Estar mejor


Es domingo y el sol está todavía en ese punto invisible que ilumina las cosas pero no las calienta. La calle parece fría, como las palmeras, el cielo, la ropa tendida en el patio y el mar. Decía (más bien lo había imaginado) que cuando estuviese en un lugar apartado podría escribir más. Pensaba que esta casa en la playa, alejada del tráfico y de los ruidos (un “regalo” de las circunstancias), facilitaría la tarea de continuar y acabar algunos relatos, la mayoría con principios todavía en el aire o finales de dudosa redondez. Y hace un mes que no me siento delante del teclado, por pereza, por postergar lo “inútil”, o porque en realidad había pensado que no tengo nada que decir que pueda interesar. Y ahora creo que es preferible sentarse y ver qué pasa; escribir para uno mismo como acto de hacerlo para los demás. Hay frenos que tienen que ver con el miedo y con cierta frustración en no saber qué cosa es uno definitivamente o qué es lo mejor que sabe hacer. “Deja de intentar definirte, no insistas en eso”, dice M mientras lee en la cama, como una muñeca frágil, junto al perro, buscando entre los diarios de Piglia si este mundo tiene algún secreto, o corroborando que no hay método, manual, ni lugar al que ir para escribir un libro, pintar un cuadro, componer una canción, que no sea tu propia cabeza. M parece experta en aforismos sin quererlo. Y uno los apunta en el cuaderno como el periodista que ha encontrado el titular para la entrevista. A partir de una frase puede empezar una historia. Y M también quiere saberlo todo, leerlo todo, tocarlo todo. Pero no se obsesiona como uno, que se obsesiona con el mundo y su acontecer, con el paso del tiempo, su geometría, con la música, las vidas de los otros, la técnica para tocar la batería, los dolores desconocidos, las mujeres, la casa donde vivirá, el pasado, la familia, los libros, el trabajo, si estás en “lo correcto o no”, la búsqueda infructuosa de definirse. Por eso, en el hecho de escribir, existe una intención de orden, de aceptación, de convertir la mirada y la imaginación en párrafos, de síntesis, de iniciar este febrero. De estar mejor.

 

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Temblor


 

Uno

Es por la mañana. Me quedo leyendo en la cama. La luz entra por la ventana. Se oyen las hojas de las palmeras en el jardín de picón donde van a cagar los perros. Pasa algún coche. Apuro las últimas páginas de La memoria de los Peces (Literatura Random House) de Sergio del Molino (pegaría aquí en último capítulo, íntegro, la página 207 y 208, pero ya cortamos y pegamos, por comodidad, por frivolidad, demasiadas cosas). Y vuelvo a dormir con el libro en el pecho o en la cara, como siempre me pasa. Al despertar, pienso que conviene ordenar la casa. Recojo la loza, la ropa tirada, pongo una lavadora, quito el polvo del escritorio y del televisor, barro y paso la fregona con olor a pino (nunca he olido un pino). Meto las botellas de plástico en el contenedor amarillo. Las de cristal en el verde. El resto de basura, en los contenedores grises, donde se reúnen miles de gatos, preciosos, mansos y ariscos, que se alimentan de las colas de espinas que los turistas dejan bajo las mesas de los restaurantes.

Y de pronto el mar, como un “reseteo” de todo, un reinicio espontáneo. Las rodillas duelen al entrar. Todavía queda algo de resfriado. Los niños siempre encuentran aventuras nuevas entre los charcos. El volcán entra en el océano y se vuelve paisaje cristalino, azul, hasta desaparecer para entrar en otra isla. Un hombre vaticina: “es probable, a estas alturas, que aquí no llegue el invierno”.

Dos

Me asusta la muerte repentina. No poder despedirme. Y hay una idea que regresa: la de ya estar muerto y ser consciente de que estás en un sueño. Me atormenta pensar que los otros han sufrido, o que andarán preguntándose dónde ando. El sueño tiene copias exactas de los días y las personas, como si no hubiera pasado nada. “En la metafísica, la muerte puede ser también un límite del conocimiento. El simple hecho de estar vivos nos incapacita para comprenderla.”, dice del Molino en el libro.

