Relato

Refugio

Retrocedo. Me refugio en el dormitorio. Tengo miedo de que una sola ola poderosa llegue hasta aquí. Cierro todas las ventanas pero queda la amenaza: el dulce murmullo marino. Pero si lo pienso, el mar está relativamente tranquilo. Solo suenan los callaos en la orilla como si fueran chácaras y algunas voces jóvenes en la farola de abajo, donde se va a fumar. M cuenta que de pequeña también se agobiaba cuando hacían acampadas justo en la orilla. El hecho improbable de quedar sepultados y arrastrados hacia no se sabe dónde. Y también cuenta que tiene la misma cosa en el pecho al hacer ejercicio. Yo solo acampaba en la huerta de casa de mis padres, para tenerlos cerca. Era así de rudículo, ahora que lo pienso, pero antes no lo pensaba. Me daba miedo alejarme. Sufría cuando mi madre no llegaba de hacer la compra y andaba preguntando: «¿has visto a mi madre, has visto a mi madre?». La semana pasada, en una misa para un muerto en un pueblo donde también late el mar, volví a retroceder. La plaza era enorme, casi más grande que el pueblo. Mis primos insistían en que solo nos vemos en los duelos y que deberíamos fijar «ya, el día y la hora» para comer y beber en familia, a la orilla del mar. Ese día me refugié en el coche.

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