anuncia que ha llegado el verano. Lo vas notando en el aire, en el color del cielo, en el pesado acontecer del mediodía, en el ánimo contradictorio, en el alivio fresco de la noche.En las ganas de cerveza fría a todas horas. De niño pasé algún verano en los mismos apartamentos que ahora una mujer sensible e inteligente recuerda. Sonaba un disco de Roberto Carlos, había una piscina con inmenso fondo azul y césped alrededor; jugábamos a darnos besos escondidos detrás de alguna escalera. Son imágenes de la invención infantil, de la ilusión de lo cotidiano, cuando nada parecía dañino y no conocíamos los problemas de nuestros padres y las opiniones de sus amigos. Aquel bloque de apartamentos milagrosos, que ahora nos parecen calurosos y pequeños, tan poco atractivos, significaba el inicio de algo nuevo, y eso siempre cambia las cosas.

He recogido el salón y antes de salir a la calle, sin esperar nada extraordinario, me he recostado junto al perro con el alivio de volver a recuperar la literatura. Tener tiempo para ella, simplemente.  El suficiente para acabar los libros que no has podido seguir, ordenar los estantes, recuperar la actividad de la mesa de noche. El perro, debo añadir, es de los seres más buenos y agradecidos que conozco. Solo te mira e intenta quererte lo más posible a cambio de muy poco. Empecé un cuento de Richard Ford que se llama “El mujeriego” y está en el libro De mujeres con hombres, en Anagrama de bolsillo. Cuando algo te interesa no tienes intención de abandonarlo, salvo que seas un estúpido. El cuento acaba así:

¿cómo podía uno poner orden en su vida , causar poco daño y continuar unido a otras personas?. Y en tal contexto se preguntó si estar como fijado en uno mismo no constituía sino un malentendido, y si como Bárbara, furiosa, le había dicho en la última velada, era verdad que había cambiado sutilmente, si en alguna medida habría alterado los cruciales nexos que garantizaban su felicidad y se habría vuelto distante, ajeno, inaccesible. ¿Podía uno realmente llegar a serlo?, ¿Era algo que uno controlaba o concernía al propio carácter, o se trataba de un cambio respecto al cual uno era tan solo una víctima?. No estaba seguro. No estaba en absoluto. Era un asunto por el que tendría que rumiar aún muchas noches, muchas noches”.

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Mujeres de la limpieza


mlucia

La mayoría de las neveras, con el paso del tiempo, conservan el mismo sonido: un ronroneo similar al de un gato cuando deja que lo acaricies. Ese gato al que poco le importa tu vida mientras pases la mano por su retorcido lomo; esas neveras a las que también les da igual estar llenas o vacías mientras sigan enchufadas a la luz.

Por el contenido de una nevera se puede comprobar si una persona es práctica, meticulosamente ordenada o un desastre; qué cosas le interesan; si tiene en cuenta lo que come o prefiere los pequeños envases de plástico chino amontonados  al fondo, al lado de los medios tomates, los medios pepinos, los trozos de hojas de lechuga  y el bote de Heinz. Por la nevera sabe uno si en la casa hay compañía o soledad.  “La soledad es un concepto anglosajón. En ciudad de México, si eres un pasajero de un autobús y alguien sube, no solo se sentará a tu lado sino que se recostará en tí”. Este es un fragmento de Triste idiota, uno de los relatos que componen Manual para mujeres de la limpieza, (Alfaguara) de Lucia Berlin (1936-224), que me apropio con entusiasmo e impotencia,  porque tengo otras cosas que hacer y no pueden esperar demasiado. A veces la literatura tampoco puede esperar, se adueña de ti, como una pasión irrenunciable  e irrepetible que temes no volver a sentir.

Leo varias veces Mi jockey, un brevísimo relato que ganó el Jack London Short Price de 1985, y descubro a una escritora fascinante, recuerda a  Amy Hempel, con esos pasajes de realismo enérgico. “Las monjas pusieron mucho empeño en enseñarme a ser buena”, dice en Buenos y malos. Berlin tuvo una vida intensa. Fue enfermera, telefonista, limpiadora, dio clases de escritura en varias universidades, se casó tres veces, tuvo cuatro hijos,  fue alcohólica. Nació en Alaska y vivió en México, Chile, California , Nueva York.  Veo en su fotografía  un rostro elegante, el pelo corto, la sonrisa precisa mientras sostiene un cigarrillo. Mi jockey cuenta la historia de una enfermera (probablemente Berlin) que atiende a un jinete  en Urgencias. “Dios, me paso el día desvistiendo a la gente y no es para tanto, apenas tardo unos segundos”, escribe.

En el sillón, con la  televisión apagada como si fuera un jarrón sin flores, inanimado, preparo un té. Y  quiero que nunca se acabe. Cuando está todo en estas circunstancias y parece que ya no hay nada más que hacer, sientes por primera vez en el día el ronroneo de la nevera, íntimo e inacabable.  Fuera, el viento ha empezado otra vez a acariciar las ventanas.

 

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Sentido


 

la foto (3)

Durante cincuenta años, Paul Valèry se levantaba  entre las cuatro y las cinco de la mañana para escribir. En el más intimo silencio, entre la oscuridad, cuando todavía la luz era una probabilidad, el poeta francés anotaba sus pensamientos, reflexiones, algunos poemas, una colección de idearios y notas que de manera póstuma serían los “Cuadernos (1824-1975)”.

Encuentro  el libro por casualidad,  entre el descanso matutino de la biblioteca y no puedo evitar abrirlo. El grancanario Andrés Sánchez Robayna, que entiendo, dirige el Taller de Traducción Literaria de la Universidad de La Laguna, escribe el prólogo y traduce, con la ayuda de sus alumnas unos Cuadernos que siempre despiertan interés por el tratamiento de sus temas. Lo impulsos del amor, el sentido de la enseñanza, la literatura, la religión. “Es un diario de ideas, intelectual, no un diario común”, dice Robayna. Antes dejar el libro en su estante, por propia recomendación, anoto algunas  de sus frases en el cuaderno rojo que últimamente se ha llenado de todo lo que nunca hubiese escrito o hecho. Copio:

“Soy extremadamente sociable e infinitamente solitario”

“El único placer es encontrar inesperados resultados a través de un análisis riguroso”  

“Es lo que llevo de desconocido en mí mismo lo que me hace ser yo”

 “La calidad literaria de un hombre depende de las relaciones íntimas que mantiene con el lenguaje”.

Debajo he trazado una línea recta que separa cada motivo para anotar la palabra  “sentido”. Ayer no conseguía recordarla  y pensé  en probar  lo que Víctor Frankl llamó intención paradógica. Pero no funcionó.  Sin embargo hoy, por alguna razón, secando algunos platos en una tarde ya avanzada regresó sin avisar. Y claro, lo que queda escrito es difícil que se olvide.  Por cierto, el libro de Frankl se llama “El hombre en busca de sentido”, una historia autobiográfica en los campos de concentración de la Alemania nazi. Cuando estemos quejumbrosos por la nimiedad de nuestros problemas cotidianos, conviene leer al psiquiatra. O no.

 

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