Tres

Mi coche tiembla. Lo hace al llegar a los stops, cuando piso el freno. Tiembla solo un poquito. Y le digo “tranquilo” y me lleva a donde acordamos. Con los años ha desarrollado un familiar ruido en el motor. Al no tener garaje, la carrocería casi ha perdido el verde. El cristal de la derecha todavía no baja. Tiene un ligero roce en la parte trasera, al lado del intermitente izquierdo. Y ahora tiembla un poco. M me dice que lo deje temblar, qué más da, pues de resto, todo lo demás va bien. A M le tiemblan las manos casi cada día. Creo que es una mezcla de su fragilidad e inteligencia.  El mecánico guarda silencio cuando se lo comento. Y me mira y se parece a su hija a la que doy clase. Cree saber la causa de lo que le pasa al Renault. “Tráelo mañana”, sentencia, y se vuelve a meter cuesta abajo en su taller, una cueva oscura donde asoma un coche, quizá también temblando, al que supongo, pondrá remedio.

 

 

 

 

Viaje


El sueño de vivir otra vida nunca se cumple en La uruguaya, Pedro Mairal, Libros de Asteroide (2017), porque la realidad se empeña en desmontar una idea, una obsesión, que lleva al protagonista, Lucas Pereyra, a emprender un viaje corto (solo pasa un día) y donde hay una conclusión: no conocemos tanto al que tenemos al lado. Apunto en el cuaderno: “nadie es solamente una persona, cada uno es un nudo de personas”. Anda  esta frase entre sus casi 141 páginas de crónica absorbente, rápida, como el instante menos pensado.

En La uruguaya vuelve a surgir la idea del viaje como elemento central para paliar la aparente estabilidad que construimos, para olvidar por momentos el peso de la paternidad y de la pareja; vivir otro amor aunque sea fugaz, la sexualidad de lo novedoso, el patetismo consciente de volver a unos años de juventud. En el fondo, todo es un viaje. Estamos llenos de partidas y regresos, de maletas, de puertas por donde salir, de carreteras y caminos. En el movimiento, en el desplazamiento, nos construimos. La excursión era lo mejor que nos podía pasar a los niños en la escuela. El olor de la tortilla de papas al abrir el tupper en el merendero del monte verde, las canciones que solo cantábamos en la guagua. La partida y el regreso.

En La uruguaya no han cambiado demasiado las cosas desde que Ulises salió de Ítaca. Solo que Pereyra es un escritor con deudas, pasados los cuarenta, “culposo y lleno de kilómetros”, que cruza el Río de la Plata en busca de amor y dinero y regresa con un Motevideo idealizado para evitar más incendios; un Montevideo donde “las cosas me resultaban parecidas pero diferentes. Eran pero no eran”. En el universo de Pareyra Ítaca es Argentina, pero desvirtuada y con una Penélope que ha perdido la paciencia. Recomendable.

 

Un golpe de vida


Juan Cuz es un hombre generoso que escribe palabras que no puede detener. Es un periodista que siempre quiere ser periodista, desde que abre los ojos, al despertar, en el “momento más arriesgado del día”, dice en Un golpe de vida (Alfaguara,2017). Termino su último libro en dos semanas, después de escucharle en la presentación en Tenerife, donde nació y vuelve cada vez que puede, arrastrado por el viento, la luz y el mar de El Médano. De allí es la fotografía de la portada, una mirada de Carlos Swartz a la estantería de su casa, llena de libros, con la colección del Capital Trueno a la izquierda y dos ejemplares de la RAE en el centro. En primer plano hay una mesa grande de madera con  unas gafas apoyadas sobre un gordo volumen de Paul Preston, unos ensayos de Enzenberguer, un bote de cristal con nueces en su interior y un ejemplar de El País.

Leer un golpe de vida es reconocer los elementos comunes del oficio. El ambiente en las redacciones, la necesidad de contar, la soledad frente a la inmediatez de los hechos, las luces y las sombras de uno mismo, los egos que ensombrecen a la prensa, la realidad ficcionada en la que muchas veces estamos instalados frente a la otra vida que pasa; la infancia y las primeras inquietudes con las letras, la familia, la satisfacción del periodismo como una manera de vivir y lo desastroso que puede ser cuando lo reduces a una oficina, a un horario, cuando las cuentas no dan, cuando te dejas arrastrar por la queja y la crítica constante de los que siempre se quejan; cuando tambalean los códigos de tu misión, a veces cerca de la política, del cinismo y otras de la belleza de un artista o de lo que le pasa a un vecino, que es también lo que  a ti te pasa. Las cosas  son y debes contarlas como los libros, la música, las palabras y la vida te ha ensañado.

