Relato

Eso no pasó

Fui a buscar las gafas al monte. Fruncía el ceño para poder mirar a las cosas. Flaco, que no había ido esa noche, me preguntó. Y le contesté que las gafas estaban en mi casa, por decir algo, sin mucha lógica. Y yo me iba quedando más ciego cada día. Hasta que regresé allí con Bisonte. Quedaron entre dos piedras, intactas. Nos llevó alguien que lo sabía y dijo que no lo iba a contar. «Ustedes tranquilos». Paramos en la recta. Todavía quedaban cristales y hierros entre las retamas. Caminé unos metros. Desde allí había salido volando Rebeca. Lloró mucho esa noche, en la cama, con todos los dolores. Su madre la oyó y casi la mata. «¡Tú vas a acabar conmigo!». También fue la cabeza. A todos nos entraron piedritas en la cabeza, cuando dimos vueltas dentro del coche como el tambor de la lavadora. Entre el pelo y la piel, allí estaban esas piedritas. «Es arenilla», decía Bisonte sin darle importancia, como si fuera arenilla de la playa. 

Rubio conducía. Agarraba el volante con las manos temblorosas. Por primera vez, vi el miedo en su cara. Fue un minuto antes del estampido. Y Bisonte gritaba: «!Sácale partido, Rubio. Crema, crema!». En realidad, gritábamos todos eso: Bisonte, Rebeca, Irina y yo. Estábamos de vuelta. Atravesábamos el monte como una centella. En El Llano creíamos que los reflejos de las luces de los coches sobre los riscos era algo que venía del Espacio. En El Llano pusimos una manta y nos estiramos boca arriba. Una manta roja de cuadros, como las camisas remangadas que llevaba el padre de Flaco. Bisonte contó que hace años se reunió mucha gente aquí, a esperar a que llegaran los extraterrestres. Gente acampada desde el amanecer con sus neveras y sus sillas plegables, su comida y su baraja. Pero nadie vino. Ninguna nave apareció desde lo alto del volcán. Ninguna luz extraordinaria. Nada. 

Era la época de la tristeza. De la tristeza de The Man who sold the world. Sonaban en el coche las guitarras. Y tarareábamos esas guitarras. Y mirábamos hacia arriba, con los ojos cerrados. Rubio le había quitado el coche a su madre. Y los cigarros. Y la música. Solo me acuerdo de decir: «¿qué haces Rubio?». Y notar como la tierra entraba en el coche ya descontrolado. Yo me rodeé la cabeza con los brazos. Pensé que si me daba en la cabeza estaba todo perdido. Luego hubo silencio. Y el llanto de Bisonte como nunca lo había escuchado. Y la mirada perdida de Rubio, que vagaba en círculos cerca de la carretera, donde caímos, porque caímos cerquita de aquella carretera oscura. Al otro lado estaba el final. Y nadie encontraba a Rebeca. Que se sentó delante, donde quiso, o donde le correspondía, porque era la novia de Rubio. 

La noche estaba clara. Las caras sucias y los cuerpos alumbrados por la luz de las estrellas. Y no veíamos a Rebeca. Se la había llevado la noche. «Ni Dios lo quiera». Imaginé el entierro, su madre desfigurada, nosotros detrás del Mercedes azul marino lleno de coronas, arrastrando las piernas. Pero Irina la encontró. Rebeca cayó arriba de una mata que la salvó. «Ay Rebeca, menos mal. Rubio se pasó, vámonos pa bajo ya». Y se acercó un coche. Alguien lo paró. Nos metimos, tiritando, con la boca seca. Las palabras rápidas. Las necesarias. Rubio contó una cosa inocente. Y la pareja de desconocidos que habían cruzado el norte no preguntó más. Nos llevaron al pueblo. Nos dispersamos. Desaparecimos como si no quisiéramos volver a vernos. También era mejor pensar que eso no pasó. Que el tiempo lo borraría todo. Era mejor pensarlo. La muerte vino y no acertó. Hubiésemos estado todos enterrados, al lado de los abuelos. Hubiésemos salido en el periódico. Nuestras esquelas con la cruz, la fotito, la fecha y la hora de la misa.

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