mirar

Todo es la luz

Llegábamos a la gaveta de la cocina con la visión que te da la oscuridad. Allí estaban las velas, los fósforos y la lámpara de gas que se iluminaba como un globo aerostático. Estar sin luz era casi un juego para dar sentido al escondite, contar cosas que no se cuentan en la claridad del día, quemarnos las manos con la cera blanca de las velas como en la procesión del silencio. La casa se apagaba cuando llegaban los truenos. A veces, solo al caer dos gotas. Y estábamos preparados para comprender eso. Ahora no lo estamos. El apagón en esta isla es una broma pesada del progreso. Nos devuelve a la difícil tarea de esperar y nos expulsa al mar, al sol, a la calle y a la incertidumbre, otra más. «Aquí nos vamos a quedar, mojándonos hasta que venga la luz. ¡Qué extraña es la vida!», decía una señora flotando en la bahía de El Médano. La vida de todo es la luz. 

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