Hubo un momento que me preguntaba si uno era copista o periodista o si quería ser periodista porque únicamente tenía vagas inquietudes y aspiraciones literarias. Hay un poco de todo, porque se hace un poco de todo. Puestos a elegir, la crónica es el terreno propicio de una historia. La diferencia es que para que sea información nunca debes despegarte de una realidad que es, básicamente, lo que ves con tus ojos, lo que escuchas y lo que contrastas, corroboras, con las fuentes.

Juan Cruz reivindica lo invencible del periodista que nunca quiere que se acabe su oficio, pero también mira hacia adentro,  a su familia, siente  miedo al paso del tiempo, no poder seguir contando, a la importancia de estar con los suyos cuando no haya un periódico donde escribir. El periódico es el sentido de su profesión y su vida. Para Juan Cruz, sin el periódico no queda nada del oficio. Se acaba todo.

“Este libro se escribió para gente como tú, con la alegría del encuentro, que se prolongue”, dice la dedicatoria de Un golpe de vida. Al lado su correo y su teléfono. Se  despide con una sonrisa sincera. Son las diez de la noche y lleva hablando casi dos horas. Sigue firmando. “Nosotros nos vamos también para El Médano”, le digo. Al llegar a la cama abro el primer capítulo ‘Últimas noticias sobre el periodismo’ y luego sigo en la playa, en el sillón, por las tardes, cuando acaba el Tour de Francia, en las pausas del trabajo.  Y  esta mañana luminosa de julio, que sospecho, reserva el calor, dejo el libro sobre la estantería con el resto de lo que con los años se ha convertido en una pequeña biblioteca. Y vuelve otra vez esa inquietud de no saber qué vendrá ahora, cuál elegir. Es una curiosidad inacabable, como la que uno siente con la información que surgirá en la pantalla del ordenador, del móvil, en los restos de titulares del periódico del día anterior doblado en el bidé donde se acumula la ropa. Esa curiosidad infinita surgirá en pocos minutos, un día más.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Instante


Escapar del tiempo es tan difícil como hacerlo del “libremercado” (si se quiere decir así) que todo lo abarca: el Estado, las sociedades, los individuos y sus deseos. Incluso los contrarios se muestran como productos necesarios para que la rueda siga. De esta forma, lo lento (corrientes aderezadas con pequeñas migajas de filosofías orientales) se vuelve una mercancía más, tan exportable como el incesante canal de información diaria en el que se ha convertido el mundo. El sistema es muy listo, se adapta a cualquier disidencia y la hace suya. Luego la llama desarrollo sostenible, economía verde con opciones a ser “nichos” de mercado.
De estas y otras cosas habla Contra el tiempo. Filosofía práctica del instante’(Anagrama), del joven mexicano Luciano Concheiro y que fue finalista en 2016 del 44º Premio Anagrama de ensayo. Concheiro propone el instante como el punto de partida para otra concepción de la realidad. En el instante los minutos “dejan de trascurrir” pero no se trata exclusivamente de ir más lento, sino de utilizar ese momento para dar pié a otro tipo de temporalidad. Una visión inclinada hacia la desaceleración, contra la lógica del “imperativo social de lo nuevo” y a favor de la autoconsciencia del tiempo como algo que “no es purarmente sucesión”. El instante alejado del Carpe Diem derrochador de instintos y amigo del consumo imparable, y cercano a “los gestos más simples, no en lo extraordinario, ni en lo excepcional, sino en la más sencilla cotidianeidad”.
Escribe el autor: “la velocidad ha destruido la posibilidad de darle un sentido coherente y unitarios a nuestras vidas”, y deja espacio para sobreponerse a la desesperanza. El instante “al menos sirve para reafirmar que incluso en el país de la desigualdad y desposesión, de los desaparecidos y feminicidios, de la corrupción y la injusticia, hay espacio para la resistencia, para la construcción de una vida radicalmente distinta”. Concheiro celebra así el instante no tanto por lo que supone sino por “aquello en lo que puede convertirse”, por “su potencialidad”. No existen manuales para la compleja resistencia de la filosofía del instante, explica. Cada uno debe buscar el suyo.

