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Alarma uno

Ayer dejé una taza aquí, en el balcón, con un puñado de almendras y cáscaras de naranja que todavía huelen sacercas la nariz. Tenía la esperanza de que los pájaros comieran. Era una posibilidad. Hay dos que suelen merodear por el árbol que da sombra al charco. Se parecen a las golondrinas pero no lo son. Vuelan muy rápido y cuando se posan puedo intuir sus ojos muy abiertos y nerviosos. Luego se pierden en el cielo como un misil. Hoy, justo cuando la televisión anunciaba el estado de alarma, he añadido a la taza un trozo de galleta, de esas que son perfectas para embadurnar con mermelada de fresa y mantequilla. Y los pájaros no han regresado.

Los de abajo ponen la lavadora cada noche. En alguna parte de su nuevo hogar, se escucha el tambor dando vueltas a la ropaNo he visto sus caras. Sí su espalda, la de él, anotando algo en un papel, en la terraza, por la mañana, después de extender la toalla sobre la hamaca. Su cuerpo, el de ella, boca arriba, leyendo una revista y con un vaso de algo entre sus nalgas. Con un toque preciso, cierratodas las ventanas cuando se van a dormir. A veces tosen.

Pienso en que esta noche podía venir la lluvia. Solo esta noche. Una lluvia ligera.Venir, limpiar el aire, derrotar al mundo invisible.Y que mañana el sol caliente todas las cosas. En Lamento lo ocurrido (Anagrama) escribe Richard Ford: “La lluvia siempre señalaba un cambio de estación”.

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