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Hueco

El pájaro está enterrado en la maceta del patio. Antes de que la puerta lo aplastara estuvo algunos minutos en mi mano, con las alas recogidas y la boca abierta, como si quisiera hablar. Hice un hueco en la maceta. Un hueco pequeño y suficiente. Y luego vino la noche. Y por la noche entra la culpa.

Cuando cayó del nido, daba vueltas por el suelo. Aún no podía volar. Comía lo que traía su madre, que aterrizaba desde arriba a toda velocidad. Su padre esperaba posado en la antena. Noté que a veces me miraba enfadado, como diciendo: “échanos una mano, anda”. Pero el nido estaba a una altura imposible. Era un peligro. Uno más de los que imagino. 

Ahora miro la maceta a través de la ventana. A veces la visito y hago que rezo. No sé, le pido perdón. A él y a su familia, que por cierto, ha desaparecido. Abrí la puerta. Lo aplasté. Y contra este hecho no se puede hacer nada. 

El viento golpea la puerta de la entrada. Llegarán días soleados. En la casa de enfrente puedo oír los mismos cantos de vida que habitaban este patio. Otros nidos habrán surgido. Quizá vuelvan a caer más pájaros. 

El brazo sigue recogido en el cabestrillo. Una pieza de neopreno con el único objetivo de sujetar brazos y muñecas inútiles. El cuerpo es una construcción en cadena. Compensar una carencia a veces requiere del dolor en otra parte. Y el cuerpo siempre compensa. Algo se mantiene a costa de otra cosa. Y uno puede pasar así la vida.

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