 

Novedad


Uno

Callejeo como si fuera un extranjero que pisa por primera vez este sitio. En los lugares de siempre, uno busca cualquier novedad que cambie la mirada. Entrar en ese juego es la mejor manera de combatir los días iguales y sus circunstancias. El callejón de la tienda de ropas y los restaurantes, el banco frente al mar, la playa, la frutería, los pasillos del supermercado, la montaña que es el horizonte y un cuadro de día y de noche, un laberinto de caminos iluminado por la luna. Todo este paisaje es material permeable de vida.

A veces, la salida del extranjero se torna en huida anticipada hacia la casa, el refugio, el resguardo donde todo es reconocible, cercano, íntimo. Y el perro siempre da la bienvenida con esa generosidad intacta te hayas ido hace unos minutos o  una semana. La pregunta es qué pensará en el sillón, somnoliento y no dudo que algo triste. Los ruidos de la mañana entran por el balcón: las hojas de las palmeras del jardín se sacuden con el viento, los ladridos esporádicos de un perrito vecino, hay pájaros que vienen y van, los gritos de un niño impertinente. Por la noche, si dejas la ventaba abierta, solo se oye la música del océano, siempre de fondo. El perro elige el suelo para refrescarse del este calor que ha llegado para quedarse. Huele a verano, aparecen las primeras moscas, las sábanas se quedan solas. Con el hocico entre las patas, mira hacia el frente como el que trama algo extraordinario. Quién sabe si piensa dejar de obedecer, aunque sea por unos días, como el que no escucha. Comportarse con total libertad. Hacer absolutamente lo que le dé la gana. A eso, supongo, aspiramos la mayoría.

Dos

Acabado Cuaderno Amarillo de Salvador Paniker (Penguin Random House), hay una mención al mito de don Juan que comparto. Es narcisismo, sí, pero “llevado hasta su límite”, y “en el límite los opuestos se confunden”, escribe Paniker que describe a don Juan como el que  “quiere vivir de primera mano y hacer las cosas por primera vez. Es alguien que piensa que el amor no puede repetirse, o sea, institucionalizarse. Por la misma razón es un viajero, llega y se va. Exige la perpetua novedad” y esa es “la gracia y la desgracia de las cosas intensas: que se acaban. Y el presente es a la vez eterno y efímero…el eternamente renacido… no cabe hablar de mujeres engañadas, pues las amó en el preciso instante que la amó”. Don Juan “no engaña a nadie”, pues “se enamora en el momento que la ama” y “luego la olvida”. El libro es un dietario, uno más, del filósofo, del hombre fuerte y frágil al mismo tiempo, del místico y del científico, del defensor de la eutanasia, del que quiso a muchas mujeres. Así finaliza: “Hoy tengo ocupado, y muy bien ocupado, el espacio de mi madurez. Pese a todo, ¿qué?”.

El hombre imparable


Había apuntado en la libreta: “el hombre no podía moverse y ahora no puede dejar de moverse”. Pasa los días con una bicicleta, una cinta de correr, unas gafas de nadar. Atrapado tiempos y objetivos. Y los domingos, cuando se queda quieto, enmudece en una apatía inexplicable. “Toda la desdicha de los hombres se debe a una sola cosa, la de no permanecer en reposo en una habitación”, cita Pascal en sus Pensamientos. Y es que a la mayoría de la gente le cuesta muchísimo estarse quieta. Tardará en irse fiebre del running, de la fluorescencia y de hacerlo todo visible. Mi padre habla de “rostros tristes” entre los que caminan pero no pasean. Y lo dice convencido, porque él es un hombre de dualismos: izquierda -derecha, costa- monte, ateo- religioso. Tiene una entretenida tendencia a categorizar con un alto porcentaje de acierto. O será que uno ve con la óptica de esa condición.

¿Hay algo de huida en no parar?. En ‘La resistencia íntima’ (Acantilado), el filósofo Josép María Esquirol dice que la huida y sobre todo la huida permanente no puede acabar bien. La resistencia es la casa, la soledad, la proximidad bien entendida. “Enfrentarnos a nuestro propio vacío, con nuestra miseria y no eludir esta experiencia es la mejor manera de mantener este sí mismo y evitar que se pierda”. Por un lado el encuentro con uno mismo “nos pone ante la propia nada” pero por otro “es el mejor camino hacia la paz”, sostiene. El resistente es el que vive aceptando una parte del nihilismo, pero solo una parte. Comprende la imperfección, la finitud, y que a veces “poco es mucho”. Hay casi una vuelta a lo básico.

