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Disparos

Todas la mañanas comienza la sinfonía de ruido. Es el nuevo edificio. Suena el hierro y la piedra cortada. Machacan algo demasiado sólido entre breves intervalos de silencio. Mientras, la calle, ventosa y tranquila, esconde una tensión interna de apartamento. «Eres una desconsiderada vecina, y mala, otra vez con tu perrito, pero no te preocupes que yo sé como solucionarlo», grita un hombre que a veces asoma el cráneo. Hoy el aplauso empieza a ser un recuerdo. Bocinegro es como un faro, un punto de referencia. La montaña chica con la ilusión de islas al frente, donde llegamos demasiados, ajenos, distantes, libres, con el viento en la cara. Al regresar, encuentro los jardines con en olor  refrescante de la poda. ¿Quién tuvo la idea colocar césped? Esta hierba inagotable sigue escondida en las entrañas de la casa de mis padres pese al empeño reiterado de exterminarla. El césped fue una moda de clase media, un simulacro de bienestar que ahora decora las zonas comunes.

Todo es distracción. Merodeo, me encierro dentro del encierro, pero cuesta profundizar. Son las seis de la tarde y suenan disparos secos. Una niña explota los globos que cuelgan en la ventana el día de su cumpleaños. Alguien le dice que vaya a comer la tarta. Ella me mira y sonríe. Le quedan dos globos, el naranja y el amarillo. Sus dedos sostienen una aguja invisible que es como un revolver todavía cargado.

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