El hombre imparable no dice su nombre. Hemos coincidido por la mañana en la playa, en esos minutos donde la piel se va secando y queda la sal invisible. Sale del agua con sus gafas de buceo. Buscaba a la vieja tortuga que merodea más allá de los barcos. Cuenta que vino desde Segovia a trabajar en “la Telefónica” cuando había operadoras que gestionaban las conferencias entre una maraña de cables. Y empezó instalando torres por donde pasaban esos cables. Una temporada en cada zona, durmiendo en pensiones. Así conoció la isla, se enamoró y se casó. Tuvo dos hijos que ahora hacen sus vidas. Su historia salta al Aaiún español, donde era un soldado que montaba los vagones de unas galerías. Alguien le ofreció venir hasta aquí porque la empresa ofrecía “unos cursos” y eso hizo. Antes de jubilarse, el hombre revisaba las cabinas que tantas monedas resistieron hasta que los móviles y la movilidad lo coparon todo. En esa época acudió a una piscina y se fue sintiendo mejor, luego al mar… también aprendió a montar en bicicleta y se compró unas zapatillas deportivas. Y así se convirtió en el hombre imparable.”Mañana es domingo, toca descansar”, se lamenta.

 

 

 

Tártaros


Hay una clase de somnolencia, una resignación no exenta de disfrute en las gentes que habitan los territorios donde el mar construye playas. Hay algo circular que envuelve a uno como el viento y lo encierra en un médano. El mar es una meta y se visita con toalla y  bañador. Nunca se llega más allá. Se cruza la línea solo un poco para poder retroceder y volver a cruzar. La meta se acaricia pero no se deja atrás.

Con la ilusión y el recuerdo de un niño, uno lleva algunos días queriendo ver el fondo del mar. Pero cada vez que llega el momento se inclina por los baños rápidos, que no enfrían el cuerpo, solo lo refrescan y despejan la cabeza, por unos minutos, hasta que el sol vuelve a calentarlo todo y el mediodía obliga a marcharte de allí. Esta mañana decidí bucear, por fin, y cumplir las ganas de encontrar un espacio donde flotar y mirar a los peces intocables que te miran, también, extrañados, temerosos. Pero el fondo estaba turbio. Apenas unos peces se perdían entre la arena. Las rocas eran manchas difuminadas, oscuras, ajenas a todo matiz. La marea golpeaba el viejo muro de piedra que amenaza a un restaurante con la espuma de las olas más fuertes.No era el momento. Se fue el fondo y sus circunstancias, ver la vida debajo del agua. Era preferible pensar, desde la superficie, que la mayoría de los días, allí abajo existe un mundo cristalino y pacífico y que que esa imagen, sola en el pensamiento, es suficiente.

Acabo de terminar, de nuevo (quedaron muchas cosas por recordar y comprender) El desierto de los Tártaros. El libro describe una vida postergada, alentada por amenazas inexistentes, por expectativas e ideas que solo están en la imaginación. Es la historia de Giovanni Drogo, de la espera de un militar destinado a la fortaleza Bastiani, situada frente a un desierto donde vendrán los tártaros. Es la historia de un misterio sin concretar pero siempre presente, un olvido ciego del tiempo presente a costa de mantener la seguridad de una existencia, una vida, siempre impredecible, por mucho que nos empeñemos en controlarla. El libro desvela la frustración ante el estrechamiento de las posibilidades de realización en aras a un ideal, una enfermiza búsqueda por dar sentido a la vida, un sentido de éxito casi obligado, por derecho, donde los sueños no sean sueños, sino realidades posibles. Dino Buzzati escribió El desierto de los tártaros pasados los treinta años y fue su consagración como escritor. Uno relee el libro y se siente quizá, por momentos, una víctima más, como Giovanni Drogo, que sonríe, consciente de la pesada broma que sus ilusiones le han jugado, de la mueca que el destino imprime al margen de la voluntad humana. Agotado y solo, desfallece en una cabaña, lejos ya de la Fortaleza y de la invisible amenaza tártara, preguntándose si tendrá tiempo, por última vez, de ver la luna entre una porción de estrellas una noche de primavera.

 

¿qué queremos?


La realidad imaginada ha permitido que muchísimos extraños puedan cooperar con éxito. Las religiones, las corporaciones, el mercado, los derechos humanos, el dinero, la justicia social, la libertad, el Estado, las marcas de coches o de hamburguesas solo existen  en la imaginación. Son ficciones y no realidades objetivas como lo es un  árbol, un río o un par de monedas. Esa capacidad  unitaria, de “confianza” que ha tenido la ficción para ir más allá de los árboles o los ríos, de las cosas que realmente existen, hizo que el hombre y sus sociedades se extendiesen por el planeta y dominarlo. La llamada “revolución cognitiva” fue el principio de esa dominación y exponente de la agricultura,  la revolución industrial y la tecnológica. Todas apoyadas en la idea del progreso, de la confianza en el crecimiento  y en definitiva,  en que las cosas pueden siempre mejorar, aunque haya que dejar mucho por el camino (animales, plantas, niños, guerras, ciudades, países, bosques y océanos).

Así, la realidad imaginada mantiene  vivo el mito de que la “prosperidad” del capitalismo consiga minimizar las cotas de desigualdad e injusticia mundial que ella misma ha creado, pues salvo algunos intentos fallidos de cambiar las cosas, no ha existido en el mundo moderno otra manera de concebir la vida, las relaciones comerciales o la organización social. El futuro nadie lo sabe. Parece que las máquinas y la información que ellas tienen de nosotros  acabarán incluso manipulando  nuestros deseos. Las bicicletas de montaña, zapatillas de deporte, los billetes de avión o las  habitaciones de hotel que invaden sin permiso nuestra pantalla del ordenador no son una casualidad.

De esto y otras cosas habla Yuval Noah Harari en su libro Sapiens, de animales a dioses, una breve historia de la humanidad (Debate). Un trabajo riguroso, sin redundancias, con un lenguaje claro y muy instructivo. Es el joven Harari, nacido en el 79,  profesor de historia en la universidad Hebrea de Jerusalén, una fuente de reflexión e inspiración. Un libro necesario que despierta el interés  para seguir preguntándonos hacia dónde vamos, cuál es  nuestro fin, qué queremos realmente. Según Harari nos hemos convertido en dioses  sin tener que “dar explicaciones a nadie”  y  “con solo las leyes de la física para acompañarnos”. Esto ha tenido sus consecuencias: un cierto desasosiego, el sentirse extraño, el deseo infinito. Y el profesor pregunta:  “¿Hay algo más peligroso que unos dioses insatisfechos e irresponsables que no saben lo que quieren?”.

Enanos de jardín


1.-

En las primeras casas, antes de llegar, hay un pretendido sentido de la opulencia: enanos de jardín, fuentes que sacan agua de la nada, balaustradas imposibles, aluminios en puertas y ventanas, tejados sin tejas y azoteas enormes que miran hacia el cielo en esta parte de la isla donde por la noche cada estrella parece más cerca. Una casa es una casa y un palacio es un palacio. Constructores sin medida, privilegiados del espacio, desaprovecharon la oportunidad para poder aspirar a la sencillez. Lo más difícil: la tierra, la montaña y los pinos, ya está hecho.  Suele haber cierto reflejo entre nuestras preferencias y nuestra mirada. La forma en la que uno habita o construye su casa, su espacio, es proporcional a la manera en que diseña una vida o camina en ella.

2.-

En el estreno de El Rapto del Serallo, el emperador José II le dijo a Mozart que su ópera tenía   “demasiadas notas”. Así lo cuenta Norbert Elías en ‘Mozart, sociología de un genio’ (Ediciones Península de Bolsillo) como un ejemplo más del conflicto entre el arte libre y el canon más conveniente. La fuga de Salzburgo a Viena, donde Mozart “podía respirar libremente, aún cuando le constara considerables esfuerzos ganarse pan” desembocó en una cadena de deudas y decepciones que se sumaron posteriormente a la enfermedad y la muerte mientras, acabada la flauta Mágica, componía el Requiem agonizando. Mozart estuvo más de la mitad de su vida excesivamente protegido por su padre, que lo exhibió como niño prodigio e intentó “colocarlo” en un trabajo estable, al servicio de la corte, de los que dictaban el destino de los músicos y de la música. Mozart fue de los primeros artistas independientes que pudo vivir de lo que componía pero a cambio de la ruina y la soledad. Su extraordinario don para la música no entendía de negocios. Dejaba el servicio de la corte sin haber conseguido otro. No soportaba vivir como pájaro con las cortadas.